La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

El día en que Douglas Hamilton iba a casarse, Arran amaneció vestida con los colores de tres clanes y el empeño de una duquesa inglesa.

Desde antes de que saliera el sol, los tartanes Hamilton, Sinclair y MacKinnon aparecieron en los caminos que conducían a Brodick.

Los primeros pertenecían a la casa que gobernaba la isla.

Los segundos acompañaban a la novia. Los terceros habían llegado desde Eilean Ròs junto a sir Alasdair MacKinnon, invitados de honor por el trabajo realizado en el Paso de los Ciervos y porque Eliza Hamilton había decidido que ningún hombre capaz de reconstruir una montaña debía quedar fuera de la mesa de su hijo.

La duquesa de Hamilton había llegado a Brodick seis días antes con el Duque de Hamilton, Cathaline, Edward y Richard, seguida por suficientes baúles, cajas, sirvientes y flores para que Angus MacPain se preguntara en silencio si la familia pretendía celebrar una boda o conquistar Escocia mediante mantelería.

En menos de dos jornadas, Eliza había llenado la capilla de velas, enviado hombres a Glasgow por rosas blancas, abierto armarios de vajilla que no se utilizaban desde hacía décadas y encargado a las mujeres de Arran que entrelazaran brezo, mirto y ramas verdes alrededor de las columnas.

No había intentado convertir Brodick en una casa inglesa.

Había hecho algo mucho más peligroso.

Había permitido que Brodick siguiera siendo escocés, pero con seda, cristalería y flores suficientes para que nadie olvidara que se casaba el heredero de uno de los ducados más antiguos del reino.

Cathaline había llegado hablando de Londres antes de que el carruaje se detuviera por completo.

Su temporada había sido, según ella, un éxito tan rotundo que varias madres respetables estaban ya enemistadas por la posibilidad de conseguirla para sus hijos.

Un vizconde le había escrito versos que Cathaline calificaba de espantosos, aunque los conservaba dentro de una caja.

El heredero de un conde había bailado con ella tres veces en una semana y otro caballero había enviado flores durante nueve mañanas seguidas hasta que Eliza le pidió que dejara de vaciar los jardines de media Inglaterra.

Richard, por su parte, había exigido conocer el Paso de los Ciervos, el lugar del incendio, el punto exacto desde el que Douglas había salvado a Cait MacBride y la distancia entre la grieta y el camino por el que Malcolm persiguió a Lachlan.

Edward no había exigido nada.

Había llegado más alto, más serio y demasiado tranquilo. Escuchaba, observaba y guardaba conclusiones con aquella misma paciencia que, de niño, había hecho que sus hermanos desconfiaran cada vez que permanecía callado durante demasiado tiempo.

Alexander, el Duque de Hamilton, había sido el más callado de todos.

Revisó los documentos de la caja de hierro. Leyó cada declaración, cada cuenta y cada testimonio relacionado con la muerte de su padre y la persecución que había obligado a Harriet a huir con él. No dijo una palabra durante casi una hora.

Después salió solo hacia el Paso de los Ciervos.

Eliza lo dejó marchar.

Esperó exactamente el tiempo que consideró necesario para que su marido pudiera sufrir en privado.

Luego se puso el abrigo y fue a buscarlo.

Audrey y Malcolm llegaron desde Glenmuir con la pequeña Eliza, Morna, la señora MacNair y parte de la casa Sinclair, incluido el viejo Iain que no tardó en quedarse al lado del viejo Seumas MacBride, ambos juraban que eran gemelos separados al nacer y que cada vez que Escocia se sacudía, se juntaban.

La niña de la familia, la pequeña Eliza, entró en Brodick aferrada al tartán de su padre, descubrió los perros del patio y decidió de inmediato que todos le pertenecían.

Malcolm no corrigió aquella impresión.

Audrey sí lo intentó.

Ninguno tuvo éxito.

Los MacKinnon llegaron la víspera de la ceremonia.

Tavish ya llevaba semanas en Arran, pero salió a recibir a sir Alasdair y a Fiona junto al camino.

El jefe MacKinnon descendió de su caballo con la rigidez orgullosa de un hombre al que la edad había vuelto más seco, pero no menos peligroso.

Fiona bajó detrás de él, con el tartán azul y verde sobre los hombros, una larga trenza roja cayéndole por la espalda y los ojos verdes recorriendo Brodick como si ya estuviera calculando qué parte del castillo era más autentica y qué parte más inglesa.

Edward la vio.

Y, por primera vez desde que había puesto un pie en Arran, dejó de parecer dueño de todo cuanto pensaba

Solo fue un instante.

Audrey lo advirtió.

Tavish también.

Sir Alasdair miró primero a Fiona y después al joven Hamilton. La dureza que apareció en su rostro no correspondía al simple disgusto de un tío protector que descubría que un hombre observaba a su sobrina.

Había algo anterior.

Algo que nadie explicó.

La mañana de la boda, todo aquello quedó detrás de puertas cerradas.

Al menos por unas horas.

Douglas estaba frente al espejo de sus aposentos cuando su padre entró.

Llevaba una chaqueta formal de paño oscuro, chaleco negro y camisa blanca. El tartán Hamilton cruzaba su cuerpo desde el hombro, sujeto de momento por un broche sencilla mientras esperaba el antiguo broche de oro que utilizaría durante la ceremonia.

