La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Las palabras fueron religiosas, solemnes y sencillas. Douglas prometió recibir a Mairi como esposa, permanecer junto a ella en la abundancia y en la dificultad, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separara.

Mairi pronunció los mismos votos con voz firme.

Al oír la palabra enfermedad, los ojos de Douglas se detuvieron un instante sobre los suyos.

Ella comprendió.

No era una amenaza.

Ni una posibilidad que él intentaría gobernar.

Era parte de la vida que ambos acababan de aceptar.

Douglas colocó el anillo que Mairi había escogido en Glasgow: oro antiguo, una piedra gris clara en el centro y dos pequeñas esmeraldas a los lados, por sus ojos y por Glenmuir, según Cathaline, que se había atribuido la interpretación después de que nadie se la pidiera.

Después de los votos, el ministro permitió una costumbre más antigua.

Alexander avanzó con una cinta estrecha de tartán Hamilton.

Malcolm llevó otra de los colores Sinclair.

Las colocaron juntas alrededor de las manos unidas de Douglas y Mairi.

No era aquello lo que los convertía en marido y mujer. Ya lo habían hecho las promesas pronunciadas ante Dios.

Pero representaba lo que toda la isla veía.

Dos casas.

Dos linajes.

Ninguno borrando al otro.

Seumas pronunció una bendición breve en gaélico. Su voz vieja llenó la capilla con palabras que Mairi conocía desde la infancia: tierra bajo los pies, fuego en la casa, fuerza para el invierno y verdad entre dos corazones.

Cuando terminó, Douglas retiró las cintas sin soltar la mano de Mairi.

El ministro los declaró marido y mujer.

Douglas inclinó la cabeza.

Mairi alzó el rostro.

El beso no fue impropio.

Pero estuvo peligrosamente cerca.

La capilla entera comenzó a aplaudir antes de que se separaran.

Fuera, las gaitas estallaron sobre el viento de Arran.

La fiesta ocupó el gran salón, el comedor antiguo y parte del patio cubierto.

Eliza había dispuesto mesas largas cubiertas con manteles claros y vajilla Hamilton.

Había salmón, venado, panes de avena, pasteles, carne asada, quesos, frutas traídas desde Glasgow y una cantidad de whisky que la señorita Worth habría considerado moralmente desastrosa.

Pero esta vez, ella no estaba allí para mencionarlo, se había quedado en el ducado de Devonshire, alegando que otro viaje a Escocia era todo cuanto podía matarla.

La gente de Brodick se mezcló con nobles, pescadores, lairds, criados, viudas y hombres de clan.

Las rosas de Eliza adornaban las mesas, pero entre ellas había brezo recogido por niños de Arran.

Las copas de cristal compartían espacio con jarras antiguas.

Un cuarteto enviado desde Inglaterra intentó tocar durante la comida hasta que las gaitas y los violines escoceses lo derrotaron por simple superioridad de volumen.

La pequeña Eliza se quedó dormida sobre el hombro de Alexander antes de terminar el primer plato.

El duque de Glenmuir la sostuvo sin quejarse. Una de las manos pequeñas de la niña permanecía aferrada a su cuello y la otra conservaba una rosa robada del ramo de Mairi.

Eliza Hamilton observó a su esposo desde el otro extremo de la mesa.

Alexander fingió no verla sonreír.

Audrey estaba sentada junto a Malcolm. Su cabello negro recogido resaltaba la claridad de su piel y la elegancia inglesa de su vestido azul. Bajo la mesa, una de sus manos descansaba sobre la rodilla del laird.

Nadie podía verlo.

Malcolm sí podía sentirlo.

Cada vez que la conversación amenazaba con volverse demasiado agresiva entre Sinclair y Hamilton, los dedos de Audrey se cerraban un poco.

Malcolm cambiaba de tema.

No porque obedeciera.

Porque había aprendido a reconocer cuándo su esposa tenía razón antes de que resultara necesario discutirlo delante de todos.

Cathaline llevaba un vestido lavanda que Eliza había calificado de excesivo para una boda diurna y que Cathaline había considerado, precisamente por eso, perfecto.

Estaba explicando su temporada a Mairi cuando Ewan Sinclair apareció junto a ellas con una copa en cada mano.

Mairi vio a su primo antes que Cathaline.

También vio el momento exacto en que Ewan reconoció a la muchacha a la que había sacado de un río. No era la joven pálida envuelta en mantas que había abierto los ojos para insultar el gusto de los Sinclair.

Cathaline era ya una mujer.

El vestido marcaba una cintura delicada y una figura que el tiempo y la adolescencia habían terminado de transformar.

El cabello rubio estaba recogido con cintas y perlas.

Sus ojos celestes brillaban con la seguridad de alguien que había aprendido a entrar en un salón y saber que todas las miradas terminarían encontrándola.

Ewan dejó de sonreír.

Solo un instante.

Luego recuperó su expresión habitual.

—Lady Cathaline.

Ella se giró.

Sus ojos recorrieron el cabello rojizo, los hombros anchos, la cicatriz pequeña sobre la nariz y la boca que recordaba incluso antes de recordar el resto del rostro.

El río.

El frío.

Una manta alrededor de su cuerpo.

Unas manos apartándole el cabello mojado.

Y, días después, la figura de Ewan en el patio de Glenmuir, partiendo troncos sin camisa mientras ella lo observaba desde la ventana con una curiosidad que había llamado científica porque no conocía todavía una palabra más conveniente.

—Señor Sinclair —saludó con toda la pompa inglesa que pudo reunir.

