La gemela silenciosa Epílogo
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Epílogo

Hacía tres semanas que no iba a mi propia tumba.

Durante un breve momento, de camino de vuelta al hospital, consideré decirle a Lisa quién era realmente, pero deseché la idea y preferí mantenerlo en secreto.

Si se lo contaba, ella y los médicos me obligarían a volver a ser Emily, y yo ya no quería ser Emily.

Nunca había querido ser yo; me había pasado la vida odiándome.

Nuestra madre tenía razón sobre nosotras.

Siempre había dicho que Elizabeth era la fuerte y yo la débil y que debería intentar parecerme más a ella.

Incluso después de que nos rescataran de ella y nos fuéramos a vivir con los Rooth, todo el mundo seguía comparándome con mi hermana.

Medían mi progreso con el suyo y yo nunca daba la talla.

Nadie lo expresó nunca con la crueldad con que lo hacía nuestra madre, pero siempre estaba ahí, oculto bajo la superficie.

Bob y Dalila eran demasiado buenos para decirlo, pero lo vi en sus ojos la primera vez que la profesora de primaria los llamó para decirles que me habían visto jugando con dos compañeros durante el recreo.

En otras ocasiones, cuando no sabían que los estaba escuchando, los oí comentar lo mal que estaba.

Como cuando volví a casa del hospital después de que Dalila me encontrara en la bañera y la oí lloriquear:

–No lo entiendo. ¿Por qué no puede ser un poco más como Elizabeth?

Habría dado cualquier cosa por ser más como ella.

Había pasado tanto tiempo deseando ser ella como odiándome a mí misma.

Todo el mundo hablaba siempre de lo mucho que nos parecíamos, como si fuéramos la misma persona, y de cómo vivíamos en nuestro propio mundo, pero solo la última parte era cierta.

Vivíamos en nuestro propio mundo porque ella era la única persona que me entendía, pero éramos muy diferentes.

Ella había nacido con una coraza de acero alrededor del corazón que la protegía del mal.

Yo, en cambio, llegué al mundo sin defensa alguna.

No tenía muros tras los que ocultarme ni nada que me mantuviera a salvo del resto.

Mientras ella caminaba blindada, mi cuerpo y mi alma siempre estuvieron expuestos, a disposición de cualquiera que quisiera entrar y dañarme.

No había ni una sola parte de mí que hubiera quedado intacta.

Crecí contemplando a Elizabeth con asombro, preguntándome cómo podía ser tan invulnerable.

Todo empezó con nuestra madre y sus amigos especiales, y continuó después, cuando nos alejaron de ella y comenzó nuestra nueva vida con los Rooth.

Ella era firme como una roca, llena de coraje y fortaleza.

Nada parecía afectarle. Yo no entendía cómo lo conseguía y deseaba desesperadamente ser como ella, pero nunca estuve ni siquiera cerca de lograrlo.

La noche en que la maté no tenía intención de convertirme en ella.

Simplemente ocurrió, casi por accidente.

Mientras yacía en la carretera sobre su cuerpo, sentía la devastación de haber matado a la única persona que amaba y que más me había amado en el mundo.

La adoraba, la necesitaba. No podía concebir una vida sin Elizabeth ni soportar el peso de haber sido yo quien se la arrebató.

No podía aceptar de ningún modo que estuviera muerta, así que, cuando aquel agente me preguntó cómo me llamaba, respondí que me llamaba Elizabeth.

Fragmentos de mi memoria volvían poco a poco.

Seguía sin recordar nada de los días posteriores a su muerte.

Pero sí recordaba estar de pie junto a la tumba mientras la enterraban y darme cuenta de que todo el mundo pensaba que estaba muerta.

Todos creían que yo era Elizabeth y nadie se lo había cuestionado siquiera.

Yo era la única que sabía la verdad y comprendí que podía seguir siendo ella.

Si no le contaba a nadie lo que había ocurrido, nadie más que yo lo sabría.

Me dije que eso sería como hacernos un regalo a las dos: ya no tendría que ser yo y, al convertirme en ella, la mantendría con vida.

No me costó nada meterme en el papel de Elizabeth.

Fue muy sencillo, no requirió ningún esfuerzo por mi parte.

La había estado observando desde que éramos niñas y lo sabía todo sobre ella, desde la forma en que ladeaba ligeramente la cabeza hacia el lado izquierdo cada vez que se reía hasta cómo sacaba la punta de la lengua cuando se concentraba.

Fue como entrar en mi libro favorito. Muy pronto descubrí que me gustaba ser ella.

Me sentía bien, mucho mejor de lo que nunca me había sentido siendo yo misma.

Con lo que no había contado era con que yo no desaparecería.

Me habían metido bajo tierra con una lápida con mi nombre, pero me negaba a morir.

No iba a esfumarme y dejarle el camino libre.

Era una batalla constante entre las dos.

En mi primera sesión con el doctor Larson después de visitar la tumba, me explicó que esa lucha entre mis identidades se debía a una fuga de identidad que me permitía asumir una nueva sin dejar de conservar la original.

Describió todo como si fuera evidente que yo era Elizabeth porque, a diferencia de con Lisa, nunca me planteé decirle quién era en realidad.

Habló de mi fuga de identidad como de un «estado alterado» y dijo que era otro síntoma de mi trastorno disociativo.

Ese fue otro de esos momentos en los que no tenía ni idea de lo que me estaba hablando y deseé poder hablarlo con Lisa, pero no podía.

Una vez fui consciente de la verdad sobre quién era, supe que ella era la única persona a la que no podría ocultárselo, así que tuve que alejarme de Lisa, porque no podía arriesgarme a que lo descubriera.

