La gemela silenciosa Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Cuando estábamos en el instituto, le encantaban sus cuerpos cincelados y no le molestaba su estupidez, pero a ellos lo único que les interesaba era cuántos puntos podían marcar en el campo y con cuántas podían enrollarse.

Durante nuestro penúltimo año, el equipo de fútbol organizó una competición en la que otorgaban un valor en puntos a cada chica y luego comprobaban quién ganaba más acostándose con ellas.

Conseguían puntos extra si no usaban condón.

Emily acabó en esa lista, pero yo no. No estaba segura de si los chicos populares de la universidad eran iguales que los del instituto, pero no tenía ningún interés en averiguarlo.

–Hay muchas plazas libres en mi clase de Salud y tenemos a la mitad del equipo de hockey, por si quieres acercarte y conocerle en persona.

–Muy sutil, Bethy. Realmente muy sutil.

Me quitó la cuchara de la mano y se puso a remover la salsa que burbujeaba a fuego lento junto a la pasta.

–Déjame que te ayude con esto para que salga algo comestible –dijo, dirigiéndome una amplia sonrisa.

Nos movimos por nuestra pequeña cocina en una danza perfectamente coreografiada, desplazándonos la una junto a la otra de manera fluida y sin esfuerzo, como habíamos hecho tantas veces en el pasado.

Nunca dejaba de sorprenderme lo rápido que podía cambiar su estado de ánimo.

Parecía que se había olvidado de que hacía menos de una hora habíamos estado en el cuarto de baño lavándole la sangre del cuerpo.

No nos molestamos en poner la mesa y, en su lugar, sostuvimos los platos sobre el regazo frente al televisor. UVE había terminado y Emily cambió a Dateline . Estaban emitiendo un documental sobre la depresión adolescente y el aumento del porcentaje de chicas que se autolesionaban.

–Ni hablar, Em. No pienso ver esto.

Traté de coger el mando a distancia, pero ella apartó el brazo, manteniéndolo fuera de mi alcance.

–Venga, solo un momento. ¿Por favor? –me suplicó, aleteando con sus largas pestañas.

Cedí, como siempre.

–Diez minutos. Eso es todo. Y luego vemos Friends .

El reportero se embarcó en una exposición pormenorizada sobre el caso de una madre que había descubierto que su hija de doce años se cortaba y cómo la joven le había mentido para encubrirlo. Entrevistó a la chica y a sus amigos, intentando comprender por qué lo había hecho.

–¿Recuerdas cuando empecé? –preguntó Emily cuando el programa volvió a centrarse en el horror de la madre al descubrir que su hija se estaba autolesionando.

–Por supuesto que lo recuerdo.

Jamás podría olvidar el día en que había comenzado a autolesionarse.

Fue el día en que íbamos a quedar legalmente liberadas de la tutela de nuestra madre.

Teníamos ocho años y nuestra adopción por fin se había completado.

Había sido un proceso largo. Llevábamos nueve meses viviendo con los Rooth, pero al fin iba a quedar todo legalizado.

Íbamos a ser oficialmente suyas y ellos iban a ser oficialmente nuestros.

Los papeles se habían firmado, negro sobre blanco, y nuestra madre nunca podría recuperarnos.

No quedaba nada más que hacer, salvo celebrar una fiesta.

Se suponía que aquel iba a ser un día feliz, y podría haberlo sido si nuestra madre no hubiera hecho acto de presencia.

Solo la habíamos visto tres veces desde que los servicios de protección de menores nos habían separado de ella, y cada una de sus visitas había provocado algún tipo de colapso emocional, sobre todo en Emily.

Vivir con nuestra madre había sido más duro para ella que para mí.

Yo había renunciado a intentar que me quisiera, pero Emily nunca perdió la esperanza de conseguirlo.

Entendía por qué Emily se aferraba a ello, porque siempre había sido su favorita.

