La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Mairi inclinó la cabeza hacia delante. El gesto dejó su nuca completamente expuesta.

Douglas contempló aquel pequeño espacio de piel como si contuviera todas las tentaciones conocidas por el hombre.

—Douglas.

—¿Sí?

—Ha dejado usted de abrochar.

Él cerró los ojos un segundo.

—Lo sé.

—¿Por qué?

Douglas cerró el último cierre.

—Porque todavía conservo imaginación.

Un temblor visible recorrió los hombros de ella. Douglas terminó de ajustar el vestido y retiró las manos de inmediato.

Mairi se dio la vuelta. El traje no había quedado tan perfecto como habría conseguido una doncella. El cabello mojado había oscurecido la tela entre los omóplatos y la camisa continuaba húmeda bajo el corpiño. Sin embargo, la dignidad Sinclair había regresado a su espalda.

Douglas tomó el tartán doblado sobre la roca. Durante un instante, su propia chaqueta quedó entre ambos. Habría sido fácil ofrecérsela de nuevo, cubrirla con los colores Hamilton.

En lugar de hacerlo, desplegó el tartán Sinclair y lo colocó sobre los hombros de Mairi, cuidando de no soltar el broche antiguo que lo sujetaba.

Ninguno de los dos habló. Pero los dedos de Mairi tocaron la tela una vez colocada, como si hubiera comprendido exactamente lo que significaba aquel gesto.

Douglas no pretendía reclamarla ni borrar su nombre bajo el suyo. Mairi seguiría siendo Sinclair aunque algún día eligiera convertirse también en Hamilton.

Ella se apartó para recoger los guantes y el sombrero.

—Gracias.

La cortesía dolió más que un reproche.

—No he venido únicamente para ayudarla a vestirse.

—No. Ha venido a hablarme de Aibileen.

—Sí.

Mairi recogió las horquillas esparcidas por el suelo.

—Ya sé lo que ocurrió.

—Conoce lo que ella le contó y una parte de lo que intenté explicarle mientras usted se ofendía.

—¿Pretende ofrecerme ahora una versión más conveniente?

—Pretendo ofrecerle la versión completa.

Mairi se colocó el sombrero sin sujetarlo. Con el cabello mojado era imposible arreglarlo como correspondía.

—No estoy segura de querer escucharla.

—Lo comprendo.

Ella avanzó hacia el camino. Douglas se movió hasta quedar ante ella, pero no la tocó ni le cerró por completo el paso. Dejó espacio suficiente para que pudiera rodearlo si así lo deseaba.

Mairi lo advirtió.

—Apártese.

—Lo haré cuando termine.

—Sigue dando órdenes.

—Y usted sigue pecando del orgullo que tanto parece detestar en mí.

Ella alzó la barbilla.

—¿Ahora soy yo la orgullosa?

—Escúcheme esta vez y demuestre que no lo es. Después podrá marcharse y no volveré a seguirla.

Mairi lo observó durante un largo instante mientras el viento agitaba el tartán Sinclair sobre sus hombros.

—Hable.

Douglas no preparó las palabras. Las palabras preparadas eran precisamente lo que había destruido todo la primera vez y quizás la segunda también.

—Aibileen y yo fuimos amantes cuando éramos jóvenes. La deseé y le tuve afecto. Lo nuestro terminó antes de que ella se casara.

Mairi mantuvo su rostro ovalado y pálido, tan solo brillante por sus dos ojos grises y claros, firme.

—Eso ya lo sé.

—Cuando enviudó, sus parientes quisieron quitarle la casa y obligarla a aceptar otro marido. Le escribí para decirle que esperara, porque pensaba regresar a Arran y resolverlo.

—También lo sé.

—No sabía que interpretaría mi carta como una promesa de matrimonio.

—Eso es lo que usted afirma, no lo que ella entendió.

Douglas apretó la mandíbula.

—Es la verdad.

—Puede serlo y continuar siendo insuficiente. No debería tratar a todos del mismo modo. Entiendo que tiene responsabilidades, que se siente protector de las personas, pero proteger no es amar, y eso debería expresarlo bien cuando se dirige a alguien, sobre todo a una mujer.

—Tiene razón.

La admisión desconcertó a Mairi.

