La gemela silenciosa
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Capítulo 1
Era siempre la misma llamada. Siempre la misma súplica desesperada.
–No se lo digas a nadie –me rogaba.
¿A quién se lo iba a contar? ¿Acaso había dicho algo alguna vez? Llevaba años guardando sus secretos.
Metí el coche en mi plaza de aparcamiento y miré hacia el tercer piso de nuestro edificio de apartamentos, a la última ventana de la izquierda.
Las persianas estaban completamente cerradas.
Llevaban así varios días. Salí y me dirigí a la entrada, pasando junto a los buzones y la señora Jasberson, quien siempre comprobaba su correo al menos cinco veces al día para poder interactuar con alguien que no fuera un personaje de televisión.
–Hola, Elizabeth –me saludó al verme–. ¿Cómo ha ido el trabajo hoy?
–Genial –le respondí sin darme la vuelta.
No había ninguna necesidad de decirle que, una vez más, me había marchado tres horas antes de terminar mi turno.
–Dile a esa hermana que tienes que necesita salir a que le dé el sol más a menudo.
Le sonreí mientras esperaba el ascensor.
–Lo haré.
La saludé con la mano por encima del hombro y entré en el cubículo tan pronto como se abrieron las puertas. Se cerraron delante de mí y me quedé observando cómo se iluminaban los números mientras golpeaba un pie contra el otro. Se oyó el familiar sonido y las puertas se abrieron al largo corredor.
El humo rancio de los cigarrillos me saludó en cuanto abrí la puerta.
Inspiré profundamente antes de avanzar por el pasillo y entrar en nuestro dormitorio.
Un pequeño bulto se escondía bajo el edredón amarillo.
Pasé por encima de los montones de ropa esparcidos, dirigiéndome a la ventana, y tiré de la cuerda de la persiana, inundando la habitación de luz y haciéndola un poco más alegre.
Abrí la ventana para dejar que el aire fresco entrara en la habitación y respiré hondo otra vez con la intención de coger fuerzas para lo que debía hacer a continuación.
Me senté al borde de la cama y aparté el edredón, revelando el pequeño cuerpo de Emily acurrucado en posición fetal, con los brazos alrededor de la cabeza.
Llevaba puesto su pijama morado. Mala señal.
La última vez que se lo puso casi terminamos en urgencias.
Yo había acabado por odiar el color púrpura.
Le aparté el pelo castaño de la cara.
–Hola, cariño. Ya estoy en casa.
Extendió los brazos hacia mí como una niña pequeña que busca a su madre. Me tumbé a su lado y la rodeé con los míos. Habíamos repetido esta rutina muchas veces. Acurrucó la cabeza en mi pecho y se echó a llorar.
–Shhh. –Le acaricié el pelo–. Todo va a ir bien. Siempre hemos salido adelante.
–Ni siquiera he podido vestirme. –Sus lágrimas me mojaban la camisa–. Lo he intentado, Bethy. De verdad que lo he intentado. En serio.
–Lo sé, cariño –le respondí.
–¿No te cansas de mí?
Ella me miró y yo la miré a ella: teníamos los mismos rasgos; compartíamos incluso ese pequeño lunar en la frente, justo debajo del nacimiento del pelo.
Sacudí la cabeza. Siempre sacudía la cabeza.
A pesar de que fue ella la que salió primero, siempre era yo quien la cuidaba.
Me había consagrado a protegerla durante la tragedia a la que nos tuvimos que enfrentar juntas de niñas y a través de su adolescencia, marcada por la depresión, y todavía seguía haciéndolo.
Había pasado los tres primeros minutos de su vida sin mí, pero eso era todo.
–Vamos a darte un baño, ¿vale?
No esperé a que me respondiera. Me puse en pie y tiré de ella hacia arriba, con sus brazos y su cuerpo delgados como palillos apoyados en mí. Tenía el pelo enmarañado a un lado de la cabeza.
–Y luego quizá podríamos salir a cenar. Alguien en la escuela me ha dicho que han abierto un bufé chino buenísimo en el centro. Dicen que el pollo teriyaki está increíble.
Abrió los ojos de par en par y se quedó boquiabierta, paralizada por el miedo a salir a la calle. Reaccionó como si le hubiera sugerido que se cortara un brazo.
–O también podemos pedir una pizza y ver una película. Me apetece una comedia romántica.
Su rostro se relajó al instante.
Estuve parloteando sobre cómo me había ido el día, riéndome del interés cotilla de la señora Jasberson por nuestras vidas, mientras nos acercábamos al cuarto de baño. Encendí las luces fluorescentes y dejé correr el agua de la bañera.
Emily entró tras de mí, con la cabeza colgando y los brazos apretados alrededor del estómago. Dejé de esquivar el silencio con palabras y lancé un profundo suspiro.
–¿Qué has hecho? –le pregunté.
Se encogió de hombros y empezó a desvestirse, con la cabeza todavía baja, como si fuera un cachorro al que hubieran encontrado orinando en el suelo o hurgando en la basura.
Se quitó el pantalón del pijama. Tenía las piernas llenas de costras de sangre seca esparcidas como restos de óxido.
