Capítulo 2
–¿Cuándo? Dime solo cuándo.
La frustración en la voz de Thomas rozaba la súplica. Solo es posible repetir la misma discusión un número limitado de veces antes de que la paciencia se agote, y nosotros habíamos alcanzado ese punto hacía ya mucho tiempo.
Suspiré. Estaba tan cansada como él.
–Tú no lo entiendes. No puedes entenderlo.
–Claro que lo entiendo. Quiero decir, hasta donde llego. Ni siquiera tienes que decirle que soy tu novio. Puedes presentarme como un amigo tuyo.
–Se dará cuenta.
Le paré los pies, como siempre. Él creía que lo entendía, pero no era así. Nadie entendía nuestra relación ni por qué era como era. Ni siquiera Bob y Dalila lo entendían y, si ellos no habían logrado entenderlo, estaba segura de que él tampoco podría.
Nos quedamos sentados en silencio mientras yo jugueteaba con el cordel que colgaba de la parte inferior de mi camisa.
Notaba que me miraba fijamente, con una intensidad ardiente, y, aunque no levanté la vista, sentía un calor abrasador en mi rostro.
No entendía cómo podía tener tanta paciencia conmigo.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero las reprimí antes de que tuvieran la oportunidad de deslizarse por mis mejillas.
–Cariño…
Me encantaba cuando me llamaba «cariño». Su voz se suavizó y la frustración había desaparecido. Me rodeó con los brazos, acercándome a él.
–Todo irá bien.
Aspiré su olor. Olía a bosque, a pesar de que se pasaba todo el tiempo encerrado en un cubículo en el trabajo o en la biblioteca del campus, con la cabeza hundida en un libro.
Me gustaba estar en sus brazos. Quería besarle, pero, nunca había dado yo el primer paso para hacerlo.
Era incapaz de tomar la iniciativa. Esperé a que él me besara y entonces le devolví el beso.
Le miré, tratando de comprender cómo era posible que se preocupara tanto por mí cuando aún había tantas cosas que no podía contarle.
Había compartido con él más de lo que lo había hecho con nadie, pero aún quedaba una gran parte.
Él me veía como una mujer fuerte, decidida e independiente, resuelta a labrarse una vida mejor.
Temía que su imagen de mí cambiara si le permitía acercarse más, pero, a pesar de mis miedos, anhelaba una mayor proximidad porque deseaba estar con él.
Empezaba a necesitarle y sabía que, si quería que nuestra relación funcionara, tendría que arriesgar un poco más.
Escupí las palabras lo más rápido que pude antes de cambiar de opinión o perder la entereza:
–Vale. Voy a contarle lo nuestro.
Me apartó de él y me miró a los ojos con una enorme sonrisa en el rostro.
–¿Estás segura? No pretendo presionarte, pero ya ha pasado mucho tiempo. Llevamos juntos casi un año y aún no he podido conocer a la persona más importante de tu vida. Me importas. Así que cualquiera que sea importante para ti también lo es para mí.
Nunca había conocido a nadie como Thomas.
Era amable y paciente. A diferencia de la mayoría, a él realmente le daba igual lo que pensaran los demás.
A mí también me daba igual, a excepción de Emily.
Su opinión me importaba, pero no perdía mucho tiempo preocupándome por el resto.
Thomas me había dicho que eso era lo que más le había gustado de mí.
Él era una persona independiente. Me atraía como ningún hombre lo había hecho antes, quizá porque yo tenía a Emily, mi otra mitad.
Ella era la única persona a la que necesitaba o que quería tener cerca, pero, a medida que seguía enfermando, una pequeña parte de mí había empezado a preguntarse cómo sería sentirse unida a alguien más.
Había empezado a preguntarme si me sería posible sentirme cerca de alguien que no lo supiera todo sobre mí o si podría establecer un vínculo con alguien con quien no hubiera compartido acontecimientos traumáticos.
Había aparcado cualquier anhelo de acercarme a otra persona.
Hasta que apareció Thomas. Él era diferente y yo era incapaz de ignorar mis sentimientos.
Su aspecto no tenía nada de llamativo o excepcional.
Parecía un universitario normal y corriente, con unos vaqueros ajustados y unas Converse rojas tan gastadas que se le veían los calcetines a través de los agujeros de la tela.
En un centro comercial lleno de gente, no llamaría la atención.
Fue su confianza y su autoestima lo que me atrajo de él.
Tenía una gran seguridad en sí mismo sin ser arrogante.
No comprendía cómo alguien podía tener tanta confianza en sí mismo sin depender de que otro lo definiera.
No tenía ni idea de lo que era ser solo «yo» en lugar de «nosotras».
