Capítulo 17
La sala comunal cercana al puerto olía igual que la primera vez: a sal, lana húmeda, madera vieja y pescado seco.
Lo que había cambiado era el silencio.
A comienzos de noviembre, el viento se colaba por debajo de la puerta y hacía temblar la llama de las lámparas, pero nadie se quejó del frío.
Los bancos estaban ocupados por pescadores, viudas, jóvenes de Lamlash, hombres de las granjas del norte y mujeres que habían llegado con los niños sujetos de la mano.
Algunos conservaban manchas de hollín en la ropa.
Otros llevaban vendas limpias alrededor de los brazos o la frente.
Todos miraban hacia la mesa de roble colocada en el centro de la sala.
La caja de hierro descansaba sobre ella.
Ya no estaba cubierta de barro ni raíces. Angus había ordenado limpiarla lo necesario para evitar que la humedad estropeara su contenido, pero el óxido seguía marcando los bordes y la tapa conservaba la abolladura provocada por el derrumbe. No parecía el cofre de una familia ducal.
Parecía lo que era.
Un objeto enterrado con prisa por personas que temían no sobrevivir a la noche.
Douglas permanecía detrás de la mesa con el tartán Hamilton sujeto al hombro.
A su derecha se encontraba Malcolm, vestido con los colores Sinclair.
Tavish ocupaba el extremo contrario junto a dos hombres MacKinnon.
Seumas MacBride se había negado a sentarse, aunque la señora MacEachern le había colocado una silla detrás con la esperanza de que la edad o el sentido común acabaran derrotándolo.
Ninguno de los dos parecía confiar demasiado en esa posibilidad.
Habían acudido también el constable de la isla, un representante del procurador fiscal y dos abogados: uno enviado por la casa Hamilton y otro que había llegado desde Glasgow en nombre de Pollock y Bain.
Los comerciantes no se encontraban allí.
Habían sido retenidos mientras se determinaba hasta qué punto conocían los métodos de Lachlan Blackwood.
Lachlan y Kincaid permanecían bajo custodia.
Duncan Kerr respondería por el incendio y los sabotajes.
Aibileen MacLeod seguía en Glasgow, ya fuera de peligro y vigilada hasta que pudiera ser trasladada. Su confesión sería entregada a la justicia junto con las pruebas del robo, aunque haber intentado advertirlos antes de ser secuestrada podría pesar a su favor.
No borraría lo que había hecho.
Tampoco la condenarían sin ser escuchada.
Mairi permanecía con las mujeres de la costa, cerca de la señora MacEachern. No se había situado detrás de Malcolm ni al lado de Douglas. No necesitaba hacerlo para formar parte de cuanto ocurría.
Douglas la había visto entrar.
Después había dejado de mirarla.
O, al menos, había intentado hacerlo.
El abogado Hamilton desplegó el último documento sobre la mesa. La escritura era antigua, pero los nombres y los sellos se conservaban con suficiente claridad.
No fue necesario leer cada línea.
Bastaron las conclusiones.
La declaración del antiguo duque reconocía a Alexander Hamilton como heredero legítimo de Brodick y de la rama principal de su casa.
Otros testimonios situaban a Archibald saliendo de las habitaciones de su hermano poco antes de que este fuera hallado herido de muerte.
Los libros de cuentas mostraban pagos a los hombres que después persiguieron a Harriet y al pequeño Alexander por Arran.
Había cartas, nombres, fechas y juramentos recogidos por personas que habían arriesgado la vida al conservarlos.
También estaba el pacto.
No una ley elegante redactada para impresionar a un tribunal, sino una palabra escrita entre la casa Hamilton y las familias del paso.
El camino permanecería abierto mientras un Hamilton gobernara Brodick.
Ningún beneficio privado podría cerrarlo.
El bosque, la cala y el acceso a la costa serían usados por el pueblo como lo habían sido durante generaciones.
Lachlan Blackwood no tenía ya reclamación que pudiera sostener sin negar documentos firmados por los mismos hombres a cuya sangre pretendía apelar.
El abogado terminó de hablar.
El silencio se mantuvo durante unos segundos.
Douglas apoyó una mano sobre la caja.
—Estos documentos viajarán a Hamilton Lodge —dijo—. Mi padre debe verlos antes de que sean depositados donde ningún Blackwood vuelva a acercarse a ellos.
Su voz sonó firme, pero Mairi percibió el cambio mínimo en su expresión al mencionar a Alexander.
Douglas pensaba en su padre.
En el niño que había huido bajo la protección de Harriet y de los hombres de Arran.
En el mercenario que había tenido que vivir lejos de su nombre antes de recuperar aquello que le pertenecía.
En el duque que escucharía toda aquella historia con una quietud más peligrosa que cualquier explosión de ira.
Richard exigiría saber por qué nadie lo había llamado antes de que comenzara la lucha.
Edward querría leer cada documento hasta la última cifra y probablemente escribiría un análisis insoportablemente sensato sobre las debilidades legales de la reclamación Blackwood.
Cathaline consideraría que toda conspiración mejoraba con una recepción apropiada y suficientes flores.
