Capítulo 16
Cuando Douglas alcanzó el Paso de los Ciervos, la piedra del juramento ya se estaba moviendo.
A principios de noviembre, la lluvia de Arran caía inclinada sobre la ladera, arrastrada por un viento que olía a mar, humo y tierra.
Dos caballos tiraban de unas cuerdas gruesas sujetas alrededor de la piedra.
Los animales resbalaban en el barro mientras varios hombres golpeaban el suelo con palancas de hierro.
Cada tirón arrancaba un gemido profundo a la montaña, como si la estuvieran matando.
Había sangre sobre el camino.
Un hombre de Brodick yacía junto al muro con una mano apretada contra el costado.
Otro intentaba levantarse mientras una mujer lo retenía por los hombros.
Más abajo, dos pescadores peleaban con los hombres de Blackwood entre restos de madera quemada, herramientas y antorchas protegidas bajo capuchas de lona.
Seumas MacBride permanecía de rodillas junto a la piedra.
Tenía la frente abierta y un brazo colgándole de manera poco natural, pero seguía aferrado a una de las cuerdas como si pretendiera sujetar con sus propias manos todo el peso de la historia Hamilton. Del clan extinto, de un clan que, pese la colonización de los ingleses, se negaba a desaparecer.
Aibileen se había quedado en Glasgow, atendida por un médico y vigilada por un agente de la casa Hamilton hasta que estuviera en condiciones de declarar. Douglas, Mairi y los demás habían regresado a Arran sin descansar más de lo necesario.
Habían llegado demasiado tarde para impedir el ataque.
No para detenerlo.
Douglas saltó del caballo antes de que este terminara de frenar.
El tartán Hamilton le cruzaba el hombro sobre un abrigo oscuro empapado. La lluvia le pegaba el cabello negro a la frente y descendía por la línea dura de su rostro. Era más alto que la mayoría de los hombres del paso, más ancho de hombros y mucho más peligroso cuando permanecía en silencio.
Sus ojos marrones recorrieron la ladera.
La piedra.
Los caballos.
Los heridos.
Los hombres armados.
Mairi.
Solo necesitó unos segundos.
—Malcolm, saque a los heridos de la zona baja. Si la pendiente cede, se los llevará con ella.
Malcolm ya desmontaba. Se desprendió del abrigo, dejando visible el dirk —daga larga tradicional de las Highlands— sujeto a la cintura, y avanzó hacia los hombres de Brodick.
—Los hombres de Sinclair y Brodick, conmigo. Saquen primero a los heridos.
Douglas miró a Tavish.
—Las cuerdas.
El MacKinnon observó el mecanismo y escupió a un lado.
—Si corto la principal ahora, uno de esos caballos caerá sobre el muro.
—Entonces libere primero a los animales.
Tavish sonrió sin alegría.
—Eso pensaba hacer.
Él y sus hombres descendieron hacia la parte trasera del mecanismo, agachados entre el humo y la lluvia.
—Angus —continuó Douglas—, cierre el camino hacia la costa. Quiero hombres en ambos extremos. Nadie sale de aquí sin que sepamos quién es.
—Sí, milord.
Douglas volvió la cabeza hacia Mairi.
Ella ya había desmontado y miraba a Seumas.
No llevaba un vestido hecho para una batalla. Bajo el abrigo oscuro asomaba una falda de viaje, manchada por el tren, el vapor y el camino. El tartán Sinclair permanecía prendido sobre su hombro. Tenía el rostro pálido de cansancio, pero sus ojos grises estaban completamente despiertos.
Douglas no le ordenó que volviera al caballo.
No llamó a Malcolm.
No intentó colocar a un hombre delante de ella.
—Seumas necesita ayuda —dijo Mairi.
Douglas miró al anciano, después a ella.
—Vaya, milady.
Dos palabras.
Confianza, no permiso.
Mairi echó a correr.
Douglas avanzó hacia la piedra.
Un hombre de Blackwood se interpuso en su camino con una barra de hierro alzada.
Douglas esquivó el golpe, le atrapó la muñeca con la mano vendada y recibió una punzada brutal en la palma.
No aflojó. Giró el brazo del hombre hasta obligarlo a soltar la barra y después le golpeó el pecho con el hombro.
El hombre salió despedido contra el barro.
Otro intentó abalanzarse sobre él desde un lateral. Douglas lo vio por el movimiento de una sombra, giró y le cerró el puño izquierdo contra la mandíbula. El impacto sonó seco. El atacante cayó sin elegancia alguna.
Douglas ni siquiera lo miró al pasar.
—¡Hamilton!
La voz llegó desde el otro lado de la piedra.
Lachlan Blackwood apareció entre el humo, supo que era él por sus rasgos.
No se parecía demasiado a su tío Archibald en los viejos retratos, pero había algo Hamilton en la línea orgullosa de la nariz y en aquella forma de mirar las tierras como si haberlas deseado durante suficiente tiempo pudiera convertirlas en suyas.
Era más delgado que Douglas, de rostro pálido y facciones cuidadas. Llevaba un abrigo de ciudad demasiado bueno para la ladera y botas manchadas de barro que parecían ofenderlo personalmente. Una pistola descansaba en su mano derecha.
No parecía un hombre que hubiera acudido a trabajar.
Parecía un hombre acostumbrado a pagar para que otros se ensuciaran las manos por él, y aquello despertó en Douglas un desprecio inmediato.