Me entristeció; sabía que la iba a echar mucho de menos.

Pero, como siempre decía Elizabeth, a veces tienes que hacer sacrificios para conseguir lo que quieres, y renunciar a mi relación con Lisa fue un sacrificio que estaba dispuesta a hacer con tal de recuperar mi libertad.

El doctor Larson tenía esperanzas en mi recuperación total.

Su enfoque durante mis últimas semanas en el hospital había consistido en ayudarme a reparar mi fuga de identidad mediante lo que él denominaba «devolverme a la congruencia» y «deshacerme de mi estado alterado».

Me aseguró que, si seguía sus instrucciones y confiaba en el proceso, podría empezar una nueva vida y no tendría que seguir viviendo como hasta entonces.

El proceso incluía pasar el duelo por la muerte de Emily e identificar el papel que había desempeñado en mi vida el hecho de mantenerla viva.

Para él, el objetivo de mi tratamiento era lograr integrarla, pero el mío era vivir sin ella por completo.

Estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta para librarme de Emily porque, cuando saliera por la puerta del hospital, quería ser libre para vivir mi vida como Elizabeth sin la interferencia de mi antiguo yo.

Hice todo lo que el doctor Larson me dijo.

Le escribí una carta de despedida y la leí durante el grupo, hablé con ella en una silla vacía y le dije que la quería, golpeé almohadas y grité sobre lo enfadada que estaba y, finalmente, mediante una hipnosis guiada, me visualicé soltándole la mano y dejándola marchar.

El doctor me había prometido que era posible empezar de nuevo y yo sabía que podría hacerlo siempre y cuando Emily permaneciera enterrada.

Solo tenía que asegurarme de que así fuera esta vez.

Cuando me dieron el alta del hospital, todos los demás ya habían recibido la suya.

No quedaba nadie de nuestro grupo original, pero, justo antes de mi fiesta de despedida en la sala de estar, oí cómo Polly les decía a las otras enfermeras que iban a readmitir a Shelly al día siguiente tras un intento de suicidio.

Me sentí mal porque regresara tan pronto y me juré que yo jamás volvería.

Thomas asistió a la fiesta junto con Bob y Dalila.

Mi amor por él era más fuerte que nunca.

Habíamos dejado de hablar de lo que había ocurrido y empezado a centrarnos en planear nuestro futuro juntos.

Incluso había comenzado a lanzarme indirectas sobre el matrimonio.

Bob y Dalila estaban tan orgullosos de mí como en mi graduación del instituto.

Bob llevó flores y Dalila me regaló un libro precioso, lleno de citas inspiradoras.

Las enfermeras trajeron una tarta con la palabra «Enhorabuena» garabateada en glaseado rosa.

Nadie estaba más orgullosa de mí que yo misma.

Hacía ya cinco días que había salido del hospital y estaba sentada en mi nuevo dormitorio del apartamento que compartía con Rose.

Ella se había marchado dos semanas antes y el piso estaba completamente amueblado; parecía que lleváramos meses viviendo allí.

Su madre había hecho un trabajo impecable proporcionándonos todo lo necesario, incluido el dinero para el alquiler.

Eso significaba que yo no tendría que trabajar y podría centrarme en los estudios.

Retomaría las clases el próximo semestre y lo esperaba con ansia.

No había visto a Rose comer nada que no fuera lechuga y ya había perdido casi todo el peso que había ganado en el hospital.

Pasaba las tardes encerrada en su habitación haciendo ejercicio.

No me importaba que no comiera y se obligara a hacer doscientas sentadillas y elevaciones de piernas antes de acostarse, porque no comer y hacer ejercicio la hacía feliz.

Y yo quería que fuera feliz. Se lo merecía.

Como por las noches ella estaba ocupada en su habitación, yo me quedaba sola y podía hacer lo que me apeteciera.

Leía un libro que me había comprado en unos grandes almacenes el mismo día que salí del hospital o hablaba con Thomas por teléfono.

Nunca se nos acababan los temas de conversación. Pero aquella noche iba a ser diferente.

Por la mañana me había encontrado, de repente, otra vez en Target, en el pasillo de salud y belleza, sin tener ni idea de cómo había llegado hasta allí.

No recordaba haber cogido el autobús ni haber entrado en la tienda, pero allí estaba, pasando los dedos por los relucientes paquetes de cuchillas de afeitar.

Me vi a mí misma quitándole el plástico al envase de una hoja de afeitar nueva y reluciente.

El corazón me empezó a latir más rápido y mi cuerpo empezó a vibrar mientras me maravillaba por la forma en que la luz incidía sobre la hoja, haciéndola centellear.

Comprobé que la puerta del dormitorio estaba cerrada.

Lo estaba, pero aun así arrimé la silla del escritorio y la apoyé contra el pomo de la puerta como precaución adicional.

Acerqué el frío metal a la piel y presioné ligeramente, luego un poco más fuerte, solo para sentir el aguijonazo.

Sentí aquella picadura tan familiar y el calor se desparramó por todo mi ser.

Necesitaba más. Empujé aún más hacia dentro y sentí una liberación cuando me atravesó la carne, revelando el blanco nacarado de mi interior antes de que las primeras gotas rojas empezaran a dibujar su estela carmesí.

En cuanto vi brotar la sangre, supe que tenía que seguir y purgar todo el mal que llevaba dentro.

Deslicé la cuchilla por mi piel y sentí el placer incontestable de mi alma liberándose. Podía respirar de nuevo.

Cerré los ojos, dejando que aquella oleada tan familiar me recorriera, y me prometí tener cuidado. No debía cortar demasiado hondo. Esta iba a ser la última vez. Solo una vez más.