Capítulo 19 #4
Eliza conversaba con sir Alasdair, aunque una ligera elevación de su ceja indicaba que no había perdido detalle. Malcolm hacía ver que no veía nada mientras conversaba con Audrey.
Douglas subió la mano unos centímetros.
—Mejor.
—Un poco.
Mairi sonrió.
—Al final ha conseguido hacerme su esposa.
Douglas la acercó al completar otro giro.
—No me atribuya tanto talento. Caminó usted sola hasta el altar.
—Después de obligarlo a aprender a pedir.
—Un trabajo agotador.
—Todavía no ha terminado.
—Me temía eso.
La música los hizo avanzar entre Sinclair, MacKinnon y Hamilton. El tartán de Douglas rozó la falda de Mairi. Las velas ardían alrededor. El mar golpeaba las piedras de Brodick al otro lado de los muros.
—¿Cuánto falta para que podamos retirarnos? —preguntó él en voz baja.
Mairi fingió considerar la pregunta.
—Su madre ha preparado otras dos piezas, un brindis y una mesa de postres.
Douglas miró hacia su madre con gravedad.
—Ha dejado de ser mi persona favorita.
—Se recuperará cuando descubra que no pienso compartir el perfume que me ha regalado, jamás he olido algo tan maravilloso, su madre tiene un don.
Los ojos de Douglas descendieron hacia el punto bajo su oreja donde Eliza había colocado una gota.
—Creo que deberá compartirlo.
La forma en que lo dijo hizo que Mairi sintiera calor bajo la seda.
—Douglas.
—Mairi.
—Estamos bailando.
—Lo sé.
—Delante de toda su familia.
—Eso también.
—Y sigue mirándome como si hubiera olvidado que llevo vestido.
La boca de Douglas se curvó hacia arriba.
—No lo he olvidado. Estoy pensando en cuánto tardaré en quitárselo.
Mairi perdió un paso.
Douglas la sostuvo.
—Cuidado.
—Ha hecho eso a propósito.
—No puede demostrarlo.
Ella le clavó los dedos en el hombro.
Él no pareció arrepentido.
La pieza terminó.
Douglas no la soltó de inmediato.
Durante un instante permanecieron en el centro del salón mientras la música se apagaba y a su alrededor empezaban los aplausos.
Mairi levantó el rostro.
—Soy feliz —le confesó ella.
No había planeado pronunciarlo.
Douglas dejó de sonreír.
Aquellas dos palabras lo alcanzaron con más fuerza que cualquier declaración anterior.
—Bien —respondió.
Mairi alzó una ceja.
—¿Eso es todo?
Douglas inclinó la cabeza hasta rozar su frente.
—No. Pero lo demás tendrá que esperar hasta que estemos solos.
Edward vio salir a Fiona del salón poco antes de medianoche.
No había hablado con ella desde la entrada en la capilla.
No por falta de oportunidad.
Habían compartido la misma mesa, escuchado los mismos brindis y permanecido a menos de veinte pasos durante buena parte de la fiesta. Edward había bailado con Audrey, con Cathaline y con dos jóvenes de Arran cuyos nombres recordaría aunque no volviera a verlas.
Fiona había bailado una vez con Tavish.
Solo una.
Ya no se movía como la muchacha a la que Edward había observado años atrás en Glenmuir.
La fuerza seguía allí. Los pasos firmes. La espalda recta. El tartán moviéndose alrededor de un cuerpo que parecía pertenecer a la música más que cualquier dama educada para un salón.
Pero había algo nuevo en ella.
Cautela.
Fiona MacKinnon jamás había sido cautelosa.
Edward esperó unos segundos después de verla desaparecer por una puerta lateral.
Luego dejó su copa.
Audrey lo observó desde el otro lado del salón.
No intentó detenerlo.
La galería exterior estaba casi vacía. Las columnas de piedra daban hacia el jardín oscuro y, más allá, el mar era una masa negra bajo el cielo de diciembre. La música llegaba amortiguada desde dentro.
Fiona permanecía junto a la balaustrada.
—Continúa teniendo la costumbre de marcharse cuando alguien desea hablar con usted —dijo Edward.
Fiona no se volvió.
—Y usted continúa creyendo que todo el mundo desea escucharlo.
Edward cerró la puerta a su espalda.
—No todo el mundo. Usted.
Fiona soltó una risa seca.
—No cometa el error de confundir mi educación durante una boda con interés por usted, Hamilton.
—No ha sido especialmente educada.
—Entonces imagine cuánto me interesa.
Edward se acercó hasta quedar a varios pasos de ella.
Fiona se volvió por fin.
No había dolor amoroso en sus ojos. Había desconfianza. Vieja, firme y mucho más peligrosa.
—¿Qué quiere, Hamilton?
—Saber por qué su tío me mira como si hubiera robado la plata MacKinnon.
