Capítulo 3
Me sorprendió ver que Lisa no había cambiado nada.
Esperaba encontrarla con canas y unas gafas redondas de señora mayor apoyadas sobre la nariz, porque tenía la sensación de que hacía toda una vida que no me sentaba en su despacho.
En cambio, tenía exactamente el mismo aspecto que recordaba.
Seguía con el mismo pelo negro y liso, solo que antes lo llevaba largo y ahora lucía un bonito corte recto que enmarcaba su rostro delgado.
Conservaba sus amables ojos azules y esa sonrisa de dientes perfectamente rectos que solo se consigue tras años de ortodoncia.
Habíamos pasado incontables horas en su despacho y, durante un tiempo, llegué a pensar que ella también nos había adoptado, de tanto tiempo que pasábamos juntas.
Bob y Dalila habían encadenado un desencanto tras otro tratando de concebir.
Bob deseaba un hijo tanto como Dalila y, tras muchos intentos desgarradores de fecundación in vitro, habían recurrido a la adopción.
Para Bob, adoptar a una criatura significaba simplemente tener la oportunidad de ser padre, pero para ella era algo más.
Tomó todo el dolor que había sentido por no poder concebir y lo volcó en encontrar a un niño al que pudiera salvar.
No solo deseaba adoptar un bebé: quería rescatarlo.
Después de examinarnos en el hospital, nos trasladaron a casa de los Rooth en un vehículo de la policía.
A Dalila le encantaba describir cómo se le derritió el corazón al vernos mientras observaba cómo el agente nos hacía bajar del asiento trasero como si fuéramos las delincuentes más jóvenes del mundo.
Teníamos demasiado miedo y el agente tuvo que recordarnos continuamente que camináramos.
Dalila abrió la puerta antes de que llamara. Emily y yo nos aferramos la una a la otra en los escalones de la entrada. Desde que los bomberos nos rescataron de nuestro apartamento, aún no le habíamos dicho una sola palabra a nadie.
–Pasad, pequeñas –nos dijo con su voz amable.
Y la seguimos hasta nuestro nuevo mundo.
No nos comportábamos como niñas normales y nada podría haber preparado a Bob y Dalila para hacer frente a nuestra larga lista de dificultades.
Comer era una de las peores. Yo no comía nada y Emily se llevaba a la boca todo lo que encontraba.
Ambas eran conductas extremas que nos hacían enfermar.
Emily vomitaba después de sus atracones, mientras que yo estaba cada vez más delgada, incluso más que antes de que nos acogieran.
La única comida sólida que habíamos probado hasta entonces eran las pizzas .
Había una pequeña pizzería abierta toda la noche a dos manzanas del club de striptease donde trabajaba nuestra madre y, de vez en cuando, cuando no estaba con un hombre, compraba una de camino a casa.
La grasa siempre nos provocaba diarrea, pero no nos importaba.
Valía la pena. Aparte de eso, sobrevivíamos a base de agua, leche y pan.
Los armarios de la cocina de nuestro apartamento estaban repletos de leche maternizada y pan.
Nada más. Mezclábamos la leche con agua del fregadero para beberla.
Los asistentes sociales le explicaron a Dalila que, aunque tomar leche de fórmula en biberón nos había podrido gran parte de los dientes delanteros, también había evitado que muriéramos de hambre o que desarrolláramos un retraso mental por la falta de nutrientes importantes durante tantos años.
Cuando nos llevaron con los Rooth, aún tomábamos leche maternizada en biberón.
Comer me resultaba ajeno y sentía la comida como algo extraño en la boca.
No me gustaba masticar ni la textura ni tener esa sensación pastosa entre los dientes.
Acababa escupiéndolo todo, porque, si intentaba tragarlo, no podía respirar, lo que me provocaba frenéticos ataques de pánico.
Emily, en cambio, nunca tenía suficiente.
Se sentía como en el cielo. Se comía lo que había en su plato y en el mío.
Escondía comida en la habitación, bajaba a hurtadillas a la cocina en mitad de la noche y se comía media nevera.
A veces la acompañaba y la veía comer pepinillos directamente del tarro, seguidos de nata montada y las sobras de la cena.
–¡Qué asco! –le preguntaba, absolutamente repugnada–. ¿Cómo puedes comerte eso?
Ella se reía de mí con la boca llena de comida.
–Porque está buenísimo.
Aprendimos a comer, pero no fue fácil y nos llevó mucho tiempo. El proceso incluyó la alimentación forzada junto con pequeñas recompensas para mí y candados en los armarios de la cocina y el frigorífico para Emily.
No nos gustaba estar separadas, lo cual era un problema, porque todo el mundo estaba empeñado en acabar con nuestra interdependencia.
Si alguien nos separaba, nos daban horribles ataques de ira que se intensificaban hasta llegar a los mordiscos y a los golpes en la cabeza. Yo mordía; Emily se golpeaba.
También fue necesario ajustar otras cosas.
Ninguna teníamos una rutina de sueño y vigilia estable.
