Capítulo 2 #2
Empezó a hacer su pausa para el almuerzo al mismo tiempo que yo hacía la mía.
Normalmente la tomaba hacia el final de la jornada, mientras que a mí me gustaba comer temprano.
A mediodía siempre me moría de hambre porque, aunque sabía que debía desayunar bien, nunca lo hacía.
La primera vez que coincidió conmigo en el descanso pensé que sería porque tenía que salir antes del trabajo, aunque en secreto esperaba que lo hiciera para que estuviéramos juntos.
La segunda vez que ocurrió, y se sentó a mi lado en la mesa de la sala de descanso, hice todo lo posible por contener mi entusiasmo y aparentar indiferencia.
–¿Qué estás leyendo? –me preguntó, fijándose en mi libro de texto abierto.
Siempre hacía las tareas durante la hora de comer.
–Kant. Mi profesor de Inglés está obsesionado con él.
–Uf, quita, quita. Aún recuerdo aquella época.
–¿Leíste a Kant? ¿En la universidad?
Se echó a reír.
–Sí. No nos limitamos a leer la Biblia durante todo el día.
Sentí que el calor me subía a las mejillas.
–Perdona…
Me puso la mano en el hombro. Era la primera vez que me tocaba.
–No pasa nada. Te estaba tomando un poco el pelo.
Todo el mundo asume siempre que lo único que hacemos es estar ahí sentados y hablar de Dios, pero te sorprenderías.
Es exactamente igual que una universidad normal y corriente.
Seguimos las mismas clases y requisitos que los demás.
La diferencia es que también asistimos a otras clases que tienen que ver con el campo que hayamos elegido en el ministerio.
–¿Qué campo ministerial has elegido tú?
–Quiero ser pastor para jóvenes. ¿Cuál es tu especialidad?
–Todavía no lo he decidido. Dudo entre Derecho y Medicina.
Un día pienso que quiero ser médico y estoy totalmente convencida de que es la elección correcta y unos días después pienso que es la peor decisión de mi vida y que quiero ser abogada.
Siento demasiada presión y no quiero tomar la decisión equivocada.
–Un día lo descubrirás.
Esperé a que dijera algo más, pero, en su lugar, empezó a hincarle el diente a su plato de pasta recalentada. A mí me encantaba todo lo italiano, pero hacía mucho tiempo que no iba a un buen restaurante de comida italiana.
Rápidamente, desarrollamos nuestra propia rutina.
Coincidíamos en tres turnos cada semana y hacíamos la pausa juntos a mediodía.
Empecé a traerle cosas que horneaba yo. No cocinaba tan bien como Emily, pero era mejor repostera que ella.
Preparaba varios tipos de galletas, pasteles y brownies para que los compartiéramos.
Al poco tiempo, empecé a traer de más para que se lo pudiera llevar a casa.
Acababa de darle un trozo de tarta de zanahoria para llevar cuando me pidió oficialmente una cita.
–Deberíamos empezar a comer juntos no solo al mediodía. ¿Te apetece ver si también nos llevamos tan bien a la hora de cenar?
Me quedé paralizada. Disfrutaba pasando tiempo con él, pero no podía ir más allá. Había dejado de tener citas cuando Emily enfermó. Se ponía celosa cuando pasaba tiempo con alguien que no fuera ella y yo prefería no molestarla.
Sacudí la cabeza.
–No puedo.
Se encogió de hombros y dijo:
–No pasa nada.
Temí que fuera a renunciar a nuestros almuerzos después de mi negativa a cenar, pero no lo hizo.
Siguió como si no hubiera pasado nada, y aquello no le impidió volver a invitarme a salir.
Todos los viernes se las ingeniaba para proponerme una cena con mayor o menor sutileza, pero yo siempre encontraba una razón para negarme.
Finalmente, al cabo de dos meses, acepté quedar con él; disfrutaba del tiempo que pasábamos juntos y había empezado a gustarme.
Le dije a Emily que había cogido un turno extra y que llegaría tarde a casa.
No me gustaba mentirle, pero no podía hacer otra cosa.
Cuando acabamos de trabajar, fuimos a un pequeño restaurante italiano.
Estaba tan nerviosa que lo único que me atreví a comer fueron espaguetis blancos.
No sabría decir si fue por mi estado de nervios o porque sencillamente me sentía a gusto saliendo con otra persona, pero no podía dejar de hablar.
Hablé sin parar sobre mis clases, los libros que estaba leyendo y mis películas favoritas.
Por norma general, cuando tenía una cita, dejaba que la otra persona acaparara la conversación mientras yo me dedicaba a escuchar, pero con Thomas me sentía cómoda.
Era maravilloso hablar con alguien que no estaba deprimido.
Además, era muy buen conversador y me encantaba que fuera tan inteligente, porque así yo no tenía que hacerme la tonta.
A la mayoría de los tíos les asustaba mi intelecto, pero él lo disfrutaba.
Estuvimos hablando hasta que llegó la hora de cerrar el restaurante.
