La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo final
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Capítulo final

Durante marzo, el viento siguió golpeando Brodick con la mala educación del invierno, y en abril las montañas aún amanecían cubiertas por nieblas tan densas que parecían haber olvidado que el año debía avanzar.

Sin embargo, poco a poco el brezo recuperó el color, los caminos empezaron a secarse y el mar dejó de arrojarse contra la costa como si quisiera arrancar la isla de sus cimientos.

El Paso de los Ciervos volvía a estar abierto.

Los MacKinnon habían levantado una nueva pasarela, reforzado los muros y asegurado la ladera con tal cantidad de piedra, madera y juramentos que Seumas MacBride admitió, después de inspeccionarla durante tres mañanas consecutivas, que quizás resistiera hasta el siguiente invierno.

Tavish consideró aquello la mayor alabanza recibida por su clan en dos generaciones.

Más cerca de Brodick, junto al camino principal, empezaban a alzarse los cimientos de la nueva casa de huéspedes.

No sería la construcción enorme que Pollock y Bain habían imaginado, sino una casa sólida, de tejado inclinado, habitaciones cálidas y ventanas desde las que los visitantes podrían contemplar Arran sin exigir que la isla modificara su carácter para complacerlos.

Douglas revisaba las cuentas.

Angus revisaba a Douglas.

Los representantes de las familias de la costa revisaban a ambos.

Y Mairi, desde la estancia que había convertido en una mezcla de gabinete, herbolario y lugar de reunión para mujeres que no confiaban del todo en los médicos, opinaba sobre cualquier decisión que llegara a su conocimiento, aunque nadie hubiera tenido la prudencia de pedírselo.

Aquella mañana, varios planos ocupaban la mesa bajo la ventana. Junto a ellos había frascos de cristal, ramilletes de salvia, llantén seco, romero y una taza de infusión que Mairi llevaba demasiado tiempo fingiendo beber.

Douglas entró sin llamar.

Ya no necesitaba hacerlo en las habitaciones de su esposa, pero había aprendido a abrir la puerta con suficiente ruido para que ella supiera que llegaba.

Mairi no levantó la vista del plano.

—La cocina es demasiado pequeña.

Douglas dejó una carpeta sobre la mesa.

—La cocina tiene el tamaño aprobado por Angus, los comerciantes y dos mujeres de la costa que llevan treinta años alimentando a hombres con más apetito que dinero.

—Entonces los cuatro se equivocan.

—Son cinco.

—Eso no mejora el plano.

Douglas rodeó la mesa y miró por encima de su hombro.

Mairi llevaba un vestido de lana verde oscuro, más amplio en la cintura de lo que habría elegido meses atrás.

La curva del embarazo ya no podía confundirse con la caída de la tela.

A sus cinco meses, el hijo de ambos había empezado a transformar su figura con una firmeza tranquila que Douglas observaba más de lo que admitía.

También observó la taza intacta.

—¿Ha desayunado, milady?

Mairi levantó despacio los ojos grises.

—Ha utilizado una pregunta.

—Sí.

—Con voz de duque.

—Todavía no soy duque, por eso nos hemos instalado en Arran y no en Hamilton Lodge.

—Practica con entusiasmo.

Douglas apoyó una mano en el respaldo de su silla.

—¿Ha desayunado?

Mairi miró la taza.

—Algo.

—¿Qué significa algo?

—Pan.

—¿Cuánto?

—Una cantidad suficiente para que esta conversación resulte innecesaria.

Douglas apretó la mandíbula.

Cuatro meses de matrimonio no habían eliminado su deseo de ordenar bandejas, descansos y mantas. Únicamente lo habían obligado a aprender a envolver las órdenes en preguntas y a soportar las respuestas cuando no coincidían con sus deseos.

—¿Quiere que mande traer otra cosa? —preguntó.

Mairi detectó el esfuerzo.

Eso hizo que su expresión se suavizara.

—Más tarde. Esta mañana no tengo apetito.

Douglas llevó la mirada hasta sus manos. Estaban algo pálidas. También tenía sombras suaves bajo los ojos y llevaba varios días quejándose del frío cuando el resto de Brodick empezaba a abrir las ventanas durante las horas de sol.

—¿Ha descansado?

—Otra pregunta.

—Mairi.

—Me he tumbado después del desayuno.

—No he preguntado si se ha tumbado.

—He cerrado los ojos.

—¿Ha dormido?

—No fue posible. Su hijo, milord, decidió golpearme desde dentro.

Douglas desvió inmediatamente la atención hacia su vientre.

—¿Se ha movido?

Mairi sonrió.

—Hace una hora.

Él se agachó a su lado y apoyó una mano sobre la curva cubierta por la lana. Permaneció inmóvil, esperando.

Nada ocurrió.

Douglas frunció el ceño.

—No lo siento.

—Quizás no le gustan las órdenes.

—No le he dado ninguna.

—Has apoyado la mano con mucha autoridad, Douglas.

Douglas esperó unos segundos más.

El niño no volvió a moverse.

—Lo hace a propósito —murmuró él.

—Es un Sinclair.

—Será Hamilton.

—Pobre criatura. Tendrá que elegir sus defectos de ambas casas.

Douglas levantó la vista. Mairi estaba sonriendo, pero el gesto no ocultaba del todo el cansancio.

—Deberías descansar esta tarde, Mairi.

—Eso no ha sido una pregunta.

—No.

—Estás retrocediendo.

