La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

El camino de regreso a Brodick pareció más breve que cualquiera de los que Douglas y Mairi habían recorrido juntos hasta entonces.

Angus MacPain cabalgaba unos metros por delante, atento a que la luz no terminara de caer sobre las colinas antes de que alcanzaran el castillo.

De vez en cuando miraba hacia atrás para comprobar que las heridas de su señor no hubieran empeorado; después volvía la vista al camino con la discreción de un hombre que había visto demasiado junto a la cala y deseaba conservar su empleo, su dignidad y, posiblemente, la vida.

Mairi cabalgaba al lado de Douglas. No necesitaba mirarlo para sentirlo.

Aún conservaba en el cuerpo la presión de aquel hombre contra ella, el calor de la mano que había ascendido bajo sus faldas y la violencia con que su propio deseo había respondido. Recordaba también el instante en que Douglas se detuvo, aunque hacerlo debió de costarle mucho más que continuar.

Eso era lo que más la perturbaba. No el deseo, ni siquiera la certeza de que él la había contemplado desnuda durante más tiempo del que permitía el honor, sino que hubiera renunciado a tomar cuanto ella estaba dispuesta a ofrecerle porque comprendía que su cuerpo no podía responder a la pregunta que seguía pendiente entre ambos.

«La amo».

Las palabras regresaron con la misma claridad con que él las había pronunciado: sin arrogancia, sin exigir nada a cambio, sin presentarlas como una solución que ambos estuvieran obligados a obedecer.

Mairi cerró un poco más los dedos alrededor de las riendas.

Durante un año había acusado a Douglas de orgullo, de cobardía y de aquella insoportable certeza de que sus intenciones debían bastar para todos.

Había tenido motivos. Él había convertido una petición de matrimonio en una prescripción médica y permitido que ella abandonara Hamilton Lodge sin atreverse a reconocer que la amaba.

Nada de cuanto había sufrido dejaba de ser cierto porque Douglas hubiera aprendido por fin a decir la verdad. Sin embargo, la culpa ya no resultaba tan sencilla como antes. Mairi había convertido el orgullo Sinclair en una fortaleza desde la que podía juzgarlo sin exponerse a ser herida otra vez.

Cada cuidado había sido interpretado como compasión; cada aproximación, recibida como una nueva tentativa de imponer su voluntad.

No se reprochaba haberse protegido. Empezaba, no obstante, a preguntarse cuánto tiempo podía seguir llamando dignidad al miedo solo porque este se cubriera con los colores de su clan.

Giró un poco el rostro.

Douglas mantenía la mirada en el camino. Cabalgaba erguido, aunque el brazo izquierdo permanecía demasiado rígido y la mano derecha vendada sujetaba las riendas con una prudencia que no le era natural. Las heridas estaban casi cerradas, pero todavía limitaban sus movimientos.

Él había aprendido a detenerse.

Mairi aún no sabía qué hacer cuando ya no necesitaba luchar para ser escuchada.

Brèagha resbaló levemente al descender por un tramo húmedo. Mairi corrigió a la yegua enseguida, pero Douglas volvió la cabeza.

—¿Necesita que vayamos más despacio?

La defensa acudió antes que la reflexión.

—Puedo continuar.

Douglas sostuvo su mirada un instante.

—No he dicho que no pueda. Le he preguntado si lo desea.

Mairi abrió la boca, pero no encontró una respuesta inmediata.

Hasta pocos días atrás, él habría ordenado reducir el paso, llamado a un mozo, dispuesto un carruaje o decretado que el aire empezaba a ser demasiado frío para sus pulmones.

Después se habría mostrado sorprendido cuando ella se sintiera tratada como una criatura enferma.

Aquella vez había preguntado. Y estaba dispuesto a aceptar cualquier respuesta.

Mairi miró el camino que todavía los separaba de Brodick. Notaba la fatiga en la espalda, los muslos y el peso creciente de sus brazos. Había montado durante horas, se había bañado en el mar y soportado emociones suficientes para agotar a una mujer mucho más robusta.

—Un poco —admitió—. Solo hasta que el terreno sea más firme.

Douglas redujo la marcha sin hacer comentario alguno.

Angus los oyó aproximarse más despacio y ajustó también el paso.

Nadie recibió la confesión de Mairi como una derrota. Tal vez fuera ella la única que, hasta entonces, había confundido ambas cosas.

El castillo apareció poco después entre los árboles, con sus muros oscuros iluminados por una tarde que empezaba a perder claridad.

El patio, sin embargo, no conservaba la tranquilidad de la mañana.

Había caballos ensillados junto a las caballerizas; dos criados cruzaban el espacio cargados con faroles, mientras otros registraban los cobertizos y los almacenes.

Un mozo hablaba con varios pescadores y una doncella permanecía junto a la escalinata con las manos retorcidas en el delantal.

Malcolm y Tavish esperaban frente a la entrada principal.

Seumas MacBride se encontraba unos pasos más atrás, apoyado en el bastón.

Incluso desde la distancia, Mairi distinguió la gravedad de su rostro.

Douglas desmontó antes de que Angus hubiese detenido por completo el caballo. Mairi hizo lo mismo.

