Capítulo 5 #2
–No, no pienso parar. Tuvimos exactamente la misma vida.
Hemos sido la misma puta persona. Por primera vez, he hecho algo para mí.
Solo para mí. He necesitado encontrar a alguien porque tú desapareciste.
Me dejaste sola, joder. ¿Qué esperabas que hiciera?
¿Quedarme para siempre en esta locura de aislamiento?
He estado deseando que te recuperaras, que volvieras a mí.
Pero lo has mandado todo a la mierda. Estás mucho más jodida de lo que imaginaba.
–¡Para! –gritó como un animal salvaje–. ¡Ya vale, joder! Lo siento. Lo siento mucho. Por todo.
Se levantó de un salto, corrió por el pasillo y cerró la puerta del dormitorio de un portazo, como hacía cada vez que se enfadaba. Siempre lo mismo.
Pero esta vez no corrí tras ella a sentarme al borde de la cama para consolarla. Me quedé donde estaba, algo que nunca había hecho.
La oí sollozar a través de la pared que nos separaba.
Oí su incesante y sonoro lamento prolongarse durante mucho tiempo.
Me incorporé por instinto y empecé a recorrer mi camino habitual por el pasillo hacia el dormitorio.
Me detuve en seco y me di la vuelta mecánicamente, dirigiéndome de nuevo al sofá. Me obligué a sentarme de nuevo.
Me acurruqué en el extremo del sofá, abrazándome las piernas contra el pecho mientras la oía.
Necesité de toda mi determinación y todas mis fuerzas para evitar que mi cuerpo se moviera hacia ella.
A pesar de mi enfado, deseaba desesperadamente consolarla.
Necesitaba mitigar su dolor a costa del mío, pero esta vez no me lo permití.
Era yo la que necesitaba consuelo. Estaba agotada y solo quería descansar. Me dormí con sus lamentos de fondo.
Cuando abrí los ojos, estaba oscuro y reinaba un silencio inquietante. Cualquier sonido o signo de lo ocurrido había desaparecido. Era como si no hubiera pasado nada. Traté de captar algún ruido, como hacía siempre, pero no oí nada.
Estaba más calmada y parte del dolor había desaparecido.
Nuestro mundo había cambiado, pero estaba dispuesta a afrontar los cambios y conseguir que algo bueno saliera de nuestra terrible pelea.
No había podido imaginar que me alteraría tanto.
Todas las emociones de los dos últimos años habían aflorado durante mi arrebato y, aunque la había herido y me sentía mal por ello, me alivió expresar todo lo que me había estado guardando.
Seguro que lo entendería cuando se lo explicara.
Me levanté lentamente del sofá y caminé de puntillas por el pasillo por si estaba dormida. No quería despertarla. En ese momento, lo único que quería era acurrucarme a su lado y volver a dormirme. Ya hablaríamos de la discusión mañana.
Vi luz por debajo de la puerta del cuarto de baño.
Solo había una razón para que estuviera allí a esas horas y no era precisamente para hacer un uso adecuado.
Por un instante, quise enfadarme de nuevo, pero me deshice de esa emoción rápidamente.
Ahora tenía que estar a su lado. Avancé por el pasillo, preparándome para el desastre emocional en el que encontraría a Emily.
Cuando llegué, respiré hondo, tratando de coger fuerzas, como había hecho tantas veces en el pasado, y abrí la puerta. La escena se grabó a fuego en mi cerebro. Me quedé congelada en la puerta, incapaz de moverme.
El cuerpo de Emily yacía retorcido junto al retrete.
Las herramientas que usaba para cortarse estaban esparcidas sobre la tapa del váter.
Sus piernas estaban retorcidas, como las de un ciervo atropellado por un coche y abandonado a un lado de la carretera.
Tenía los brazos alrededor de la cabeza y los dedos clavados en el pelo.
Había vómito por todas partes y pequeñas píldoras rosas esparcidas por encima de ella, desparramadas sobre el suelo de baldosas.
Su piel pálida estaba ennegrecida, cubierta de azules y morados como si la hubieran estado golpeando.
No llevaba pantalones, solo ropa interior amarilla. Y había sangre. Siempre había habido sangre, pero nunca tanta. Yacía sobre un charco rojo.
Me obligué a avanzar mientras la sangre me mojaba los pies descalzos. Me arrodillé a su lado, con el vómito tocándome las rodillas. Su pecho no se movía. El aire me abandonó los pulmones. Le tomé el brazo, apartándoselo de la cara. A continuación, lo solté. Cayó a plomo sobre el suelo. Estaba fría.
Me obligué a mirarla a la cara. Sus ojos abiertos, incapaces de pestañear, me miraron. El verde había desaparecido y había sido sustituido por esferas negras cubiertas de una lámina lechosa mirando a través de mí. Tenía la boca ligeramente abierta, con el vómito pegado en las comisuras.
Tanteé su muñeca, intentando asimilar todo lo que veía y no podía comprender. Le tomé el pulso, pero ya sabía lo que encontraría. Su piel sin vida me reveló lo que mi mente ya había asumido. Estaba muerta y yo la había matado.
Me abalancé sobre su cuerpo.
–¡No!
Aquel grito resonó en la noche.