La gemela silenciosa Capítulo 4
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Capítulo 4

No pude pasar tiempo a solas con Thomas hasta dos días después de ver a Lisa.

Quería contárselo en persona, así que esperé a que estuviéramos solos en su dormitorio, con un zapato sujetando la puerta abierta.

Era una norma del seminario cuando una chica estaba en la habitación de un chico y viceversa, pero aun así no podía evitar que me hiciera gracia lo anticuada que resultaba.

Estar en ese campus era como entrar en una extraña máquina del tiempo.

–Creo que estoy lista para que conozcas a Emily –anuncié desde su cama, con los deberes esparcidos delante de mí.

Se revolvió en su silla de oficina, apartándose del escritorio y acercándose a mí.

–¿En serio?

Asentí.

Mi anuncio llevaba nuestra relación a otro nivel. Era como presentarle tu pareja a tus padres, y yo estaba segura de que él empezaba a dudar de que eso fuese a ocurrir algún día.

–Pero antes voy a necesitar algunos días para prepararla. Y no solo eso: también tengo que contarte un par de cosas de ella… de nosotras.

Los detalles de mi vida y la de Emily habían estado saliendo a cuentagotas a lo largo del último año.

Sabía que nuestra madre nos había desatendido porque sus principales prioridades eran emborracharse e irse a la cama con hombres ricos.

Buscaba a su príncipe azul en los bares del centro con la esperanza de que alguna de sus conquistas se tradujera en opulencia, pero al final siempre tenía que conformarse con nosotras.

Nunca llegué a entender por qué no se había deshecho de nosotras o nos había dado en adopción al nacer.

Me había pasado años preguntándome por qué había querido quedarse con nosotras, pero hacía tiempo que había renunciado a encontrar una respuesta.

Ninguna de sus decisiones había tenido nunca sentido y no podía esperar que la de mantenernos con ella fuera diferente.

Le había contado cómo nos encerraba en nuestro dormitorio durante días cuando ella se ausentaba, pero había omitido a propósito las partes sobre lo que ocurría cuando nos dejaba salir o cómo solía mantenernos encerradas incluso cuando ella estaba en casa.

Esa pequeña rendija abierta a sus actos ya le resultaba bastante incomprensible y no quería acabar con su inocencia más de lo que ya lo había hecho.

Su pureza era una de las cosas que más me atraían de él y no quería mancillarla.

Era ingenuo, aunque él consideraba que tenía mucho mundo por todos los viajes que había hecho como misionero.

A muchas las habría echado para atrás su fe infantil en la humanidad, pero precisamente esa era una de las cosas que más me gustaban de él.

También había compartido con él la historia de cómo nos habían separado de nuestra madre, lo del incendio y la adopción de los Rooth, pero eso era todo.

No le había contado cuántas fracturas cicatrizadas encontraron los médicos en las radiografías, ni la cantidad de piojos en la cabeza, ni que nos tuvieron que poner una sonda para alimentarnos porque estábamos desnutridas.

El dolor que vi en sus ojos cuando le conté una versión censurada del rescate hizo que me entraran ganas de llorar y el mero recuerdo de aquella mirada seguía teniendo el poder de conmoverme hasta las lágrimas.

A veces pensaba que mi pasado le hacía más daño a él que a mí.

Él no entendía que en aquel entonces yo ni siquiera sabía que existía nada más.

No tenía ni idea de cómo era el mundo fuera de nuestro apartamento, aparte de lo que veía en la tele, así que no era consciente de estar perdiéndome nada.

No tenía ni idea de que hubiera otras personas que no vivían como nosotras. Y, además, siempre tuve a Emily.

Tampoco le había contado lo mal que estaban las cosas ahora. No sabía nada de la depresión de Emily ni de lo mal que lo estaba pasando desde que acabamos el instituto y nos fuimos a vivir solas. Si iba a conocerla, tenía que estar preparado para lo que le esperaba.

–Emily lo ha estado pasando muy mal desde que nos mudamos. No sé por qué. Puede que sea porque tuvimos que abandonar todas las rutinas que teníamos en casa de los Rooth o algo por el estilo.

–Pensaba que era ella la que quería mudarse.

–Y así fue. Se moría de impaciencia, pero no creo que fuera consciente de cómo le afectaría hasta que ocurrió de verdad. Te he contado que no tiene trabajo y que no sale de casa sin mí, pero hay más…

¿Cómo podía explicarle en quién se había convertido? Tenía que intentarlo.