Trabajábamos juntos como teleoperadores para una empresa de venta por catálogo que vendía toallas baratas que se deshacían al segundo lavado y velas que se anunciaban con olor a flores, pero que en realidad olían a jabón de mala calidad.
Era terriblemente aburrido y un simple turno de cuatro horas parecía durar doce.
Los interlocutores al otro lado de la línea estaban tan molestos por la llamada como nosotros por tener que hacerla, y normalmente aprovechaban la ocasión para dar rienda suelta a toda su rabia contenida diciéndonos cosas que nunca se habrían atrevido a decirnos a la cara.
A diferencia del resto, a Thomas nunca le molestaban los comentarios soeces.
No se enfadaba por ellos y en lugar de responder de manera grosera como hacíamos prácticamente todos, él sonreía, les respondía con un «Gracias» y pasaba a la siguiente llamada.
La televenta no era la primera elección profesional de nadie.
Todos teníamos una razón para estar allí y no era precisamente para hacernos ricos o tener éxito.
Casi todos lo hacíamos para salir adelante o porque no podíamos conseguir trabajo en ningún otro sitio.
Nuestro turno estaba mayoritariamente compuesto por estudiantes universitarios debido al horario flexible y a la reducida jornada.
Thomas había empezado unos meses antes que yo y estaba allí para pagarse los estudios del seminario.
A diferencia de mí, que aún no había decidido qué carrera quería estudiar, Thomas sabía desde los ocho años que quería ser pastor y ayudar a los jóvenes.
Era cristiano evangélico y su religión era una insignia que lucía con orgullo.
Sus padres eran cristianos y él había tomado la decisión de seguir a Dios cuando tenía tres años.
Hablaba de él como si fuera su amigo y, aunque Bob y Dalila nos llevaron a la iglesia durante un tiempo cuando éramos pequeñas, yo nunca había sentido a Dios de la forma que él hablaba.
Yo no creía en nada, pero a él eso le daba igual.
Con frecuencia me preguntaba si llegaría un día en que se convirtiera en un problema y él intentara convertirme al cristianismo, pero eso aún no había sucedido.
Aunque al principio me preocupaba, cada vez estaba más dispuesta a adentrarme en su religión si él me lo pedía.
Nuestros compañeros de trabajo se burlaban constantemente de sus convicciones.
No ocultaba su religión y no se avergonzaba lo más mínimo de reservarse para el matrimonio, lo que provocaba que los compañeros de nuestro turno se esforzaran aún más por provocarlo.
Le acusaban de ser gay o se burlaban de él llenándole el cubículo de fotos de mujeres desnudas.
Pero, por más que lo intentaban, él se mantenía fuerte y nunca les regalaba la reacción que buscaban.
Fue después de una de esas burlas cuando hablamos por primera vez.
–Menuda panda de gilipollas –le dije, poniendo mi llamada en espera y volviéndome para mirarle. Su cubículo estaba dos más allá del mío.
Pulsó el botón de espera y apartó el micrófono.
–¿Qué más da? No saben lo que hacen. No son más que chicos comportándose como tales.
Me abstuve de hacer notar el hecho evidente de que él también era un chico.
–Me llamo Elizabeth.
Me sonrió. Su sonrisa era cálida y acogedora; me tranquilizó de inmediato.
–Soy Thomas. Por favor, pase lo que pase, no me llames «Tom».
Me eché a reír.
–Siempre que me prometas no llamarme «Liz» ni «Beth».
–Trato hecho.
Nos resultaba fácil hablar entre llamada y llamada porque estábamos relativamente cerca.
No se nos permitía ponerlas en espera durante más de dos minutos sin permiso de nuestro supervisor, por lo que nuestras conversaciones al principio fueron breves y entrecortadas.
Él me hacía reír con sus comentarios sobre nuestros clientes.
–Esta seguro que no recordará haber hecho el pedido. Estoy convencido de que hablaba dormida –decía–. Podría haberle vendido todas las toallas del almacén.
A veces silenciaba la llamada que estaba haciendo, ponía alguna mueca y exclamaba cosas como:
–Dios mío, no quiero oír hablar de hemorroides…
Efectivamente, a diferencia de los otros clientes, los más ancianos siempre agradecían nuestras llamadas y las aprovechaban para describir con todo lujo de detalles sus problemas médicos.
Me sorprendía lo normal que parecía a pesar de sus fuertes convicciones religiosas.
Su risa empezó a colarse en mis pensamientos y comencé a imaginar cómo sería besarle.
Me emocionaba antes de ir al trabajo sabiendo que le vería.
Nunca me había preocupado mi aspecto, pero empecé a maquillarme y a peinarme solo para gustarle.