La gemela silenciosa Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Teníamos cinco años cuando nuestra madre empezó a dejarnos salir de nuestra habitación y adentrarnos en el resto del piso.

No sabíamos nada del mundo que había fuera de las cuatro paredes de nuestro dormitorio y para nosotras el pequeño apartamento era un universo en expansión.

En aquel momento, no sabíamos que acabaría por aprisionarnos del mismo modo que lo había hecho nuestro dormitorio; estábamos completamente embelesadas por su extensión.

Al otro lado del salón, estaba el dormitorio de nuestra madre, que ella mantenía cerrado con llave.

–Jamás entréis en mi dormitorio. Nunca –nos dijo–. ¿Me habéis entendido? Si lo hacéis, os volveré a meter en vuestra habitación y no os dejaré salir nunca más.

Asentimos con la cabeza.

–Cuando estéis aquí fuera, os quedáis bien quietecitas. Si alguien descubre que estáis aquí, volveré a usar el cinturón. Lo digo en serio. ¿Me habéis entendido?

Me dio un cachete en un lado de la cabeza.

–Sí, lo entiendo, madre. De verdad –le dije–. Estaremos calladas.

Tomó la cara de Emily entre las manos y la miró a los ojos.

–¿Y qué hay de ti, chiquitina? ¿Estarás tranquilita si te dejo salir?

Emily asintió con la cabeza y me miró. Me cogió de la mano, pero nuestra madre la apartó de mí de un tirón.

–Contesta, mírame a mí. Yo soy tu madre. ¡¿Por qué la miras a ella?! Tú también sabes hablar, ¿no? ¿O es que eres tonta? Siempre han dicho que suele haber un gemelo listo y un gemelo tonto. Supongo que esa eres tú.

Emily se echó a llorar.

–¡Cállate! Para de llorar. Dios mío. Siempre estás llorando. Eso es algo que podrías aprender de tu hermana. Ella nunca llora, sabe cómo ser fuerte. Tú eres patética. ¿Sabes qué? Vuelve a tu cuarto. ¡Las dos!

Nos dirigimos a nuestra habitación tan rápido como pudimos.

Abracé a Emily mientras sollozaba sin hacer ruido porque nuestra madre se enfurecía si llorábamos en voz alta.

Pensamos que nuestra oportunidad de salir se había acabado ahí, pero no pasó demasiado tiempo hasta que nuestra madre volvió a permitírnoslo y nos repitió las mismas instrucciones.

En aquella ocasión, superamos la prueba.

Desde entonces, pudimos salir de vez en cuando de la habitación cuando ella se marchaba.

Nos mostró la tele y siempre nos decía lo mismo:

–No la apaguéis. Dejadla encendida mientras estoy fuera.

Si alguien llama a la puerta, no abráis.

Pase lo que pase. No me importa lo que digan o quién digan que son.

Os quedáis calladitas sin moveros. Tampoco abráis las persianas.

–Se acercó a la ventana del salón y señaló las persianas–.

Las dejáis cerradas todo el tiempo. Punto.

Si me entero de que alguna de vosotras ha desobedecido mis normas, os daré una paliza a las dos.

Y, después de eso, se marchaba. A veces durante horas.

Otras durante días. Nunca sabíamos cuánto tiempo iba a estar fuera.

Nosotras estábamos fascinadas con la tele porque estaba llena de voces y caras nuevas y de tantas cosas que nunca habíamos visto y que no sabíamos que existían.

Había personas cuya piel no era como la nuestra, sino de otro color.

Nos sentábamos en el suelo delante del televisor, hipnotizadas y cautivadas.

No sabíamos cuándo nuestra madre nos iba a dejar salir de la habitación, pero saber que existía otro mundo hacía más llevadero el tiempo que pasábamos encerradas y nos ofrecía nuevas ideas para jugar.

No tardamos en conocer a la primera persona del mundo exterior.

Cuando entró por la puerta acompañado de nuestra madre, Emily y yo nos quedamos mirándolo como si se hubiera escapado del televisor.

Llevaba vaqueros azules y una camiseta negra con palabras que no fuimos capaces de leer en el centro.

Tenía el pelo rubio y corto y unas grandes gafas le enmarcaban los ojos achinados.

El vientre le sobresalía por encima de la cintura y se le movía arriba y abajo mientras reía con nuestra madre, como si tuviera algo dentro.

Olía como ella: el mismo olor rancio a podrido.

–Chicas, levantaos, venid. Quiero presentaros al amigo especial del que os he hablado esta mañana. –Nunca nos había hablado de nadie, pero hicimos lo que nos dijo y nos pusimos de pie–. Acercaos. Un poco más. ¡No seáis tímidas!

Dimos algunos pasos en su dirección.

Levantó la vista hacia él, pero él no la miraba. Nos miraba a nosotras, relamiéndose con una media mueca de desdén asomándole de la comisura de los labios.

–Ya te dije que eran adorables.

Extendió la mano. Nos quedamos de pie con los brazos pegados al cuerpo.

–Chicas, no seáis maleducadas. Dadle la mano.

Era la primera vez que oía esa voz dulce y melosa de nuestra madre, pero con el tiempo llegaría a conocerla muy bien. Extendí la mano y el amigo especial la agarró y me la estrechó. Emily me imitó.

