Capítulo 2 #4
Saltó sobre el mostrador a mi lado, me quitó el paquete de la mano y le dio la vuelta.
–Son fideos orientales. Como los que hace ella.
Reconocía el paquete rojo y los pequeños palitos que había dentro.
En alguna ocasión, había visto cómo nuestra madre los preparaba.
No cocinaba muy a menudo y, cuando lo hacía, nunca lo compartía con nosotras.
A veces, incluso se olvidaba de que estaba cocinando.
Después, engullía la comida en nuestros morros sin ofrecernos ni un bocado.
–Pensará que los ha cocinado ella. Ni siquiera se dará cuenta.
Estaba convencida de que podía hacer la pasta, aunque Emily no estaba tan segura. Nos las arreglamos para encender el fogón, pero yo no tenía ni idea de cómo funcionaba una cocina y, sin darme cuenta, dejé un trapo sobre el fogón encendido. Prendió rápidamente y el detector de humos empezó a sonar.
–¡Oh, Dios mío! ¡Oh! ¡Bethy! ¡Bethy! –Emily empezó a gritar tan fuerte como la propia alarma–. ¡Nos va a matar! ¡Haz que pare!
La estancia estaba sucia porque nuestra madre nunca la limpiaba.
Junto a la cocina había cajas de pizza con restos y, con la misma rapidez con la que el trapo había empezado a arder, se le unieron las cajas de cartón.
Me quedé mirando el fuego como si estuviera en trance.
El humo empezó a llenar la cocina. Los armarios que quedaban por encima de las cajas de pizza fueron los siguientes en arder.
Emily me tiraba del brazo.
–¡Haz algo! ¡Oh, Dios mío! ¡Haz algo!
La cogí del brazo y corrimos de vuelta a nuestra habitación lo más rápido que pudimos, cerrando la puerta tras nosotras con un portazo.
Nos acurrucamos en la cuna, abrazándonos.
Emily empujó la cabeza contra mí y empezó a sollozar.
No pasó mucho tiempo hasta que pudimos oír el ulular de las sirenas en la distancia acercándose rápidamente hacia nosotras.
–¡Bomberos! –oímos gritar una voz.
Y entonces empezaron los golpes.
El sonido de la madera rompiéndose. Voces masculinas gritando.
Saltamos de la cuna y nos escondimos en el armario.
Las dos estábamos temblando. Parecía que llevábamos horas allí escondidas.
Oímos el sonido de pasos pesados moviéndose por el apartamento.
Nos preparamos para lo peor cuando un hombre gigantesco, vestido enteramente de azul, abrió la puerta del armario.
–Dios mío… –El gigante exhaló lentamente, mirándonos desde lo alto, mientras nosotras le devolvíamos la mirada, aterrorizadas–. Vuelve, John. He encontrado a unas niñas.
No recuerdo gran cosa de lo que ocurrió después, solo el pánico ante toda aquella agitación y las caras de los desconocidos desfilando ante nosotras.
Emily y yo nos agarramos, sin querer soltarnos e incapaces de responder a ninguna de sus preguntas.
No dijimos ni una palabra, ni siquiera para pronunciar nuestros nombres.
Nos dejamos hurgar y manosear por los médicos y mirábamos a todas aquellas personas que nos insistían tratando de saber quiénes éramos y, sobre todo, dónde estaba nuestra madre.
No podían localizarla y no teníamos ninguna información para ayudarlos.
No regresó al apartamento hasta pasados tres días y, cuando lo hizo, se encontró con una cinta amarilla en la puerta principal.
Nos quedamos en el hospital una semana. No vino a vernos ni nos llamó.
Los servicios de protección de menores no estaban dispuestos a dejarnos ir.
Pasamos directamente del hospital a casa de los Rooth, quienes nos acogieron.
Nuestro rescate se convirtió rápidamente en un acontecimiento mediático.
Nuestra historia salió en todas las revistas y en todos los telediarios del momento.
En todos los titulares de los medios de comunicación apareció una foto de nuestro dormitorio y una del de nuestra madre, acompañadas de alguna versión de la pregunta «¿Cómo lograron sobrevivir?
». La verdad era muy sencilla: nos teníamos la una a la otra.
No tenía ni idea de cómo lo habíamos conseguido, pero lo habíamos hecho.
Seguíamos haciéndolo y no sabía cómo dejar entrar a otra persona en nuestro mundo.
Aunque vivimos con los Rooth hasta que terminamos el instituto, nunca consiguieron entrar en nuestro mundo interior.
Por eso quería que con Thomas fuera diferente.
No era la primera vez que me planteaba hablarle a Emily de nuestra relación.
En alguna otra ocasión, había logrado armarme de valor, pero entonces ella se sumía en uno de sus episodios oscuros.
No me parecía justo contárselo cuando entraba en estado de autodestrucción.
No cuando el simple hecho de cepillarse los dientes la hacía llorar.
Así que me quedaba esperando cualquier señal de mejora.
Había breves destellos de la antigua Emily que mantenían viva mi esperanza, como las noches en que llegaba a casa y encontraba el apartamento impecable o salía tarde del trabajo y descubría que nos había preparado la cena, con la mesa puesta para dos.
