La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo final #3
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Capítulo final #3

Los pequeños movimientos que llevaba semanas sintiendo —apenas roces al principio, luego golpes suaves— habían desaparecido.

—Douglas.

Él abrió los ojos.

No había dormido de verdad.

—¿Qué ocurre?

—No se mueve.

Douglas se incorporó.

—Quizás duerme.

—No.

Mairi cerró los ojos para concentrarse.

Nada.

El vacío dentro de su cuerpo se hizo enorme.

Douglas colocó la mano sobre su vientre.

Esperó.

No sintió nada.

La señora MacEachern llamó al doctor. MacNab examinó a Mairi otra vez, escuchó lo que podía escuchar y permaneció demasiado tiempo en silencio.

—No puedo saberlo aún —dijo finalmente—. El sangrado ha disminuido. Eso es bueno. La fiebre no ha subido más. También es bueno. Pero tendremos que esperar.

—¿Cuánto? —preguntó Douglas.

—Lo que sea necesario.

El médico salió.

Mairi miró hacia la ventana.

La primera claridad gris comenzaba a aparecer detrás de las cortinas.

—Lo siento —dijo.

Douglas se volvió hacia ella.

—¿Qué?

—Lo siento.

La voz se le quebró.

—Por el niño.

Douglas se sentó en el borde de la cama.

—No aceptaré disculpas por algo que no has hecho.

—Su hijo...

—Nuestro hijo.

—Puede haberse ido.

Las palabras quedaron entre ambos.

Douglas bajó la cabeza.

Durante toda la noche se había obligado a permanecer firme porque Mairi necesitaba algo sólido a lo que aferrarse. Aquella frase encontró el único lugar que no había conseguido proteger.

Apoyó la frente sobre la mano de ella.

No lloró.

No habló.

Cerró los ojos.

Mairi sintió el peso de su dolor en el silencio y llevó la otra mano hasta su cabello.

—No le he dado un heredero —susurró.

Douglas levantó la cabeza de golpe.

—No me debe un heredero.

—Douglas...

—No me debe ningún niño.

La firmeza de su voz la hizo callar.

—Usted es mi familia —dijo—. Antes que cualquier hijo. Antes que el ducado. Antes que Brodick. No vuelva a pedir perdón por continuar aquí.

Mairi lo miró.

Douglas volvió a inclinar la cabeza y apoyó la mejilla sobre su mano.

Esta vez fue ella quien lo sostuvo.

Así permanecieron mientras la mañana empezaba a entrar en la habitación.

Douglas no supo en qué momento se quedó dormido.

Seguía sentado junto a la cama, con un brazo apoyado cerca de Mairi y la cabeza inclinada hacia ella, cuando sintió que alguien tomaba su mano.

Abrió los ojos inmediatamente.

Mairi estaba despierta.

La fiebre le había dejado el rostro agotado, pero sus ojos grises parecían más claros.

—¿Qué ocurre?

Ella llevó la mano de Douglas hasta su vientre.

—Espere.

Él se quedó inmóvil.

Pasaron varios segundos.

Nada.

Douglas miró a Mairi.

Ella negó apenas con la cabeza, pidiéndole paciencia.

Entonces algo golpeó bajo su palma.

Fue leve.

Tan pequeño que habría podido confundirlo con el movimiento de una respiración.

Douglas dejó de respirar.

Otro golpe.

Más claro.

Sus ojos se abrieron.

—¿Ha sido...?

Mairi empezó a llorar. No con la dignidad que había conservado durante la noche. Las lágrimas aparecieron sin permiso, calientes y rápidas.

—Sí.

El niño volvió a moverse.

Douglas contempló su propia mano como si ya no le perteneciera. Había esperado meses aquel instante. Lo había imaginado como una curiosidad, otra prueba de que una vida crecía dentro de Mairi.

No había imaginado lo que significaría después de creer que la habían perdido. Se inclinó y apoyó la frente sobre el vientre de su esposa.

Mairi le acarició el cabello.

Douglas besó el punto donde había sentido el movimiento.

No dijo nada.

No podía.

El alivio le atravesó el cuerpo con tanta fuerza que tuvo que cerrar los ojos.

Cuando los abrió, Mairi continuaba llorando.

Douglas se incorporó y la besó.

Su boca sabía a fiebre, cansancio y lágrimas.

Nunca había probado nada más precioso.

El doctor MacNab regresó una hora después.

La fiebre empezaba a bajar aunque la tos seguía de forma persistente.

El sangrado casi había desaparecido y los dolores no habían vuelto.

No prometió que el resto del embarazo fuera a resultar sencillo.

Mairi tendría que pasar mucho tiempo en cama, comer mejor, caminar menos durante varias semanas y permitir que la vigilaran con una regularidad que pondría a prueba su paciencia.

Douglas escuchó.

Mairi también.

—¿Lo ha entendido, milady? —preguntó MacNab.

—Perfectamente.

Douglas levantó una ceja.

—Eso espero.

MacNab cerró el maletín.

—Enviaremos noticias a la familia si lo desean.

—Sí, informe a ambas casas de lo ocurrido.

Los telegramas salieron antes del mediodía.

Las respuestas llegaron cuando empezaba a caer la tarde.

