Capítulo 5
–He conocido a tu hermana –anunció en cuanto cerramos las puertas de su Honda durante la pausa para el almuerzo del martes.
–¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?
–Ayer.
Yo nunca trabajaba los lunes porque tenía clases todo el día.
Normalmente no volvía a casa hasta después de las siete y esta semana no había sido una excepción.
Emily estaba en casa cuando llegué, viendo sus realities de telebasura.
No mencionó haber conocido a Thomas. Ni una palabra acerca de haber salido de casa.
Nada. De hecho, hacía más de seis meses que no salía sola de casa.
¿Cómo es posible que ni siquiera lo mencionara?
–¿Cómo fue? –le pregunté.
Se frotó la nariz como hacía cada vez que se ponía nervioso y carraspeó.
–Tengo que admitir que fue extraño ver a alguien exactamente igual que tú. Sabía que erais gemelas, pero supongo que esperaba poder distinguiros. Al principio tuve que repetirme una y otra vez que no eras tú. Pero, una vez que me acostumbré, me resultó fácil ver que no lo eras. Sois muy diferentes.
El corazón me latía con fuerza. Me zumbaban los oídos.
–Vino a buscarme al coche. Me preguntó si yo era Thomas.
–Espera, ¿cómo sabía quién eras?
–No lo sé. ¿Cosas de gemelas, quizá? Se me acercó en el aparcamiento. Puede que se fijara en la etiqueta con mi nombre o algo parecido. –Thomas apartó la mirada–. No parecía deprimida…
–¿A qué te refieres? ¿Qué dijo? ¡¿Qué hizo?!
Un millón de preguntas y escenarios se arremolinaron en mi mente, agolpándose unos tras otros. Estaba visiblemente afectado; nunca antes lo había visto tan nervioso. Ni siquiera aquella vez que alguien llenó las paredes de su cubículo con fotos de Playboy .
–Estaba bastante enfadada, aunque al principio trató de ocultarlo.
Dijo que sabía quién era porque le habías hablado de mí y que estaba al corriente de nuestra relación.
Insistió en que le prometiera que no te diría que había venido a verme.
Yo le repetía que no podía hacer eso, lo que la enfureció todavía más.
Y entonces me dijo: «No te acerques a ella».
–¿Te dijo eso?
No me lo podía creer. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué haría algo así?
–Sí. Oye, lo siento…
–¿Qué dijo exactamente? –le interrumpí.
–No creo que eso importe realmente. Simplemente me dejó claro que no quería que estuviéramos juntos.
–Dime cuáles fueron sus palabras exactas.
–¿Estás segura?
–¡Dímelo!
Dejó escapar un profundo suspiro.
–Sus palabras exactas fueron que me fuera a tomar por culo y que te dejara en paz.
Me sentí como si tuviera delante a un exnovio celoso…
Le dije que no podía hacer eso porque estaba enamorado de ti.
Me mantuve todo lo tranquilo que pude, pero creo que eso solo hizo que se molestara aún más.
Dijo cosas muy feas sobre ti, así que le dije que la conversación había terminado y que no quería oír nada más de lo que tuviera que decirme. Entonces se fue.
Debió de ir andando, porque los autobuses no llegaban hasta allí y, aunque lo hicieran, no podía imaginármela utilizando el transporte público sola. Lo odiaba desde siempre, incluso cuando estaba bien.
–¿Qué es lo que dijo de mí?
–No tiene importancia, en serio.
–Sí que la tiene. Dímelo. Tienes que decírmelo.
Me ardían las puntas de las orejas. Sentía un calor abrasador en toda la cara.
Apartó la vista de mí.
–Creo que simplemente está asustada y no sabe qué hacer. Soy la primera amenaza real que existe en vuestra relación, así que es comprensible…
–Dime qué te dijo.
Me sorprendió oír el enfado en mi voz, pero no podía evitarlo. Su comportamiento me había dejado desconcertada y necesitaba conocer toda la historia. Era exasperante no tener todos los detalles.
–Ya te he dicho que no tiene importancia. Todo lo que dijo fue desde el miedo. El miedo es una emoción muy fuerte y poderosa.
–Vale, listillo.
–De acuerdo –dijo–. Si de verdad quieres saberlo, te lo diré. Pero que conste que no creo que nos ayude ni sirva para nada.
Tosió y fijó la vista en un punto imaginario del salpicadero. Lo frotó con nerviosismo y entonces volvió a to ser.
–Dijo que estabas loca, solo que aún no me había dado cuenta.
Repitió que se te daba muy bien fingir que estabas bien y que era idiota si creía que eres normal.
No dejaba de insistir en lo mal que estabas.
Ah, y que sentía que era su deber advertirme sobre ti porque me harías daño. Eso es básicamente todo.
Me sentí como si alguien hubiera cogido un bate de béisbol y me hubiera hundido el extremo en el estómago. Por un momento, sentí que iba a vomitar y bajé la ventanilla por si acaso. No logré sentir la brisa en la cara.
No podía creer que Emily hubiera dicho esas cosas de mí.
El silencio entre nosotros era ensordecedor. En su reloj sonó la alarma que indicaba el final de nuestro descanso. Me miró.
