La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

MacBride apoyó las dos manos sobre el bastón.

—El hijo natural de Archibald Hamilton.

Malcolm se quedó inmóvil.

—¿Del hombre que asesinó al abuelo de Douglas? —preguntó Tavish.

—Del mismo —respondió Seumas—. Archibald tuvo un hijo con Moira Blackwood.

El muchacho tomó el apellido de su madre y creció lejos de Arran.

Durante años se ha dedicado a comprar deudas, financiar compañías y hacer que otros hombres presenten reclamaciones en su nombre.

Pollock y Bain no eran más que sus manos.

Mairi miró de nuevo la nota.

—¿Por qué dejaría aquí su nombre?

—Porque desea que sepamos quién es —comprendió Malcolm.

Douglas dobló el papel con cuidado.

—O porque desea que miremos en la dirección que él ha escogido.

La observación dejó un instante de silencio, pero Aibileen continuaba desaparecida y el documento seguía en manos de Blackwood. Fuera una amenaza o una invitación, no podían ignorarla.

—Entonces el pacto robado no es lo que busca —dijo Malcolm.

—No —respondió MacBride—. Es el camino para llegar hasta la verdadera prueba.

—Explíquese —ordenó Douglas.

El anciano no pareció ofendido por el tono.

—Conservo una copia del pacto y de los antiguos testimonios sobre lo que el pueblo hizo por su familia.

Pero la copia que Malcolm trajo desde Glenmuir contenía algo distinto.

Harriet escribió unas palabras junto a una de las cláusulas y dibujó una marca cuyo significado nunca quisimos dejar por escrito.

—¿Qué palabras? —preguntó Mairi.

MacBride cerró los ojos, buscando el recuerdo.

—«La verdad duerme bajo la piedra desde la que vi arder su hogar».

Douglas alzó la cabeza.

—La piedra del juramento.

Seumas no respondió de inmediato. La mano que sostenía el bastón se cerró con más fuerza.

—La misma que intentó proteger durante el incendio —comprendió Mairi.

—Aquella piedra no señala únicamente el lugar donde las familias de la costa juraron mantener abierto el paso —explicó el anciano—. También cubre algo que los MacBride custodiamos desde la huida de Harriet.

Malcolm frunció el ceño.

—Dijo que guardaba los documentos en su casa.

—Guardo las copias y la carta de Alistair Fraser. El original nunca estuvo allí.

Douglas dio un paso hacia él.

—¿Dónde está?

Seumas levantó los ojos.

—Bajo la piedra —El silencio se hizo absoluto—.

Harriet Hamilton me entregó la declaración antes de abandonar la isla —continuó—.

No podía llevársela. Si Archibald la encontraba, la destruiría y mataría a cualquiera que supiera de su existencia.

La guardamos en una caja de hierro y la ocultamos bajo la piedra donde el pueblo había jurado proteger el paso y a la antigua casa Hamilton, nuestro clan.

Mairi recordó al anciano avanzando entre el humo mientras las llamas alcanzaban el viejo muro de contención.

—Por eso intentó llegar hasta ella durante el incendio.

Seumas sostuvo su mirada.

—No podía permitir que el fuego removiera la tierra y dejara la caja al descubierto.

—¿Qué contiene exactamente? —preguntó Angus.

—Las declaraciones juradas de los hombres que vieron a Archibald abandonar la habitación de su hermano y encontraron al duque herido de muerte instantes después. También cartas y cuentas que demuestran que pagó a quienes persiguieron a Harriet y al pequeño Alexander durante la huida.

—Pruebas suficientes para destruir la reclamación de Lachlan ante cualquier tribunal —concluyó Malcolm.

—Sí. Si las destruye, podrá presentar su propia versión de los hechos y reducirlo todo a una disputa entre dos ramas de la misma familia.

Douglas contempló la nota. La copia robada no era la prueba, sino la llave que conducía hasta la piedra. Y Lachlan Blackwood sabía ahora dónde debía buscar.

La furia regresó. Mairi la vio ascender desde la rigidez de los hombros de Douglas hasta el músculo que se marcó junto a su mandíbula. Durante un instante pareció el hombre que habría cerrado el puerto, arrestado a media isla y exigido respuestas con todo el peso de su apellido.

Douglas abrió la mano.

—¿Qué falta de la habitación?

Mairi se acercó a la cómoda.

—Una capa ordinaria. Nada más.

—El dinero está casi completo —dijo Angus.

—Y el pasaje no ha sido utilizado —añadió Malcolm.

Mairi se giró hacia la puerta trasera y se inclinó sobre el barro. Las huellas continuaban unos pasos por el camino bajo antes de perderse sobre la piedra.

—Aibileen pensaba marcharse —comprendió ella—. Había aceptado el dinero y guardado el pasaje. Quizás dejó el anillo porque pretendía abandonar cuanto había sido hasta ahora.

Douglas no apartó los ojos de ella.

—Pero cambió de opinión.

—O comprendió para quién trabajaba. Después dejaron de necesitar su consentimiento —Señaló la cinta rota y las dos huellas—. Forcejearon aquí. Uno la sujetó mientras el otro abría la puerta.

Douglas aceptó el razonamiento con una inclinación de cabeza, sin corregir una sola palabra, Mairi era una mujer lista y eso también le gustaba de ella.

—Si Kincaid tomó el Saint Bride, llevará la copia hacia Greenock —manifestó Angus—. Desde allí puede alcanzar Glasgow por ferrocarril.

