La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

Lady Mairi Sinclair regresó a sus habitaciones antes de que Brodick encendiera la primera chimenea de la mañana.

No había sido necesario correr por los pasillos ni esconderse detrás de cortinas como una muchacha sorprendida en una aventura de verano.

El castillo todavía dormía, las lámparas ardían bajas y el único criado que cruzó el vestíbulo llevaba una cesta de carbón sobre el hombro y los ojos puestos en el suelo.

Douglas la había acompañado hasta la galería que comunicaba con el ala de invitados.

No más lejos.

Había permanecido allí mientras ella se alejaba, vestido solo con los pantalones y la camisa mal abrochada, demasiado grande para la luz débil del amanecer y demasiado silencioso para un hombre que había pasado la noche demostrando cuánto podía decir sin necesidad de palabras.

Mairi no había mirado atrás.

De haberlo hecho, habría regresado con él.

Ahora permanecía tendida en su propia cama, con las cortinas cerradas y el primer resplandor de noviembre filtrándose entre ellas. Apenas había dormido. No porque se arrepintiera, sino porque su cuerpo guardaba demasiados recuerdos recientes como para concederle descanso.

La fuerza de Douglas.

El peso de su cuerpo.

La forma en que la había mirado al comprender que ella había acudido a él por voluntad propia.

Mairi cerró los ojos y sintió que el calor le subía otra vez a las mejillas.

Comprendía la gravedad de lo que había hecho.

No era una muchacha ignorante ni una viuda con libertad para disponer de su intimidad sin que el mundo se escandalizara.

Era lady Mairi Sinclair, hermana del laird de Glenmuir, soltera (quizás solterona porque su época de casadera había pasado hacía un par de temporadas) y alojada bajo el techo de un hombre al que todavía no estaba prometida oficialmente.

Había entregado a Douglas algo que la sociedad consideraba inseparable de sus votos matrimoniales.

Y lo había hecho antes de pronunciarlos.

No sentía vergüenza.

Pudor, sí. Una conmoción íntima cada vez que recordaba lo poco que había quedado entre ambos al final de la noche.

Una conciencia nueva de su propio cuerpo, como si Douglas hubiera despertado partes de ella que hasta entonces solo habían existido bajo capas de lana, buena educación y orgullo Sinclair.

Pero no vergüenza.

Ella le había dicho que lo amaba. Lo había escogido antes de que una iglesia, un hermano o dos casas antiguas pudieran aprobarlo.

Y, según las leyes más antiguas de su tierra, la voluntad de una mujer y la del hombre que la recibía siempre habían sido lo único verdaderamente necesario.

Ahora faltaba lo demás.

Douglas debía formular la pregunta según las normas inglesas.

Y después tendría que enfrentarse a Malcolm.

La idea estuvo a punto de hacerla sonreír.

Douglas Hamilton podía ordenar a hombres armados que bajaran las armas. Podía detener una disputa de tierras con media frase y mirar a un comerciante de Glasgow hasta convencerlo de que la bancarrota era preferible a seguir discutiendo.

Pero aquella mañana tendría que pedir.

No imponer.

No informar.

Pedir. Y sabía que eso, para Douglas, era lo verdaderamente difícil.

Mairi abrió sus ojos grises como un día de lluvia.

Sobre una silla esperaba el vestido de mañana que una doncella había dejado preparado la noche anterior. Era de lana amarilla, sencillo, cálido y lo bastante sobrio para no revelar que la mujer que iba a llevarlo había pasado pocas horas antes desnuda bajo el heredero de Brodick.

Mairi apartó la manta.

—Será mejor que encuentre las palabras correctas —murmuró.

Porque ella ya conocía su respuesta: sí, absolutamente sí.

Douglas había destruido tres hojas de papel  antes de que Angus entrara en el despacho.

La primera había empezado con una referencia al deber.

Douglas la había arrojado al fuego antes de completar la segunda línea.

La segunda mencionaba las casas Hamilton y Sinclair, la conveniencia de una unión reconocida y la satisfacción que produciría en ambas familias.

Había sobrevivido algo más.

Hasta que Douglas comprendió que se parecía de forma alarmante a su primera propuesta.

La tercera no contenía más que el nombre de Mairi y una mancha de tinta donde la pluma había permanecido inmóvil demasiado tiempo.

Aquella seguía sobre el escritorio.

Angus entró con una carpeta bajo el brazo, observó los restos de papel dentro de la chimenea y después dirigió la vista hacia Douglas.

No preguntó.

Eso le resultó más irritante a Douglas.

—Los documentos saldrán hacia Hamilton Lodge con el primer vapor de mañana —informó—. Dos copias permanecerán en Brodick y una será entregada al procurador fiscal.

Douglas asintió.

—Bien.

—Los hombres de MacKinnon han regresado al paso. Tavish calcula que la pasarela provisional podrá utilizarse en dos días.

—Bien.

—El representante de Pollock y Bain solicita otra reunión sobre la casa de huéspedes.

—Que espere.

Angus inclinó la cabeza.

—Por supuesto.

Permaneció delante del escritorio.

Douglas levantó la vista.

—¿Algo más?

—No, milord.

—Entonces puede marcharse.

—Desde luego.

Angus no se movió.

Douglas apoyó la pluma.

—Está disfrutando de esto.

—No sabría decir a qué se refiere, milord.

—Lleva treinta años sabiendo exactamente a qué se refiere todo el mundo, Angus.