Durante sus fogonazos de normalidad, se mostraba atenta; siempre preparaba la comida que el día anterior yo había mencionado que se me antojaba o limpiaba la casa cuando tenía un día especialmente estresante en el trabajo.
Sin embargo, la esperanza siempre duraba poco.
Pasados uno o dos días, se retiraba a la intimidad de nuestra cama, cerraba las persianas y desaparecía bajo las sábanas.
No se movía ni se duchaba. Apenas hablaba.
Rebusqué en mi memoria tratando de ubicar el momento exacto en que renunció a intentar llevar una vida normal y se entregó al sufrimiento.
Me obsesionaba intentar averiguar cuándo se había dado por vencida, porque, si encontraba el momento en que había dejado de intentarlo, podría arreglarlo y conseguir que volviera a luchar.
Había repetido ese ejercicio muchas veces, pero la búsqueda había sido en vano.
Traté de convencerla para que se reuniera con Lisa, nuestra antigua terapeuta.
Nos gustaba porque era la única persona que nos trataba como si no fuéramos frágiles y se dirigía a nosotras con una voz normal.
Todos los demás, incluidos Bob y Dalila, nos hablaban con una voz suave y tranquila, como si nos fuéramos a romper si hablaban demasiado alto.
Necesitaba a alguien fuerte que ayudara a Emily porque yo ya no podía hacerlo sola, pero mis propuestas siempre eran rechazadas.
–No. No pienso hacerlo. Odiaba hablar con ella cuando éramos niñas y ahora lo odiaría aún más –refunfuñaba, con los brazos cruzados sobre el pecho.
–Pero, Em, tampoco fue tan mal. Nos ayudó mucho. De verdad. Solo que ahora no lo recuerdas. Ahora lo único que puedes ver y recordar es lo negativo. Tienes la mente nublada.
No recordaba los divertidos juegos a los que Lisa jugaba con nosotras de niñas ni cómo nos animaba a hablar con Bob y Dalila sobre lo que sentíamos. También había olvidado lo mucho que la ayudó con su depresión cuando era adolescente.
Le ponía la mano en el hombro, tratando de ablandarla ante esa idea.
–Por favor… Yo ya no sé qué más puedo hacer.
–Lo siento. Lo siento mucho. Soy un desastre… Estarías mucho mejor sin tener que preocuparte por mí. Estoy segura.
–No digas eso. Sabes que no soporto cuando hablas así, ¡es una estupidez!
–No soy más que una enorme carga para ti y siempre lo seré. No sirvo para nada. Mi vida no tiene sentido.
Su autocompasión se prolongaba hasta acabar por asfixiarme. Al final, yo dejaba de lado el tema de conversación porque sabía que no iba a poder convencerla. A menudo pensaba en ir a ver a Lisa yo sola, pero hasta entonces no lo había hecho.
Mientras marcaba el número de mi siguiente potencial cliente incauto, me decidí a programar una cita para ir a verla en cuanto pudiera.
Tal vez pudiera convencerla para que viniera a casa a trabajar con Emily.
Solía ir a casa de Bob y Dalila; no veía por qué no podía venir también a la nuestra.
A Emily no le quedaría más remedio que hablar con Lisa si aparecía por casa, pero estaba convencida de que, aunque no conseguía que viniera, me ayudaría a encontrar la forma de ayudar a Emily.
Siempre había sabido aconsejarme sobre cómo apoyar a mi hermana sin perderme a mí misma y ahora volvía a necesitar su orientación.
En cuanto terminé la llamada, busqué a Lisa en Google. Seguía en la misma oficina. Puse mi línea en espera, miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie me observaba y marqué su número en el móvil.
Al tercer tono, contestó la recepcionista:
–¿Diga?
–Me gustaría concertar una cita tan pronto como sea posible –respondí mientras revisaba que ninguno de mis supervisores estuviera rondando por allí.
–¡Estás de suerte! –me contestó–. Ha habido una cancelación. ¿Mañana a las nueve y media te va bien?
–Perfecto.
–Estupendo… ¿Has estado aquí antes? ¿Para quién es la cita?
–Sí, pero ha pasado mucho tiempo. Yo aún era una niña.
–¿Cuál es tu nombre?
–Elizabeth. Elizabeth Rooth.
Mientras esperaba, golpeteé el escritorio con los dedos.
–No encuentro a nadie con ese nombre… Tal vez…
–No pasa nada. ¿Puedes apuntarme como paciente nueva?
Tenía miedo de que me pillaran y quería terminar la conversación cuanto antes. Nunca me había metido en líos en el trabajo.
–Claro. –Escuché cómo tecleaba en su ordenador–. ¿Sabes si tu seguro lo cubre?
–Pagaré en efectivo. No importa.
–De acuerdo, Elizabeth. Nos vemos mañana a las nueve y media. Como no tienes ficha, por favor, no te olvides de traer tu tarjeta del seguro.
–Vale…, gracias. Adiós.
Colgué a toda prisa.
No se lo conté a Thomas cuando me despedí de él al final de nuestro turno y tampoco a Emily al llegar a casa. Ni siquiera se movió cuando entré por la puerta. Estaba mirando el televisor como si pudiera ver a través de él.
No hizo más que reafirmarme en mi decisión. No podía seguir viviendo así. Necesitaba ayuda.