La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 19 #2
90%

Capítulo 19 #2

Mairi permanecía sentada frente al espejo, con Audrey a un lado y Cathaline al otro.

Morna vigilaba desde una silla cercana, convencida de que todas las mujeres inglesas presentes utilizaban demasiados alfileres.

La vieja señora MacNair observaba el vestido con la atención de quien sospechaba que tanta seda podía ser una forma de imprudencia.

La pequeña Eliza se había apoderado de una ramita de mirto y se negaba a devolverla.

Mairi llevaba un vestido de seda marfil.

Eliza había permitido que Cathaline escogiera el corte de la cintura, pero no la cantidad de adornos, evitando así que la novia pareciera, según sus palabras, «una cortina muy cara caminando hacia el altar».

La falda caía con amplitud y terminaba en una cola moderada.

El escote era elegante, las mangas largas y el cuerpo estaba bordado con pequeñas ramas doradas que recordaban el brezo cubierto de sol.

Sobre el hombro izquierdo, prendido con el viejo broche de la madre de Mairi, descansaba el tartán Sinclair de colores rojos y verdes.

No como una concesión.

Como parte de ella.

El cabello rubio había sido recogido con perlas pequeñas, mirto y brezo blanco. Algunos mechones suaves enmarcaban su rostro. Sus ojos grises parecían más claros junto al marfil del vestido.

Eliza se situó detrás.

—Cierra los ojos, Mairi.

Mairi obedeció.

Sintió primero una gota de perfume en cada muñeca. Después, los dedos delicados de Eliza rozaron la piel bajo su oreja.

El aroma apareció despacio.

Brezo.

Sal.

Rosa silvestre.

Romero y salvia, apenas insinuados bajo una nota más profunda de madera y ámbar.

Mairi abrió los ojos.

Por un instante volvió a estar en Glenmuir después de la lluvia, con turba en las chimeneas y hierbas secándose sobre la mesa de la señora MacNair. Luego apareció Arran: el mar, la madera húmeda del embarcadero, el bosque y el aire salado de la cala.

Debajo de todo había calor.

Douglas.

—Es impresionante —susurró.

Eliza sonrió.

—El brezo es Glenmuir. La sal y la madera pertenecen a Arran. Las hierbas son suyas.

Mairi miró el frasco.

—¿Y el ámbar?

—Mi hijo.

Cathaline hizo un sonido de aprobación.

—Douglas no huele a ámbar. Huele a caballo, cuero y decisiones desagradables.

—Cathaline —la reprendió Audrey.

—No he dicho que sea un mal olor.

Eliza ignoró a su hija menor.

—El ámbar permanece —explicó a Mairi—. Incluso cuando las notas más delicadas desaparecen. Es difícil de ocultar y todavía más difícil de olvidar.

Mairi sintió que la emoción amenazaba con destruir el trabajo realizado durante una hora sobre su rostro. No era una mujer dada a las lágrimas, de hecho no recordaba a última vez que había llorado, pero aquello la emocionó hasta las entrañas.

—Lady Eliza...

—Liza —la corrigió con suavidad—. Desde hoy.

Aquella palabra consiguió lo que no habían logrado los discursos, el vestido ni la capilla llena de flores.

Mairi tuvo que parpadear deprisa.

Eliza apoyó ambas manos sobre sus hombros.

—Siempre supe que Douglas sentía algo por ti.

Cathaline soltó una risa.

—Toda la casa lo sabía.

—Yo no —dijo Mairi.

—Douglas tampoco —respondió Audrey—, lo cual demuestra que ser futuro duque no garantiza inteligencia inmediata.

Eliza, la duquesa, sonrió al reflejo de Mairi.

—Lo veía cada vez que él se ocupaba de usted.

—Creí que era deber.

—Mi hijo cumple con su deber sin mirar a una mujer como si quisiera arrancar del mundo cualquier cosa capaz de tocarla.

Mairi bajó los ojos.

—Tardó bastante en explicarlo.

—Los Hamilton no siempre somos rápidos en los asuntos que más importan.

—Yo sí —intervino Cathaline—. Durante mi temporada he sabido de inmediato qué hombres no me interesaban.

Audrey giró la cabeza hacia ella.

—Todos, según parece.

—El señor Ashbourne habla demasiado de caballos. Lord Wexford tiene una madre que escoge sus corbatas. El vizconde Harcourt escribió doce versos sobre mis ojos y consiguió rimar «azules» con una palabra que no existe.

—Quizás fuera una licencia poética —sugirió Mairi.

—Fue un crimen.

Morna soltó un bufido.

—Demasiados hombres ingleses con tiempo para escribir tonterías.

—Uno bailó conmigo tres veces —continuó Cathaline—. Su madre ya había decidido dónde pasaríamos el verano y cuántos hijos tendríamos.

—¿Cuántos? —preguntó Audrey.

—Cinco. La detesté al instante.

La pequeña Eliza levantó la ramita de mirto.

—Cinco.

Malcolm apareció en la puerta abierta en ese momento.

—Ninguno —dijo, mirando a su hija—. Ni uno hasta que tengas cuarenta años.

Audrey se giró hacia él.

—Laird Sinclair.

Malcolm miró a su esposa.

Solo eso.

Audrey alzó una ceja negra.

El laird de Glenmuir, que podía hacer callar un salón lleno de hombres con una palabra, decidió no continuar aquella discusión.

Mairi sonrió al ver a su hermano con su esposa y su pequeña hija, hace un tiempo atrás jamás habría imaginado tanta felicidad para él... ni para ella.

Malcolm llevaba el tartán Sinclair de gala. El cabello negro estaba sujeto hacia atrás y su presencia llenó el umbral con aquella mezcla de autoridad y aspereza que Glenmuir parecía haber tallado dentro de él.