Había muchas, lo que significaba que había estado cortándose todo el día.
Se desvistió con lentitud, con cuidado de no lastimarse la piel en carne viva.
Contemplé los bordes irregulares de sus heridas, recientes y antiguas, que se dibujaban sobre su pálida piel como una enmarañada red.
Me fijé en las tres marcas que tenía en el lado izquierdo del estómago.
Aquella vez habíamos acabado en urgencias.
Habían necesitado más de treinta grapas para detener la hemorragia, pero habían hecho un trabajo impresionante.
Si no supiera la verdad, pensaría que se trata de la cicatriz de una cirugía abdominal.
Tenía su nombre burdamente tallado en la parte superior del muslo derecho.
Se había labrado meticulosamente las letras en la piel con una cuchilla de afeitar el día de nuestro decimocuarto cumpleaños.
Cuando lo vi, la amenacé con cortarme yo también si no dejaba de hacerse daño, pero no sirvió de nada.
Ella siguió haciéndolo y yo nunca fui capaz de cumplir mi amenaza.
Me acercaba la hoja de afeitar a la carne, pero no era capaz de apretarla contra la piel.
Simplemente no podía. Nunca volví a decir nada acerca de sus cortes.
No era necesario. Entendía por qué lo hacía.
La tomé de la mano mientras entraba en la bañera y se sumergía en el agua caliente. Cogí la toalla y me dispuse a lavarle la espalda.
–Cuéntame qué has hecho hoy –me dijo mientras su cuerpo se relajaba.
Llené el momento del baño con historias de mi jornada mientras le limpiaba las heridas recientes.
Le hablé del examen que había hecho esa mañana en clase de Introducción a la Psicología y de lo sorprendida que estaba por lo fácil que me había resultado, porque el material de lectura había sido muy denso y difícil de asimilar.
Le hablé del buen tiempo y de lo bien que me había ido sentir la brisa mientras me dirigía al coche, con la esperanza de motivarla para que saliera de casa.
Cuando estuvo lista para salir de la bañera, yo ya había empezado con mis historias de telemarketing.
–¿Cuántas veces hoy? –me preguntó.
Sonreí.
–Doce.
Llevaba la cuenta de cuántas veces me colgaban cada día. Llevábamos la cuenta.
Hasta el momento, mi récord era de treinta y dos.
No pude convencerla para que viéramos una comedia romántica.
Insistió en otro episodio de Ley y orden: Unidad de víctimas especiales (UVE) .
Yo no entendía su obsesión por las facetas más oscuras y depravadas del ser humano.
No podía soportar las historias de niños encerrados en jaulas o vendidos a la prostitución, pero a ella le encantaban.
Si yo hubiese podido elegir, nunca habríamos visto esas cosas.
Mientras se acurrucaba a mi lado en nuestro destartalado sofá y se preparaba para resolver el último crimen sexual con Olivia y el equipo de la UVE, intenté sacudirme de la cabeza las imágenes de su cuerpo lacerado. Nunca me había resultado fácil ver el dolor que se autoinfligía.
–¿No hemos visto ya este capítulo? –pregunté mientras se desplegaba ante mí una historia vagamente familiar sobre una niña secuestrada encontrada en un baúl.
–Sí, pero solo una vez y es uno de mis favoritos.
Ni siquiera apartó la mirada del televisor.
Aguanté hasta la segunda pausa publicitaria y ya no pude más.
–Voy a preparar la cena.
Entré en la cocina y rebusqué en la nevera.
Detestaba cocinar, pero estaba dispuesta a hacerlo para no tener que ver la serie.
Nunca sabía qué hacía mal en la cocina: seguía las mismas recetas que Emily, pero mis platos nunca sabían como los suyos.
Ella era una gran cocinera y antes, cuando aún salía de casa, cocinaba manjares exóticos, como pollo makhani o chuletas de cerdo estilo Módena.
En sus días buenos le seguía encantando experimentar en la cocina, pero, si era yo quien se encargaba de hacer la compra, sus opciones eran limitadas.
Me decidí por la pasta porque me parecía más fácil e improbable que pudiera estropear, y esperé que, para cuando hubiéramos terminado de comer, pudiera convencerla de ver algo más alegre.
Mientras esperaba a que hirviera el agua, pensaba en mi novio, Thomas.
Me había vuelto a traer flores al trabajo.
Le encantaba regalarme flores cuando no era una ocasión especial y nunca compraba rosas porque sabía que las odiaba.
Había dejado en el ramo otro poema cursi y yo me había burlado de él durante el resto del turno.
Cuando el agua empezó a hervir, sonreía y tarareaba para mí misma. Él siempre provocaba ese efecto en mí.
–¿Por qué sonríes?
Emily se acercó por detrás y se inclinó sobre el fogón para echar un vistazo a la olla.
–Ah, por nada –le dije.
Había pasado más de un año y aún no le había hablado de Thomas.
–Pensaba en algo que uno de los chicos populares ha dicho hoy en clase. No estaba ni remotamente relacionado con lo que estaba explicando el profesor y quedó como un completo idiota.
–¿Por qué siempre tienes que ser tan dura con ellos?
Levanté la vista con fastidio.