Capítulo 16 #2
—Eso sería innecesariamente cruel, he oído historias terribles de su vieja nana.
Aun así, intentó incorporarse.
Mairi pasó uno de sus brazos alrededor de su cintura. Un muchacho de Arran, Niall Boyd, apareció para ayudarla y, entre ambos, lograron levantarlo.
Entonces alguien salió de detrás del muro.
Lachlan.
Mairi no lo había visto acercarse durante la confusión.
Él la sujetó por el brazo y tiró de ella con tanta fuerza que Seumas cayó contra el muchacho. Mairi giró para golpearlo, pero Lachlan ya le había rodeado la cintura con un brazo y apoyaba la pistola bajo sus costillas.
—Suéltela —dijo Douglas.
El combate no se detuvo por completo.
Pero alrededor de ellos el ruido disminuyó.
Douglas permanecía a pocos metros, con el pecho subiendo y bajando bajo el abrigo empapado. La lluvia corría por su rostro. Mairi notó cómo los dedos de Lachlan se cerraban con más fuerza sobre su cintura.
Douglas también lo vio.
Malcolm había presenciado muchas veces la furia de Douglas Hamilton. Lo había visto discutir con él, enfrentarse a hombres armados y lanzarse dentro de un incendio.
Nunca lo había visto así.
No había un solo movimiento inútil en él.
Ni una amenaza.
Ni un grito.
Solo una quietud capaz de aterrorizar más que cualquier golpe.
Y Malcolm comprendió por qué los hombres de Arran hablaban de la furia del highlander. No era la violencia que Douglas podía desatar, sino la que estaba conteniendo mientras otro hombre tocaba a Mairi.
La furia tenía el rostro de Douglas Hamilton.
Su único freno tenía ojos grises y se llamaba Mairi Sinclair. Malcolm lo supo y, de algún modo, algo en su interior cedió a la vez que se preocupaba por su hermana y daba un paso hacia ella, para intentar sacarla de los brazos del villano.
Lachlan acercó la boca al oído de ella.
—Parece que por fin he encontrado algo que el heredero valora más que su isla.
Mairi clavó el codo hacia atrás. El golpe alcanzó las costillas de Lachlan, pero no consiguió que la soltara. Él apretó la pistola contra su cuerpo.
—Otra vez y disparo.
Douglas dio un paso.
—Si le hace daño, no habrá rincón de Escocia donde pueda esconderse.
—Eso suena más al Hamilton que esperaba encontrar.
—Douglas —dijo Mairi.
Él fijó los ojos en ella.
Mairi negó con la cabeza: «No avance».
Douglas se detuvo. La obedeció.
Lachlan lo notó. Algo parecido a la sorpresa cruzó su rostro.
—La dama lo gobierna.
—Yo no gobierno a nadie, señor Blackwood. Pero estoy convencida de que usted no tiene a nadie que lo ame —replicó Mairi.
Lachlan endureció la boca, pero la ignoró.
—Kincaid, abra la caja.
Robert Kincaid corrió hacia la abertura bajo la piedra. El segundo caballo todavía tiraba de las cuerdas, manteniendo levantado uno de los bordes. Debajo había aparecido una cavidad negra y, en su interior, la esquina oxidada de una caja de hierro.
Tavish seguía intentando alcanzar el último arnés.
—Si cortamos ahora, la piedra caerá sobre Kincaid —advirtió uno de sus hombres.
—Eso no me preocupa demasiado —respondió Tavish.
—También caerá sobre la caja.
—Eso sí.
Kincaid se agachó y pasó una cuerda alrededor del asa de hierro de la caja.
Mairi observó a Lachlan por el rabillo del ojo.
Él miraba a Douglas.
No a ella.
La mano con la que sujetaba la pistola estaba cerca del broche de plata de su tartán.
Mairi deslizó despacio los dedos hacia el broche.
Douglas bajó la vista una fracción de segundo.