—Considéralo un tropiezo menor dentro de una evolución admirable.

Mairi soltó una risa, una de esas risas que complacían tanto a su marido.

Douglas se incorporó, inclinó la cabeza y la besó. El beso fue breve, aunque no tanto como habría permitido la presencia de un criado. Por fortuna, estaban solos.

—Descansa, por favor —repitió junto a sus labios.

—Lo pensaré.

—Mairi.

—He dicho que lo pensaré. No abuses de mis concesiones.

Douglas tomó la carpeta y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, volvió la cabeza.

Ella ya había regresado a los planos.

Sin embargo, cuando creyó que Douglas no la observaba, Mairi llevó una mano a la parte baja del vientre y respiró despacio.

Un dolor breve.

No demasiado fuerte.

No aún.

Douglas permaneció un segundo más en la puerta.

Mairi levantó los ojos.

—¿Qué ocurre?

Él la estudió.

—Nada.

No le creyó.

Pero tampoco insistió.

Aquella era otra cosa que había aprendido.

El dolor desapareció durante el día.

Mairi consiguió comer algo en la cena y sostuvo una conversación completa con Angus sobre la conveniencia de instalar otra chimenea en la casa de huéspedes. Después caminó con Douglas por la galería sur y se detuvo frente a una ventana desde la que se veía el mar oscurecido por el atardecer.

El frío volvió a alcanzarla allí.

No era el aire.

Era una sensación más profunda, instalada en los huesos pese al calor del castillo. Una sensación que le recordaba demasiado a su vida anterior, cuando apenas podía respirar.

Douglas se quitó el abrigo.

—No.

—No he dicho nada.

—Está a punto de ponérmelo sobre los hombros.

—Tienes frío.

—Estoy embarazada, no congelada.

Douglas sostuvo el abrigo entre las manos.

—No son estados incompatibles.

Mairi lo aceptó antes de que la conversación se convirtiera en batalla. Douglas se lo colocó sobre los hombros sin una sola expresión de triunfo.

Ella apoyó la cabeza brevemente contra su brazo.

—Estoy cansada.

Aquella admisión habría sido imposible para la Mairi que regresó a Glenmuir tiempo atrás. Entonces habría cabalgado otra hora únicamente para demostrar que podía hacerlo.

Douglas no celebró la confesión.

—¿Quieres tumbarte?

—Sí.

La condujo hasta sus habitaciones con la mano apoyada en la parte baja de su espalda. No la sujetaba como a una mujer incapaz de caminar. Solo permanecía allí.

Cerca.

Disponible.

Mairi se durmió antes que él.

Douglas permaneció junto a la chimenea revisando una carta de su padre.

Alexander quería que acudiera a Hamilton Lodge antes del verano para discutir varias propiedades y el lugar que Douglas empezaría a ocupar formalmente en la administración del ducado.

El mensaje no hablaba del hijo que esperaban hasta el párrafo final.

«Tu madre desea saber si el niño ya ha dado señales de poseer carácter Hamilton. Le he dicho que, siendo hijo de Mairi, probablemente llevará semanas demostrando que es un Sinclair.»

Douglas había leído aquella frase tres veces.

La carta seguía en sus manos cuando se quedó dormido.

Horas después, la voz de Mairi lo despertó.

—Douglas.

No fue un grito.

No necesitó serlo.

Él abrió los ojos de inmediato.

La chimenea se había reducido a brasas. La habitación permanecía casi a oscuras y el viento empujaba con suavidad contra las ventanas.

Mairi estaba incorporada sobre la cama.

Tenía una mano sobre el vientre y la otra cerrada alrededor de la sábana.

—¿Qué ocurre?

Douglas ya se movía.

Ella bajó los ojos.

Él siguió la dirección de su mirada.

La mancha oscura sobre la tela no era grande.

Tampoco necesitaba serlo.

Durante un instante, el miedo convirtió la habitación en Hamilton Lodge. Mairi pálida entre almohadas. Una respiración que podía detenerse. Médicos hablando en voz baja. Ventanas cerradas. El mundo entero reducido a una mujer sobre la que Douglas no tenía autoridad alguna.

La vieja furia le subió al pecho.

No contra Mairi.

Contra aquello que no podía controlar.

La contuvo antes de que alcanzara la voz.

Se sentó en la cama.

—¿Desde cuándo?

—Acabo de notarlo.

—¿Tienes dolor?

—Sí. No mucho.

Douglas tocó la campanilla.

Una vez.

No la hizo sonar como si pretendiera despertar a todos los muertos de Arran.

Cuando un criado apareció al otro lado de la puerta, Douglas dio instrucciones claras:

—Que ensillen un caballo y traigan al doctor MacNab. Despierte a la señora MacEachern. Agua caliente, más leña y paños limpios. Nadie más entrará sin que lo llamemos.

El muchacho salió corriendo.

Douglas regresó junto a la cama.

—Voy a levantarte para cambiar las sábanas.

No dijo «tiene que levantarse».

No la tomó antes de hablar.

Mairi asintió.

Douglas la sostuvo mientras una doncella, acompañada por la señora MacEachern, retiraba la tela manchada. La anciana de Arran no perdió tiempo en mostrar alarma. Examinó el rostro de Mairi, tocó su frente y murmuró algo en gaélico.

—Tiene fiebre —dijo.

—Tengo frío desde esta tarde —confesó Mairi, y la temida tos apareció de nuevo, tosió con fuerza como en el pasado.