Era ella la que recibía sus escasos abrazos y su afecto cuando nuestra madre necesitaba fingir que le importábamos un poco.

Nuestra fiesta de adopción se había planeado con esmero y cariño para que pareciera una fiesta de cumpleaños; un valiente esfuerzo de nuestra nueva familia para simbolizar nuestro nacimiento en un mundo nuevo.

Había sido Lisa, nuestra terapeuta, a la que veíamos dos veces por semana, quien había sugerido lo de la fiesta.

A los Rooth les había encantado la idea y no habían reparado en gastos.

Había globos rosas flotando por todas partes y serpentinas moradas colgando de los altos robles del patio trasero.

Los Rooth habían alquilado un gran castillo hinchable con una enorme princesa con los brazos abiertos en la entrada, como si quisiera darte un abrazo antes de que pasaras.

Cada una tenía su propia tarta, decorada con nuestros nombres caligrafiados en el centro, y Dalila nos había dejado elegir un sabor a cada una.

La mía era de vainilla, y la de Emily, de chocolate.

Nos habíamos pasado la mañana peleándonos por cuál iba a estar más buena.

Había una mesa llena de regalos con envoltorios brillantes y no veíamos la hora de que acabara la fiesta para poder abrirlos, porque nunca habíamos recibido regalos.

Emily y yo nos quedamos a un lado, cogidas de la mano y observando las actividades que se desarrollaban a nuestro alrededor, aunque se suponía que éramos el centro de atención.

Nuestra nueva familia seguía siendo extraña para nosotros.

Revoloteaban y se reían, prodigándose grandes abrazos con total naturalidad.

Cada poco tiempo, alguno señalaba en nuestra dirección, nos saludaba con la mano y nos dedicaba una enorme sonrisa.

Apenas había empezado la fiesta cuando oímos esa voz imposible de pasar por alto, parecida a un chillido estridente:

–¡Hola, Bob! Hola, Dalila. Qué alegría veros –exclamó, mostrando una de esas sonrisas que le había visto practicar en el espejo–. No os podéis imaginar cuánto me alegra que cuidéis tan bien de mis hijas.

Nos quedamos mirando cómo nuestra madre, Bob y Dalila se abrían paso hacia nosotras. Lisa se mantuvo a la zaga de la terna, dispuesta a intervenir si la necesitábamos. Nuestra madre se coló en medio de nuestros nuevos padres y enlazó los brazos con los suyos.

–¿Os he contado que voy a entrar en el Ejército?

Tengo la prueba el próximo lunes. Me va a venir muy bien.

Muy muy bien. No es tan difícil como creía.

El campo de entrenamiento va a ser un palo, pero ya sabéis que estoy muy fuerte.

Siempre he hecho bastante ejercicio, aunque últimamente no he podido demasiado. Ya me volveré a poner…

Bob la interrumpió:

–Chicas, vuestra madre ha venido a veros.

No había venido a vernos. No sabía por qué estaba allí, pero no tenía nada que ver con nosotras. Agarró a Emily y la rodeó en un sorprendente abrazo. Mi hermana se quedó de pie con los brazos a los lados, mirando hacia mí, disculpándose con la mirada.

–¿Cómo está mi preciosa Emily? Mi dulce niña. Has crecido tanto, cariño. –Levantó los brazos de Emily en el aire con dramatismo–. ¿Recuerdas cuando hacíamos esto de pequeña? Eres tan alta. Debes haber crecido al menos cinco centímetros… Déjame que te vea.

Dio un paso atrás, con las manos sobre los hombros de Emily, y la examinó.

–No hay duda. Mínimo cinco centímetros. –Se volvió para mirar a Bob, agitando sus oscuras pestañas, y añadió–: Qué mona está. Igualita que su madre.

Se echó el pelo hacia atrás por encima del hombro y dejó escapar una risita.

Bob se sonrojó e instintivamente rodeó a Dalila con el brazo, nervioso.

–Las dos son preciosas.

