Capítulo 14 #4
Douglas inclinó la cabeza.
—Esa lección solo se la debo a usted. Y, para su tranquilidad, me aseguraré de no volver a tener semejantes malentendidos con ninguna otra mujer.
—Oh, ahora lo entiendo —rio Mairi.
Douglas la contempló en silencio. Era la primera vez que conseguía hacerla reír, y aquel triunfo lo llenó de un orgullo más hondo que el que habría sentido si la hubiera hecho suya en la cala.
El mozo parecía desear que la tierra se abriera bajo sus pies.
Mairi tomó las riendas de Brèagha. Antes de que pudiera montar, se oyó un caballo aproximándose por el camino.
Douglas se giró hacia el sonido. MacPain apareció entre los árboles, inclinado sobre la silla. Llevaba el abrigo abierto, polvo en las botas y el rostro serio.
Al verlos juntos, redujo el paso. Sus ojos pasaron del cabello mojado de Mairi a los labios de Douglas y después al mozo, que contemplaba el cielo con devoción religiosa.
Angus tuvo la inteligencia de no comentar nada.
—Milord.
Douglas dio un paso hacia él.
—¿Qué ha ocurrido?
Angus desmontó.
—Hemos identificado el mercante de Glasgow: el Saint Bride. Atracó esta mañana con una carga de herramientas y carbón, además de dos pasajeros que no figuraban en la primera lista.
Mairi se acercó.
—¿Entre ellos estaba el hombre que vi?
—Probablemente. Se llama Robert Kincaid y trabaja como agente y recadero para varias casas comerciales de Glasgow. Su nombre ya figuraba entre los papeles de Pollock y Bain.
—¿También para Blackwood? —preguntó Douglas
.Angus asintió.
—Ha recibido pagos regulares de la compañía Blackwood durante los últimos tres años. Un mozo del puerto recuerda, además, haberlo visto en una posada con Pollock y Bain la semana anterior al incendio.
El rostro de Douglas se endureció.
—¿Dónde está ahora?
—Regresó al barco. El Saint Bride zarpó hacia Greenock menos de una hora después de su encuentro con Aibileen.
Mairi miró a Douglas.
—Entonces pudo llevarse el papel.
Angus vaciló.
—Hay algo más. El documento del Paso de los Ciervos que trajo lord Sinclair ha desaparecido.
El viento pareció retirarse de la cala.
—¿La copia autenticada que Malcolm trajo de Glenmuir? —preguntó Mairi, aunque ya conocía la respuesta.
—Sí. La que acredita el pacto entre el pueblo de Arran y la casa Hamilton. Estaba guardada en la caja de despacho del salón de mapas. Esta mañana seguía allí. Al mediodía, cuando quise compararla con la carta de MacBride, había desaparecido.
Douglas no se movió.
—¿La cerradura?
—Intacta. La llave continúa en el cajón donde la guardamos.
—¿Quién entró en el salón?
—Usted, yo, lord Malcolm y Seumas MacBride. Dos criados entraron para limpiar y una doncella llevó carbón.
—¿Aibileen?
—Conocía el salón y sabía dónde se guardaba la llave cuando trabajaba en el ala principal. Pero nadie la vio entrar.
Mairi apretó los dedos alrededor de las riendas.
—Lo que entregó a Robert Kincaid tenía el tamaño de una hoja doblada.
—No basta —dijo Douglas.
Angus lo miró.
—Milord...
—No basta para acusarla. Mairi vio un papel; el documento ha desaparecido y Kincaid trabaja para Blackwood. Todo apunta a Aibileen, pero no poseemos una prueba directa de que fuera ella quien lo tomó.
Mairi estudió su rostro. Douglas sabía bien qué esperaba encontrar en él: al hombre furioso que unos días atrás habría regresado al castillo como una tormenta, ordenado detener a Aibileen y castigado a cualquiera que se interpusiera.
Aquel hombre seguía allí, en la rigidez de sus hombros y el hielo de sus ojos marrones, pero Douglas ya no permitía que la furia gobernara sus decisiones, y eso agradó a Mairi.
—¿Qué hacemos? —preguntó Angus.
—Vigilarla.
—Ya hay un hombre cerca de las dependencias del jardín.
—Que no se aproxime. Si cree que confiamos en ella, podría conducirnos hasta quien la utiliza.
Mairi miró hacia el camino.
—¿Y si la están obligando?
Douglas tardó un instante en responder. Había dolor en su expresión; no el dolor de un hombre que temiera perder a una amante, sino el de quien descubría que alguien a quien había protegido podía haber empleado precisamente esa protección para traicionarlo.
—Entonces averiguaremos quién le ha puesto la cuerda al cuello antes de decidir si fue ella quien se la anudó sola.
Mairi sostuvo su mirada. Douglas no estaba dispuesto a perdonar a Aibileen, pero tampoco iba a condenarla antes de conocer la verdad.
Angus volvió a montar.
—Regresemos a Brodick, milord.
El trayecto de regreso transcurrió con una rapidez engañosa. Mairi cabalgó junto a Douglas durante casi todo el camino, pero ninguno mencionó lo sucedido en la cala. Apenas intercambiaron las palabras imprescindibles.
Sin embargo, el silencio entre ellos ya no estaba hecho de orgullo ni de rechazo. Estaba lleno de cuanto habían rozado, de cuanto habían deseado y de aquello que ambos habían tenido la fuerza —o la cobardía— de dejar incompleto.
Douglas no volvió a tocarla.
Mairi tampoco se apartó de su lado.
Y los dos supieron que, cuando volvieran a quedarse solos, ya no habría mar, honor ni juramento capaz de detenerlos.