Capítulo 15 #3
Mairi avanzó sobre la primera tabla y después sobre la segunda. El vapor volvió a separarse del muelle y la pasarela se inclinó bajo sus pies. Douglas no tiró de ella; se limitó a sostenerla.
Una de las botas de Mairi resbaló sobre la madera mojada.
Douglas reaccionó antes de que pudiera gritar. Le rodeó la cintura con el brazo izquierdo y la atrajo contra su pecho mientras uno de los marineros sujetaba la pasarela. El movimiento fue demasiado brusco. Pero la herida casi cerrada no se abrió bajo la manga.
Douglas apretó la mandíbula.
Mairi quedó pegada a él. Sintió su respiración contra la frente, la mano firme alrededor de su cintura y la dureza de su cuerpo demasiado cerca del suyo.
El recuerdo de la cala regresó con una fuerza desconcertante.
Su cuerpo reconoció aquel contacto antes que la razón y, durante un instante, se acercó un poco más.
Douglas también lo sintió. Sus ojos descendieron hasta la boca de ella.
Ninguno de los dos se movió.
—¿Está bien? —preguntó él.
Mairi tardó demasiado en responder.
—Sí.
Tavish se acercó desde la cubierta superior.
—Hay un pequeño salón de popa que ahora está vacío. Quizás lady Mairi se encuentre cómoda ahí.
Mairi le agradeció la intervención porque su hermano empezaba a mirar a Douglas con evidente malestar.
El salón de popa era una estancia estrecha, con dos bancos tapizados, una mesa sujeta al suelo y cortinas que se movían al compás del vapor. Olía a carbón, madera barnizada y agua salada.
Dejaron la puerta entornada. Mairi se sentó unos instantes cerca de la pequeña estufa para recuperar el calor de los dedos.
Douglas permaneció junto a la puerta. Malcolm y Tavish salieron a hablar con el capitán y averiguar a qué hora podrían enlazar con el tren de Ardrossan.
Angus fue a comprobar el equipaje y a redactar dos telegramas que enviaría en cuanto alcanzaran tierra firme: uno a un hombre de confianza de los Hamilton en Glasgow y otro a la estación de Greenock.
Cuando Mairi volvió a sentir las manos después de todo el frío que había pasado desde la cala hasta Brodick y desde el castillo hasta allí, se tapó con una manta que había cerca.
—¿Tiene frío? —se preocupó Douglas.
—Sí —sinceró ella—. Pero nada alarmante.
—Naturalmente —replicó él, sin creerla demasiado.
—Déjeme ver sus heridas, acérquese.
Douglas obedeció. Se quitó la chaqueta, desabrochó el puño de la camisa y recogió la manga hasta dejar al descubierto el antebrazo. La cicatriz empezaba a curarse, ya no se abría.
Mairi, aun así, tomó un poco de agua que le habían traído un par de mozos y limpió la herida con sus propias manos, rozando la piel de Douglas, quien no apartaba los ojos de ella.
—No necesita vigilarme —dijo Mairi.
—No lo hago.
—Entonces ¿por qué me mira?
—Porque me alivia tenerla cerca.
La frase detuvo las manos de Mairi. Douglas no sonreía.
El vapor vibró bajo sus pies al separarse del muelle. Un silbato largo atravesó el puerto y el movimiento de las ruedas de paletas hizo temblar los cristales.
Mairi volvió a limpiar el corte.
—Resultaba más sencillo preocuparme por usted cuando no podía verme hacerlo —confesó él, a escasa distancia de su boca, sentado a su lado.
—Lo imaginaba.
—Era más seguro.
—¿Para quién?
Durante unos segundos solo se oyó el golpeteo del agua contra el casco.
Mairi podría haber añadido que él había necesitado un año entero para pronunciar sus sentimientos, pero esperó a que él respondiera.
—Para mi orgullo.
—El mío nos ha costado bastante también —añadió Mairi, cada vez más satisfecha con Douglas.
—No convierta esto en una competición. Perdería.
Mairi volvió a reír y Douglas no pudo evitarlo: capturó su risa en un beso.
Uno más, como si ya fuera suya, como si Mairi fuera su esposa y tuviera todo el derecho de besarla cuando quisiera.
Pero él no pensó en derechos, ni ella tampoco cuando lo respondió rodeándole el cuello con los brazos para perderse en su enorme cuerpo.
Algo cedió dentro de Mairi. No fue la confesión de amor ni el deseo que todavía la abrasaba al recordarlo entre sus piernas, sino aquella paciencia que nunca había esperado encontrar en él.
Fue un beso breve, sin urgencia, sin manos bajo las faldas ni cuerpos apretados contra una roca.
Cuando Mairi se apartó, Douglas no la siguió. Permaneció sentado, mirándola como si aquel beso hubiera desarmado algo mucho más profundo que toda la pasión de la cala.
—Esto tampoco es una respuesta, milady —dijo él.
—No.
—Bien.
Mairi arqueó una ceja.
—¿Bien?
Douglas recogió la chaqueta.
—Empiezo a conformarme con los avances pequeños.
Ella se puso en pie.
—No abuse. Podría retroceder.
—No lo dudo.
Al salir del salón, Tavish esperaba junto a la barandilla. Detrás de él, Arran empezaba a perderse bajo una franja de niebla. La mirada del MacKinnon pasó de Mairi a Douglas y después regresó a ella.
