Capítulo 17 #3
No solo alto, sino construido con la fuerza de un hombre acostumbrado a montar, luchar y utilizar su propio cuerpo antes de pedir a otros que hicieran algo por él.
Los hombros se extendían anchos sobre un pecho firme.
Una línea de vello oscuro descendía por el centro del torso y se perdía bajo la cintura del pantalón.
La piel tenía el tono cálido de quien no había pasado la vida protegido dentro de salones.
Mairi apoyó ambas manos sobre su pecho.
Sintió el latido bajo las palmas.
Douglas cerró los ojos.
—Lleva años mirándome como si pudiera romperme —murmuró ella.
Él volvió a abrirlos.
—Nunca volveré a cometer ese error.
—Bien.
Mairi deslizó las manos por sus hombros, los brazos y el abdomen.
Douglas permaneció quieto, aunque cada músculo se tensaba bajo sus dedos, cada vena se hinchaba, dejando un rastro de músculo y tensión que asustó y complació a Mairi por partes iguales.
Si Douglas quisiera, podría aplastarla sin esfuerzo.
—No sabía que una mujer podía mirar de una manera tan indecente —dijo él.
—Lo aprendí de usted.
Douglas la sujetó por la cintura y le dio la vuelta con suavidad. Sus dedos encontraron los pequeños cierres de la espalda del vestido.
Aquella vez no había una cala fría, una mano vendada ni una excusa para fingir que solo estaba ayudándola a vestirse.
Desabrochó cada cierre sin apartar la mirada de la nuca que iba quedando expuesta.
Besó la piel allí.
Mairi cerró los ojos.
La boca de Douglas descendió lentamente por su columna mientras el vestido se aflojaba. Él lo apartó de sus hombros y dejó que la tela gris resbalara hasta el suelo.
Mairi quedó ante él con las prendas interiores y el tartán Sinclair todavía prendido.
Douglas llevó la mano hasta el broche.
Se detuvo.
Mairi comprendió la pregunta que no había formulado.
Desprendió ella misma el tartán y lo colocó sobre el respaldo de una silla.
—Sigo siendo Sinclair —dijo.
—Siempre.
La respuesta fue inmediata.
Douglas no deseaba borrar aquella parte de ella.
La deseaba también por eso.
Mairi se giró hacia él. La camisa fina dibujaba sus pechos y la estrechez de una cintura todavía delicada. Había recuperado salud, color y fuerza, aunque seguía pareciendo pequeña frente al cuerpo de Douglas.
No frágil.
Pequeña porque él era desmesurado.
Douglas la contempló como si hubiera esperado toda su vida para hacerlo sin culpa.
—Esta vez puede mirar —dijo Mairi.
Él levantó los ojos hasta los suyos.
—No pensaba hacer otra cosa.
Le quitó la camisa despacio.
La tela descendió y dejó al descubierto sus pechos. Douglas respiró hondo. Mairi sintió el impulso de cubrirse, nacido de pudor más que de arrepentimiento, pero no llegó a levantar los brazos.
Él la había visto desnuda en la cala sin que ella lo eligiera.
Aquella vez era distinto.
Mairi estaba allí porque había ido a buscarlo.
Douglas rozó uno de sus pechos con los dedos. La caricia fue ligera, casi reverente, y precisamente por eso hizo que el pezón se endureciera.
—No vuelva a mirarme como si fuera algo sagrado —susurró ella.
La boca de Douglas se curvó.
—No sabe lo que está pidiendo.
Cerró la mano alrededor del pecho.
Mairi soltó una respiración entrecortada.
Douglas inclinó la cabeza y tomó el pezón entre los labios. El calor de su boca la atravesó de inmediato. Mairi hundió los dedos en su cabello oscuro mientras él la besaba, primero con lentitud y después con una intensidad que le debilitó las piernas.
Cuando cambió al otro pecho, ella pronunció su nombre.
Douglas la levantó.