Él introdujo su mano en el bolsillo trasero y sacó dos palos con círculos en la parte superior, cubiertos de un papel de colores.

–Os he traído un regalito. He pensado que os gustaría –dijo.

Su voz era grave. Sonaba como si hablara con la boca llena de canicas.

–Adelante, niñas, cogedlo. Vamos, no seáis maleducadas –añadió nuestra madre.

Los cogimos. No teníamos ni idea de qué hacer con ellos, pero no nos atrevimos a movernos ni a hacer preguntas.

–Son muy educadas y están impecables. Les he dado un baño esta mañana. Incluso he usado mi loción especial.

El hombre asintió con la cabeza en señal de aprobación, sin dejar de esbozar esa extraña sonrisa. Nuestra madre señaló su dormitorio.

–Puedes ir ahí dentro. Tal como habíamos quedado.

Se dirigió a la puerta de su habitación y giró el pomo, revelando un dormitorio como los que habíamos visto en la televisión.

En el centro de la estancia había una cama envuelta en unos velos blancos que parecían nubes.

A diferencia del resto del apartamento, cuyas paredes eran blancas y sucias, su dormitorio estaba pintado de un color rosa suave.

Tenía unas llamativas flores y una alfombra de felpa rosa y blanca en el suelo.

Él recorrió el dormitorio con la mirada con la misma avidez con que lo habíamos hecho nosotras.

–Que las disfrutes –le dijo.

El hombre cruzó la puerta. Nosotras nos quedamos clavadas donde estábamos. Nuestra madre se volvió para mirarnos con una mirada que conocíamos bien.

–Vamos, chicas. –Sus ojos dejaban clara la promesa de un castigo si no nos movíamos–. No hay nada de lo que tengáis que tener miedo.

Le seguimos robóticamente hasta el dormitorio y ella cerró la puerta detrás de nosotras.

Oí cómo tintineaban los cubitos de hielo en el vaso que utilizaba para beber un líquido oscuro.

El sonido del televisor pasó de un volumen normal a un sonido atronador y la música rock me inundó los oídos.

El amigo especial cogió la mano de Emily y la condujo a la cama.

Corrí hacia la cama y me senté a su lado, tomando su mano entre las mías.

–Vamos a jugar a un algo muy especial –dijo, quitándose la camiseta negra.

La primera vez que jugamos fue la más difícil, porque no sabíamos cómo funcionaban aquellos juegos especiales.

Nunca habíamos jugado con nadie, así que no sabíamos cómo lo hacía el resto de la gente.

Yo fui la primera. No me gustó el juego.

No le encontraba el sentido. No era divertido y dolía, pero a él no le importaba que doliera.

Tenía un juguete especial que utilizaba: lo tenía pegado al cuerpo y yo no podía respirar cuando me lo introducía en la boca.

Me ahogaba y hacía que las lágrimas me cayeran por las mejillas.

Yo tenía superpoderes y los utilizaba para flotar hasta las placas del techo y verme desde allí.

Esperé a que terminara el juego para volver a bajar.

Cuando le llegó el turno a Emily, la ayudé como pude porque no sabía si ella tenía mis poderes y quería ayudarla a completar el juego.

Me miraba mientras jugaba y me alegré de que pudiéramos entendernos sin palabras, de decirnos que todo iba a salir bien.

Conocimos a muchos amigos especiales a lo largo de los años y jugamos a ese juego más veces de las que podría contar.

A Emily le caían bien los que nos traían caramelos.

Ella siempre los aceptaba, pero yo no. Los dulces significaban que íbamos a tener que jugar y yo lo odiaba.

Había veces en que, cuando el amigo especial se iba, nuestra madre nos abrazaba y nos decía que estaba orgullosa de nosotras.

En esas ocasiones, nos dejaba quedarnos fuera de la habitación durante días para compensárnoslo.

En cambio, otras veces se ponía furiosa después de que se marchara el amigo especial y nos golpeaba con la percha de alambre o el cinturón antes de encerrarnos de nuevo en el dormitorio.

Pero todo cambió cuando, poco después de cumplir los siete años, provocamos un incendio en el apartamento durante una de las ausencias de nuestra madre.

Por fin me había armado de valor para explorar la cocina.

Nos habría dado una paliza de muerte si hubiera llegado a casa y nos hubiera encontrado allí, pero Emily escuchaba atentamente en la puerta mientras yo rebuscaba entre los armarios y cajones.

Vivíamos en un piso alto en la parte de atrás de un complejo de apartamentos.

Hasta nuestra puerta se extendía una escalera de madera que crujía y nuestra madre no podía subirla sin hacer ruido.

Una vez arriba, tenía que hacer girar la llave en la cerradura y apoyar el hombro en la puerta para abrirla.

Eso nos daba unos treinta segundos desde que oíamos sus pasos en la escalera hasta que entraba por la puerta, lo que nos daba tiempo de sobra para volver a escabullirnos hasta nuestro puesto habitual frente al tele.

Había encontrado un paquete de fideos orientales en la despensa.

–Em, mira –le dije, mostrándole el paquete.

–¿Qué es eso?