Epílogo #2
—Entonces no le molestará saber que Cathaline está considerando aceptar el cortejo.
La mano de Ewan se detuvo sobre el vaso.
—Cathaline considera muchas cosas. Rara vez concluye alguna.
—Parece que conoce bien a mi hermana menor —dijo Douglas.
—La salvé de la muerte, eso es todo.
—No —respondió Mairi—. Solo es una curiosidad científica.
Ewan la miró.
Ella bebió con inocencia.
Antes de que pudiera replicar, el viejo Iain levantó su copa hacia Harriet.
—Por la pequeña Hamilton —dijo—. Y porque la próxima vez Dios envíe un muchacho fuerte para asegurar la casa de su padre.
No hubo crueldad en la frase.
Solo una costumbre antigua, pronunciada por un hombre que había vivido toda la vida midiendo la supervivencia de los clanes mediante hijos, tierras y apellidos.
Aun así, Mairi se quedó quieta.
No miró a Douglas.
No necesitó hacerlo para recordar la fiebre, la sangre y aquella noche en la que ambos habían creído perder a Harriet antes de conocerla.
Douglas dejó la copa sobre la mesa.
—No necesito un muchacho, Iain.
El anciano frunció el ceño.
—Milord, algún día será duque.
—Lo sé.
—El título necesita un heredero.
—El ducado tiene una sucesión establecida. Si no nace un hijo mío, pasará a quien corresponda cuando llegue el momento y tengo muchos hermanos.
—Pero su propia sangre...
—Está sentada junto a mi esposa golpeando una mesa con una cuchara.
Harriet escogió aquel instante para hacerlo de nuevo.
La pequeña Eliza celebró el golpe.
Douglas miró a su hija.
—No pienso medir el valor de mi familia por si hay un varón en ella o no.
Iain bajó un poco la copa.
—No quería ofenderlo.
—No lo ha hecho.
Douglas volvió la vista hacia Mairi.
No buscó aprobación antes de continuar.
La mesa permaneció en silencio.
—La casa Hamilton sobrevivió antes de mí y sobrevivirá después —añadió—. No pienso comprarle un heredero con la vida de mi esposa.
Mairi sintió que el aire volvía a sus pulmones.
Malcolm apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Glenmuir tampoco tiene un hijo varón.
Iain lo miró.
—Tiene a Ewan.
Ewan dejó la copa.
—Agradecería que no me den herencias mientras sigo comiendo.
Malcolm ignoró a su primo.
—La ley decidirá algún día quién recibe el título si yo no tengo un hijo. Mi hija no vale menos porque un documento antiguo no sepa reconocerla.
Audrey volvió el rostro hacia su marido.
Malcolm no la miró.
Observaba a la pequeña Eliza, que intentaba enseñarle a Harriet a arrojar la cuchara al suelo.
—Glenmuir tiene futuro —continuó—. No necesito fingir que ese futuro solo existe dentro de un hijo que todavía no ha nacido.
Douglas levantó la copa hacia él.
—Parece que coincidimos en algo.
—No se acostumbre.
El viejo Iain bebió al fin.
—Entonces brindaré por las niñas.
—Esa sí es una costumbre que puede conservar —convino Audrey.
Las copas se levantaron.
Harriet dejó caer la cuchara.
El perro que esperaba bajo la mesa salió corriendo con ella.
La pequeña Eliza gritó:
—¡Mía!
Y la solemnidad terminó.
Más tarde, cuando Harriet dormía en una cuna junto al fuego de la antigua habitación de Mairi, Douglas encontró a su esposa frente a la ventana.
La estancia seguía teniendo el mismo muro rugoso, la chimenea rebelde y una corriente de aire que aparecía cuando el viento cambiaba. Sin embargo, las cortinas eran nuevas y sobre la cómoda había un ramo de brezo fresco colocado por Malcolm sin que nadie hubiera conseguido obligarlo a reconocerlo.
Mairi llevaba una bata de lana y el tartán Sinclair sobre los hombros.
Douglas se acercó por detrás.
No cerró la ventana.
—Tiene frío —dijo, abrazándola por detrás y besándola en el cuello.
—Un poco.
—¿Quiere que la cierre?
Mairi miró el cielo sobre las montañas.
—Todavía no —Durante unos segundos observaron las luces del valle—. Pensé que querría un hijo —dijo ella.
Douglas volvió el rostro.
—Tengo una hija.
—Sabe a qué me refiero.
—Sí.
Mairi se abrazó un poco más a él.
—No creí que me obligara. Pero pensé que quizá esperaría. Que el mundo terminaría por convencerlo de que Harriet no era suficiente.
Douglas la miró con dureza.
No contra ella.
Contra aquella idea.
—El mundo no pasó aquella noche sentado junto a su cama.
Mairi bajó los ojos.
—El mundo tampoco heredará un ducado.
—Ni yo heredaría nada que justificara perderla.
Mairi lo miró y se besaron brevemente en los labios.
—Harriet no es un intento fallido de producir otra cosa.
—No he dicho eso.
—Lo ha temido.
Mairi no pudo negarlo.
—No sé si algún día querré otro hijo —confesó ella—. A veces creo que sí. Después recuerdo lo que ocurrió y no puedo respirar.
Douglas tardó poco en responder:
—Entonces no lo decida hoy.
Mairi levantó la vista.
Aquella frase, viniendo de él, contenía toda una vida aprendida a golpes.
—¿Y si nunca quiero intentarlo?
—No lo haremos.
—¿Y si algún día sí?
—Hablaremos con los médicos. Después discutiremos durante semanas porque ambos creeremos tener más razón que el otro.
La boca de Mairi se curvó.
—¿Y luego?