Mairi rodeó su cintura con las piernas por puro instinto.
Él la sostuvo sin esfuerzo, una mano bajo sus muslos y la otra extendida sobre su espalda.
La diferencia entre ambos resultó casi escandalosa.
Ella, rubia, esbelta y desnuda contra la dureza oscura de su cuerpo.
Él, grande y poderoso, sometido por completo a cada movimiento de una mujer que apenas le alcanzaba el hombro.
Douglas la depositó sobre la cama.
Mairi se incorporó sobre los codos mientras él se quitaba el resto de la ropa. No apartó la mirada.
Después quedó desnudo frente a ella.
Mairi sintió que el color le ascendía hasta el rostro. Había conocido la dureza de su cuerpo a través de la ropa, pero contemplarlo no dejaba espacio para la imaginación. Douglas era tan imponente en su desnudez como vestido con el tartán Hamilton, aunque mucho menos civilizado.
Ella extendió la mano.
Él la atrapó por la muñeca antes de que pudiera tocarlo.
—Mairi.
—¿Qué ocurre ahora?
—Si me toca, perderé la poca paciencia que me queda.
—Quizás no quiero que la conserve.
Douglas la soltó.
Mairi cerró los dedos alrededor de él.
La respiración abandonó el pecho de Douglas con un sonido áspero. Bajó la cabeza, apoyando una mano junto al cuerpo de ella.
—Dios.
Mairi movió la mano con curiosidad y una satisfacción que no tenía nada de inocente.
—¿Así?
Douglas le sujetó la muñeca otra vez.
—Exactamente así, si pretende matarme.
—Después de todo lo que hemos pasado, sería una muerte poco digna.
—No ha visto cuánto puedo perder todavía de dignidad.
La tumbó sobre la cama y la besó hasta borrarle cualquier respuesta. Su mano descendió por el cuerpo de Mairi, siguió la curva de la cintura, pasó sobre la cadera y se deslizó entre sus muslos. Ella abrió las piernas sin que se lo pidiera.
Douglas se quedó inmóvil una sola vez.
La miró.
No hubo una pregunta larga ni otra conversación sobre prudencia.
—Dígame que lo desea.
Mairi sostuvo sus ojos oscuros.
—Lo deseo.
Fue suficiente.
Douglas la acarició entre las piernas. Mairi se arqueó bajo su mano, sorprendida por la intensidad de una sensación que conocía solo de forma incompleta.
Él pareció entenderla mejor que ella misma.
Alternó lentitud y presión, aprendiendo cada respuesta de su cuerpo hasta que Mairi dejó de intentar conservar silencio.
—Douglas.
Él besó el interior de su muslo.
Mairi abrió los ojos.
—¿Qué hace?
—Recuperar el tiempo perdido.
Antes de que ella pudiera comprenderlo, la boca de Douglas sustituyó a sus dedos.
El placer la atravesó con tanta fuerza que se incorporó de golpe. Él le sostuvo las caderas y continuó, implacable, obligándola a abandonar la última parte de la compostura que había llevado consigo hasta aquella habitación.
Mairi aferró las sábanas.
Después su cabello.
Después cualquier cosa que le permitiera resistir una sensación que no deseaba resistir.
El clímax llegó rápido y violento. Mairi pronunció su nombre mientras el cuerpo entero se tensaba y después cedía bajo sus manos.
Douglas volvió a subir sobre ella.
La besó.
Mairi reconoció su propio sabor en la boca de él y el descubrimiento, lejos de avergonzarla, hizo que lo deseara todavía más.
—No sabía que sería así —susurró.
—Todavía no hemos terminado.
Douglas se colocó entre sus piernas.
Mairi sintió la dureza de él contra su intimidad y una breve incertidumbre atravesó el deseo. Douglas la vio, pero no la convirtió en miedo. Le apartó un mechón rubio de la frente y besó la comisura de su boca.
—Míreme.
Ella lo hizo.
Douglas entró despacio.