–¿Cuándo podré volver a verlas? Seguramente tendrás que venir a buscarme, porque no tengo coche. Hoy me ha traído Jeremy. Se ha quedado fuera esperando. Está demasiado asustado para entrar. Ya sabes cómo son los hombres… –añadió, dando un pequeño golpe a Dalila en el costado.

Dalila rio nerviosamente. Nuestra madre se volvió hacia Emily y le estrujó las mejillas con las manos.

–Tenía que venir a ver a mi pequeña.

Emily dio un paso atrás y extendió la mano, tomando la mía y acercándome de nuevo a ella.

–Hola, Elizabeth –dijo entonces sin siquiera mirar en mi dirección.

La miré fijamente sin decir nada, esperando que pudiera leer el odio en mis ojos. Nuestra madre tosió y volvió a echarse el pelo por encima de los hombros. Demasiado tiempo con nosotros la incomodaba y había alcanzado su límite.

–Estoy deseando que llegue el momento de irnos juntas de vacaciones, chicas. Podríamos ir a Disneyland. Lo estoy organizando todo.

Bien podría habernos prometido que nos llevaría a la Luna. Nos abrazó a las dos y besó a Emily en la cabeza.

–Vuestra madre os quiere mucho. No lo olvidéis. Os quiero.

Se alejó dando pequeños brincos y, al llegar al garaje, se dio la vuelta para despedirse de nosotras lanzándonos un beso. Nunca volvimos a verla.

Aquella noche, cuando se suponía que ya estábamos durmiendo en nuestras habitaciones separadas, Emily se coló en mi cama, como hacía siempre.

Como parte del proceso de diferenciación del que Lisa hablaba todo el tiempo, cada una tenía su propia habitación.

Tenía que ver con separarnos y tratarnos como a individuos en vez de como a una sola persona.

Lisa había sugerido a Bob y Dalila distintas formas para llevarlo a cabo y dormir separadas era una de ellas.

Nosotras lo odiábamos. Pero daba igual, porque nada podía separarnos.

Todas las noches, después de que nos arroparan a cada una en su cama, Emily se escurría de puntillas a través del cuarto de baño que conectaba nuestras habitaciones y se metía en la cama conmigo.

Cada mañana los Rooth nos encontraban acurrucadas juntas.

–Odio a nuestra madre –susurró Emily mientras se hacía un ovillo a mi lado.

Me incorporé, sobresaltada. Era la primera vez que lo expresaba. Yo lo decía continuamente, pero ella no. Ella no la odiaba como yo.

Se sentó a mi lado con una extraña sonrisa en la cara; una sonrisa que no había visto nunca, y pensaba que las había visto todas. Se subió la pernera del pijama.

–Mira –dijo, señalando en la oscuridad.

Me incliné hacia su pierna, entrecerrando los ojos. Tenía arañazos en un lado y parecían propios de un gato.

–¿Cómo te has hecho eso? ¿Te has caído?

Rio nerviosamente.

–Me lo he hecho yo. Esta noche, antes de lavarme los dientes. Estaba en mi habitación y una chincheta se ha caído de la pizarra de corcho. La he cogido y lo he hecho.

Volvió a soltar una risita nerviosa. Me quedé mirándola fijamente.

–¿Te ha dolido?

Negó con la cabeza.

–Me ha hecho sentir bien.

Sonrió como si le acabaran de dar un premio.

–¿Por qué lo has hecho?

Se encogió de hombros.

–Quería ver si salía sangre. La he probado. Tiene un sabor raro.

Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro, pero rápidamente se transformó en una expresión de preocupación.

–Bethy, no se lo cuentes a nadie. Pensarán que soy un bicho raro. Prométeme que no se lo dirás a nadie. ¿Me lo prometes, Bethy?

–Por supuesto que no se lo contaré a nadie –le respondí.

Y no lo hice. Y no lo he hecho. Y nunca lo haré.