Epílogo
Glenmuir olía igual cuando Mairi regresó con su hija en brazos.
A humo de turba, piedra húmeda, lana secándose demasiado cerca del fuego y aquel viento de las Highlands que encontraba la manera de entrar en cualquier casa, por gruesos que fueran sus muros.
Las montañas se alzaban verdes bajo el cielo de mayo.
Una niebla ligera cubría las laderas más altas y el agua de la lluvia reciente bajaba por los caminos en hilos brillantes.
Desde el patio llegaban ladridos, órdenes de la señora MacNair y la voz del viejo Iain discutiendo con un mozo sobre la forma correcta de descargar un baúl que no le pertenecía.
Mairi bajó del carruaje sin apresurarse.
Ya no necesitaba demostrar que podía hacerlo antes de que alguien le ofreciera ayuda.
Douglas permaneció junto al estribo con una mano extendida.
Ella la aceptó.
Habían pasado casi nueve meses desde el nacimiento de Harriet y buena parte de ese tiempo lo habían vivido en Hamilton Lodge.
El clima más suave de Devonshire había ayudado a que Mairi recuperara fuerzas.
Eliza se había ocupado de llenar las habitaciones de flores, perfumes y alimentos que su nuera no siempre deseaba, pero terminaba comiendo.
Los médicos habían estado cerca sin convertirse en dueños de su vida, y Douglas había trasladado allí tantos documentos de Arran que Alexander llegó a acusarlo de intentar gobernar una isla desde el comedor familiar.
No había sido una nueva convalecencia impuesta.
Mairi había aceptado quedarse.
Cuando se cansaba, descansaba.
Cuando la tos regresaba en alguna mañana húmeda, tomaba sus remedios sin ocultarla.
Y cuando, semanas atrás, había dicho que estaba preparada para volver a Escocia, Douglas no había mencionado el invierno, los pulmones ni los médicos ingleses.
Solo había preguntado:
—¿Brodick o Glenmuir primero?
Mairi había elegido Glenmuir.
Douglas había preparado el viaje.
Ahora ella se encontraba de nuevo bajo las torres Sinclair con su marido a un lado y Harriet entre los brazos.
Los perros salieron disparados desde el arco de entrada.
Harriet dio un pequeño grito de alegría y agitó ambas manos.
A sus nueve meses, consideraba que todo animal cubierto de pelo había sido creado para su entretenimiento.
Uno de los perros se sentó frente a ella, con la lengua fuera, como si reconociera en aquel cuerpo diminuto a una autoridad natural.
—No —dijo Douglas.
El perro lo ignoró.
Harriet también.
—Es de esta casa —comentó Mairi.
—Es demasiado pequeña para haber escogido clan.
—Entonces lo lleva en la sangre.
En los escalones de Glenmuir aguardaban Malcolm, Audrey, la pequeña Eliza, Morna y la señora MacNair.
Malcolm no bajó de inmediato.
Permaneció quieto, con el tartán Sinclair sobre el hombro y los ojos verdes fijos en su hermana. Primero observó su rostro. Después la firmeza con que se sostenía y el color saludable de sus mejillas. Solo entonces miró a la niña que llevaba en brazos.
Mairi conocía demasiado bien a su hermano.
Entregó Harriet a Douglas y cruzó el patio antes de que Malcolm pudiera ocultarse detrás de alguna frase desagradable.
Lo abrazó.
Malcolm se quedó rígido durante un segundo.
Después cerró los brazos alrededor de ella.
—Has tardado demasiado —murmuró.
—He venido en cuanto he podido.
—Eso no mejora la espera.
Mairi se apartó lo justo para mirarlo.
—También te he echado de menos.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
Audrey descendió los escalones con una sonrisa. Conservaba la elegancia inglesa incluso en Glenmuir, aunque el tartán Sinclair sobre el vestido y la seguridad con que caminaba por el barro demostraban que ya no era una visitante.
—Bienvenida a casa —dijo.
Mairi la abrazó.
Detrás de Audrey, la pequeña Eliza intentaba avanzar cargada con un perro de madera bajo un brazo y una manta bajo el otro.
—La bebé dormirá conmigo —anunció.
—La bebé duerme con sus padres —respondió Audrey.
—No.
Malcolm miró a su hija.
—Eliza.
La niña levantó la barbilla.
—Es mía.
Douglas se acercó con Harriet en brazos.
—Empiezo a reconocer ciertas costumbres familiares.
—En Glenmuir todo cuanto cruza la puerta entra en el clan —explicó Audrey.
—Eso no figura en ningún acuerdo legal.
—Por eso funciona —replicó Malcolm.
Harriet vio al laird.
Se inclinó hacia él con ambos brazos extendidos.
Malcolm intentó mantener una expresión digna.
Fracasó antes de tocarla.
Douglas le entregó la niña.
—Parece cómoda con usted.
—Tiene buen juicio.
—Es demasiado pequeña para haberlo desarrollado.
Malcolm acomodó a Harriet contra su pecho con la seguridad de un hombre acostumbrado a cargar a una hija que jamás permanecía quieta.
—Entonces debe de ser instinto.
Harriet cerró la mano sobre el broche de plata del tartán de Malcolm y tiró con toda la fuerza de sus dedos pequeños.
Malcolm bajó la vista.
—Suéltalo.
La niña rio.
Douglas cruzó los brazos.
La señora MacNair descendió por fin los escalones.
Miró a Mairi de arriba abajo y después examinó a Harriet como si la niña fuera una entrega que debía superar una inspección rigurosa.
—Está más delgada de lo que debería.