Su padre, Alexander, no necesitaría más de dos frases para juzgarlo; Edward querría conocer cada detalle y Richard lamentaría no haber estado allí para partirle la cara.
Douglas, en cambio, iba a actuar en un término medio de todos, tal y como se le exigía como heredero.
Douglas se detuvo.
—Blackwood.
—Ese es el apellido que me dejaron —respondió Lachlan—. El suyo fue el que nos robaron.
La piedra volvió a elevarse unos centímetros.
Seumas gritó algo en gaélico.
Mairi llegó hasta él, se arrodilló y le apartó la mano de la frente para examinar la herida.
—No es nada —gruñó el anciano.
—Está sangrando sobre medio Arran.
—La isla ha soportado cosas peores.
—Y yo también he soportado viejos más razonables, de hecho, creo que podría ser amigo del viejo Iain.
—¿Iain? Iain del clan Sinclair es mi amigo, milady, solo que nos hemos visto dos veces en nuestra vida. Suficiente.
—Quédese quieto.
Mairi arrancó una tira limpia del interior de su bolsa y la apretó contra la frente de Seumas. Al hacerlo, vio varios recipientes de metal ocultos junto al muro.
Uno estaba abierto.
El olor llegó incluso bajo la lluvia.
Aceite.
Más allá, Robert Kincaid protegía una caja de yesca bajo su chaqueta.
Mairi levantó la cabeza.
Lachlan no había llevado aceite para iluminar el camino.
—¡Douglas! —gritó—. ¡Van a quemarlo!
Los ojos de Douglas no abandonaron a Blackwood.
—¿Otra vez?
Lachlan sonrió.
—Una Sinclair. La familia que siempre aparece cuando los Hamilton necesitan que alguien les salve el apellido.
—Los Sinclair guardaron lo que su padre intentó destruir —dijo Mairi, ayudando a Seumas a sentarse contra una roca—. No es lo mismo.
—Su familia convirtió una mentira en historia.
Douglas avanzó un paso.
—Mida sus palabras.
La voz no fue alta.
No lo necesitaba.
Incluso con la lluvia, incluso con los hombres luchando alrededor y las cuerdas gimiendo bajo la presión de los caballos, todos los que estaban cerca la oyeron.
Lachlan alzó la pistola, sin apuntar todavía.
—Toda la isla se inclina ante el hijo de un usurpador.
Douglas sintió la furia ascenderle desde el pecho.
No fue un arrebato.
Fue algo más viejo.
Más oscuro.
La imagen de su padre niño, huyendo junto a su abuela Harriet, apareció detrás de sus ojos.
Después el retrato de su difunto abuelo, asesinado por el padre de ese hombre que tenía delante.
Los hombres pagados para perseguir a una mujer y a un niño por caminos de Arran.
Su padre, obligado a vivir como un mercenario gran parte de su vida, obligado a matar por dinero y ahora...
se presentaba un primo, si es que podía llamarlo así, a reírse de todos ellos.
No iba a permitirlo.
La mano izquierda de Douglas se cerró.
Sus hombros se tensaron bajo el abrigo. Por suerte ya estaba recuperado de sus heridas.
Los ojos marrones parecieron volverse negros.
Lachlan lo vio.
Y sonrió un poco más.
—Ahí está —murmuró—. La sangre Hamilton. Siempre necesita violencia para demostrar que tiene razón.
Douglas podría haber llegado hasta él en pocos pasos.
Podría haberle roto la mandíbula antes de que los hombres de Blackwood consiguieran detenerlo.
No lo hizo.
—Puede hablar de mi sangre cuanto quiera. Mi gente saldrá primero de aquí.
—Su gente —repitió Lachlan—. Pescadores, viudas, ancianos aferrados a piedras. Arran podría llenarse de fondas, caminos, casas para visitantes, barcos de recreo. Podría traer dinero suficiente para que Glasgow dejara de verla como una isla atrasada y para llenar las arcas de los Hamilton.
Douglas miró a las familias del paso.
Una mujer cubría a su esposo herido con su propio chal. Un muchacho intentaba detener la sangre del brazo de su padre. Seumas seguía insultando a cualquiera que pretendiera moverlo.
—Arran no necesita convertirse en Glasgow.
—Necesita un hombre dispuesto a cambiarla.
—No a costa de quienes viven aquí.
Lachlan soltó una risa breve.
—Trabajarán en las fondas o se marcharán. Siempre ocurre así.
—No mientras Brodick pertenezca a los Hamilton.
—Precisamente por eso he venido.
Un grito atravesó la ladera.
Tavish había alcanzado los caballos.
Uno de los MacKinnon sujetó las riendas mientras Tavish cortaba el arnés que unía al primer animal con las cuerdas. El caballo se encabritó, liberado de pronto de la presión, y estuvo a punto de aplastar a uno de los hombres de Blackwood.
—¡Ahora la segunda! —gritó Tavish.
Kincaid apuntó hacia él.
Malcolm lanzó una piedra antes de que pudiera disparar. No era un arma digna de un duque, pero golpeó la mano de Kincaid y desvió la pistola.
El disparo se perdió entre los árboles.
Los hombres de ambos bandos se abalanzaron unos sobre otros.
Mairi tomó el brazo sano de Seumas.
—Tiene que levantarse.
—No abandonaré la piedra.
—Si se queda aquí, lo enterrará la piedra que tanto desea proteger.
—Así al menos moriré con compañía honorable.
—Seumas, levántese antes de que permita que Morna venga desde Glenmuir para hacerlo ella.
El anciano la miró.