Capítulo final #2
Douglas la miró, palideciendo. Apretó los puños alrededor de su cuerpo.
Era su culpa, no debería haberse instalado allí con su esposa sabiendo sus antecedentes médicos, no debería haberla dejado en ese estado...
embarazada. Se culpó a sí mismo como antes, pero luego recordó que Mairi era una mujer, no una niña incapacitada.
—Deja de culparte —lo comprendió Mairi sin necesidad de palabras—. Yo elegí ser tu esposa y, por supuesto, he elegido ser madre. Confía en mí, todo saldrá bien.
—Mairi —se arrodilló Douglas a su lado para cogerle una mano y sentirla cerca de él.
La señora MacEachern acomodó almohadas y acercó una lámpara.
—El médico tardará.
—No demasiado —dijo Douglas.
La anciana lo miró.
—Será mejor que el señorito Tavish venga para hacerle compañía, mandaré a llamarlo.
Douglas no respondió.
De haberlo hecho, habría sido para impedirlo; pero lo cierto era que Tavish se había convertido en un buen amigo de la familia y su presencia ayudaría a todos.
El doctor MacNab llegó con el abrigo mal cerrado, barro en las botas y una expresión que indicaba que había sido despertado en mitad de un sueño poco amable.
Hizo salir a la doncella.
La señora MacEachern permaneció.
Douglas también, con Tavish en la puerta intentando ayudar para que Douglas no molestara más de lo necesario.
MacNab dejó el maletín sobre una mesa.
—Milord, necesito examinar a lady Mairi.
Douglas no se movió.
—Lo he oído.
—Sería preferible que esperara fuera.
Mairi sintió cómo el cuerpo de Douglas se tensaba a su lado. Como sus manos se apretaban alrededor de las suyas.
El antiguo Douglas habría recordado al médico de quién era el castillo.
Habría discutido hasta convertir aquella habitación en un nuevo campo de batalla.
Douglas la miró.
—¿Quiere que me marche?
Mairi sostuvo sus ojos.
—No.
Eso fue todo.
Douglas tomó una silla y se sentó cerca del cabecero, lo bastante apartado para que el médico trabajara y lo bastante cerca para que Mairi pudiera encontrar su mano sin buscarla. Tavish cerró la puerta y se quedó al otro lado, a la espera de que alguien lo necesitara.
MacNab no insistió.
El examen fue breve, incómodo y silencioso. Mairi apretó los dedos de Douglas una vez cuando el dolor aumentó. Él respondió cerrando la mano alrededor de la suya, pero no preguntó si estaba bien.
Sabía que no lo estaba.
Cuando MacNab terminó, se lavó las manos en una jofaina y miró primero a Douglas.
—Háblele a ella —ordenó Douglas.
El médico giró hacia Mairi.
—Hay fiebre y algo de sangre. El niño sigue dentro y, por ahora, los dolores no parecen los de un parto. Eso es lo mejor que puedo decir esta noche.
Mairi tragó saliva y luego tosió.
—¿Y lo peor?
MacNab no endulzó la respuesta.
—Que la fiebre suba, que vuelva el sangrado o que los dolores se hagan más frecuentes. Puede perder al niño.
Douglas no se movió.
Únicamente sus dedos se cerraron con mayor fuerza alrededor de los de Mairi.
—¿Mi vida corre peligro? —preguntó ella.
El médico vaciló.
—No en este momento. Pero está débil y parece que su antigua enfermedad ha vuelto a asomarse. Las próximas horas serán importantes.
—¿Qué puede hacer? —preguntó Douglas.
—Reposo. Líquidos. Mantenerla fresca sin permitir que tirite. Vigilar el sangrado. Si los dolores cambian, me llaman inmediatamente —MacNab miró a Douglas—. No puedo prometerles el resultado.
—No se lo hemos pedido —respondió él.
Mairi volvió los ojos hacia su marido.
No había falsa seguridad en su expresión.
No iba a decirle que todo saldría bien solo porque necesitaba oírlo pronunciarlo.
El médico dio instrucciones a la señora MacEachern y se retiró a una habitación cercana. Antes de salir, recomendó que Douglas descansara.
Nadie respondió.
La puerta se cerró mientras Tavish seguía en el pasillo.
Douglas se sentó en el borde de la cama.
—Puedo mandar un telegrama a Glenmuir.
Mairi negó.
—Todavía no.
—Malcolm querrá saberlo.
—Malcolm cruzará hasta aquí sin esperar a que el barco esté preparado. Audrey vendrá con él. No quiero que viajen esta noche sin saber siquiera qué ha ocurrido.
Douglas habría preferido convocar a medio reino.
—Muy bien.
Mairi lo miró, sorprendida pese a todo.
—¿Eso es todo?
—No. Detesto su decisión.
—Ah.
Mairi extendió una mano.
Douglas se la dio.
La fiebre aumentó después de medianoche.
Mairi bebió el agua que Douglas le acercó sin protestar. Permitió que le cambiara los paños de la frente, que la ayudara a incorporarse y que sostuviera la taza cuando sus dedos empezaron a temblar.
No se sintió humillada.
Ni observada.
Ni convertida en una paciente antes que en una mujer.
Solo enferma.
Y acompañada.
Afuera, Brodick guardaba silencio. La señora MacEachern entraba cada cierto tiempo, comprobaba la ropa de cama y después desaparecía con esa discreción que no habría parecido posible en una mujer acostumbrada a expresar cada opinión.
Tavish se había retirado a descansar, aunque dudaba mucho de poder hacerlo.
Douglas permaneció junto a Mairi.
No consultó documentos.
No envió mensajes.
No recorrió el pasillo como un animal encerrado.
Estuvo allí.
