La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—La detesto —La franqueza sorprendió a Malcolm—. Pero detestaría más verla quedarse por temor a mi reacción —añadió Douglas.

Malcolm miró hacia los mapas de Arran extendidos sobre la mesa.

—¿Y sus hijos?

Douglas pensó en la frase pronunciada frente a Mairi.

—Si Dios nos los concede, llevarán mi apellido. Pero sabrán de qué casa procede su madre. Conocerán Glenmuir. Aprenderán el tartán Sinclair, oirán gaélico en ambos hogares y sabrán que una parte de su historia fue custodiada por su familia cuando la mía no podía protegerla.

Malcolm volvió a mirarlo.

—Habla como si hubiera pensado mucho en ello.

—He pensado en pocas cosas más.

El silencio entre ambos perdió parte de su dureza habitual.

Malcolm caminó hasta la ventana. Desde allí se veía el patio, varios hombres cargando baúles y, más allá, las copas húmedas de los árboles que descendían hacia la bahía.

—Cuando fui tras Blackwood —dijo— dejé a Mairi con usted —Douglas no respondió—. No lo habría hecho una semana antes.

—Lo sé.

—Lo vi abandonar el documento para sacarla de aquella grieta.

—No abandoné nada importante.

Malcolm giró la cabeza.

Por primera vez, no había hostilidad en su mirada.

Solo la gravedad de un hermano que comprendía exactamente lo que Douglas acababa de decir.

—Empieza a hacerla feliz.

Douglas sintió que algo se aflojaba bajo sus costillas.

—Pienso pasar el resto de mi vida intentándolo.

Malcolm regresó a la mesa.

—No me gusta usted.

—El sentimiento ha sido constante y mutuo.

—Es autoritario, arrogante y tiene una confianza excesiva en su propio juicio.

—También eso me resulta familiar.

—Y mi hermana posee los mismos defectos con un tartán diferente —añadió Malcolm.

Douglas consideró la afirmación.

—Quizás por eso me ama.

Malcolm cerró los ojos un instante.

—No abuse del momento, Hamilton.

—No pensaba hacerlo.

Malcolm extendió la mano.

—Tiene mi consentimiento —Douglas miró la mano antes de estrecharla. El apretón fue firme. Más fuerte de lo necesario. Exactamente lo que cabía esperar de un Sinclair que acababa de confiar a otro hombre el futuro de su hermana—. No vuelva a darme motivos para lamentarlo —advirtió Malcolm.

—Si vuelvo a herirla, no necesitará venir hasta Brodick.

—¿No?

—Mairi sabrá destruirme sin ayuda.

La boca de Malcolm se curvó.

No llegó a sonrisa.

Pero estuvo cerca.

—Entonces cásese con ella —dijo—. Y procure merecerla durante más tiempo del que le ha costado comprenderla.

Douglas inclinó la cabeza.

—Lo haré.

Aquella noche no hubo un anuncio oficial.

Douglas no pensaba permitir que la noticia del compromiso llegara a Hamilton Lodge por boca de un comerciante, un criado o un pasajero del siguiente vapor. Era el heredero de un ducado, y sus padres debían conocer su decisión antes de que esta se hiciera pública.

Sin embargo, durante la cena en el comedor antiguo de Brodick, reunió a quienes habían permanecido junto a ellos durante las últimas semanas: Malcolm, Angus, Tavish, Seumas MacBride y la señora MacEachern.

No era una proclamación.

Era una confidencia entre las personas que habían visto cómo Douglas y Mairi habían llegado hasta allí.

Douglas permaneció de pie junto a Mairi y extendió una mano hacia ella. Mairi la aceptó antes de dirigirse a los presentes.

—Lord Douglas y yo hemos decidido casarnos.

La señora MacEachern golpeó la mesa con la palma.

—Ya era hora.

Tavish levantó la copa.

—¿Debemos fingir sorpresa hasta que llegue el anuncio oficial?

—Debería intentarlo —respondió Douglas—. Aunque sospecho que no posee talento suficiente.

—Tengo otros talentos.

—Ninguno apropiado para una mesa.

Las risas recorrieron el comedor.

Malcolm no sonrió de inmediato. Miró a su hermana, después a Douglas.

—¿Sus padres lo saben?

—Recibirán el telegrama esta misma noche —respondió Douglas—. El compromiso no se anunciará fuera de esta habitación hasta que mi padre y mi madre hayan sido informados.

Seumas apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Entonces guardaremos el secreto.

La señora MacEachern lo miró.

—Usted no consigue guardar ni una opinión.

—Una opinión no es un secreto.

Douglas levantó la copa.

—Hasta que llegue la respuesta de Hamilton Lodge, esto queda entre nosotros.

No dudaba de que sus padres aceptarían a Mairi. Su padre conocía demasiado bien el valor de una Sinclair y Eliza llevaba años observando a su hijo mirar a Mairi como si aún no hubiera comprendido lo evidente.

Pero el amor no anulaba las formas.