La vio.
No hizo ningún gesto.
—Su padre sobrevivió porque los Sinclair y los MacBride hicieron lo que los Hamilton no fueron capaces de hacer —continuó Lachlan—. Huyó bajo una falda y regresó cuando ya no quedaba nadie capaz de discutir su versión.
Douglas no respondió.
Mairi soltó el broche.
La punta de plata quedó entre sus dedos.
—Míreme cuando le hablo —exigió Lachlan.
—Lo estoy mirando —dijo Douglas—. Intento recordar su cara antes de que salga corriendo.
Lachlan tensó el brazo alrededor de Mairi.
Ella clavó la punta del broche en el dorso de su mano.
Lachlan gritó.
La pistola se separó de sus costillas.
Douglas se movió.
Atravesó la distancia con una velocidad impropia de un hombre de su tamaño. Golpeó la muñeca de Lachlan antes de que este pudiera recuperar el arma. La pistola cayó al barro. Douglas le cerró la mano izquierda alrededor del cuello del abrigo y lo lanzó contra la piedra.
Lachlan chocó de espaldas.
Mairi se apartó, pero Kincaid apareció desde la cavidad y la empujó hacia el muro.
Douglas se giró.
Kincaid alzó un cuchillo.
—¡Atrás!
Douglas no retrocedió.
Kincaid atacó.
Douglas bloqueó el brazo con el antebrazo izquierdo. El filo rasgó la manga sin alcanzar la piel. Después hundió el puño vendado en el estómago de Kincaid. El dolor le explotó en la mano, pero el hombre se dobló.
Douglas le arrancó el cuchillo.
Podría haberlo hundido en él.
Lo arrojó lejos.
Después lo golpeó una sola vez en la sien y Kincaid cayó inconsciente sobre el barro.
Mairi llegó hasta la abertura.
La caja había quedado parcialmente fuera de la cavidad. La tapa estaba forzada y entre los bordes asomaban papeles amarillentos protegidos por una tela encerada.
Junto a ella ardía una antorcha.
Uno de los recipientes de aceite se había volcado.
Un hilo brillante avanzaba por el barro hacia la caja.
—¡Agua! —gritó Mairi.
No había nadie lo bastante cerca.
Tomó el tartán Sinclair, se lo arrancó del hombro y golpeó con él la llama que empezaba a prender en el aceite. Una vez. Después otra.
La llama disminuyó.
Una mano la agarró del cabello.
Lachlan tiró de ella hacia atrás.
Mairi soltó el tartán y se giró, arañándole el rostro. Sus uñas dejaron cuatro líneas rojas sobre la mejilla de Lachlan.
Él la abofeteó.
El golpe le giró la cabeza.
Douglas lo vio.
Algo salvaje le cruzó la cara.
Dio un paso hacia Lachlan.
Después otro.
La ladera desapareció bajo sus botas. Solo existían la marca roja sobre la mejilla de Mairi y la mano que Lachlan todavía mantenía cerrada alrededor de su brazo.
Lachlan retrocedió hacia la caja, arrancó de su interior el primer documento que encontró y lo guardó bajo el abrigo.
—¿Esto es lo que quiere, Hamilton? —preguntó—. Venga a buscarlo.
La tierra crujió.
Mairi levantó la cabeza.
No fue el sonido de una cuerda.
Fue la montaña.
—¡Douglas, atrás!
Una grieta se abrió entre la piedra y el muro. El agua de la lluvia se precipitó dentro. El borde donde Mairi permanecía empezó a hundirse.
Lachlan la empujó.
No por accidente.
No para apartarla de su camino.
La empujó hacia la grieta y echó a correr con el documento bajo el abrigo.
Douglas tenía el sendero libre delante de él.
Podía perseguirlo.
Podía alcanzarlo antes de que llegara a los caballos.
La reclamación de su familia, el asesinato de su abuelo y el honor de su padre se alejaban con Lachlan Blackwood.