–Tiene una depresión muy grave. Duerme durante días y luego pasa días sin dormir.

Hay momentos en que ni siquiera se ducha o come.

Nunca la había visto tan voluble. Siempre ha sido emocional, pero está yendo a peor.

En un momento puede estar llorando a moco tendido y al siguiente montar en cólera sin motivo.

Se altera muchísimo y a veces es casi imposible conseguir que se calme.

Hay días en que no habla en absoluto; otros, cuando lo hace, resulta completamente incoherente.

Nunca sabes con qué versión de Emily te vas a encontrar.

En cuanto pronuncié aquellas palabras, quise retirarlas.

Nunca hablaba de Emily con nadie y ahora acababa de contarle a alguien su secreto.

A lo largo de veinte años, nunca la había traicionado.

Incluso cuando Dalila descubrió los cortes y me interrogó, no dije nada.

Quería llorar, pero contuve las lágrimas.

Aún no había permitido que Thomas me viera emocionada.

Se levantó y se sentó a mi lado en la cama, pasándome el brazo por los hombros.

–Mi primer año de universidad fue horrible. Tardé mucho en acostumbrarme a no vivir con mis padres. Así que me parece comprensible que para ella fuera aún más complicado… Lo entiendo. No pretendo juzgarla. Y no tienes por qué sentirte culpable por no ser tú quien es infeliz.

Thomas era la persona menos prejuiciosa que conocía. Sería un gran pastor.

–Pero me siento culpable. Me corroe por dentro. Debería sentirme orgullosa por pagar todas las facturas yo sola y sacar muy buenas notas, pero me siento fatal. Siento que soy una persona horrible por salir de casa todos los días. ¡Incluso me culpo por quererte!

Levantó la cabeza de golpe.

–Llevo mucho tiempo esperando a que digas eso.

Le besé con ternura y me aparté.

–Te quiero –repetí.

Seguía sonando igual de bien.

–Ahora solo falta que te pongas al día con Dios –se rio. Le di un puñetazo en el brazo y Thomas me atrajo hacia él–. Yo también te quiero.

Estuve flotando el resto de la semana. Era la primera vez que estaba enamorada y me sentía de maravilla.

Era como en todas las películas románticas que había visto, en las que la chica camina como si bailara entre nubes con una enorme sonrisa en la cara.

Dejé de cambiar la emisora de radio cuando sonaban canciones de amor.

En su lugar, subía el volumen y cantaba.

Me había liberado de una prisión en la que no sabía que estaba.

Siempre había sido muy cínica con respecto a enamorarme porque temía no ser capaz de hacerlo y descubrir que no era así me hacía sentir exultante.

Escogí un sábado para hablarle a Emily de Thomas porque solía encontrarse mejor los fines de semana, cuando yo estaba allí.

Daba igual que me quedara sentada delante del ordenador o me sumergiera en alguno de mis libros de texto: a ella le bastaba con tenerme cerca.

Aquel sábado por la mañana me alegré de que se levantara antes del mediodía y se sentara a tomar café conmigo en la mesa, porque eso significaba que era uno de sus días buenos.

–Anoche dormiste bien –le dije.

Solo me había dado una patada y no había hablado en sueños.

Ella me sonrió y se encendió un cigarrillo.

–¿Tienes mucha faena este fin de semana?

–No demasiada –le respondí, sacudiendo la cabeza y señalando mi pila de libros de texto abiertos sobre la mesa–. Solo mucho que leer.

Cogió mi libro de Economía y empezó a hojearlo.

–Puaj. Dios mío, odio todo lo que tenga que ver con las matemáticas. No sé cómo lo haces.

Me encogí de hombros.

–No es para tanto.

Cogió otro libro: Teorías de la mente . Me había matriculado en Introducción a la Psicología.

–Esto ya es otra cosa. Creo que podría llegar a gustarme. –Se rio–. Tal vez podría llegar a descubrir qué narices me pasa. ¿Hay algún capítulo sobre lo de probar la sangre?

Volvió a reírse, pero a mí no me hizo ninguna gracia.

Sus impulsos eran terribles, pero las cosas que hacía con la sangre resultaban repugnantes.

Con los años la había probado, había escrito con ella y, últimamente, la novedad consistía en guardarla en botellas de agua vacías.

Era la única parte de su enfermedad que había decidido ignorar por completo.

