La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Douglas la contempló. El cabello mojado escapaba bajo el sombrero mal colocado. El vestido conservaba humedad en el cuello y sobre los pechos; el tartán Sinclair la envolvía en colores oscuros y rojos. Sus labios permanecían entreabiertos. No tenía sentido fingir.

—Porque jamás he visto nada que deseara tanto.

El aire cambió. Mairi apretó los dedos alrededor de sus guantes.

—Debería avergonzarse.

—Me avergüenza haber invadido su intimidad.

—Pero no desearme.

—No.

La respuesta fue demasiado firme. Mairi lo estudió como si buscara algo en su rostro. Douglas no supo qué encontró, pero ella avanzó un paso.

—Aibileen dijo que usted la deseó.

—Sí.

—¿De la misma forma?

—No.

—¿Cómo puede asegurarlo?

Douglas bajó la voz.

—Porque jamás tuve que obligarme a alejarme de ella para no perder todo aquello que todavía respetaba de mí mismo.

Mairi quedó a poca distancia.

—¿Y de mí sí?

—Cada vez que se acerca.

La respiración de ella se alteró.

—Parece estar dominándose bien.

—No sabe cuánto.

Mairi levantó una mano. Douglas creyó que iba a apartarlo, pero sus dedos se cerraron alrededor del cuello de su camisa y tiraron de él.

El beso lo alcanzó antes de que pudiera prepararse.

Mairi lo besó con rabia, con orgullo y con una necesidad que no ofrecía perdón ni lo pedía.

Douglas tardó menos de un latido en responder.

Le ciñó la cintura con el brazo izquierdo, ignorando el tirón de la herida, y la acercó contra su cuerpo.

Mairi emitió un gemido al sentir la dura evidencia de su deseo contra el vientre.

Aquel sonido atravesó a Douglas con más violencia que cualquier herida. La besó con hambre. La boca de Mairi sabía a sal y a frío; sus labios finos y rosados se abrieron bajo los de él, y Douglas profundizó el beso, tomando todo lo que ella le ofrecía y nada que no hubiera entregado primero.

Mairi se aferró a sus hombros, delgada y frágil en comparación a Douglas.

El sombrero cayó al suelo y el cabello mojado se liberó, cubriendo la mano de Douglas cuando la sujetó por la nuca.

Retrocedieron hasta que la espalda de ella rozó una roca.

Douglas se detuvo.

—¿Le he hecho daño?

—No.

—Mairi...

Ella volvió a besarlo. No quería explicaciones, y Douglas lo entendió.

La levantó por la cintura. Mairi abrió las piernas para recibirlo entre ellas, atrapada entre la roca y su cuerpo. Las faldas se arrugaron alrededor de sus caderas y el tartán resbaló de uno de sus hombros. Douglas se apretó contra ella a través de las capas de ropa.

Mairi jadeó sobre su boca. Él la besó en la mandíbula y descendió por el cuello todavía húmedo. Su piel estaba fría, pero el pulso que latía bajo sus labios ardía. Cuando mordió con suavidad el lugar donde el cuello se unía al hombro, Mairi inclinó la cabeza hacia atrás.

La camisa mojada se transparentaba por encima del escote del vestido, dibujando el nacimiento de sus pechos. Douglas llevó la boca hasta aquel borde y besó la piel expuesta.

Mairi respiró con dificultad. La mano de Douglas alcanzó el borde de las medias y, por encima de ellas, encontró piel desnuda. Mairi dejó escapar una respiración temblorosa cuando los dedos de él rodearon la parte posterior de su muslo.

La acarició lentamente. La piel era suave y más cálida de lo que habría esperado después del baño. Ascendió, y Mairi separó un poco más las piernas a su alrededor de forma instintiva. El gesto estuvo a punto de destruirlo.

La mano de Douglas llegó a la fina tela de sus prendas interiores. Mairi apretó la boca contra la suya y él la besó mientras sus dedos recorrían el interior de su muslo, una vez y después otra, cada vez más arriba.

Ella se estremeció.

—No sabe cuánto tiempo he pensado en tocarla así —murmuró él contra sus labios.

—No debería decírmelo.

—Ya no volveré a obligarla a adivinar qué pienso.

Sus dedos alcanzaron el calor que la tela apenas ocultaba. Mairi dejó escapar un sonido ahogado y hundió el rostro contra su cuello. El cuerpo de Douglas reclamó más. Quiso librarse de la última barrera, descubrir cómo sonaba ella cuando el placer borraba la última parte de su orgullo.

Deslizó la mano bajo el borde de las enaguas. Sus dedos encontraron piel y Mairi se arqueó contra él. Douglas cerró los ojos. La acarició despacio, a lo largo de su intimidad completamente mojada.

Mairi pronunció su nombre. No como un reproche ni como una orden, sino como una súplica involuntaria.

Douglas se quedó inmóvil.

Todo su cuerpo protestó.

Mairi abrió los ojos, confundida por la interrupción.

—¿Por qué se detiene?

Douglas respiraba con dificultad. Retiró la mano muy despacio y dejó caer las faldas. La frustración apareció en el rostro de ella antes de que pudiera ocultarla, y aquello casi acabó con la poca voluntad que le quedaba.

—Porque si continúo, no podría detenerme, y usted aún no me ha prometido nada.

Mairi lo miró. ¿Desde cuándo se habían invertido los papeles?

—No necesito haberlo perdonado para desearlo —murmuró Mairi, confundida.

La franqueza de la frase golpeó a Douglas directamente en el cuerpo, pero él apretó la mandíbula.

—Lo sé, pero yo necesito que haga ambas cosas...

Douglas la ayudó a bajar. Cuando sus pies tocaron el suelo, Mairi no se apartó de inmediato. Seguía respirando deprisa; tenía los labios hinchados y un mechón húmedo pegado a la mejilla. Douglas lo retiró con los nudillos.

—La amo —repitió él—. No quiero que mañana se pregunte si esto era todo cuanto deseaba de usted.

Mairi cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, había emoción y furia en ellos.

—Empieza a resultar insoportablemente honorable, milord.

—No se acostumbre.

—No pensaba hacerlo.

Douglas recogió su sombrero y se lo ofreció. Mairi lo tomó sin mirarlo, volvió a colocarse el tartán sobre los hombros y echó a andar hacia los caballos.

Él la siguió a unos pasos de distancia.

El mozo continuaba junto a Brèagha, contemplando el tronco de un árbol con un interés desmedido. Al oír los pasos, se irguió.

—Milady.

Mairi le entregó el sombrero.

—No ha visto nada.

El muchacho palideció.

—No, milady.

—Ni ha oído nada.

—No, milady.

Douglas miró al mozo.

—Ha demostrado usted un juicio admirable.

—Gracias, milord.

—No era un elogio. Era una advertencia.

Mairi le lanzó una mirada.—Creía que había aprendido a no dar órdenes como si todos le debieran la vida.