Malcolm bajó los escalones hacia su hermana. Sus ojos recorrieron el cabello todavía húmedo, el sombrero mal colocado y el vestido que Douglas había cerrado con torpeza. Después se detuvieron en los labios de Mairi.

A continuación miró a Douglas.

No dijo nada. Tampoco hizo falta. La amenaza fue tan clara como si hubiera desenvainado una espada en mitad del patio.

Douglas sostuvo su mirada sin retroceder, aunque tuvo la sensatez de no ofrecer explicaciones. Tavish observó a los tres y alzó ligeramente una ceja roja.

MacBride golpeó el suelo con el bastón.

—Podrán disputarse el honor de lady Mairi cuando dejemos de tener una mujer desaparecida.

Mairi se giró hacia él.

—¿Quién?

El anciano miró a Douglas.

—Aibileen MacLeod.

—¿Desde cuándo? —preguntó Douglas.

—Hace menos de dos horas —respondió Malcolm—. El hombre encargado de vigilar las dependencias la vio entrar, pero no salir.

—¿Han registrado el castillo?

—Y los jardines —dijo Tavish—. La puerta trasera de su habitación estaba abierta.

Douglas echó a andar hacia el ala oriental. No corrió, pero todos tuvieron que acelerar el paso para seguirlo.

Las dependencias del antiguo jardín quedaban separadas de la parte principal del castillo por un pasillo estrecho y una pequeña galería que en otros tiempos había conducido a un invernadero. El lugar olía a piedra fría, tierra húmeda y plantas secas.

La puerta de la habitación de Aibileen permanecía abierta. Un criado esperaba fuera.

Douglas entró primero.

La cama estaba intacta. Las mantas continuaban bien dobladas, sin señal de que Aibileen hubiera descansado allí desde la mañana.

Un cajón de la cómoda había sido arrancado y yacía en el suelo.

Varias prendas se amontonaban junto a él, aunque otras seguían guardadas con cuidado.

Su mejor abrigo colgaba de un gancho y, sobre la cómoda, descansaba el anillo de su difunto marido.

Mairi se detuvo ante la pequeña alianza. Parecía demasiado insignificante para contener una vida entera. Aibileen la había conservado después de enviudar y continuaba llevándola incluso cuando hablaba de Douglas como si todavía existiera una promesa entre ellos.

¿Por qué dejarla allí si pretendía marcharse?

—El paquete —dijo Mairi.

Se acercó a la mesa. La tela encerada que había visto en el muelle estaba abierta. Dentro quedaban casi todos los billetes, varias monedas de oro y un pasaje para viajar bajo el nombre de Anne MacLeod.

—Ha dejado el dinero —observó Angus.

—Y el abrigo —añadió Mairi.

Malcolm examinó el pasaje.

—Pensaba marcharse.

—Sí —respondió ella—. Pero algo se lo impidió.

Junto a la puerta trasera había barro. Un par de botines viejos continuaba bajo la cama, pero las marcas del suelo pertenecían a calzado masculino: dos hombres, a juzgar por la diferencia de tamaño. Del pestillo colgaba una cinta marrón rota.

Mairi la tomó con cuidado.

—Es de su capa.

Douglas se agachó para examinar las huellas. La primera reacción apareció en la dureza de su rostro. Cerró la mano vendada, pero no llegó a abrirse la herida de nuevo.

Mairi lo vio. Él también.

Douglas abrió los dedos lentamente y respiró una vez antes de mirar al criado de la puerta, estaba controlando su furia.

—¿Quién la vio por última vez?

El hombre se irguió.

—La doncella de la cocina, milord. Cerca del mediodía.

—¿Estaba sola?

—Sí, milord.

—¿Alguien oyó caballos?

—No desde el patio. Pero la salida del huerto lleva hasta el sendero bajo. Podrían haber dejado los animales junto al muro.

—¿Cuánto tiempo quedó la puerta sin vigilancia?

—No más de un cuarto de hora.

Douglas asintió. No gritó ni acusó al hombre de negligencia. Tampoco ordenó que lo encerraran. Volvió a examinar la habitación.

Malcolm lo observaba con atención.

—¿Todavía piensa defenderla?

Douglas levantó la mirada.

—No la defiendo.

—Todo apunta a que robó el documento y preparaba su huida.

—Responderá por lo que hizo —replicó Douglas—. Pero primero distinguiré su traición de aquello que le hicieron después.

Malcolm no respondió.

Mairi sintió una presión extraña en el pecho.

Douglas actuaba sin saber si ella lo observaba y nadie le había prometido perdón por comportarse con justicia.

Aun así, acababa de contener la furia que antes habría utilizado como si fuera un derecho.

El cambio ya no parecía una exhibición destinada a recuperarla.

Empezaba a formar parte del hombre que él había decidido ser. Y eso le gustó a Mairi.

Seumas MacBride se acercó a la mesa.

—Hay otra cosa.

Señaló un papel doblado que había permanecido bajo el paquete. Douglas lo tomó con la mano izquierda. La letra era firme y poco ornamentada.

Leyó en voz alta:—«La copia no es la prueba. La copia indica dónde fue ocultada. Tráigame lo que Harriet dejó donde murió su esposo y su deuda quedará saldada. Lachlan Blackwood».

El nombre cayó sobre la habitación como una piedra.

Douglas no levantó la vista del papel.

—¿Lachlan?