La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—¿Puede mover las piernas?

—Sí.

—¿La espalda?

—También.

—¿Le duele la cabeza?

—Menos que su insistencia.

Él no sonrió.

La marca roja sobre la mejilla de Mairi seguía allí.

Douglas la rozó con los nudillos, con una delicadeza que contrastaba de manera casi dolorosa con la fuerza de sus manos.

—Voy a matarlo.

—No.

—La ha golpeado.

—Y si lo mata, habrá conseguido convertirse en el hombre que él asegura que es.

Los ojos de Douglas se oscurecieron.

—No vuelva a pedirme moderación cuando alguien le ponga una mano encima.

—Entonces procure llegar antes.

Una respiración áspera salió del pecho de Douglas. Esta vez sí se pareció peligrosamente a una risa.

La ladera volvió a crujir.

Ambos miraron hacia la piedra. Había quedado inclinada sobre uno de sus extremos. La cavidad situada debajo permanecía abierta y la caja de hierro podía verse entre la tierra desprendida.

Seumas intentó levantarse.

—La caja.

—Usted no se mueve —ordenó Mairi.

—No recibo órdenes de una Sinclair.

—Entonces considérelo una amenaza.

Angus y dos hombres de Brodick se acercaron a la abertura. Tavish había conseguido liberar a los caballos antes de iniciar la persecución, de modo que las cuerdas ya no tiraban de la piedra. Aun así, el terreno continuaba inestable.

Douglas ayudó a Mairi a ponerse en pie.

No retiró la mano de su cintura hasta asegurarse de que podía sostenerse sola.

Angus se aseguró una cuerda a la cintura y descendió con uno de los pescadores. El hierro apareció poco a poco bajo la tierra, oxidado, pesado y cubierto de raíces.

—¡Tiren! —gritó Angus.

Los hombres tensaron la cuerda.

La caja se resistió durante varios segundos. Después se desprendió del barro con un sonido húmedo y ascendió hasta el camino.

Seumas soltó el aire. Quizás llevaba conteniéndolo desde que Harriet Hamilton le había confiado aquel secreto.

Douglas se arrodilló frente a la caja.

El cierre había cedido durante el derrumbe. Levantó la tapa con la mano sana.

Dentro había varios paquetes envueltos en tela encerada, cartas atadas con cintas oscurecidas por el tiempo, libros pequeños de cuentas y declaraciones selladas.

No estaban quemados.

No estaban destruidos.

La verdad que su abuela Harriet había protegido seguía allí.

Douglas tocó uno de los documentos sin sacarlo.

Durante toda su vida había conocido la historia de su familia a través de su padre, fragmentos y heridas que jamás se relataban por completo. Ahora tenía ante sí las palabras de los hombres que habían visto morir a su abuelo y de quienes habían ayudado a su padre a escapar.

No sintió triunfo.

Sintió el peso de todo cuanto tendría que contarle a su padre, el actual Duque de Hamilton y de todo aquello que, algún día, él heredaría.

Su padre escucharía en silencio al principio, con esa quietud peligrosa que Douglas había heredado de él.

Edward querría revisar cada carta, cada nombre y cada fecha hasta comprender cómo había logrado Lachlan acercarse tanto.

Richard lamentaría no haber estado en Arran para ayudar y sugeriría, con una seriedad impropia de su edad, varias formas poco religiosas de recibir a Blackwood.

Douglas pensó en los tres y también en sus hermanas.

Después miró a Mairi.

Ella permanecía junto a Seumas, con el cabello revuelto por la lluvia, la mejilla marcada y el tartán Sinclair manchado de barro. La única mujer que podía detener su furia sin debilitarlo. La única capaz de hacer que la obediencia pareciera una elección suya.

No era su fragilidad lo que gobernaba a Douglas.

Era ella entera.

Su inteligencia.

Su orgullo.

La manera en que lo obligaba a convertirse en un hombre mejor sin pedirle que dejara de ser fuerte.

