Capítulo 17 #4
La primera presión fue intensa. Mairi contuvo la respiración cuando su cuerpo tuvo que abrirse para recibirlo. Él se detuvo, con los brazos tensos a ambos lados de ella y el rostro endurecido por un control que parecía costarle cada músculo.
—No se detenga —pidió Mairi.
—Quiero darle tiempo.
—Ya le he dado más de un año.
Aquello estuvo a punto de arrancarle una risa.
En lugar de reír, Douglas avanzó.
La incomodidad fue breve y aguda. Mairi cerró los dedos sobre sus hombros. Él permaneció inmóvil una vez que estuvo completamente dentro, tan grande, tan profundamente unido a ella, que durante unos segundos ninguno consiguió respirar con normalidad.
Douglas apoyó la frente sobre la suya.
—Mairi.
Nunca había pronunciado su nombre de ese modo.
No como una orden.
No como una súplica.
Como si acabara de recibir algo que jamás creyó merecer.
Mairi movió las caderas con cautela.
El cuerpo de Douglas se tensó.
—Ahora —dijo ella.
Él empezó a moverse.
Al principio con lentitud, permitiéndole acostumbrarse a la fricción y al peso de su cuerpo. Mairi descubrió pronto que la cautela podía resultar más torturadora que la fuerza. Cada retirada dejaba un vacío que el siguiente movimiento llenaba con mayor intensidad.
Douglas la observaba.
Los ojos marrones se habían oscurecido. El cabello negro caía sobre su frente. Los músculos de los brazos y los hombros se marcaban mientras mantenía parte de su peso apartado de ella.
Mairi le rodeó la cintura con las piernas.
—No soy de cristal.
Aquello quebró lo último de su control.
Douglas la tomó por las caderas y profundizó el movimiento. La cama crujió bajo ellos. Mairi se aferró a su espalda, sintiendo la fuerza contenida durante tantos meses convertirse por fin en algo que no amenazaba con encerrarla.
La hacía arder.
Douglas besó su boca, el cuello y los pechos mientras la poseía con un ritmo cada vez más urgente.
Mairi empezó a encontrarse con cada embestida, entregándole tanto como recibía.
El placer volvió a crecer, más hondo que antes, acompañado por la presión de tenerlo dentro y la certeza de que era ella quien había cruzado aquella puerta.
Ella lo había escogido.
Douglas no había tenido que salvarla, convencerla ni retenerla.
Mairi había ido hasta él.
—Míreme —pidió otra vez Douglas.
Ella abrió los ojos.
El placer alcanzó a ambos casi al mismo tiempo. Mairi se quebró alrededor de él, pronunciando su nombre contra su boca. Douglas hundió el rostro en su cuello, la apretó contra sí y dejó escapar un sonido grave mientras su cuerpo se tensaba sobre el de ella.
Después permaneció inmóvil.
Durante unos segundos solo existieron sus respiraciones, el fuego bajo de la chimenea y el viento golpeando las ventanas.
Douglas se apartó con cuidado y se tendió a su lado.
Mairi no permitió que se alejara.
Se giró hacia él y apoyó la cabeza sobre su pecho. El corazón de Douglas golpeaba con fuerza bajo su mejilla. Él tomó la manta y la extendió sobre ambos antes de rodearla con un brazo.
No habló inmediatamente.
Mairi tampoco.
La intimidad posterior resultó casi más peligrosa que cuanto habían hecho. No había deseo que pudiera esconder el silencio, ni discusión que les permitiera volver a colocarse la armadura.
Douglas deslizó los dedos por el cabello rubio extendido sobre su pecho.
—Nunca imaginé que vendría a buscarme.
Mairi levantó un poco la cabeza.
—No vine por gratitud.
—Lo sé.
—Ni porque Malcolm me haya dejado bajo su protección.
—También lo sé.
—Ni porque haya salvado el paso.
Douglas sostuvo su mirada.
—Vino porque me ama.
—No se vuelva insoportable tan pronto.
Una sonrisa lenta cambió el rostro de él.
Mairi volvió a apoyarse sobre su pecho.
Douglas se quedó jugando con un mechón de su cabello.
—Ahora sí temo despertar —dijo.
—Entonces no se duerma.
—No parece una dificultad.
Ella trazó con un dedo una línea distraída sobre su pecho.
—Mañana tendrá que hablar con Malcolm.
El brazo de Douglas se tensó alrededor de su cintura.
—Ya he hablado con él.
—Lo hizo sin consultarme.
—Era una costumbre antigua.
—Una costumbre que no pienso permitirle conservar.
Douglas bajó la mirada hacia ella.
—Su hermano es insoportable y le dije que no volvería a pedírselo.
Mairi guardó silencio el tiempo suficiente para que él dejara de sonreír.
Después se incorporó un poco y lo besó en la mandíbula.
—Usted también es insoportable y creo que todos merecemos segundas oportunidades, incluido Malcolm.
Douglas se quedó completamente quieto.
—¿Y qué responderá?
Mairi recuperó la manta sobre su cuerpo con una dignidad que habría resultado más convincente si no estuviera desnuda entre sus brazos.
—Eso dependerá de si esta vez consigue formular la pregunta correcta.
Douglas la contempló.
Había gobernado hombres, tierras y una isla. Había atravesado incendios y enfrentado a un enemigo armado sin concederle el placer de verlo perder el control.
Nada de aquello lo había preparado para esperar hasta mañana.
Mairi volvió a recostarse sobre él.
Douglas cerró los brazos a su alrededor.
Por primera vez, la promesa de un sí no le pareció una victoria que conquistar.
Le pareció el lugar al que llevaba toda su vida intentando regresar.