Capítulo 17 #2
—Hágalo —ordenó Douglas—. Use dos mensajeros distintos.
—Naturalmente, milord. Solo un necio enviaría todas las pruebas por el mismo camino.
Tavish se puso los guantes.
—Los MacKinnon regresaremos al paso.
—Han trabajado toda la noche —dijo Mairi.
—Por eso debemos volver antes de que los hombres de Arran intenten reparar algo sin nosotros.
Seumas gruñó desde la silla.
—El paso existía antes de que naciera el primero de tus MacKinnon.
—Y mírelo ahora, se deshace por todos lados.
La señora MacEachern empujó el bastón del anciano hacia él.
—Usted vuelve a su casa.
Seumas tomó el bastón.
Mairi sonrió.
En menos de media hora, la sala comunal se vació. Los hombres regresaron al paso, los abogados recogieron sus papeles, el constable se dirigió hacia Brodick y las familias volvieron a sus casas con la certeza de que el camino seguiría abierto.
Douglas salió el último.
Mairi lo vio detenerse junto a la puerta y mirar hacia el puerto.
La mañana estaba gris. El agua golpeaba los pilotes bajo el muelle y un vapor pequeño dejaba una línea oscura sobre el cielo. Durante semanas, Douglas había caminado por Arran como si cada problema de la isla fuera una piedra que debía cargar solo.
Aquella mañana había repartido trabajo, autoridad y responsabilidad.
No parecía menos poderoso por ello.
Parecía más.
Douglas giró la cabeza.
Sus miradas se encontraron.
No hubo sonrisa.
No delante de Malcolm, de la señora MacEachern y de media costa todavía cruzando el camino.
Pero algo pasó entre ambos: paz.
Douglas inclinó la cabeza y echó a andar hacia el castillo.
No se quedó con ella.
Eso decidió a Mairi.
Douglas se retiró a sus aposentos después de comprobar que Lachlan y Kincaid habían salido bajo custodia y que la caja permanecía protegida en Brodick.
No pidió comida.
No llamó a Angus.
No ordenó que nadie lo siguiera.
Entró en el gabinete privado de la torre occidental, cerró la puerta y dejó el tartán Hamilton sobre el respaldo de una silla.
Más allá de la ventana, el mar se extendía bajo un cielo bajo y pesado.
El castillo había recuperado el movimiento habitual, aunque todavía llegaban desde el patio voces de hombres, ruedas sobre la piedra y órdenes relacionadas con los prisioneros.
Douglas se sirvió whisky.
No bebió.
Apoyó las manos sobre la mesa y bajó la cabeza.
Había ganado.
La reclamación de Lachlan estaba destruida. El paso pertenecía al pueblo. Los documentos demostrarían al mundo lo que Alexander había sabido durante toda su vida.
Y, sin embargo, la única pregunta que importaba seguía sin respuesta.
Mairi lo amaba.
Lo había amado en Hamilton Lodge. Se lo había confesado en la cala.
Ella había dicho que lo había amado.
No que lo amara ahora.
Douglas cerró la mano alrededor del vaso, ya estaba completamente curada a pesar de un leve dolor.
Había prometido no perseguirla.
No presionarla.
No convertir un beso, una caricia ni la confianza de Malcolm en un derecho.
Cumpliría su palabra, aunque tuviera que verla regresar a Glenmuir.
La llamada a la puerta fue tan leve que pensó que la había imaginado.
—Adelante.
Mairi entró.
Douglas dejó el vaso sobre la mesa.
Ella llevaba un vestido de lana gris perla, sencillo para los estándares de Cathaline y elegante para cualquier otra mujer de Gran Bretaña. El tartán Sinclair cruzaba uno de sus hombros. Había recogido el cabello rubio, aunque dos mechones se curvaban junto a sus mejillas.
No parecía haberse equivocado de habitación.
Entró, cerró la puerta y permaneció con una mano sobre el picaporte.
Douglas no se movió.
—Creí que descansaba.
—Eso le he dicho a Malcolm.
—¿Le ha mentido?
—He omitido una parte. Empiezo a comprender por qué su familia encuentra tan útil esa diferencia.
—Es una costumbre peligrosa.
—También lo es entrar en los aposentos privados de un caballero.
La sonrisa desapareció.
Douglas miró la puerta cerrada.
Después a ella.
—Mairi.
—No diga mi nombre de ese modo.
—¿De qué modo?
—Como si hubiera venido a anunciarle una ejecución.
—Todavía no sé a qué ha venido.
Mairi retiró la mano del picaporte.
Avanzó hacia él.
No deprisa.
Cada paso parecía una decisión tomada mucho antes de entrar en aquella estancia. Douglas permaneció inmóvil junto a la mesa, aunque todo su cuerpo se había tensado.
Mairi se detuvo a unos pasos.
—Lo amaba cuando me marché de Hamilton Lodge.
Douglas dejó de respirar. Ella había pensado aquella frase durante todo el camino desde la sala comunal. Había ensayado otras más prudentes, más dignas y menos capaces de dejarla indefensa.
Ninguna decía la verdad con tanta claridad.
—Mairi...
—No. Esta vez me toca hablar a mí.
Douglas cerró la boca.
Mairi sostuvo sus ojos marrones.