—Parece que el descanso en el salón le ha sentado bien, milady.
Mairi acomodó el tartán sobre sus hombros.
—Gracias, Tavish.
Tavish cruzó los brazos.
—Pero procure decidir pronto si piensa recompensar tanto esfuerzo. Algunos llevamos días reconstruyendo un puente y nadie nos mira de ese modo.
Mairi alzó una ceja.
—Quizás debería aprender también a trabajar sin esperar aplausos.
—Me lo dicen mucho.
La sonrisa de Tavish fue fresca y no contenía amargura.
Bajo la broma, Mairi reconoció la retirada honorable de un hombre que no pensaba competir por una mujer que ya miraba a otro de aquella manera.
Tavish no era de esa clase de hombres que perseguían mujeres si no podía sentirse orgulloso de ello.
Douglas, esta vez, no dijo nada, tan solo se limitó a clavar sus ojos marrones en el MacKinnon, quizás comprendiendo que ya no tenía sentido tener celos de él.
La travesía hasta Ardrossan fue corta, pero el mar estaba agitado. Mairi permaneció en cubierta durante la primera parte, aferrada a la barandilla mientras Arran se alejaba. Douglas se situó a su lado y permaneció allí en silencio, cercano sin imponerse.
Cuando una ola más fuerte hizo oscilar el vapor, Mairi apoyó una mano sobre su brazo derecho. Douglas bajó la vista hacia sus dedos, pero no comentó el gesto ni se apartó.
Llegaron a Ardrossan con la última luz. Mientras Angus enviaba los telegramas desde la estación, Malcolm y Tavish consiguieron un compartimento reservado en el siguiente tren a Glasgow.
La respuesta de Greenock no llegaría antes de su partida, de modo que Angus ordenó que fuera remitida al agente de los Hamilton en Bridge Street.
Ocuparon dos compartimentos contiguos. Angus, Tavish y el MacKinnon se instalaron en el segundo. Malcolm permaneció frente a Douglas y Mairi durante la primera parte del trayecto, observándolos con la serenidad amenazadora de un hermano que había pospuesto demasiadas preguntas.
Mairi contempló el paisaje por la ventanilla. La fatiga se había convertido en una pesadez imposible de ignorar. Tenía los párpados cansados, la espalda rígida y las manos frías pese al calor del compartimento.
Douglas lo advirtió, pero no dijo nada. Se limitó a doblar su abrigo y dejarlo a su lado sobre el asiento.
Mairi lo miró.
—No tengo frío.
—No he dicho que lo tuviera.
Malcolm volvió el rostro hacia la ventanilla, ocultando algo que pudo haber sido una sonrisa.
Mairi colocó el abrigo detrás de su espalda. Pasaron varios minutos. El traqueteo del tren se volvió constante y el cansancio comenzó a vencerla. Su cabeza se inclinó una vez y después otra.
Douglas permaneció inmóvil. No intentó atraerla y mucho menos delante de su hermano, eso habría sido una afrenta que ni él mismo estaba dispuesto a realizar. Ante todo, el respeto entre ambos hombres debía ser primordial.
Fue Mairi quien terminó apoyándose sobre su hombro. Él dejó de respirar durante un instante. Malcolm lo vio.
Douglas no se movió ni un centímetro por temor a despertarla y a la reacción de Malcoln.
Mairi cerró los ojos. No dormía por completo, pero tampoco deseaba apartarse. El hombro de Douglas resultaba firme y cálido. Bajo la mejilla sentía el latido lento de su corazón y el movimiento cuidadoso de su respiración.
Durante años había confundido depender unos instantes de alguien con entregarle el gobierno de su vida. Quizá no fueran lo mismo. Quizá confiar consistiera precisamente en escoger cuándo apoyarse y cuándo volver a sostenerse sola.
Cuando el tren empezó a reducir la velocidad, Mairi abrió los ojos. Douglas continuaba en la misma posición.
—Podría haberse movido —murmuró ella.
—Podría haberla despertado o haber ofendido a su hermano, no sé cuál de las dos opciones me parecía peor.
—Se le habrá dormido el brazo.
—He sobrevivido a heridas peores.
Malcolm soltó un sonido que se parecía peligrosamente a una risa, aunque nadie lo consideró como una aprobación ni un permiso.
Glasgow los recibió bajo la oscuridad, el humo y una llovizna fina.
Las lámparas de gas se extendían a lo largo de las calles y se reflejaban sobre los adoquines mojados.
Carruajes, carros de mercancías y trabajadores llenaban los alrededores de Bridge Street.
El aire olía a carbón, hierro, caballos y río.
Era una ciudad construida para avanzar incluso de noche.
Un hombre de confianza de la casa Hamilton los esperaba a la salida de la estación.
Había recibido los dos telegramas. En Greenock, un empleado recordaba a Kincaid y a una mujer velada que apenas podía sostenerse en pie; ambos habían tomado el tren de la tarde hacia Glasgow.
Otro hombre los vio subir a un coche al llegar a Bridge Street y oyó a Kincaid dar una dirección cercana al Broomielaw.
—Blackwood Shipping ocupa unas oficinas junto al río —informó el agente—. También posee dos almacenes. Uno de ellos figura como vacío desde hace meses.
—Figura —repitió Tavish.
—Los vecinos han visto entrar hombres durante las últimas semanas. He enviado a un muchacho en busca de un agente de policía, pero tardará.
Douglas miró a Mairi.