–No voy a volver al trabajo –le dije–. Dile a Josh que he vomitado en el aparcamiento o que me ha atropellado un coche. Me da igual, lo que sea. Pero dile que me he tenido que ir y que hoy no volveré.
Asintió con la cabeza.
–De acuerdo.
Me tendió la mano, pero se la aparté. Tenía tantas ganas de que me tocaran como de volver al trabajo.
–Quiero que sepas que no me creo nada de lo que dijo. Ni una sola palabra. Sigo teniendo la misma opinión de ti que tenía un segundo antes de que ella apareciera. Conozco tu pasado y lo respeto, pero no creo ni por un segundo que te haya destrozado como persona. Mírate… Eres maravillosa.
Fingí una sonrisa solo para complacerle y no porque sus palabras me hubieran conmovido. Estaba aturdida por la traición de Emily. Nunca había estado tan furiosa.
Thomas se inclinó hacia mí y me abrazó. Le di unas palmaditas en la espalda con desgana, manteniendo uno de mis brazos a un lado.
–¿Me prometes que me llamarás más tarde?
–Claro.
Salimos de su coche y observé cómo caminaba en la otra dirección, hacia el edificio.
Se volvió y me saludó con la mano justo antes de alcanzar la entrada.
Estaba segura de que rezaría mientras subía en el ascensor y, por una fracción de segundo, envidié su fe.
Deseé ser como él y creer en un Dios o, al menos, en el propósito divino de todas las cosas.
Tal vez entonces podría encontrarle un sentido a lo que había ocurrido.
Pero sabía que nada de lo que hacía Emily tenía sentido.
Desde el primer momento supe que se iba a sentir amenazada por nuestra relación. Pero lo peor no era que hubiera intentado alejar a Thomas de mí, sino las cosas terribles que había dicho de mí. Yo nunca había pronunciado una mala palabra sobre ella. Ni siquiera me permitía pensarlo.
Me temblaban las manos sobre el volante.
El corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho y me costaba respirar.
Sudando, obligué a mis piernas a dejar de temblar y puse el coche en marcha.
Conduje como pude hasta nuestro apartamento, sin saltarme un semáforo ni provocar un accidente.
Me sorprendió encontrarla en la cocina, ocupada haciendo café y canturreando como si no hubiera pasado nada.
Algo dentro de mí estalló.
–¡¿Cómo has podido hacer eso?! –grité, arremetiendo contra ella. La agarré por los hombros y la zarandeé–. ¡¿Cómo has podido?!
Eso era todo lo que podía decir, así que lo repetí una y otra vez mientras la sacudía. No podía parar.
Cuando por fin me detuve, examiné su rostro, que era el mío, en busca de respuestas. Sentí como si mirara el reflejo de una extraña.
–Tranquilízate –me dijo, y me rodeó con el brazo, como si estuviera a punto de abrazarme.
La aparté de un manotazo.
–Ven.
Me alejé de ella y entré en el salón. Empecé a dar vueltas de un lado a otro mientras me retorcía las manos. Estaba a punto de hiperventilar. Me siguió hasta el salón y se sentó en el sofá, esperando a que me calmara. Emily nunca me había visto tan enfadada.
–Lo único que quiero es que nadie te haga daño. Y él te hará daño. Sé que lo hará. No creo que sea buena idea que tengas una relación con nadie –me dijo, sin darme oportunidad de hablar.
Quería estrangularla. Yo ni siquiera había mencionado a Thomas, pero ella sabía perfectamente de qué estaba hablando. Lo había hecho. Había ido hasta mi trabajo y había dicho aquellas cosas horribles. Una pequeña parte de mí había albergado la esperanza de que todo hubiera sido un malentendido.
–Lo siento. Simplemente, no me gusta la idea. Se interpondrá entre nosotras. Sé que lo hará. De hecho, ya lo está haciendo. Me has estado mintiendo… y tú no me habías mentido antes. Nunca.
–¿Es que no te das cuenta? –le grité–. No tiene nada que ver con eso.
Entiendo perfectamente que tengas miedo de que un hombre me aleje de ti.
Pero ¿cómo has podido decir esas cosas horribles de mí?
Le has dicho que estoy loca. Y desequilibrada.
¡¿Yo, loca?! Me he pasado la vida protegiéndote.
Y jamás se me hubiera ocurrido llamarte «loca».
Nunca. No he dicho una mala palabra de ti ni una sola vez.
–Sacudí furiosa la cabeza–. No puedo creer que me hayas hecho esto.
Decir todas esas cosas. ¿Cómo has podido?
Emily ahora estaba sollozando, hecha un ovillo en el sofá. Aquella visión no hizo sino enfurecerme todavía más.
–¡Deja de llorar! ¡Para! Todo lo que haces es llorar.
Esto va de mí, joder. No de ti. Por una sola vez, quiero que los focos me apunten a mí.
En los dos últimos años, todo ha girado en torno a ti.
¡Dos años! No he hecho otra cosa que andar de puntillas alrededor de tu puta fragilidad emocional.
Y tú me respondes con una bofetada. No, una bofetada no…
Me has escupido a la cara. Lo que es mucho peor.
–Para, Bethy, por favor, ya vale.
Me tiró del brazo, tratando de que me sentara en el sofá a su lado.
Pero no podía parar. Algo dentro de mí se había desatado y estaba fuera de mi control.