—¿Yo o la niña? —preguntó Mairi.
—Las dos.
—Harriet está perfectamente alimentada —intervino Douglas.
MacNair lo miró.
—No le he preguntado, milord.
Douglas cerró la boca.
Morna se acercó detrás de ella. Había envejecido algo durante los meses de ausencia de Mairi, aunque no lo suficiente para perder autoridad ni mal carácter.
Tocó la mejilla de Mairi con los dedos.
—Tienes mejor color.
—Gracias.
—Sigues demasiado delgada.
—Eso ha dicho MacNair.
—Por una vez ha dicho algo bueno.
MacNair emitió un sonido ofendido.
Morna ignoró la protesta y miró a Douglas.
—¿La ha cuidado bien?
—Ha intentado hacerlo —respondió Mairi antes que él.
Douglas sostuvo su mirada.
—Mi esposa tiene opiniones propias sobre lo que significa estar bien cuidada.
—Y usted por fin ha aprendido a escucharlas —dijo Morna.
—Con frecuencia.
Mairi alzó una ceja.
—A veces.
—Eso resulta más creíble —concluyó la anciana.
Glenmuir volvió a moverse alrededor de ellos. Los mozos descargaron equipaje, los perros siguieron a la pequeña Eliza y la señora MacNair empezó a ordenar dónde debía llevarse cada baúl, aunque nadie le había explicado cuál contenía qué.
Mairi entró en el castillo del brazo de Douglas.
La piedra seguía siendo fría bajo su mano.
Pero Glenmuir ya no estaba cansado.
La torre norte mostraba un tejado firme.
Las ventanas que antes habían permanecido cerradas estaban abiertas y detrás de algunas se veían cortinas nuevas.
En los corredores había niños, criados y mujeres del clan cargando cestas.
Las chimeneas respiraban mejor y el antiguo salón del ala oeste, cerrado durante años, volvía a tener fuego.
El castillo no había dejado de ser áspero.
Pero estaba vivo.
Mairi subió los primeros peldaños y notó el cansancio del viaje en las piernas.
No lo ocultó.
—Necesito sentarme.
Douglas no la examinó como si acabara de anunciar una recaída.
Tampoco felicitó su sensatez.
Se limitó a colocar una mano bajo su codo y señalar el banco de piedra que Audrey había mandado cubrir con un cojín junto a la ventana.
—Aquí o en el salón.
—Aquí.
Mairi se sentó.
Douglas permaneció a su lado.
—¿Quiere descansar antes de la cena?
Ella consideró la pregunta.
—Media hora.
—Bien.
No discutió que fuera poco.
No decidió que debía ser una hora.
Mairi apoyó la cabeza brevemente contra su hombro.
Glenmuir seguía siendo su casa.
También lo eran Brodick y Hamilton Lodge.
No necesitó decidir cuál lo era más.
La cena de bienvenida llenó el comedor con más personas de las que la mesa había sido diseñada para recibir.
Hamish, el administrador, ocupaba un extremo junto al viejo Iain.
Ewan estaba al otro lado, con una copa de whisky y la expresión satisfecha de quien llevaba semanas gobernando pequeñas partes de Glenmuir en ausencia de Malcolm sin que nadie reconociera su esfuerzo.
Morna y la señora MacNair habían aceptado sentarse porque Audrey les había informado de que no se trataba de una cena formal, una explicación que ninguna de las dos creyó, pero que decidieron aprovechar.
Harriet permaneció en una silla alta junto a Mairi, sujeta por cojines y por la vigilancia de una doncella. La pequeña Eliza se había instalado a su lado para enseñarle cómo se golpeaba la mesa con una cuchara.
—No —dijo Audrey.
Eliza golpeó más bajo.
Harriet la imitó.
Malcolm miró a ambas.
—Esto es culpa de los Hamilton.
—Por supuesto —respondió Douglas—. Los Sinclair nunca golpean muebles ni desobedecen órdenes.
—Nosotros utilizamos las manos.
—Qué civilizado.
Mairi observó a los dos hombres desde el otro lado de la mesa.
Discutían sobre los caminos, los trabajos del valle oeste y el precio de la madera como si llevaran toda la vida haciéndolo. Douglas seguía siendo Hamilton. Malcolm seguía siendo Sinclair. Ninguno cedía con facilidad y ambos consideraban que la última palabra era una parte esencial de la autoridad.
Pero ya no parecían enemigos.
Parecían hermanos que todavía no habían aceptado el parentesco.
Audrey recibió una carta durante el segundo plato. Reconoció la letra de Cathaline y rompió el sello con cautela.
—¿Qué dice? —preguntó Mairi.
Audrey recorrió las primeras líneas.
—Habla de Londres, una cena en casa de lady Ashbourne y un conde que ha pedido permiso a mi padre para cortejarla formalmente.
Ewan tosió en mitad del whisky.
Todas las miradas se dirigieron hacia él.
—Ha entrado mal —explicó.
—El whisky lleva años entrando en la misma dirección —observó Malcolm.
Ewan se secó la boca con la servilleta.
—¿Qué conde?
Audrey levantó los ojos de la carta.
—Creí que no le interesaba.
—No me interesa. Solo deseo saber qué hombre posee tan poco instinto de conservación.
—Lord Mowbray —leyó Audrey—. Tiene veintisiete años, propiedades en Kent y, según Cathaline, una sonrisa que mejora cuando guarda silencio.
Ewan tomó otra copa.
—Parece perfecto para ella.
Mairi escondió una sonrisa.
—¿Seguro?
—Absolutamente.