—Veo que esta vez ha conseguido llegar a Escocia sin caer a ningún río.

Cathaline alzó una ceja amarilla.

—He mejorado mucho mis métodos de viaje.

—Me alegra. Arran tiene agua por todas partes y no había previsto trabajar durante la boda.

—No recuerdo haberle pedido que me salvara la primera vez.

—Estaba ocupada ahogándose.

—Un detalle poco elegante que habría preferido olvidar.

—Yo no lo he olvidado.

La frase salió con menos burla de la que Ewan pretendía.

Cathaline lo observó.

Mairi, comprendiendo que su presencia empezaba a sobrar, tomó una de las copas que Ewan sostenía.

—Gracias.

Se alejó antes de que Cathaline pudiera detenerla.

Ewan ofreció la otra copa.

—¿Ha conquistado Londres?

Cathaline la aceptó.

—No necesitó demasiada resistencia.

—Eso me preocupa por Inglaterra.

—He tenido varios pretendientes.

—¿Cuántos han sobrevivido?

—Todos. Soy caprichosa, no homicida.

—La diferencia puede ser pequeña.

Cathaline tomó un sorbo.

—Un vizconde escribió versos sobre mis ojos.

—¿Eran buenos?

—Horribles.

—Entonces debía de estar enamorado.

—También hubo un heredero que bailó conmigo tres veces.

—Quizás no sabía contar.

—Su madre sabe perfectamente. Ya había elegido el nombre de nuestros hijos.

—Pobre hombre.

Cathaline bajó la copa.

—¿Por qué pobre?

—Parece que nadie le preguntó nada.

Ella lo contempló durante un instante.

—No me casaré con él.

—Entonces me alegro por ambos.

—¿No le impresionan mis pretendientes, señor Sinclair?

Ewan se inclinó un poco hacia ella.

No lo suficiente para ser impropio.

Sí para que Cathaline percibiera el olor limpio de la lana, el aire frío y algo escocés que ningún caballero de Londres había llevado jamás dentro de un salón.

—Milady —dijo—, una vez la vi despertar medio muerta y su primera reacción fue insultar a todo mi clan. Hará falta algo más que unos ingleses con flores para impresionarme.

Cathaline sostuvo su mirada.

Ewan ya no la miraba como a la niña que había sacado del agua.

Aquella certeza le produjo una satisfacción demasiado cálida.

—También lo vi partir troncos sin camisa —dijo ella.

Ewan parpadeó.

—Creí que observaba por curiosidad científica.

—Lo hacía.

—¿Y a qué conclusión llegó?

Cathaline sonrió con dulzura.

—Todavía estoy reuniendo pruebas.

Se alejó antes de que Ewan encontrara una respuesta.

El pelirrojo se quedó mirándola.

Mairi pasó junto a él.

—Cierra la boca, primo.

Ewan la cerró.

—No sé de qué hablas, querida Mairi.

—Ningún Sinclair lo sabe cuando se trata de los Hamilton.

Tavish encontró a Douglas junto a la chimenea y le entregó una copa de whisky.

—Por fin se ha casado.

Douglas tomó la copa.

—Ha sido evidente para todos los presentes.

—Quería asegurarme. Después de verlo tardar tanto en comprender a una mujer, no descarto que también necesite confirmación del ministro.

—¿Ha venido a felicitarme o a morir durante mi boda?

—Ambas cosas parecen posibles.

Douglas chocó su copa contra la suya.

—Gracias por el paso.

La sonrisa de Tavish se redujo.

—Nos pagará.

—Eso no impide que se lo agradezca.

Tavish asintió. En un MacKinnon, aquello contenía más emoción que una reverencia.

—Cuídela bien —dijo, mirando hacia Mairi—. Es una mujer como las que ya no quedan.

—Lo sé.

—Y no vuelva a mirarme como si quisiera arrojarme por un acantilado cada vez que la hago reír.

—No puedo prometer tanto.

Tavish rio.

—Entonces su matrimonio conservará cierto entretenimiento.

Los músicos iniciaron una nueva pieza.

Douglas giró la cabeza.

Mairi estaba al otro lado del salón, hablando con Eliza y Audrey. Llevaba todavía el tartán Sinclair sobre el vestido, pero el anillo Hamilton brillaba en su mano. Al sentir la mirada de Douglas, se giró.

Él cruzó el salón.

No pidió a nadie que se apartara.

Las personas lo hicieron de todos modos.

Se detuvo ante ella e inclinó la cabeza.

—Lady Hamilton.

Mairi sintió algo extraño al oír el nombre.

No pérdida.

No renuncia.

Una parte nueva añadida a cuanto ya era.

—Lord Douglas.

—¿Baila conmigo?

—Creía que después de la ceremonia dejaría de formular preguntas.

—No pienso equivocarme tan pronto.

Mairi colocó la mano sobre la suya.

La música era la misma clase de danza que habían compartido en Brodick cuando ella todavía se negaba a reconocer cuánto le afectaba su cercanía y Douglas contemplaba a Tavish como si bailar con una mujer fuera una declaración de guerra.

Esta vez no hubo celos.

Ni incertidumbre.

Douglas la hizo girar, recibió su cuerpo al regresar y cerró una mano alrededor de su cintura con una seguridad que despertó recuerdos poco apropiados para un salón lleno de familiares.

Mairi lo notó.

—Su mano está demasiado baja.

—Ahora es mi esposa.

—Eso no convierte todo en adecuado delante de su madre ni delante de mi hermano.

Douglas miró por encima de su hombro.