MacBride miró el pasaje, el dinero y la nota extendidos sobre la mesa.

—Kincaid trabaja en Glasgow y la compañía Blackwood tiene allí sus oficinas. Si se llevaron también a Aibileen, la ciudad será el primer lugar donde intentarán ocultarla.

Douglas miró hacia Angus.

—Prepare seis caballos.

—Siete —corrigió Mairi.

Malcolm la miró.

—No irás.

—Yo vi a Kincaid.

—Ya ha sido identificado.

—También puedo reconocer su voz. Y, si encontramos a Aibileen, hablará antes con una mujer que con seis hombres armados.

—Estás exhausta —continuó su hermano, clavándole sus ojos verdes con cierta irritación.

—No incapacitada.

—Mairi...

Douglas no intervino de inmediato. Esperó a que Malcolm terminara antes de hablar.

—¿Está segura de que desea venir?

—Sí.

—Entonces venga con nosotros.

—Con todos nosotros —precisó Malcolm.

Douglas miró al duque de Glenmuir.

—Con todos nosotros —convino.

No hubo disputa. La seguridad de Mairi no se convirtió en una pugna entre apellidos. Seumas, que había observado el intercambio en silencio, se irguió apoyándose en el bastón.

—Yo permaneceré aquí. Alguien debe proteger lo que todavía no han robado y asegurarse de que ningún barco abandone el puerto sin ser registrado.

Douglas asintió.

—Envíe hombres a la piedra del juramento. Que no la pierdan de vista ni de día ni de noche.

—Así se hará.

—Y registre los barcos, pero no detenga a nadie sin motivo.

MacBride arqueó una ceja llena de canas.

—Está aprendiendo, muchacho.

—No abuse de ello.

Partieron hacia el puerto antes de que terminara la tarde.

Tavish cabalgaba delante con dos MacKinnon, enviados para averiguar si algún bote había abandonado los embarcaderos secundarios después de la partida del Saint Bride.

Angus avanzaba cerca de ellos, con el pasaje falso y la nota de Lachlan Blackwood guardados dentro del abrigo.

Douglas, Malcolm y Mairi iban unos metros más atrás.

El camino descendía hacia el puerto entre colinas cubiertas de brezo. A medida que se acercaban a la costa, el viento se volvía más frío y el olor a tierra húmeda cedía ante el de la sal, el carbón y la brea.

Mairi mantuvo el ritmo durante la primera media hora. Después, los músculos castigados por tantas horas de silla se volvieron rígidos y el vestido todavía húmedo bajo el abrigo le robó el poco calor que conservaba.

Esta vez no esperó a que Douglas pronunciara la pregunta.

—Necesito que reduzcamos el paso hasta el puerto.

Él la miró de soslayo. No hubo sorpresa ni triunfo en su expresión.

—Bien.

Douglas acompasó su caballo al de Brèagha. Malcolm hizo lo mismo desde el otro lado, y ninguno de los dos convirtió la necesidad de Mairi en una rendición.

Aquello la conmovió más de lo que estaba dispuesta a reconocer, pues, por primera vez, se había permitido mostrar su debilidad y descubría que hacerlo no era tan terrible como siempre había temido.

Al llegar al puerto descubrieron que el vapor regular hacia Ardrossan todavía no había zarpado. Una avería menor en una válvula lo retenía junto al muelle, y los marineros trabajaban bajo las órdenes irritadas del capitán.

Tavish los esperaba frente a la pasarela con los dos MacKinnon.

—El Saint Bride puso rumbo a Greenock —informó—. Un estibador vio a Kincaid obligar a una mujer cubierta con una capa a subir a bordo poco antes de la partida.

—¿Está seguro de que era Aibileen? —preguntó Mairi.

—La mujer apenas podía caminar sin que él la sujetara por el brazo. El estibador creyó que estaba enferma o borracha, pero llevaba una cinta rota colgando del hombro.

Malcolm miró hacia el vapor.

—Si el Saint Bride navega hacia Greenock, lleva demasiada ventaja.

—No iremos detrás por mar —dijo Angus—. Cruzaremos a Ardrossan y continuaremos en tren hasta Glasgow. Es una ruta más rápida.

Douglas observó la columna de humo que empezaba a elevarse de la chimenea del vapor.

—¿Cuánto falta para que zarpe?

—Veinte minutos, si el capitán deja de insultar a la maquinaria y permite que sus hombres la reparen —respondió Tavish.

Douglas se volvió hacia uno de sus hombres.

—Regrese a Brodick. Informe a MacBride de que vamos a Glasgow y asegúrese de que la piedra permanezca vigilada.

El hombre asintió.

—¿Cree que Blackwood regresará tan pronto?

—Creo que la copia ya le ha revelado qué debe buscar. No permitiré que encuentre el lugar desprotegido cuando decida volver.

Finlay partió de inmediato. Los demás entregaron los caballos a los mozos y avanzaron hacia la pasarela. La marea hacía oscilar el vapor contra el embarcadero. Las tablas estaban mojadas y la barandilla se movía cada vez que una ola golpeaba el casco.

Malcolm subió primero y Tavish fue detrás de él. Douglas permaneció junto a Mairi.

No extendió la mano de inmediato. Esperó a que ella contemplara la estrecha pasarela.

—¿Me permite?

Mairi miró la palma vendada.

—No parece una ayuda demasiado segura.

—Es lo que queda.

—Qué tranquilizador.

Aun así, colocó la mano sobre la suya. Douglas cerró los dedos con cuidado.