La de Glenmuir fue la primera:

AUDREY PREPARA EQUIPAJE. NO HE CONSEGUIDO DETENERLA. LLEGAREMOS MAÑANA. MALCOLM.

La de Hamilton Lodge apareció poco después:

TU MADRE YA HA PARTIDO. VIAJO DETRÁS. NO INTENTES DISCUTIR. ALEXANDER.

Douglas leyó ambos mensajes junto a la cama.

—Nadie en esta familia sabe estarse quieto.

Mairi, todavía débil entre las almohadas, sonrió.

—Por eso encajo tan bien entre vosotros.

Douglas dejó los telegramas sobre la mesa y se inclinó para besarla.

A través de la tela, el niño volvió a moverse bajo su mano.

Aquella vez Douglas lo sintió de inmediato.

Cuatro meses después, Brodick llevaba cinco noches sin dormir.

No se debía a un incendio, una conspiración ni una tormenta.

La responsable medía poco más que el antebrazo de Douglas, poseía una cantidad sorprendente de cabello oscuro y había demostrado desde el primer día que el volumen de una Hamilton no dependía del tamaño de sus pulmones.

Harriet Mairi Hamilton dormía finalmente en brazos de su padre.

Había nacido a finales de agosto, después de una noche larga durante la cual Douglas fue expulsado dos veces de la habitación y regresó tres.

Mairi se encontraba cansada, pálida y todavía recuperándose, pero viva y con órdenes expresas de regresar a Hamilton Lodge para recuperarse de su enfermedad, necesitaba un clima cálido.

Y tanto Mairi como Douglas decidieron que combinarían sus estancias en ambos lugares con visitas periódicas a Glenmuir.

Aquella mañana estaban solos en la alcoba principal de Brodick.

La familia había invadido el castillo durante los primeros días.

Eliza organizó el cuarto de la niña. Audrey permaneció junto a Mairi.

Malcolm recorrió los pasillos como si pudiera amenazar al parto hasta obligarlo a terminar bien.

Alexander sostuvo a su nieta con una solemnidad que no consiguió conservar cuando la niña le cerró una mano alrededor de la corbata.

Ahora, por fin, todos habían sido obligados a descansar o a abandonar la habitación.

Mairi permanecía sentada junto a la ventana abierta, con una manta sobre las piernas y el cabello rubio cayéndole en una trenza sobre el hombro.

Douglas se encontraba frente a ella con la niña entre los brazos.

La sostenía con una cautela casi ofensiva.

—No va a romperse —dijo Mairi.

Douglas bajó la mirada hacia el pequeño rostro dormido.

—Eso dicen todos.

—Yo lo dije muchas veces.

—Y estaba equivocada en varias ocasiones.

—No me rompí.

—No por falta de esfuerzo.

Harriet frunció la nariz.

Douglas se quedó inmóvil.

—¿Qué ha ocurrido?

—Ha respirado.

—De una forma extraña.

—Tiene cinco días. Todo lo hace de una forma extraña.

La niña abrió la boca y dejó escapar un sonido de protesta.

Douglas la acomodó contra su pecho.

Harriet se calmó.

Mairi sonrió.

—Estás completamente rendido.

—No.

—Llevas media hora de pie porque temes que se despierte si se sienta.

—Eso es estrategia.

—Has prohibido que cierren la puerta para poder oírla desde cualquier parte del pasillo.

—Seguridad.

—Has amenazado al médico cuando dijo que lloraba como cualquier otro recién nacido.

—Dijo que tenía buenos pulmones de una forma condescendiente.

—La pequeña Harriet ha gritado a un duque, rechazado a un médico y mantenido despierto a Brodick durante cinco noches —enumeró Mairi—. Es Hamilton.

Douglas observó a la niña.

—Se niega a soltarme el dedo. Es Sinclair.

—También es Hamilton.

—Eso explica que no se disculpe.

Mairi rio.

El sonido suave llenó la habitación junto con el aire de finales de verano.

Sobre una mesa cercana había un cajón abierto. Douglas había buscado dentro una cinta para sujetar la manta de la niña y había dejado, sin darse cuenta, un pañuelo cuidadosamente doblado junto al borde.

Mairi lo reconoció.

—Todavía lo conservas.

Douglas siguió la dirección de su mirada.

La mancha de tinta continuaba visible sobre la tela.

—Sí.

—Han pasado años.

—La tinta es persistente.

—Tu también.

Douglas se acercó y se sentó junto a ella, manteniendo a Harriet contra el pecho.

Mairi tomó el pañuelo y rozó la vieja mancha con el pulgar.

Harriet se movió.

Una mano diminuta apareció entre las mantas. Los dedos se abrieron en el aire hasta encontrar uno de Douglas.

La niña lo atrapó.

Douglas bajó los ojos.

La mano era tan pequeña que apenas rodeaba la primera falange de su dedo.

Mairi apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Parece que otra Sinclair ha decidido darle la mano.

Douglas contempló a su esposa.

Después a su hija.

No sintió la necesidad de cerrar la ventana, convocar a un médico ni ordenar al mundo que se mantuviera lejos de ellas.

Solo se quedó allí.

La niña volvió a cerrar la mano alrededor de su dedo.

Douglas sonrió.

Esta vez, cuando una Sinclair le ofreció la mano, supo exactamente cómo recibirla.