Mairi resbaló.
Douglas no miró dos veces.
Se lanzó hacia ella.
El suelo cedió bajo el pie de Mairi y su cuerpo desapareció hasta la cintura dentro de la abertura. Intentó aferrarse al borde, pero la tierra se deshizo entre sus dedos.
Douglas cayó de rodillas y atrapó su muñeca con la mano herida.
No la soltó.
—Míreme —ordenó.
Mairi alzó el rostro.
Había barro en su mejilla y sangre en el labio, pero sus ojos grises estaban abiertos.
Vivos.
—Douglas...
—La tengo.
La piedra volvió a moverse.
El peso de Mairi tiró de él hacia la grieta. Douglas clavó el codo izquierdo en el borde, tensó la espalda y tiró con toda la fuerza de su cuerpo.
Los músculos de sus hombros se marcaron bajo el abrigo. La mandíbula se le endureció. El barro cedió bajo sus rodillas.
—¡Hamilton! —gritó Tavish—. ¡No tire solo!
Tavish corría hacia ellos, pero Douglas consiguió elevar a Mairi lo suficiente para rodearle la cintura con el brazo izquierdo. La atrajo contra su pecho justo cuando el muro se desplomó.
Durante varios segundos ninguno se movió.
—Douglas.
Él respiró contra su cuello.
—Estoy aquí.
—Ha dejado escapar a Lachlan.
—Sí.
Mairi intentó incorporarse.
Douglas emitió un sonido bajo cuando una piedra se deslizó sobre su hombro.
—¿Está herido?
—Nada que no pueda esperar.
—Siempre dice lo mismo.
—Y usted siempre pregunta.
—Me ha elegido a mí —comprendió Mairi, después de unos instantes.
Douglas levantó el rostro. Casi no había luz, solo una franja gris que entraba entre las piedras y alcanzaba sus ojos oscuros.
—No había nada que elegir.
Un caballo pasó junto a ellos.
Malcolm.
El laird Sinclair había visto a Lachlan escapar hacia el camino alto. También había visto a su hermana en el suelo, cubierta por el cuerpo de Douglas.
Durante un instante, sus instintos tiraron de él en direcciones opuestas.
Mairi era su hermana.
Su sangre.
La mujer a la que había protegido desde que ambos eran niños.
Jamás había confiado completamente su seguridad a ningún hombre.
Mucho menos a Douglas Hamilton.
Douglas levantó la cabeza.
Las miradas de ambos se encontraron.
—Está viva —dijo Douglas—. No la dejaré.
Malcolm miró el brazo cerrado alrededor de la cintura de Mairi. Miró la mano herida con la que Douglas la había sacado de la grieta. Miró el modo en que su hermana no intentaba apartarse de él.
Entonces tomó una decisión que habría considerado imposible unas semanas atrás.
—Cuide de ella —ordenó.
Douglas se quedó inmóvil.
Malcolm ya giraba el caballo hacia el camino.
—¡Tavish! —gritó—. ¡Conmigo! Lachlan lleva el documento.
Tavish soltó la cuerda que había estado asegurando y montó sobre el primer caballo libre.
—Pensé que jamás me lo pediría.
—Intente no disfrutarlo demasiado.
Los dos salieron detrás de Lachlan. Douglas los vio alejarse. Podía haber sentido humillación al permitir que otro hombre persiguiera al enemigo de su familia.
No la sintió, porque, por primera vez, sentía a Malcolm más familia que nunca.
Mairi comprendió lo ocurrido al mismo tiempo que Douglas.
Su hermano se había marchado.
La había dejado con Douglas.
No porque hubiera olvidado su deber como laird ni porque dejara de ser protector. Precisamente porque acababa de reconocer que Douglas protegería a Mairi con la misma ferocidad con la que él lo habría hecho.
Quizás con más.
Douglas la ayudó a sentarse.