Sus ojos verdes se posaron sobre su hermana.

Durante varios segundos no habló.

Mairi se levantó.

—¿Tan mal estoy?

—No.

La voz de Malcolm salió más grave de lo habitual.

Audrey se acercó a él y colocó una mano sobre su brazo. No dijo nada. No necesitaba hacerlo.

Mairi vio cómo los dedos de su hermano cubrían los de su esposa.

La pequeña Eliza aprovechó la distracción para arrancar otra hoja del mirto.

—Debemos irnos —informó Eliza Hamilton— antes de que mi nieta destruya el ramo.

—Mío —protestó la niña.

—Tú crees que todo es tuyo porque eres la única niña en esta casa, verás cuando lleguen tus primos —murmuró Malcolm.

La capilla de Brodick nunca había contenido tanto lujo ni tanta Escocia al mismo tiempo.

Eliza había cubierto los bancos con cintas de seda marfil y verde.

Rosas blancas, brezo, mirto y ramas de pino rodeaban el altar.

Cientos de velas convertían la piedra antigua en oro y arrancaban destellos a los broches, las copas ceremoniales y las armas que algunos hombres llevaban por tradición, no por necesidad.

Los Hamilton ocupaban un lado.

Los Sinclair, el otro.

Los MacKinnon se habían colocado cerca de los hombres de Arran, aunque sir Alasdair insistía en que aquello se debía a la distribución del espacio y no a ninguna intención de mezclarse con otros clanes.

Tavish, situado detrás de él, no pareció creerlo.

Seumas MacBride estaba en la primera fila junto a la señora MacEachern y el viejo Iain. Angus permanecía cerca de Alexander. Morna y la señora MacNair habían obtenido lugares desde los que pudieran vigilar tanto a Mairi como al ministro, en caso de que cualquiera cometiera un error.

Edward se encontraba junto a Richard cuando llegaron los MacKinnon.

Fiona entró del brazo de su tío.

Llevaba un vestido de lana azul oscuro, bien cortado, aunque sin la delicadeza de las prendas inglesas. El tartán MacKinnon le cruzaba el cuerpo. La larga trenza roja caía sobre su hombro y sus ojos verdes permanecían fijos al frente.

En la sien izquierda tenía una cicatriz fina.

Edward la vio.

No estaba allí la última vez.

Su expresión no cambió, pero dejó de escuchar cuanto Richard le estaba diciendo.

Fiona giró la cabeza.

Sus ojos encontraron los suyos.

Se detuvo una fracción de segundo.

No hubo reconocimiento amable.

Ni sorpresa.

Hubo algo peor.

El recuerdo de una intimidad que ninguno tenía derecho a mostrar delante de sus familias.

Sir Alasdair notó la vacilación y miró a Edward.

Tavish también la vio. El joven MacKinnon bajó los ojos, como si de pronto la piedra del suelo mereciera toda su atención.

Fiona siguió andando.

Al pasar junto a Edward, no hizo reverencia.

—Hamilton —dijo.

No lord Edward.

No milord.

Hamilton.

Demasiado frío para una desconocida.

Demasiado personal para una simple rival de clan.

—Fiona —respondió él.

Los dedos de ella se cerraron alrededor del brazo de sir Alasdair.

El jefe MacKinnon endureció la mandíbula.

Richard observó a su hermano.

—¿La conoces?

—Sí.

—¿Mucho?

Edward volvió la vista al altar.

—Lo suficiente.

Richard decidió que aquella respuesta era una invitación a preguntar más.

No tuvo tiempo.

Las gaitas empezaron a sonar fuera de la capilla.

Douglas se giró hacia las puertas.

Todo lo demás dejó de importar.

Mairi apareció del brazo de Malcolm.

No caminaba como la joven que había llegado a Hamilton Lodge pálida, agotada y convencida de que cada escalera podía exigirle más fuerzas de las que poseía.

Tampoco como la mujer que había abandonado aquella casa antes del amanecer, con lágrimas que se negaba a derramar y una propuesta de matrimonio clavada como una ofensa.

Caminaba por sí misma.

Fuerte.

Viva.

Hermosa.

Y hacia él.

Douglas sintió dentro del bolsillo el pañuelo manchado de tinta.

Recordó por un instante sus dedos extendiéndolo sobre la mesa. La formalidad con que Mairi había dicho lord Douglas después de que él la hiriera. El carruaje alejándose por el camino de Hamilton Lodge.

Después la vio como era ahora.

Su esposa dentro de pocos minutos.

La mujer que había regresado a él por elección propia.

Malcolm caminaba a su lado con la espalda recta y los ojos fijos en el altar.

La pequeña Eliza avanzaba delante de ambos junto a Audrey, llevando una cesta de pétalos que había decidido repartir de forma poco equitativa.

Dejó seis rosas en un mismo punto, ninguna en los siguientes pasos y una directamente sobre la bota de Richard.

Richard la recogió.

La niña extendió la mano.

—Mía.

Richard se la devolvió.

—Sin duda eres hija de tu padre.

Malcolm oyó el comentario.

No lo negó.

Cuando Mairi llegó al altar, Douglas extendió la mano.

Malcolm no se la entregó de inmediato.

Miró a su hermana.

—¿Segura?

Mairi sostuvo sus ojos.

—Sí.

Malcolm inclinó la cabeza y besó su frente.

Después miró a Douglas.

—La dejo en sus manos.

Douglas no apartó los ojos de Mairi.

—No lo defraudaré.

Aquellas palabras bastaron.

Malcolm colocó la mano de su hermana sobre la de Douglas.

El ministro inició la ceremonia.