Capítulo 18 #2
—También le ofrecí una casa que no me había pedido y una vida que yo ya había decidido en su nombre.
—Sí.
Douglas aceptó ambas respuestas.
—Aquella petición fue indigna de usted.
Mairi sostuvo sus ojos.
—También lo fue de usted.
—Lo sé.
No se defendió.
No mencionó el miedo, los médicos ni sus buenas intenciones.
Mairi sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho.
Douglas respiró despacio.
—Esta vez no he venido a resolver nada ni a imponer.
La mano de Mairi se cerró alrededor de un pequeño tallo de romero.
—Entonces ¿a qué ha venido?
—A ofrecerle lo único que realmente puedo darle.
Douglas bajó la vista un instante. Cuando volvió a alzarla, ya no quedaba en él ninguna protección detrás de la cual esconderse.
—A mí.
Mairi dejó de mover los dedos.
—No le pediré que deje de ser Sinclair —continuó—. No quiero que esconda su tartán bajo el mío ni que olvide Glenmuir para demostrar lealtad a Brodick. Quiero que ambas casas sean suyas.
Douglas se acercó un poco más.
—Quiero sus remedios en mis cocinas, aunque sospecho que discutirá con todos los médicos que entren en ellas.
Quiero sus opiniones en los asuntos de esta isla, incluso cuando sean contrarias a las mías.
Quiero verla volver a Glenmuir cuantas veces lo desee y acompañarla cuando mis obligaciones me lo permitan.
—Eso suena peligrosamente sensato.
—No he terminado.
Mairi bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Douglas continuó:
—Seguiré preocupándome. Seguiré creyendo que algunas de sus decisiones son propias de una mujer sin el menor instinto de conservación.
—La propuesta está empeorando.
—Estoy intentando ser honesto, no perfecto.
Mairi volvió a mirarlo.
—Seguiré discutiendo con usted —añadió Douglas—. Probablemente ordenaré cosas que no debería ordenar y usted me recordará, con una delicadeza inexistente, que no tiene intención de obedecerme.
—Eso parece bastante probable.
—Pero no volveré a decidir por los dos.
El viento pasó entre los árboles desnudos.
Douglas se quitó los guantes.
Los guardó dentro del abrigo.
Después hizo algo que Mairi jamás habría esperado ver.
Se arrodilló.
La tierra estaba húmeda. El borde del tartán Hamilton rozó el suelo oscuro. Douglas Hamilton, heredero de un ducado, señor de Brodick y hombre ante quien la mayoría de las personas se apartaban antes de que lo pidiera, levantó el rostro hacia ella.
Antes de hablar, introdujo una mano en el interior del abrigo y sacó el pañuelo que Mairi le había devuelto manchado de tinta en Hamilton Lodge.
Ella lo reconoció de inmediato.
Douglas lo desdobló con cuidado. La vieja mancha continuaba allí, extendida sobre la tela como el recuerdo de aquella tarde en que él había pedido su mano sin comprender todavía todo cuanto significaba recibirla.
—Lo he conservado desde entonces —dijo.
Mairi rozó la tela con los dedos.
—Creí que lo habría tirado.
—Intenté hacerlo.
—¿Y por qué no pudo?
Los ojos marrones de Douglas permanecieron fijos en ella.
—Porque era la primera cosa que me devolvía después de negarse a darme la mano. Debí comprender entonces que no obtendría nada de usted hasta que aprendiera a pedirlo.
Mairi sintió que la emoción le cerraba la garganta.
Douglas cerró sus dedos alrededor del pañuelo y de la mano de ella.
No parecía menos poderoso por estar arrodillado.
Solo dejaba claro que esta vez comprendía la diferencia entre exigir y pedir.
—Si Dios nos concede hijos, conocerán a los Hamilton y a los Sinclair —aclaró Douglas—. Sabrán que Arran forma parte de su sangre y que Glenmuir también es su hogar. Y sabrán que su madre no abandonó nada de cuanto era para convertirse en mi esposa.
Mairi sintió que la emoción le cerraba la garganta.
Douglas extendió una mano.
No la tomó por la fuerza.
Esperó hasta que ella colocó los dedos sobre su palma.
—Mairi Sinclair —dijo—, ¿me concederá el honor de compartir su vida conmigo y convertirse en mi esposa?
Mairi lo contempló en silencio.
Douglas no movió un solo músculo.
Pero ella notó la tensión en los dedos que sostenían los suyos.
Lo hizo esperar apenas unos segundos.
No por crueldad.
Porque deseaba conservar aquel instante: Douglas arrodillado sobre la tierra de Arran, su tartán junto al Sinclair y la pregunta correcta por fin entre ambos.
—Hay condiciones —dijo Mairi.
Douglas endureció el gesto con resignación.
—Naturalmente.
—Glenmuir seguirá siendo mi casa.
—Sí.
—No renunciaré a mis remedios porque un médico inglés los considere supersticiones.
—Discutiré con él antes que usted.
—No convertirá cada resfriado en una emergencia familiar.
Douglas guardó silencio.
Mairi arqueó una ceja.
—Douglas.
—Intentaré no hacerlo.
—No es una respuesta especialmente firme.
—Tampoco pienso mentirle en mitad de mi segunda propuesta.
Mairi sintió que la risa y las lágrimas amenazaban con salirle al mismo tiempo.
—Y no esperaré obedecerlo siempre.
—No espero que me obedezca nunca cuando debería hacerlo.
—Entonces será un matrimonio difícil.
—Llevo años preparándome.
Mairi apretó sus dedos.
—Sí.
Douglas no reaccionó de inmediato.