—Porque todavía no sabe exactamente qué robó.
Edward permaneció inmóvil.
—No robé nada.
—No. Usted solo observó, hizo preguntas y escribió una carta. Después, las cuentas privadas de mi clan acabaron sobre la mesa de un ministro inglés.
La voz de Edward se enfrió.
—Solo estaba cumpliendo con mi trabajo como enviado de Eton.
—Un extranjero en Eilean Ròs que se creyó con derecho de investigar el clan más antiguo de Escocia como si fuéramos salvajes.
—Yo solo redacté un informe, no tengo protestad sobre lo que hicieran los rectores de mi universidad.
—Y por el camino me ha condenado a mí.
Edward bajó la mirada hacia la cicatriz fina de su sien.
—¿Qué le ha ocurrido?
Fiona levantó el mentón.
—No le concierne.
—Estaba en Eilean Ròs cuando su tío la apartó de las cuentas. Cuando desapareció durante dos días y volvió con sangre en el cabello.
—No desaparecí. Me fui.
—Sin caballo, sin abrigo y durante una tormenta.
—No recuerdo haberle pedido que llevara la cuenta.
—No tuvo que hacerlo. Yo estaba allí.
Fiona dio un paso hacia él.
—Ese fue precisamente el problema.
Edward apretó la mandíbula.
—Sigue creyendo que la denuncié.
—Sé que lo hizo.
—Entonces sabe algo falso.
Fiona introdujo una mano bajo su tartán y sacó un objeto pequeño.
Una llave de latón.
La dejó sobre la balaustrada entre ambos.
Edward la reconoció de inmediato. Abría el armario donde los MacKinnon guardaban sus libros de rentas y contratos.
—La encontró usted —dijo Fiona—. En el suelo del archivo. Después de entrar donde nadie lo había invitado.
—La puerta estaba abierta.
—Porque yo confié en que un invitado supiera comportarse como tal.
—Ocultaba pérdidas que podían arruinar a su clan.
—Estaba ganando tiempo.
—Vendiendo madera sin autorización.
—Alimentando familias.
—Condenando el próximo invierno para salvar aquel verano.
Los ojos de Fiona brillaron.
—Ahí está. Lord Edward Hamilton, capaz de convertir el hambre de otros en un cálculo muy lógico y en interés de la Corona Británica, nuestros colonizadores.
—Y usted, capaz de hundir una propiedad entera antes que admitir que necesita ayuda.
—No necesito su ayuda.
—Eso quedó muy claro cuando casi murió intentando arreglarlo sola.
Fiona empujó la llave hacia él.
—Quédese con ella.
Edward no la tomó.
—No es mía.
—Tampoco lo eran mis cuentas y no le impidió meter las manos en ellas.
—Intentaba descubrir por qué faltaba dinero.
—Y consiguió que mi tío dejara de confiarme las tierras.
—No fui yo.
—Siempre dice eso.
—Porque es la verdad.
Fiona lo miró durante un largo instante.
—Entonces dígame quién fue.
Edward guardó silencio.
No porque no tuviera una sospecha.
Porque nombrarla sin pruebas destruiría algo mayor que la opinión de Fiona sobre él.
Ella interpretó el silencio como esperaba.
—Eso creía.
Recogió la falda y se dirigió hacia la puerta.
Edward habló antes de que llegara.
—Sir Alasdair piensa entregar la administración a Tavish.
Fiona se detuvo.
—Mi tío puede hacer lo que considere conveniente.
—No piensa eso.
—No sabe lo que pienso.
—Sé que lleva toda su vida intentando convencer a su clan de que usted puede gobernar sola, sin casarse ni entregar sus tierras a ningún hombre, tal y como dictan las leyes de Escocia.
Fiona giró lentamente.
—No me interesa cuánto sabe, lord Hamilton, esto debe de decirlo a sus rectores de Eton; no a una salvaje en decadencia.
La puerta se abrió desde el interior.
Sir Alasdair apareció en el umbral.
Sus ojos bajaron hacia la llave de latón depositada sobre la piedra.
Después miró a Edward.
—Fiona.
Ella pasó junto a su tío sin otra palabra.
Sir Alasdair no la siguió de inmediato.
—Manténgase lejos de las cuentas MacKinnon —advirtió el viejo.
Edward sostuvo su mirada.
—Quizás debería decírselo al hombre que realmente las robó.
El rostro del jefe MacKinnon se endureció.
—Mida sus acusaciones, muchacho.
—Llevo tres años haciéndolo.
Sir Alasdair volvió al salón y cerró la puerta del balcón.
Edward permaneció solo frente al mar.
Tomó la llave.
Fiona MacKinnon estaba convencida de que él la había traicionado.
Y Edward Hamilton detestaba admitir que Fiona MacKinnon era el único enigma que no sabía resolver.