En un momento de lucidez, Mairi abrió los ojos y lo encontró observándola. La luz de la lámpara endurecía las sombras bajo sus pómulos. Llevaba la camisa arrugada, el cabello oscuro desordenado y los antebrazos apoyados sobre las rodillas.
—No me mire así —susurró ella.
Douglas se irguió.
—¿Cómo?
—Como entonces.
No necesitó explicarle dónde.
Hamilton Lodge seguía existiendo entre ambos.
—Como si estuviera desapareciendo delante de usted —añadió Mairi.
Douglas sostuvo su mirada.
—Antes miraba una enfermedad.
—¿Y ahora?
—Ahora la miro a usted.
Mairi cerró un poco los dedos sobre la sábana.
—No sé qué significa.
Douglas acercó la silla.
—Que está asustada. Que tiene fiebre. Que el médico no sabe qué ocurrirá y yo tampoco.
—¿Tiene miedo?
Él no fingió.
—Estoy aterrorizado —Douglas tomó su mano—. Pero no voy a llenar la habitación de órdenes para convencerme de que puedo dominar esto.
Mairi cerró los ojos.
Un dolor bajo le cruzó el vientre. No fue fuerte, pero la hizo apretar la mano de Douglas hasta que pasó.
—¿Quiere que llame al médico?
—Espere.
Douglas esperó.
No contó los segundos en voz alta.
No preguntó tres veces.
Cuando Mairi relajó los dedos, él levantó la mano de ella y besó los nudillos.
—¿Quiere que mande por su hermano ahora?
Mairi negó.
Douglas apretó la mandíbula.
—Mairi.
—No quiero a Malcolm.
La respuesta lo sorprendió.
Ella abrió los ojos.
—Lo quiero a usted.
Douglas dejó de respirar durante un instante.
Mairi conocía aquel rostro. La quietud con que recibía aquello que importaba demasiado.
—No se marche —pidió.
—No pensaba hacerlo.
No añadió nada más. Se tumbó sobre la cama por encima de las mantas, con cuidado de no presionar su cuerpo, y permitió que Mairi apoyara la cabeza contra su pecho.
Ella escuchó el latido firme bajo la camisa.
Por primera vez desde que había visto la sangre, respiró sin sentir que el miedo le cerraba la garganta.
—Tengo miedo de perderlo —murmuró ella.
Douglas apoyó la mejilla sobre su cabello.
—A nuestro hijo.
Mairi tardó un segundo en responder.
—A los dos.
Él comprendió.
No se trataba únicamente de la muerte.
Mairi temía que aquella noche devolviera a Douglas al hombre que había creído que podía protegerla cerrando todas las salidas.
—No voy a volver atrás, tranquila —dijo.
—No puede saberlo.
—Sí puedo.
Mairi levantó el rostro.
—¿Cómo?
—Porque ahora confío en usted y en su fuerza.
Ella volvió a apoyarse contra él.
Douglas le dio agua cuando la pidió. Le cambió el paño cuando volvió a calentarse. La sostuvo sin convertir el gesto en vigilancia.
Horas después, Mairi preguntó:
—¿Se arrepiente?
Douglas bajó los ojos hacia ella.
—¿De qué?
—De haberme escogido.
La expresión de Douglas cambió.
—No vuelva a insultarme de ese modo.
—No era un insulto.
—Lo es si cree que habría preferido una esposa más cómoda.
—No he dicho cómoda.
—Lo ha pensado.
Mairi apartó la vista.
Douglas le tomó la barbilla con suavidad y la obligó a mirarlo.
—No me casé con una promesa de salud.
Ella sintió que el pecho se le cerraba.
—Douglas...
—Me casé con usted.
—Eso no hace desaparecer el miedo.
—No. Lo hace soportable.
Mairi cerró los ojos.
Una lágrima escapó antes de que pudiera evitarlo.
Douglas la secó con el pulgar.
Cerca de las tres, Mairi se quedó dormida.
O fingió hacerlo.
Douglas esperó hasta que su respiración pareció regularse. Después retiró con cuidado el brazo de debajo de su cabeza y se sentó junto a ella.
La lámpara ardía baja.
El rostro de Mairi estaba pálido contra las almohadas. El cabello rubio se había soltado y se extendía sobre la tela. Bajo la manta, la curva de su vientre permanecía inmóvil.
Douglas colocó la mano allí.
Había intentado sentir al niño muchas veces.
Cada vez, el pequeño había decidido ignorarlo.
Aquella noche, el silencio bajo su palma tuvo otro significado.
Douglas bajó la cabeza.
—Todavía no nos conocemos —murmuró—. Y no acostumbro a suplicar —La habitación no respondió—.
Su madre puede confirmarlo —Mairi permaneció quieta.
Douglas extendió los dedos sobre la curva de su vientre—.
Pero ella ya lo ama. Y yo no pienso explicarle que decidió marcharse antes de conocerla —Su voz se volvió más baja—. De modo que hará el favor de quedarse.
Una lágrima se deslizó desde el rabillo del ojo cerrado de Mairi hacia su cabello.
Douglas la vio.
No retiró la mano.
—Sigue dando órdenes —susurró ella.
Él inclinó la cabeza y apoyó la frente sobre su vientre.
—Era una súplica mal formulada.
Los dedos de Mairi entraron en su cabello.
Douglas permaneció allí.
No sintió movimiento alguno.
Antes del amanecer, el dolor disminuyó.
La fiebre no.
Mairi despertó después de un sueño breve y confuso por una tos profunda. Durante varios segundos escuchó el viento, la respiración de Douglas y los pasos de la señora MacEachern en la habitación contigua.
Entonces llevó una mano a su vientre.
Esperó.
Nada.
Cambió de posición.
Esperó otra vez.