Audrey comprendería antes que nadie lo que significaba que Hamilton y Sinclair hubieran vuelto a protegerse mutuamente.
Douglas miró a la gente reunida.
—Las pruebas reconocen el derecho de mi padre —continuó—. Pero también reconocen una deuda.
Seumas frunció el ceño.
—No guardamos esas cosas para que un Hamilton viniera a darnos las gracias.
—Lo sé.
El anciano pareció ligeramente decepcionado de que Douglas no discutiera.
—Las guardaron porque un hombre de mi casa había dado su palabra —prosiguió Douglas—.
Y porque, cuando los Hamilton no pudieron proteger a uno de los suyos, Arran lo hizo por ellos —Un murmullo atravesó los bancos.
Douglas apoyó ambas manos sobre la mesa—.
El Paso de los Ciervos seguirá abierto, tal y como habíamos acordado antes del incendio.
Nadie cerrará el camino. Nadie talará lo que queda del bosque para despejar la vista de unos visitantes.
Ninguna familia perderá su casa ni sus tierras por un proyecto comercial. Esta vez es la definitiva.
La señora MacEachern inclinó la cabeza una sola vez.
Aquella aprobación valía más que el aplauso de media isla.
Neil MacBride se levantó desde uno de los bancos del fondo.
—¿Y el trabajo, milord? —Varias miradas se dirigieron hacia él. El muchacho no retrocedió—. Los viejos pueden vivir de las promesas —añadió—. Los jóvenes necesitamos jornales.
Seumas soltó un ruido indignado.
—Los viejos también comemos.
—Demasiado, según su nieta.
Una risa baja recorrió la sala y alivió algo de la gravedad acumulada.
Douglas esperó a que se extinguiera.
—Habrá trabajo —respondió—. La fonda no se levantará junto al paso, pero eso no significa que Arran deba rechazar a todo viajero que desembarque en la bahía.
Angus extendió uno de los planos que habían sobrevivido a los sabotajes. No era el trazado de Pollock y Bain. Era una de las alternativas que Douglas había mandado preparar antes del incendio.
—Hay terrenos de la casa junto al camino principal de Brodick —explicó Douglas—. Los carruajes podrán llegar desde el puerto sin acercarse al Paso de los Ciervos. No habrá que derribar viviendas, cerrar senderos ni cortar el bosque.
Neil miró el plano.
—¿Una fonda más pequeña?
—Una casa de huéspedes —precisó Douglas—. Lo bastante grande para quienes deseen permanecer en la isla. No tanto como para que Arran termine trabajando únicamente al servicio de personas que vienen a contemplarla durante una semana.
La pescadera Catriona Boyd se cruzó de brazos.
—¿Y quién decidirá cómo se construye?
—Angus administrará las cuentas. Dos representantes escogidos por las familias de la costa revisarán el proyecto. Los hombres y proveedores de Arran tendrán prioridad. Nadie será obligado a vender nada.
—¿Y Pollock y Bain? —preguntó alguien.
—Si desean invertir bajo esas condiciones, sus abogados podrán presentar una propuesta. Si no, Glasgow tiene espacio suficiente para su ambición.
La risa fue más abierta aquella vez.
El representante de los comerciantes no pareció compartirla.
Douglas volvió la mirada hacia Tavish.
—Los MacKinnon terminarán la reconstrucción del paso, reforzarán el muro y levantarán una nueva pasarela. Después supervisarán los accesos de la casa de huéspedes.
Tavish alzó una ceja.
—Vine a reparar un paso y terminaré reconstruyendo media isla.
—Mientras no pretenda cobrarme también por la otra media.
—No prometo nada.
Uno de los MacKinnon soltó una carcajada.
Seumas miró primero el plano y después la caja de hierro.
—El paso seguirá siendo del pueblo.
Douglas sostuvo sus ojos.
—Seguirá perteneciendo a Brodick y al pueblo, como fue prometido.
—No es lo mismo.
—No —admitió Douglas—. Es exactamente lo que dice el pacto.
Seumas contempló al heredero durante un instante largo. Después asintió.
No hubo una ceremonia.
Ninguna proclamación grandiosa.
Solo un anciano aceptando que la palabra dada décadas atrás seguía viva en el hombre que un día gobernaría la isla.
La gente empezó a levantarse poco después.
Algunos se acercaron a observar los documentos sin tocarlos.
Otros rodearon a Neil para preguntarle si pensaba convertirse en posadero y abandonar definitivamente las redes.
La señora MacEachern obligó a Seumas a sentarse antes de que pudiera fingir que aquella mañana no lo había agotado.
El constable se aproximó a Malcolm.
—Los prisioneros saldrán hacia la costa dentro de una hora, milord. Será necesario que alguien reconozca el documento recuperado y los acompañe durante la entrega.
—Yo iré —respondió Malcolm.
Douglas levantó la vista.
Por un segundo, ambos recordaron el camino alto, el documento en la mano de Malcolm y la decisión que había tomado al dejar a Mairi bajo la protección de Douglas.
Malcolm no mencionó nada de aquello.
Todavía.
Angus cerró la caja.
—Debo llevar esto a Brodick, preparar las copias y escribir a Su Excelencia.