Sobre una mesa descansaban sus guantes.

Dentro del bolsillo de su chaqueta, cuidadosamente doblado, permanecía el pañuelo de Mairi con la vieja mancha de tinta.

Douglas no necesitaba comprobar que siguiera allí.

Lo sentía contra el pecho.

Alexander cerró la puerta.

Él también vestía de gala, con una sobriedad que hacía parecer excesivo a cualquier otro hombre presente en una ceremonia.

Había envejecido desde que Douglas era un muchacho, aunque la edad no le había robado altura ni autoridad.

Continuaba ocupando una habitación como si esta hubiera sido construida a su alrededor.

Llevaba en una mano el broche Hamilton.

—Tu madre ha enviado a Richard fuera —dijo.

Douglas levantó una ceja.

—¿Por qué?

—Ha preguntado si las bodas antiguas incluían combate entre las familias.

—Una pregunta razonable.

—Le he dicho que no.

—Eso no responde a por qué lo han enviado fuera.

—Después preguntó si podían introducirlo como mejora.

Douglas casi sonrió.

Alexander se situó detrás de él y retiró el broche provisional. Durante unos segundos no hablaron. El único ruido fue el roce del metal contra la tela oscura y el viento golpeando con suavidad los cristales.

—La primera vez que intentaste casarte con ella —dijo el Duque de Hamilton al fin—, habría preferido verte caer por las escaleras antes que permitirlo.

Douglas sostuvo su mirada a través del espejo.

—No me habría podido detener, padre.

—Lo sé.

—Por eso me envió a Arran.

—Te envié porque necesitabas convertirte en hombre antes de convertirte en esposo.

Douglas bajó los ojos hacia las manos de su padre.

—Gracias, padre.

Alexander prendió el broche.

Pertenecía al abuelo de Douglas, el hombre cuyo asesinato había dejado una herida abierta dentro de la casa Hamilton durante dos generaciones. El metal brillante atrapó un destello de luz.

—Hoy no tengo que apartarlo de ella —añadió Alexander.

Douglas volvió la cabeza.

—No podría, padre.

La respuesta fue inmediata.

Demasiado Hamilton.

Alexander alzó una ceja.

—Sigues siendo arrogante.

—No he prometido curarme de todo.

—Mairi Sinclair se aburriría, las mujeres escocesas necesitan tanto orgullo a su lado como el que ellas tienen.

Douglas se giró por completo.

No había sentimentalismo en el rostro de su padre. Alexander jamás había sido un hombre que regalara ternura mediante discursos. La demostraba de otra forma: apareciendo, ayudando, permaneciendo en su lugar cuando cualquier otro habría huido.

—Has gobernado bien aquí —dijo Alexander—. Escuchaste cuando resultaba más sencillo imponer como heredero. Cediste cuando hacerlo no te debilitaba. Y escogiste a una mujer por encima de un documento que protegía nuestro apellido.

—No tuve que escoger.

—Eso mismo me dijo Malcolm.

Douglas no respondió.

Su padre ajustó una esquina del tartán de Douglas sobre su hombro.

—Cuando era joven creía que amar a tu madre significaba mantenerla lejos de todo cuanto pudiera herirla.

Douglas lo miró.

—¿Funcionó?

—Tu madre lleva treinta años recordándome que no.

Una sombra de sonrisa apareció en la boca de Douglas.

—Mairi ha empezado antes.

—Mairi es escocesa. No desperdicia tiempo.

Alexander dio un paso atrás y examinó a su hijo.

Ya no vio al muchacho de dieciocho años que había acompañado a Audrey hasta Glenmuir con los puños dispuestos para resolver cualquier discusión. Tampoco al joven que había rodeado a Mairi de médicos, mantas y órdenes porque no podía aceptar que su vida escapara a su control.

Vio a un hombre.

El heredero de Brodick.

Su heredero.

Un futuro duque.

Y, quizá más importante aquel día, alguien preparado para compartir su vida con una mujer sin hacerle daño.

—Estás preparado —dijo.

Douglas inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Para casarme?

—Para ser mi heredero.

—Esperaré mi momento, mientras todavía tengo mucho que aprender de usted, padre.

Alexander soltó una risa baja.

Douglas le tendió la mano.

Alexander la estrechó.

Durante un instante no fueron duque y heredero.

Fueron padre e hijo.

—Hazla feliz —dijo Alexander.

—Eso intento.

—No. —Alexander apretó una vez su mano antes de soltarla—. Hazlo durante toda la vida. Intentarlo es lo que dicen los hombres cuando desean reservarse una excusa.

Douglas sostuvo su mirada.

—La haré feliz.

Alexander asintió.

—Entonces vamos. Tu madre ha informado al ministro de que retrasar la ceremonia después de colocar cinco mil flores sería una ofensa personal.

En las habitaciones destinadas a la novia, Eliza Hamilton acababa de perfumar el aire.

No había utilizado uno de los frascos que llevaba consigo a cualquier viaje. El pequeño recipiente de cristal descansaba dentro de una caja forrada de terciopelo verde, sin etiqueta ni nombre.