La gemela silenciosa Capítulo 6
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Capítulo 6

Pitidos. Zumbido de máquinas. Pasos. Voces en la lejanía. Susurros. Toses.

Quería abrir los ojos, pero no podía. Era como si me los hubieran cerrado con cinta adhesiva, como si algo los mantuviera cerrados.

Sentía el cuerpo pesado y paralizado. Un enorme peso encima de mí me dificultaba la respiración.

Moví los dedos de los pies; me alegró saber que podía moverlos.

Entonces traté de mover las piernas, pero no lo logré.

Algo me lo impedía. Intenté mover los brazos y el cuerpo, pero no pude.

Quise gritar, pero no me salieron las palabras.

«¿Qué está pasando? ¿Dónde estoy?», me dije.

Estaba aterrorizada. Tenía que liberarme. Luché contra lo que me sujetaba con todas mis fuerzas. El pánico se apoderó de mí. Agité el cuerpo violentamente de un lado a otro. Mi cabeza estaba libre, así que la sacudí adelante y atrás, de un lado a otro. Me dolía.

Y entonces todo acabó.

Volvía a estar despierta. Lo único que separaba la vigilia del sueño era el sonido de las máquinas y los pasos acercándose a mí. Luchaba por abrir los ojos cada vez que me despertaba, pero mis esfuerzos resultaban siempre inútiles.

«Necesito ver. Quiero saber».

Traté de concentrarme. Mantener el foco. Pero no podía. Necesitaba dormir.

«Emily –fue lo primero que pensé cuando volví al mundo–. Emily».

Quería gritar su nombre. Quería llamarla a voces en un mundo de tinieblas. Lo intenté, pero se me quedó trabado en la garganta. Algo me impedía pronunciarlo.

«No puedo quedarme aquí. No quiero. ¡Emily!».

Dormir era fácil.

Las imágenes se difuminaban ante mí. Todo se fundía, convergiendo en una sola imagen. Entorné los ojos.

«Concéntrate. Enfoca».

Había una puerta. Un marco. Un blanco brumoso con un halo de amarillo.

Me miré el cuerpo y reconocí una manta blanca y las barandillas metálicas de una cama de hospital.

Había un lavamanos al otro lado de la estancia, delante de mí.

Junto a él, un armario. Los pitidos procedían de unas máquinas con cables que se introducían en mi cuerpo.

No podía ver dónde estaban, pero se abrían camino hacia mí, ordenada y organizadamente, desempeñando funciones para mí desconocidas.

«Estoy en un hospital y Emily ha muerto».

Lo único que veía en mi mente cuando lograba abrir los ojos era su pequeño cuerpo sin vida en el suelo de nuestro cuarto de baño.

Una imagen que no quería seguir viendo. Quería volver al mundo de los sueños y no me importaba si no me despertaba de nuevo.

Pero volvía a despertarme pronto. Esta vez, cuando abrí los ojos y miré a mi alrededor, vi una mano con las uñas mordidas sobre la mía. La seguí hasta encontrarme con el pelo castaño y ondulado de Thomas, apoyado en un lado de la cama. Moví la cabeza, lo que hizo que él levantara la suya de golpe.

–¿Elizabeth? ¡Dios mío! ¡Elizabeth! –Se inclinó y empezó a besarme la frente y las mejillas–. Llamaré a la enfermera.

Pulsó un botón.

Intenté hablar, pero no pude. Sentía la lengua como papel de lija. Lo intenté de nuevo, pero la voz se me quebró al tratar de hacerlo.

–¿Qué ha pasado? –logré decir en un susurro entrecortado.

Los ojos de Thomas recorrieron la habitación, deteniéndose en la puerta. Se frotó la nariz.

–Eh… Mmm… Es que… verás… Creo que es mejor que esperemos al médico.

–Vamos, dime la verdad. ¿Por qué estoy en el hospital?

La garganta me ardía.

–Tú… has… Yo…

Antes de que pudiera desatascar la frase, una enfermera entró en la habitación. Se levantó de un salto de la silla en la que estaba sentado junto a la cama.

–Está despierta.

La enfermera tenía una cara redonda que se tornaba fácilmente en una sonrisa. Metódicamente, empezó a comprobar todas las máquinas que me rodeaban.

–Me está haciendo preguntas –dijo Thomas en voz baja, dirigiéndose a la enfermera como si yo no estuviera presente.

–Avisaré inmediatamente al médico. Él podrá responder a todas sus preguntas –respondió, haciendo un gesto con la cabeza hacia Thomas.

No podía soportar la forma en que hablaban de mí como si no estuviera en la misma habitación, tumbada en la cama delante de ellos. Quería gritar que no quería ver al médico. Lo único que quería era a Emily y se había ido.

Un grito que acabó convertido en un gemido se escapó de mis labios. La enfermera me puso la mano en la frente.

–¿Cómo te encuentras?

Aparté la cabeza. De mis labios brotaban llantos, pero las lágrimas yacían congeladas. Thomas se apresuró a volver a mi lado, con el rostro marcado por la preocupación y unas pesadas ojeras. Tenía peor aspecto que durante la semana de exámenes finales.

–Emily –balbuceé.

Asintió con la cabeza, tragando saliva. Me acarició el pelo.