—Lo amaba cuando subí a aquel carruaje. Lo amaba mientras intentaba convencerme de que solo estaba agradecida porque me había cuidado. Lo amaba cuando llegué a Glenmuir y descubrí que podía volver a montar, respirar y vivir sin que usted estuviera cerca para verlo.
Douglas no hizo ningún movimiento.
Aquello la ayudó a continuar.
—Estaba furiosa porque me hizo sentir como una obligación. Porque me pidió matrimonio sin decir una sola de las cosas que yo necesitaba oír. Porque permitió que me marchara pensando que había imaginado cada mirada suya.
—No imaginó ninguna.
—Lo sé ahora.
La voz de Mairi se quebró un poco. No lo suficiente para detenerla.
—Quise odiarlo. Hubo días en que casi lo conseguí. Después alguien cerraba una ventana, aparecía una manta junto al fuego o Audrey pronunciaba su nombre y volvía a encontrarlo en todas partes.
Douglas bajó la mirada un instante, como si aquella confesión resultara más difícil de soportar que cualquier acusación.
—No he olvidado lo que ocurrió —continuó Mairi—. Tampoco voy a disculparme por haber exigido que me viera como algo más que una mujer enferma.
—No debería hacerlo.
—Pero convertí mi orgullo en un lugar donde esconderme. Era más sencillo seguir castigándolo que admitir que aún podía herirme.
Douglas alzó los ojos.
Mairi respiró hondo.
—Ya no quiero fingir que dejar de amarlo es la única forma de conservar mi dignidad.
El silencio llenó el gabinete.
Douglas parecía incapaz de acercarse.
Aquello, en un hombre que había atravesado incendios, enfrentado pistolas y gobernado una isla con la voz, conmovió a Mairi más de lo que habría hecho cualquier arrebato.
—¿Qué está diciendo? —preguntó él.
Mairi alzó una ceja.
—No pensaba tener que explicárselo con un mapa.
Douglas dio un paso.
Solo uno.
—Necesito oírlo.
Ella podría haberlo castigado un poco más.
Quizás lo merecía.
Pero había recorrido demasiada distancia para detenerse ante la última palabra.
—Lo amo, Douglas.
Algo se quebró en el rostro de él.
No fue su control.
Fue algo mucho más antiguo: la convicción, arraigada hasta los huesos, de que nada podía pertenecerle si antes no lo conquistaba mediante la fuerza, la autoridad o el sacrificio.
—¿Está segura?
Mairi soltó una respiración incrédula.
—He cruzado medio castillo, he mentido a mi hermano y he entrado sola en sus aposentos. No me obligue a repetirlo solo porque disfruta oyéndolo.
Douglas avanzó hasta quedar frente a ella.
Aún no la tocó.
—No disfruto.
—Es una lástima.
—Estoy intentando no caer de rodillas.
La franqueza desarmó la última parte de la prudencia de Mairi.
Le tomó el rostro entre las manos y lo besó.
Douglas tardó menos de un latido en responder.
La rodeó por la cintura y la levantó contra su cuerpo con una fuerza que habría asustado a la mujer que ella había sido dos años atrás.
Mairi se aferró a sus hombros, sintiendo bajo las manos la anchura sólida de un hombre que parecía haber sido construido para sostener castillos, apellidos y mujeres demasiado orgullosas para admitir que necesitaban ser cargadas alguna vez.
El beso no tuvo paciencia.
Tampoco la buscó.
La boca de Douglas tomó la suya con hambre acumulada, con todas las ocasiones en que se había apartado, detenido o quedado mirándola como si el deseo pudiera gobernarse mediante disciplina. Mairi abrió los labios y él profundizó el beso, atrayéndola hasta borrar cualquier espacio entre sus cuerpos.
Ella sintió la dureza de su deseo contra el vientre.
El recuerdo de la cala le recorrió la piel.
Douglas emitió un sonido grave cuando Mairi movió las caderas contra él.
—Mairi.
—No se detenga.
—Todavía no he empezado.
—Entonces está perdiendo el tiempo.
Douglas la besó otra vez.
La llevó hacia la puerta sin soltarla. Mairi creyó por un instante que pensaba echarla de la habitación. En lugar de hacerlo, Douglas giró la llave en la cerradura.
Ella levantó la cabeza.
—¿Está encerrándome?
—No.
Douglas deslizó el cerrojo.
—Estoy dejando fuera a todo el castillo.
—¿Incluido Malcolm?
—Sobre todo a Malcolm.
Mairi sonrió contra su boca.
Douglas capturó aquella sonrisa con otro beso y la condujo hacia el dormitorio contiguo.
La estancia era grande, casi ostentosa. Una cama alta ocupaba la pared interior; junto a la chimenea había un sillón, una mesa baja y un arcón antiguo con el escudo Hamilton. Las cortinas estaban abiertas y la luz gris del mediodía entraba desde el mar.
Douglas se detuvo junto a la cama.
Por primera vez desde que la había besado, la incertidumbre apareció en sus ojos.
—Mairi, si continúa...
Ella llevó las manos hasta el cuello de su camisa.
—He venido precisamente para continuar.
Desabrochó el primer botón.
Después el segundo.
Douglas la observó mientras sus dedos descendían. Mairi había visto la forma de su cuerpo bajo camisas mojadas, abrigos y tartanes. Lo había sentido contra ella en la playa y en la cala. Nada la había preparado por completo para verlo cuando apartó la tela de sus hombros.
Douglas era enorme.