Y aquella vez Douglas pensaba hacer cada cosa en el orden correcto.

Malcolm se puso en pie con su vaso.

La alegría disminuyó un poco. Todos miraron al laird Sinclair.

—Por mi hermana —dijo—. Que nunca olvide quién es, cualquiera que sea el apellido que añada al suyo.

Mairi sintió que la emoción le apretaba la garganta.

Malcolm volvió los ojos hacia Douglas.

—Y por lord Douglas Hamilton. Que recuerde que se casa con una Sinclair.

Douglas levantó su copa.

—No creo que ella me permita olvidarlo.

—No —respondió Mairi—. No lo haré.

Bebieron.

Douglas no la besó delante de la mesa.

No habría resultado apropiado.

Pero sus dedos encontraron los de ella bajo el mantel y permanecieron allí durante el resto de la cena.

El telegrama llegó a Brodick  un par de días después.

Un mensajero del puerto lo entregó a Angus, quien lo llevó directamente al salón pequeño donde Douglas y Mairi revisaban una lista de nombres para las cartas de anuncio.

Douglas rompió el sobre.

Leyó el mensaje una vez.

Después otra.

Mairi dejó la pluma.

—¿Malas noticias?

Douglas le tendió el papel.

La letra telegráfica era breve, sin espacio para la elegancia:

CONSERVE DOCUMENTOS. NO FIJE FECHA SIN SU FAMILIA. SU MADRE HA DISPUESTO VIAJE Y ENVIADO POR EDWARD. PARTIMOS MAÑANA CON CATHALINE Y RICHARD. DUQUE DE HAMILTON.

Mairi leyó el mensaje dos veces.

—Su padre parece emocionado.

—Está fuera de sí.

—No lo parece.

—Ha utilizado una frase completa sobre mi madre. En él equivale a una demostración pública de sentimientos.

Mairi sonrió.

—Lady Eliza llegará con medio Hamilton Lodge.

—Cathaline llevará la otra mitad.

—¿Y Edward?

—Escribirá durante la travesía una reflexión sobre los errores políticos de Lachlan Blackwood y fingirá que no ha viajado únicamente para conocer todos los detalles.

—Richard querrá que Tavish le enseñe el lugar de la pelea.

—Richard querrá pelear con Tavish antes del desayuno.

Mairi dejó el telegrama sobre la mesa.

—¿Y su padre?

Douglas miró hacia las ventanas.

El mar se extendía más allá de los jardines, gris y tranquilo bajo las últimas luces.

—Mi padre observará los documentos —dijo—. Después saldrá solo, probablemente hacia el paso. No hablará durante horas. Mi madre lo seguirá cuando considere que ya ha sufrido bastante en privado.

Mairi cubrió la mano de Douglas con la suya.

—No estará solo esta vez.

Él bajó la vista hacia sus dedos unidos.

—No.

Malcolm había enviado también noticias a Glenmuir. Audrey viajaría con la pequeña Eliza en cuanto Morna y MacNair terminaran de discutir sobre cuántas mantas necesitaba una niña para cruzar hasta Arran.

En pocos días, Brodick recibiría a los Hamilton y a los Sinclair.

A padres, hermanos, hermanas, cuñados, una sobrina demasiado pequeña para respetar la solemnidad de ningún momento y una cantidad de opiniones suficiente para gobernar tres islas.

Mairi volvió a tomar el telegrama.

—Su madre querrá organizarlo todo.

—Sí.

—Cathaline intentará escoger mi vestido.

—Sin duda.

—Su padre nos mirará como si esperara una explicación.

—Mi padre sabe exactamente lo que ha ocurrido.

Mairi lo observó con alarma.

Douglas alzó una ceja.

—Me refiero al compromiso.

—Naturalmente.

La boca de él se curvó.

Mairi lo golpeó suavemente con el telegrama.

Douglas la sujetó por la cintura antes de que pudiera apartarse.

—¿Qué hará mientras llegan? —preguntó ella.

Él la acercó contra su cuerpo.

—Intentar recordar que todavía no es mi esposa.

Mairi apoyó las manos sobre su pecho.

—No parece tener demasiada memoria para eso.

—Nunca he afirmado poseer todas las virtudes.

Douglas inclinó la cabeza.

El beso fue lento al principio.

Después Mairi recordó la noche anterior, y Douglas comprendió por la forma en que sus dedos se cerraron sobre su chaqueta que la espera hasta la boda iba a exigir mucho más honor del que había calculado.

Se separó antes de que la mesa terminara empujada contra la pared.

Mairi abrió los ojos.

—Eso ha sido sorprendentemente prudente.

—Quiero hacerlo bien.

Mairi rio.

Douglas apoyó la frente contra la suya.

Arran había devuelto a los Hamilton la sangre highlander de su pasado.

Ahora, mientras ambas familias se preparaban para llegar a Brodick, Douglas solo pensaba en una cosa: Mairi había aceptado ser su esposa.