Un día, cuando ya había pasado casi un año desde nuestra primera cita, acerqué su mano a la mía, entrelacé mis dedos con los suyos y le di un apretón.
–Tú también me importas. –Sentí cómo el rubor me invadía la cara y aparté la mirada–. Quiero que conozcas a Emily. Estoy segura de que, si te da una oportunidad, acabará sintiendo por ti lo mismo que yo.
La alarma de su reloj sonó, señalando el final de nuestra pausa.
Ya no comíamos en la sala de descanso, sino que agarrábamos nuestras cosas y nos metíamos en su Honda blanco para comer en privado.
Empezamos a hacerlo como una forma de pasar tiempo a solas y acabo convirtiéndose en una costumbre.
Los dos estábamos muy ocupados compaginando la facultad y el trabajo y disfrutábamos de nuestra compañía durante el almuerzo.
Recogimos nuestras cosas y volvimos a entrar.
Regresé a mi puesto y me puse los auriculares, entrando otra vez en modo automático.
Si le contaba a Emily lo de Thomas, mi relación con ambos cambiaría por completo.
Por mucho que culpara a Emily de mis dudas y mis reservas a la hora de contarle lo nuestro, había una parte de mí que tenía miedo de hacerlo.
Hablarle a Emily sobre Thomas sería el primer paso hacia una separación.
Incluso si solo era un paso pequeño, una vez lo diera ya no habría vuelta atrás.
Nada volvería a ser igual entre nosotras.
Tampoco era que nunca hubiéramos tenido nuestras historias.
Emily tenía muchas más citas que yo; los chicos se volvían locos por ella.
En el instituto, cada dos por tres aparecía uno nuevo detrás de ella, pero los dejaba enseguida y se iba a por el siguiente.
Era como si se los estuviera probando, igual que quien se compra unos vaqueros.
Aun así, ninguna de las dos había tenido nunca una relación seria ni se había imaginado un futuro con alguien.
Yo en el fondo sabía que llegaría el día en que una de las dos conocería a alguien especial y construiría su propia vida sin la otra, pero siempre había pensado que sería ella.
Ahora estaba claro que no. Emily llevaba años sin tener una cita y ni siquiera recordaba la última vez que había salido del apartamento.
La idea de construir una vida con alguien que no fuera mi hermana hizo que el estómago me diera un vuelco de emoción y miedo. Siempre habíamos sido nosotras dos porque nuestra supervivencia dependía de ello. Éramos un equipo y no habríamos podido soportar nuestra infancia la una sin la otra.
Cuando vivíamos con nuestra madre, solía desaparecer y nos dejaba encerradas en nuestro dormitorio durante días.
Emily fue la que descubrió cómo acabar con el sarpullido rojo que hacía que las piernas y la cara interna de los muslos nos escociera y nos doliera tanto.
Era consecuencia de llevar durante días los mismos pañales empapados de orina y heces, pero no nos atrevíamos a quitárnoslos.
La única vez que lo hicimos nuestra madre se puso furiosa.
Cogió la percha de alambre que utilizaba para pegarnos, añadiendo dolorosos moratones sobre las heridas abiertas.
En la habitación había un gran cubo de plástico rojo que nuestra madre se había olvidado, y Emily se deshizo del pañal y se acuclilló sobre él para hacer sus necesidades.
Yo también comencé a hacerlo, así que las dos utilizábamos el cubo como retrete.
Mientras una de nosotras orinaba, la otra estaba atenta por si se oía el sonido de las llaves en la puerta principal.
Por algún motivo, a nuestra madre no le importó descubrir que utilizábamos el cubo y empezó a vaciarlo en el retrete una vez por semana.
Ya no teníamos que cargar con nuestros desechos y las erupciones en las piernas desaparecieron.
Aún teníamos que soportar el olor, pero al menos ya no teníamos que cargar con toda la porquería pegada.
Las horas de hambre y aislamiento eran interminables, pero las llenábamos con la otra.
Nos inventábamos historias sobre familias imaginarias y nos hacíamos reír.
Pero nuestro juego favorito era fingir que hacíamos de madre.
Sabía cómo le gustaba que le acariciaran el pelo a Emily, así que cuando me tocaba a mí la tumbaba en mi regazo y lo hacía una y otra vez mientras canturreaba.
A mí me gustaba que me acariciaran la espalda en círculos, así que cuando la madre era Emily me recorría la espalda con los dedos hasta que caía dormida.
Teníamos un idioma secreto para que, cuando nuestra madre estuviera cerca, no entendiera lo que nos decíamos.
En la cuna, cantábamos y jugábamos a imaginar mundos, actuando la una para la otra.
Cuando ya no nos quedaba nada que comer y nos moríamos de hambre, dormíamos acurrucadas, como dos cachorros tratando de mantener el calor.
El descanso durante los periodos de hambre era muy irregular. Era como estar a medio camino entre el sueño y la vigilia e incluso a veces teníamos el mismo sueño. Entrábamos y salíamos del estado de conciencia juntas.