–Emily –repetí.

–Lo sé. Lo sé –me susurró–. Lo entiendo.

Sentí sus lágrimas derramándose sobre mi brazo. Sacudí la cabeza y cerré los ojos.

No, no lo entendía. No tenía ni idea.

–Elizabeth… Elizabeth…

Una voz desconocida y profunda volvió a despertarme.

Esta vez, cuando abrí los ojos, tanto Thomas como la enfermera se habían ido.

Yo seguía en la misma habitación. La misma cama.

Junto a ella había un hombre bajo, con sobrepeso, con un espeso pelo negro y rizado y una barba a juego.

Era evidente que hacía varios días que no se afeitaba.

Llevaba una camisa gris con cuello y una corbata del mismo color.

–Soy el doctor Larson –dijo, extendiendo la mano para estrechar la mía, que apenas pude levantar. Sus manos engulleron la mía. Nunca había conocido a un médico que vistiera de traje–. Todo esto tiene que ser muy confuso para ti, así que iremos muy despacio. ¿Sabes dónde estás?

Por supuesto, sabía que estaba en un hospital, pero no respondí. Ya nada importaba. Tenía la esperanza de que me dijera que me iba a morir.

–Estás en el Memorial Kennedy Hospital, en Galston. Hoy es martes y son las tres y media de la tarde. ¿Qué es lo último que recuerdas?

Lo último que recordaba era haberla matado. Su cuerpo frío.

–Emily.

Tal vez si seguía pronunciando su nombre, llamándola, abriría los ojos en nuestro dormitorio y ella aparecería tumbada a mi lado, sacudiéndome para despertarme de un mal sueño.

–¿Qué es lo último que recuerdas de Emily? –preguntó, mirándome con ojos inquisitivos.

–Su cuerpo. El cuarto de baño. Encontrarla allí. Estaba… estaba…

Mi voz se detuvo. No me atrevía a pronunciar las palabras. No me cabían en la boca.

Sacó del bolsillo un pequeño cuaderno y un bolígrafo y anotó algo.

–Eso fue hace una semana. Llevas siete días en el hospital y te hemos estado tratando. Estuviste en cuidados intensivos los tres primeros días. Los últimos cuatro los has pasado en esta habitación.

Hizo una pausa para darme tiempo a asimilar sus palabras.

«¿Cuidados intensivos? ¿He estado en cuidados intensivos?».

–Has intentado ponerle fin a tu vida.

¿«Ponerle fin a mi vida»?

No recordaba haberlo hecho, pero claro que era cierto. Estaba muerta por mi culpa y era imposible que pudiera vivir sin ella. Lo supe hacía una semana y lo sabía ahora.

–¿Quieres hablar de ello?

Sacudí la cabeza.

Quería que saliera de mi habitación. Que se fuera para que pudiera volver a dormir. Ya nada tenía importancia. Quería morir con ella. Mi hermana se había ido y yo seguía ahí.

–De acuerdo. Entiendo que te sientas así en este momento. Debes de estar sintiendo emociones contradictorias, así que hablaremos con calma de todo lo ocurrido. No hay ninguna prisa.

El médico seguía mirándome fijamente, tratando de encontrar algún tipo de respuesta en mi rostro. Yo deseaba que dejara de hacerlo.

–Mañana por la mañana te trasladaremos a la quinta planta. Tendrás una habitación para ti sola, pero estarás con otras personas con problemas similares. Necesitamos proporcionarte un entorno seguro en el que puedas procesar esta situación.

¿«Situación»? ¿Así es como llamaba él a perder a la única persona que había significado algo en mi vida, por no mencionar que yo era la responsable de su muerte?

–Seguiremos hablando mañana. Creo que por hoy ya has tenido suficiente. Volveré cuando ya estés instalada, pero la enfermera me mantendrá al corriente por si me necesitas antes.

Me alegré de que saliera de la habitación silenciosamente, pero mi satisfacción duró poco, porque en cuanto se marchó Dalila y Thomas aparecieron en la puerta.

Dalila tenía incluso peor aspecto que cuando encontró a Emily en la bañera con la sangre chorreándole por las piernas.

Siempre pensé que nunca podría tener peor aspecto que aquel día.

Jamás podría olvidar la expresión de dolor en los ojos de Dalila cuando la descubrió, como si Emily la hubiera cortado a ella en vez de a sí misma.

Dalila estuvo llorando durante tres días y apenas habló.

En aquel momento le había salido un sarpullido y ese mismo sarpullido la cubría ahora: las manchas rojas y escamosas de un brote de psoriasis inducido por el estrés.

Tenía los ojos hinchados. Se tambaleaba y Thomas la condujo hacia mí.

Era como si hubiera envejecido diez años desde la última vez que la había visto.

Ver su dolor hizo que el dolor de perder a Emily fuera más real y tuve que apartar la mirada.

–Hola, cielo –dijo con una sonrisa forzada en la cara, tratando de mantenerse fuerte por mí a pesar de su propia pérdida.

Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se inclinó hacia mí y me besó en la frente.

–Hemos estado rezando por ti día y noche. Creo que incluso he rezado mientras dormía… –Las lágrimas se le deslizaban por las mejillas–. No podía soportar la idea de perderos a las dos.