—Lo decidiremos juntos —Douglas miró hacia la cuna. Harriet dormía con una mano cerrada junto al rostro—. Esta noche estamos aquí —dijo él—. Usted, Harriet y yo. No necesito nada más.
Mairi apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Estamos en casa.
Douglas contempló Glenmuir.
No preguntó a cuál de sus hogares se refería.
—Sí.
Mairi extendió la mano hacia la ventana.
—Ahora puede cerrarla.
Douglas obedeció porque ella se lo había pedido.
La familia seguía reunida en el salón pequeño cuando llamaron a la puerta principal.
Malcolm levantó la vista de los documentos que revisaba con Edward. El joven Hamilton había acompañado a Douglas y Mairi hasta Glenmuir y pensaba continuar hacia Brodick a la mañana siguiente, aunque llevaba dos horas fingiendo leer el mismo informe.
Ewan se encontraba junto al fuego con la carta de Cathaline doblada dentro del bolsillo, pese a haber insistido en que no le interesaba.
Audrey cosía cerca de la chimenea.
Mairi y Douglas acababan de regresar después de acostar a Harriet.
La puerta se abrió.
Tavish MacKinnon entró con barro en las botas y preocupación en el rostro.
Fiona apareció detrás de él.
Llevaba el tartán MacKinnon sobre una capa oscura, el cabello rojo sujeto en una trenza y una expresión que habría bastado para hacer retroceder a hombres menos orgullosos.
Edward dejó de fingir que leía.
Fiona lo vio.
La irritación apareció de inmediato en sus ojos verdes.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Malcolm.
Tavish se quitó los guantes.
—Sir Alasdair se ha caído hace tres días.
Mairi avanzó un paso.
—¿Está herido?
—Una pierna rota y suficiente mal humor para demostrar que no piensa morirse. Pero no podrá montar ni recorrer las tierras durante meses.
—Eso no explica por qué han venido hasta aquí —dijo Malcolm.
Fiona sacó una carta de debajo de la capa.
—Las cuentas vuelven a mostrar dinero desaparecido.
Edward cerró el informe.
—¿Cuánto?
Fiona lo miró.
—No le concierne.
—Entonces no debería haberlo mencionado delante de mí.
—No sabía que estaría aquí.
—Eso parece decepcionarla.
—Lo hace.
Tavish dejó escapar aire por la nariz.
—El consejo del clan se niega a devolverle los libros a Fiona mientras sir Alasdair no pueda supervisarlos.
—Porque siguen creyendo que fui yo quien ocultó aquellas pérdidas —dijo ella—. Y porque alguien se ha asegurado de que vuelvan a aparecer irregularidades justo ahora.
Malcolm extendió la mano hacia la carta.
Fiona se la entregó.
El sello pertenecía a sir Alasdair.
Malcolm leyó en silencio y después levantó la vista hacia Edward.
—Lo ha pedido a usted, joven Hamilton.
Fiona se volvió.
—¿Qué?
Edward se puso en pie.
Malcolm le tendió la carta.
El joven leyó las pocas líneas escritas con la mano firme, aunque irregular, del jefe MacKinnon.
Sir Alasdair solicitaba que Edward Hamilton acudiera a Eilean Ròs como observador ajeno al consejo del clan. Había estudiado las cuentas tres años atrás. Conocía el sistema de registros y había sido la primera persona en advertir que faltaba dinero.
Hasta que las cuentas quedaran claras, Fiona recuperaría la administración únicamente bajo su supervisión.
—No —dijo ella.
Edward dobló la carta.
—Su tío parece opinar de otra manera.
Fiona miró a Malcolm.
—¿Va a permitir esto?
—No administro Eilean Ròs —respondió él—. Y no suelo impedir que otros lairds tomen decisiones desagradables en sus propias tierras.
—No pondrá un pie en mis tierras, no otra vez —dijo Fiona.
Edward dejó los guantes sobre la mesa.
—Según esta carta, pondré los dos.
Los ojos de Fiona se estrecharon.
Edward introdujo una mano dentro de la chaqueta y sacó la llave de latón que ella le había dejado en Brodick.
La colocó sobre la mesa entre ambos.
—Creo que esto le pertenece.
Fiona no la tomó.
—Quédese con ella. Parece tener la costumbre de entrar donde no lo invitan.
—Esta vez me han invitado.
—Yo no.
—Ese parece ser nuestro primer desacuerdo.
—No. —La mirada de Fiona se endureció—. El primero ocurrió hace tres años.
El salón quedó en silencio.
Edward sostuvo sus ojos sin la menor intención de retirarse.
—Entonces tendremos tiempo para aclararlo durante el viaje.
Fiona giró hacia Tavish.
—No viajaré con él.
—El barco sale al amanecer y yo llevo meses fuera de casa —respondió su primo—. Lord Edward Hamilton puede compartir la cubierta o nadar detrás.
—Puede esperar otro barco —convino Fiona.
—Las cuentas no —dijo Edward.
Fiona volvió a mirarlo.
No había amor entre ellos.
Ni promesas.
Ni nada que pudiera confundirse con ternura.
Solo tres años de traiciones, orgullo y una verdad que ninguno había conseguido demostrar.
Edward tomó la llave y la guardó de nuevo.
Al amanecer partiría hacia Eilean Ròs.
Y Fiona MacKinnon tendría que decidir qué detestaba más: permitirle entrar en sus tierras o descubrir que quizá nunca la había traicionado.
Gracias por acompañar a Douglas y Mairi hasta el final de su historia. Espero que su amor, sus heridas y su valentía hayan dejado una huella en tu corazón y formar parte de este viaje por Escocia. Pulse aquí para leer la siguiente entrega...