Un disparo sonó en el camino alto.

Douglas se incorporó de golpe.

Mairi también giró la cabeza.

Otro disparo.

Después el ruido de caballos descendiendo con rapidez.

Malcolm apareció primero.

Llevaba el revólver en una mano y el documento robado en la otra. Detrás de él, Tavish conducía el caballo de Lachlan por las riendas. Lachlan avanzaba a pie, con las manos atadas a la espalda y barro hasta las rodillas.

Kincaid venía sujeto entre dos hombres de Arran que se habían unido a la persecución desde el camino norte.

Tavish desmontó.

—Ha intentado saltar un muro —Lachlan lo miró con odio—. El muro ha ganado —añadió Tavish.

Malcolm se acercó a Douglas y le entregó el documento.

—Creo que esto pertenece a su casa —Douglas lo tomó. Sus ojos bajaron un instante hacia Mairi—. Gracias.

Su hermana permanecía ilesa, de pie, y Douglas continuaba situado entre ella y Lachlan.

—Empieza a hacerla feliz —dijo Malcolm.

No era una bendición.

Tampoco perdón.

Pero era la primera vez que reconocía abiertamente que Douglas había sido digno de la confianza depositada en él.

Lachlan soltó una risa amarga.

—Qué escena tan conmovedora. Hamilton y Sinclair protegiéndose otra vez las espaldas.

Douglas avanzó hacia él.

La furia regresó a sus ojos, profunda y oscura.

Lachlan dejó de sonreír.

Douglas se detuvo a un paso.

—Incendió mi tierra. Puso en peligro a mi gente. Secuestró a una mujer y ha golpeado a lady Mairi.

—Su familia robó...

—Contará su versión ante un tribunal.

Lachlan parpadeó.

Había esperado un golpe.

Quizás incluso deseaba recibirlo para demostrar que Douglas no era un buen líder.

Douglas no se lo concedió.

—Angus, encierre a Blackwood y a Kincaid en habitaciones separadas, se reunirán con Duncan Kerr en Glasgow. Dos hombres en cada puerta. Nadie hablará con ellos sin mi presencia o la de lord Sinclair.

—Sí, milord.

—Pollock y Bain serán informados de que deberán permanecer disponibles para declarar.

Angus asintió.

Los hombres se llevaron a Lachlan.

Al pasar junto a Mairi, él giró el rostro hacia ella. Douglas dio un solo paso y se interpuso entre ambos.

No necesitó tocarlo.

Lachlan apartó la mirada.

Cuando desaparecieron por el camino, el Paso de los Ciervos quedó en un silencio extraño, roto únicamente por la lluvia y la respiración cansada de los hombres.

La caja permanecía abierta sobre el barro.

El documento recuperado descansaba en la mano de Douglas.

La conspiración de Lachlan Blackwood había terminado.

Douglas miró a Malcolm.

—Lo dejó todo para ir tras él.

—No lo dejé todo —respondió Malcolm —Sus ojos se posaron sobre Mairi. Después regresaron a Douglas—. La dejé con usted.

La frase contenía más de lo que cualquiera de los dos estaba preparado para reconocer en ese momento.

Mairi sintió que algo se emocionaba dentro de ella.

Douglas se acercó y levantó la mano para tocarle la mejilla, pero se detuvo antes de hacerlo.

Esperó.

Mairi fue quien dio el último paso.

Apoyó la cara contra su palma vendada.

Douglas cerró los ojos un instante.

A su alrededor, Hamilton, Sinclair, MacKinnon y las familias de Arran contemplaban la caja que había sobrevivido a décadas de secretos, un incendio y la ambición de dos generaciones.

Pero Douglas solo veía a Mairi.

Y Malcolm, al observarlos, comprendió que la verdadera furia del highlander no era la que arrasaba con cuanto encontraba a su paso.

Era la que aquel hombre había aprendido a contener por la única mujer capaz de gobernarla.