—Veintisiete, milord.

—Eso no mejora nada.

Angus bajó la mirada hacia el papel donde solo aparecía el nombre de Mairi.

—Quizás no debería escribir.

Douglas se quedó quieto.

—¿Disculpe?

—La pregunta.

—No estoy escribiendo ninguna pregunta.

—Naturalmente.

Douglas lo contempló con una frialdad que habría vaciado cualquier otra habitación.

Angus llevaba demasiado tiempo con los Hamilton.

—Supongamos —dijo Douglas— que un hombre necesitara formular una pregunta importante.

—¿Una pregunta relacionada con tierras?

—No.

—¿Dinero?

—No.

—¿La contratación de los MacKinnon?

—Angus.

—Comprendo. Una cuestión personal.

Douglas se recostó en la silla.

—Una pregunta que ya formuló mal en otra ocasión.

La expresión del administrador no cambió, pero algo parecido a la satisfacción apareció en sus ojos.

—En ese caso, le recomendaría no pronunciar ninguna de las palabras que utilizó la primera vez.

—Es una observación muy útil.

—Evite también mencionar médicos.

Douglas apretó la mandíbula.

—No pensaba hacerlo.

—Ni humedad.

—Angus.

—Ni libertad dentro de lo razonable.

Douglas se puso en pie.

—Puede retirarse.

Angus recogió la carpeta con calma.

—Las preguntas más difíciles suelen ser las más cortas, milord.

Douglas lo miró.

Angus se detuvo junto a la puerta.

—Lady Mairi está en el jardín amurallado.

—No le he preguntado dónde está.

—No, milord.

—Entonces ¿por qué me lo dice?

—Porque lleva diez minutos mirando por la ventana equivocada.

Angus salió antes de que Douglas pudiera decidir si debía despedirlo o aumentarle el salario.

Douglas miró otra vez la hoja.

«Mairi».

Nada más.

Tomó el papel, lo dobló una sola vez y lo guardó dentro del cajón.

No necesitaba un discurso escrito.

Las palabras preparadas habían sido siempre su refugio: autoridad, deber, conveniencia, protección. Términos sólidos detrás de los cuales podía esconder todo cuanto no sabía controlar.

Aquella vez iría sin ellos.

Se colocó el tartán Hamilton sobre el hombro y abrió el cajón antes de abandonar el despacho.

Dentro, cuidadosamente doblado, permanecía el pañuelo que Mairi le había devuelto manchado de tinta en Hamilton Lodge. Douglas lo había llevado consigo hasta Arran como un recordatorio de la mujer que se había negado a ofrecerle la mano solo porque él esperaba recibirla.

Lo tomó y lo guardó en el bolsillo interior del abrigo.

La primera vez, aquel pañuelo había representado todo cuanto no había sabido pedirle.

Aquella mañana lo acompañaría mientras intentaba hacerlo bien.

Después salió del despacho.

El antiguo jardín amurallado de Brodick no estaba hecho para noviembre.

Los rosales se habían quedado sin flores, los árboles frutales alzaban ramas desnudas contra el cielo y la tierra oscura de los arriates conservaba el agua de la noche anterior.

Solo algunas plantas resistentes seguían vivas cerca del muro: romero, salvia, tomillo y un grupo de brezos tardíos que el viento todavía no había conseguido doblegar.

Mairi estaba junto a ellos.

Llevaba el tartán Sinclair prendido sobre el vestido amarillo. Había recogido el cabello rubio en un moño sencillo, aunque la humedad empezaba a soltar algunos mechones alrededor de la nuca. Rebeldes, como ella.

Douglas se detuvo al verla.

No debería haber sido difícil mirarla vestida.

La había visto de aquella forma durante años.

Sin embargo, después de conocer cada curva oculta bajo la lana, resultaba imposible fingir que el vestido era una barrera suficiente. Recordaba el peso de sus pechos en las manos, el cabello extendido sobre la cama y la forma en que sus piernas lo habían rodeado.

Mairi levantó la vista.

Sus mejillas adquirieron un color suave, pero no apartó los ojos.

Ella también recordaba.

—Ha tardado bastante —dijo.

Douglas avanzó hacia ella.

—He tenido una mañana complicada.

—¿Problemas con los prisioneros?

—No.

—¿Los documentos?

—Tampoco.

Mairi observó la seriedad de su rostro.

—Entonces debe de tratarse de algo verdaderamente grave.

Douglas se detuvo frente a ella.

—He intentado encontrar una pregunta que no pareciera una imposición.

Mairi inclinó la cabeza.

—¿Y ha tenido éxito?

—Todavía no la he formulado.

—Eso no resulta muy prometedor.

Douglas la miró de arriba abajo una sola vez.

—No me lo está poniendo fácil.

—No recuerdo haberle prometido facilidad.

—No. Habría sospechado que mentía.

El viento movió el borde de ambos tartanes.

Hamilton.

Sinclair.

Dos colores distintos bajo el mismo cielo.

Douglas dio otro paso. La distancia entre ellos se redujo lo suficiente para que Mairi percibiera el olor limpio de su ropa, el frío del exterior adherido a la lana y algo más conocido que todavía recordaba de la noche anterior.

Él no la tocó.

—La primera vez que le pedí matrimonio —comenzó— le ofrecí mi apellido como si fuera un remedio.

La ironía desapareció del rostro de Mairi.

—Sí.