No me gustaba verlo ni hablar de ello. Ni siquiera con ella.

Le lancé una mirada para hacerle ver que se había pasado de la raya.

–Eso no ha tenido gracia –dije.

Clavé la mirada en mi taza de café, buscando las palabras para iniciar la conversación, tratando de imaginar cuál sería su reacción y cómo respondería yo. Era un territorio desconocido para nosotras. Había tenido muchos secretos, pero nunca le había ocultado ninguno.

–¿Qué pasa? –dijo, interrumpiendo mis pensamientos.

Me conocía demasiado bien.

–Eh… –Me aclaré la garganta–. Es complicado. Ni siquiera sé por dónde empezar.

Sus ojos se congelaron por el miedo. Se echó hacia atrás en la silla.

–No es nada malo. No te preocupes. En realidad… es algo bueno.

Extendí la mano y apreté la suya. Ella se aferró con fuerza a la mía y respiré hondo.

–Em, he conocido a un chico fantástico en el trabajo.

–Entonces deberías salir con él.

–Hace un tiempo que estamos saliendo –le dije, sorprendida por su respuesta.

–¿Por qué no me has dicho nada?

–No lo sé. Supongo que no pensé que fuera a durar demasiado y me sentía mal porque tú no estabas bien. Supongo que me sentía mal por…

–¿Por ser feliz?

–Me siento como si no tuviera derecho a serlo. Como si de alguna manera te estuviera traicionando.

Echó la cabeza hacia atrás y se rio.

–¿Por no ser tan desgraciada como yo? No es culpa tuya que esté loca.

–No estás loca. –Odiaba cuando hablaba así–. Simplemente estás deprimida y lo estás pasando muy mal. Todo volverá a ir bien.

Sus ojos se despojaron de toda emoción y me lanzó una mirada perdida.

–No, eso no pasará.

El vacío en su expresión me asustó. Podía soportar su intensidad emocional, pero su ausencia de todo me aterraba. Me levanté y volví a llenar nuestras tazas de café.

–Entonces, ¿te apetece conocerle?

Se encogió de hombros.

–Supongo que debería. ¿Dónde?

–No lo sé. Podría llamarle. Podría venir aquí y…

–¡No! –Se levantó de un salto de la silla–. ¡Este sitio es nuestro, solo nuestro!

Salió corriendo por la estrecha cocina, atravesó el pasillo y entró en el dormitorio, cerrando la puerta de un portazo.

Respiré hondo varias veces antes de ir tras ella.

Cuando entré, me la encontré boca abajo en la cama, dando puñetazos a las almohadas como una niña de tres años con una rabieta. Me senté en el borde de la cama.

–¡Vete! –gritó.

Me acerqué un poco más.

–¡Lo digo en serio!

Me deslicé a su lado, tocándole con suavidad la espalda.

–¡No me toques!

Empecé a dibujarle círculos en la espalda lentamente, dando vueltas, mientras le tarareaba You Are My Sunshine dulcemente. La canté tres veces antes de que ella hablara:

–Debe de gustarte mucho.

–Sí, mucho –susurré.

Se dio la vuelta y se incorporó para sentarse a mi lado, mirándome a los ojos. Me recordaba a la pequeña Emmie. Últimamente tenía la sensación de que cada día era más niña.

–Lo siento, pero este es nuestro sitio… Es mi seguridad. Mi cordura. Traer a otra persona aquí sería como contaminar el único espacio en el que me siento segura.

Asentí.

–Lo entiendo. No sé por qué he sugerido que venga aquí. Ha sido una mala idea. Me he dejado llevar por la emoción de que os conocierais. Ha sido lo primero que me ha pasado por la cabeza, pero podemos quedar con él en cualquier otro sitio. Podríamos quedar los tres para tomar un café o cenar o…

–¿Cómo se llama? –me interrumpió.

–Thomas.

–Se te han iluminado los ojos cuando has dicho su nombre.

El vacío había vuelto a los suyos.

–Quiere ser pastor de jóvenes y se está esforzando mucho para conseguirlo. De entrada, parece un chico sencillo, pero no lo es. Es maravilloso. Es una persona íntegra. No sé qué ha podido ver en mí.

–Yo sí que lo sé. Te ve como te veo yo. Preciosa.

Aquellas palabras me hicieron sonrojar, incluso viniendo de ella.

–Entonces, ¿cuándo podré conocerle?

–¿Cuándo te apetece?