Como si una palabra tan pequeña hubiera sido demasiado para comprenderla a la primera.
—¿Sí? —repitió.
Mairi sonrió.
—Sí, Douglas. Me casaré con usted.
Él se puso en pie con tanta rapidez que Mairi apenas tuvo tiempo de respirar antes de encontrarse levantada contra su pecho.
Douglas la besó.
No fue el beso cauteloso de un hombre recién aceptado.
Fue Hamilton.
Intenso.
Dominante.
Lleno de una satisfacción oscura que hizo que Mairi le rodeara el cuello con los brazos y olvidara durante varios segundos que se encontraban en un jardín, bajo la luz del día y sin una puerta cerrada entre ellos y el resto del castillo.
Douglas la sujetó por debajo de los muslos. El cuerpo de Mairi reconoció aquella fuerza de inmediato. El recuerdo de la noche anterior hizo que se estremeciera contra él.
—Estamos en el jardín —murmuró sobre su boca.
—Lo sé.
—Podría vernos alguien.
—No lo hará.
Mairi se apartó lo suficiente para mirarlo.
—¿Cómo puede estar seguro?
—Angus cree que se están revisando los muros y ha enviado a los jardineros al otro extremo de la propiedad.
—Ha organizado esto como una campaña militar.
—Era la única forma que conocía de llegar hasta la pregunta.
Mairi soltó una risa.
Douglas la besó otra vez, más despacio.
Cuando la dejó de nuevo sobre el suelo, no retiró la mano de su cintura.
—Ahora debo hablar con su hermano.
Mairi alisó el borde del tartán Hamilton que se había desplazado durante el beso.
—No le pida permiso para disponer de mí.
Douglas cubrió su mano con la suya.
—Usted ya ha respondido. Iré a pedir su bendición.
—Malcolm puede hacerlo sufrir.
—Lo considero inevitable.
—Quizás lo disfrute.
—Eso también.
Mairi se puso de puntillas y lo besó una última vez en la mandíbula.
—Entonces será mejor que no lo haga esperar.
Malcolm estaba en el salón de mapas cuando Douglas entró.
Había extendido sobre la mesa una lista de los hombres Sinclair que regresarían a Glenmuir en los días siguientes. Junto a ella descansaba una carta destinada a Audrey y una nota para MacNair sobre la fecha aproximada de su llegada.
Levantó los ojos al ver a Douglas.
—Hamilton.
—Sinclair.
Douglas cerró la puerta.
Malcolm dejó la pluma.
—Eso suele significar que pretende decir algo que no desea que oiga el resto del castillo.
—Mairi ha aceptado casarse conmigo.
Malcolm no se movió.
Ni siquiera parpadeó.
La quietud de su rostro recordó a Douglas la de su padre cuando alguien acababa de decir algo que merecía una respuesta cuidadosamente escogida.
—Comprendo —dijo Malcolm.
—¿Eso es todo?
—Todavía no he decidido.
Douglas avanzó hasta la mesa.
—He venido a pedir su consentimiento y su bendición.
Malcolm alzó una ceja.
—Parece que llega tarde para solicitar el primero.
—Esta vez he empezado por la persona que debía responder.
La frase permaneció entre ambos.
Malcolm no pudo discutirla.
Eso no significaba que pensara facilitarle nada.
—La primera vez que pidió su mano —dijo— no habló con ella como un hombre enamorado.
—No.
—Tampoco habló conmigo.
—No.
—La hizo infeliz.
—Sí.
La aceptación inmediata irritó a Malcolm más que una defensa.
—Regresó a Glenmuir convencida de que usted solo la quería cerca porque temía que volviera a enfermar.
Douglas sostuvo su mirada.
—Lo sé.
—No. Usted vio que subía a un carruaje. Yo la vi bajar de él.
Aquello llegó.
Douglas no apartó los ojos.
Malcolm apoyó ambas manos sobre la mesa.
—La vi fingir que no esperaba cartas. La vi levantar la cabeza cada vez que un jinete cruzaba el patio. La vi defenderlo y enfadarse después consigo misma por haberlo hecho.
—No le pediré que olvide lo que ocurrió —dijo Douglas—. Yo tampoco pienso olvidarlo.
Malcolm guardó silencio un instante.
—¿Qué hará cuando las cosas se compliquen de nuevo?
Douglas no respondió enseguida.
Podría haber prometido que no volvería a sentir aquel miedo.
Habría sido una mentira.
—Probablemente me enfadaré —dijo—. Quizás intente dar una orden que no me corresponde. Su hermana me recordará quién es y yo descubriré otra vez que discutir con una Sinclair resulta agotador.
La boca de Malcolm casi dibujó una sonrisa.
Casi.
—Eso no responde por completo.
—Tendré miedo —admitió Douglas—. Pero no volveré a utilizarlo para decidir dónde debe vivir ni qué vida le conviene.
Malcolm lo observó con atención.
—Brodick puede absorber a una mujer. También Hamilton Lodge. Su apellido, sus obligaciones, Londres, la corte... Mairi no ha luchado para recuperar su vida y terminar convertida en una figura decorativa dentro de la casa Hamilton.
—No lo permitiría aunque yo lo intentara.
—No es una broma.
—Tampoco mi respuesta.
Douglas se acercó otro paso.
—Glenmuir seguirá siendo su casa. No tendrá que solicitar permiso para volver con usted, con Audrey, con Morna o con la pequeña Eliza.
—¿Y cuándo sus obligaciones no le permitan acompañarla?
—Se marchará sin mí y regresaré a buscarla cuando pueda.
Malcolm frunció el ceño.
—No parece una perspectiva que le agrade.