Capítulo 15 #4
—Está cansada —Ella endureció la expresión por costumbre, pero Douglas añadió antes de que pudiera responder:—¿Qué hemos hablado del orgullo, milady?
—No estoy cansada, milord. Quiero encontrar a Aibileen antes de que vuelvan a trasladarla.
Douglas asintió.
—Entonces iremos juntos.
—Todos juntos —volvió a corregirlo Malcolm.
—Todos juntos —convino de nuevo Douglas.
Tomaron dos coches de alquiler hasta el Broomielaw. El río Clyde apareció entre edificios oscuros, grúas, chimeneas y mástiles. El sonido del agua quedaba casi oculto bajo los golpes metálicos, las ruedas de los carros y los silbatos de los vapores.
El almacén de Blackwood se levantaba al final de una calle estrecha. Tenía las ventanas superiores cerradas y el portón principal asegurado con una cadena.
No parecía abandonado. Había luz tras una cortina del piso superior.
Tavish examinó la cadena.
—Puedo abrirla.
—¿Con qué? —preguntó Malcolm.
—Con un MacKinnon.
Douglas lo detuvo antes de que se abalanzara sobre la puerta.
—La puerta lateral.
Angus señaló un pasadizo entre el almacén y el edificio contiguo. Encontraron allí una entrada más pequeña, cerrada únicamente con un pestillo interior. El MacKinnon trepó por un muro bajo y alcanzó una ventana rota. Minutos después abrió desde dentro.
No esperaron a la policía.
Entraron sin luces. El almacén olía a madera húmeda, aceite y sacos de grano. Había cajas apiladas junto a las paredes y marcas recientes de ruedas sobre el suelo.
Tavish, Angus y Malcolm revisaron la planta baja. Douglas avanzó hacia la escalera y Mairi lo siguió.
Él se giró y extendió la mano.
Mairi la aceptó.
Subieron juntos, como un equipo.
En la planta superior había tres despachos. El primero estaba vacío. En el segundo encontraron papeles quemados dentro de una estufa y un escritorio abierto.
Del tercero llegó un golpe débil.
Douglas empujó la puerta.
Aibileen estaba atada a una silla. Tenía una herida en la sien, el labio partido y las muñecas marcadas por las cuerdas. El vestido estaba sucio y una de las mangas había sido arrancada. Permanecía consciente, aunque apenas levantó la cabeza al oír los pasos.
Sus ojos encontraron a Douglas.
—Milord...
Él se detuvo. La traición apareció entre ambos. Aibileen había utilizado su confianza, robado un documento de su familia y colaborado con los hombres que habían incendiado sus tierras.
Douglas, sin embargo, se acercó y cortó las cuerdas.
Aibileen estuvo a punto de caer. Él la sostuvo, la depositó sobre un pequeño sofá y se quitó el abrigo para cubrirla.
—Yo... —intentó decir ella.
—Todavía no —la interrumpió Douglas—. Primero vivirá. Después responderá por lo que haya hecho.
Mairi se arrodilló junto a Aibileen y le examinó la herida de la cabeza.
—Necesita un médico —comentó Mairi.
—Robé la copia —confesó Aibileen con los labios temblorosos antes de que nadie se lo preguntara.
Douglas permaneció de pie. No dijo nada—.
Blackwood me ofreció dinero —continuó ella—.
Una casa en Glasgow. Un lugar donde nadie supiera quién había sido ni a quién había esperado inútilmente durante años.
Su mirada se dirigió hacia Douglas. No había amor ya, solo vergüenza—.
Creí que utilizarían el documento para reclamar las tierras ante un tribunal.
Quería perjudicar a los Hamilton. Quería que usted comprendiera lo que significaba perder algo que daba por seguro.
—Aceptó el dinero —dijo Douglas.
—Sí.
—Y robó el documento por resentimiento.
Aibileen cerró los ojos.
—Sí.
—Responderá por ello —replicó Douglas, apartándose de ella.
—Lo sé.
Mairi colocó una mano sobre su sien, intentando ayudarla.
—¿Cuándo comprendió que Blackwood no pretendía limitarse a un pleito?
—En el muelle. Ya había robado la copia.
Se la entregué a Kincaid y él me dio el dinero y el pasaje.
Después se burló de los hombres que habían quedado atrapados en el paso.
Dijo que la próxima vez los Hamilton no llegarían a tiempo para salvar a nadie.
La voz de Aibileen se quebró—. Regresé al castillo.
Iba a confesar y a decirles dónde encontrar a Kincaid, pero él y otro hombre entraron por el huerto antes de que pudiera hacerlo.
Me llevaron con ellos. Kincaid dejó la nota bajo el paquete para que la encontraran.
Douglas y Mairi intercambiaron una mirada. La firma de Blackwood no había sido un descuido ni una muestra de arrogancia. Había sido un anzuelo.
—¿Dónde está Lachlan Blackwood? —preguntó Malcolm desde la puerta.
Aibileen abrió los ojos.
—Estuvo aquí hasta el anochecer.
—¿Tenía el documento? —preguntó Douglas.
—Sí. Descifró la anotación de Harriet.
El silencio se hizo absoluto.
—¿Qué descubrió? —preguntó Mairi.
Aibileen miró a Douglas.
—La piedra.
Él no se movió.
—¿Qué piedra?
—Aquella donde las familias del paso hicieron el juramento. La que Seumas MacBride intentó proteger durante el incendio.
—MacBride tiene hombres vigilando el paso, ya nos hemos adelantado —dijo Malcolm.
Aibileen negó con la cabeza.
—No serán suficientes.
—¿Por qué? —preguntó Tavish.
—Porque Lachlan no pensaba ir solo. Partió con Kincaid y seis hombres hacia Greenock al caer la tarde. Un vapor fletado los esperaba allí. Lachlan dijo que, mientras me buscaran en Glasgow, nadie estaría junto a la piedra para impedir que la levantaran.
Douglas miró a Mairi. Habían cruzado el mar y recorrido media Escocia para encontrar a Aibileen. Y Blackwood había utilizado aquel tiempo para regresar a Arran, y aunque era algo que ellos ya habían sospechado, ahora debían volver cuanto antes.
Mairi se puso en pie. El cansancio continuaba en su cuerpo, pero no había duda en su voz.
—Tenemos que volver.
Douglas no intentó discutir.
—Sí.
Douglas tomó la mano de Mairi. No para conducirla, sino para encontrar durante un instante algo firme a lo que aferrarse.
Ella cerró los dedos alrededor de los suyos.
Habían priorizado la vida de Aibileen, pero ahora debían priorizar Arran.
Y ninguno de los dos tenía dudas sobre ello, ni de que juntos, eran capaces de cualquier cosa.