Nunca habíamos seguido un horario, así que no diferenciábamos el día y la noche.
Ninguna podía dormir toda una noche entera.
Era como si los Rooth hubieran recibido a dos recién nacidos, solo que nosotras teníamos siete años.
Se lo poníamos realmente difícil, porque nunca nos habían educado para ir al baño debidamente, así que las dos teníamos accidentes nocturnos, pero, como dormíamos juntas, solo había que lavar un juego de sábanas.
Nos costó un año poder pasar toda una noche sin incidentes.
Bob y Dalila tuvieron muchísima paciencia con todas nuestras complicaciones, pero nuestra negativa a mantener contacto físico era lo que más les dolía.
Nos mostrábamos afectuosas la una con la otra, pero rechazábamos el contacto con cualquier otra persona.
A Dalila le gustaba tomarnos en brazos antes de acostarnos.
Puso una mecedora en nuestras habitaciones.
Me ponía en su regazo y me abrazaba, pero a mí no me gustaba.
Algunos de los amigos especiales de nuestra madre me habían obligado a hacer lo mismo, así que eso era lo único en lo que podía pensar cuando ella me sentaba en su regazo.
Me retorcía y me contorsionaba, tratando de ponerme cómoda, pero nunca era capaz de encontrar una posición en la que me sintiera a gusto.
Me encantaba cuando Emily me acariciaba la espalda, pero, cuando Dalila me tocaba, la piel me picaba y terminaba apartándole las manos.
Me resultaba más fácil conectar con Bob que con Dalila.
La sensación de seguridad que veía en sus ojos me cautivaba, la forma en que le centelleaban cuando sonreía o se reía.
Todos los hombres que había conocido tenían la mirada empañada por demonios que cobraban vida en cuanto se cerraba la puerta de la habitación de nuestra madre, pero en los ojos de Bob no había ni rastro de ellos.
Él no esperaba tanto de nosotras como Dalila.
Aceptó mucho antes que ella que Emily y yo teníamos heridas que ni el amor podría borrar.
Se conformaba con centrarse en lo que podía darnos y no intentaba convertirnos en algo que no éramos.
Desarrolló sus propias rutinas con nosotras.
Dibujaba durante horas con Emily y le encantaba ver Friends conmigo.
No importaba que se supiera de memoria casi todas las frases que decía Joey o que conociera al dedillo cada escena, se reía como si fuera la primera vez que veía cada episodio.
Él tenía su lado del sofá y yo el mío. Había una frontera invisible entre nosotros y, a diferencia de Dalila, nunca intentó cruzarla.
Lisa desempeñó un papel decisivo al ayudar a los Rooth a enfrentarse a nuestros problemas. Usaban tablas y pegatinas que se llevaban a casa y pegaban en la nevera para ayudarnos a cambiar nuestro comportamiento. Tuvimos una de esas tablas allí hasta el mismo día en que empezamos la secundaria.
Lisa usaba términos como «apego inseguro» o «trastorno reactivo del apego» cuando hablaba de nosotras con los Rooth.
Entonces no entendía aquellas palabras y sigo sin entenderlas ahora.
A veces me obligaban a sentarme en el regazo de Dalila, en el despacho de Lisa, con sus brazos rodeándome fuerte mientras yo pataleaba y gritaba.
Emily también lo odiaba, pero, a diferencia de mí, que me resistía, se quedaba inerte en sus brazos cuando le llegaba el turno.
Podría haberles resultado de ayuda si les hubiéramos contado lo que los amigos especiales de nuestra madre nos obligaban a hacerles, pero nunca lo hicimos.
Nunca. Nuestra madre nos había advertido de que, si alguna vez lo contábamos, nos mataría y, a pesar de que su presencia física había desaparecido de nuestras vidas, sus amenazas seguían siendo muy reales para nosotras.
No hablábamos de ello con nadie, ni siquiera entre nosotras.
Ni Emily ni yo respondimos a Bob y Dalila como esperaban, pero llegamos a quererlos a nuestra manera y nos familiarizamos con la rutina y la estabilidad que nos proporcionaban. Sin embargo, y a pesar de sus esfuerzos, para ellos nunca llegó a ser como habían imaginado.
–¡Elizabeth! –exclamó Lisa al verme, lanzándose sobre mí en un abrazo.
Apoyó una mano en mi espalda y me hizo pasar a su despacho.
Todo seguía igual. Los juegos y los juguetes se apilaban en las estanterías.
Había rompecabezas por todo el suelo. El enorme cajón de peluches en el que me encantaba meterme de cabeza seguía allí.
Su pequeño escritorio quedaba enterrado en un rincón, con sus títulos colgados en la pared detrás de ella, asomando entre los dibujos con ceras y las pinturas hechas con los dedos.
Me quedé mirando el saco azul de bolitas en el que solía sentarme.
Entonces señaló una silla de madera que había delante de su mesa mientras ella se sentaba al otro lado.
–Por favor, siéntate. Estoy tan contenta de verte.