—Escribí como heredero de Brodick y supuse que ella comprendería que le ofrecía la protección de mi casa. No pensé en la mujer que recibiría aquella carta. No pensé en lo que habíamos sido, en lo que podía recordar al quedarse sola ni en el significado que tendría para ella que le pidiera esperar.

Mairi bajó un poco los ojos.

—¿Por qué no lo pensó?

—Porque estaba acostumbrado a creer que mis intenciones bastaban —La respuesta salió áspera, dirigida no contra ella, sino contra sí mismo—.

Con Aibileen fui descuidado porque no pensé en lo que mis palabras podían despertar.

Quizás deba aprender a dar órdenes, milady —Mairi levantó la vista y Douglas sostuvo sus ojos—.

Con usted fui cobarde, porque sabía exactamente lo que sentía y escogí hablar de cualquier cosa menos de eso.

El aire pareció detenerse entre ambos.

—¿Exactamente qué sentía? —preguntó ella en un murmullo, con la frente cubierta de mechones rubios desordenados.

Douglas notó el impulso de buscar una frase menos definitiva, algo que pudiera retirar después. Una palabra como querer, lo bastante amplia para ocultar deseo, afecto, necesidad y elección sin obligarlo a pronunciar aquello que llevaba demasiado tiempo gobernando sus actos.

No volvió a esconderse.

—La amo.

Mairi dejó de respirar. Douglas sintió también que el pecho se le cerraba alrededor de las palabras.

No hubo alivio al decirlas, sino una vulnerabilidad tan completa que por un instante comprendió por qué las había evitado durante tanto tiempo.

Ya no quedaba nada de su orgullo, ni del heredero, ni del caballero protector...

simplemente estaba él, con su pelo negro volando al viento y su mirada marrón clavada en esa mujer capaz de gobernarlo.

La única persona del mundo por la que él sería capaz de suplicar.

Mairi parpadeó.

—No diga eso solo porque teme que me marche.

—Temo que se marche porque la amo —Ella apartó la mirada hacia el mar.

Douglas no se acercó—. La amaba cuando creía estar protegiéndola —continuó—.

La amaba cuando llené Hamilton Lodge de médicos y cerré ventanas sin preguntarle qué deseaba.

La amaba cuando le pedí matrimonio como si le tuviera lástima y odiara sus orígenes.

La amaba cuando la dejé partir porque mi orgullo prefirió verla subir sola a un carruaje antes que reconocer que me había equivocado.

La garganta de Mairi se movió.—Douglas...

—Y la amo ahora, aunque elija volver a Glenmuir y no vuelva a mirarme nunca más.

Mairi alzó los ojos. Había dolor en ellos, pero también algo más peligroso: le creía. Por primera vez, no dudaba de él.

Douglas lo comprendió cuando las defensas de ella cedieron durante un instante. No significaba que lo hubiera perdonado ni que fuera a quedarse, ella era una Sinclair, el orgullo era todo lo que les representaba. Significaba únicamente que ya no dudaba de su amor.

—Eso era lo que necesitaba escuchar hace un año —confesó Mairi.

—Lo sé.

—No, no lo sabe —La emoción endureció su acento—.

No sabe lo que fue marcharme de Hamilton Lodge convencida de que el hombre al que amaba solo quería conservarme porque mi cuerpo podía empeorar lejos de sus médicos.

No sabe lo que fue regresar a Glenmuir y descubrir que una parte de mí continuaba esperando que apareciera, aun después de haber rechazado su propuesta.

Douglas recibió cada palabra sin intentar interrumpirla—.

No sabe lo que fue preguntarme si había imaginado cada mirada, cada cuidado, cada ocasión en que entró en una habitación solo para comprobar que yo respiraba bien.

Creí que había confundido su sentido del deber con amor porque necesitaba que fuera amor.

—Era amor.

—Pero no lo dijo.

—No.

—Y después permitió que transcurriera un año.

—Sí.

Mairi se secó una gota que descendía por su mejilla. Podía ser agua del cabello; Douglas no estaba seguro de que ella misma conociera la diferencia.

—No sé qué hacer con sus palabras ahora, después de haberme sentido tan ofendida, tan dolida y tan humillada durante todo este tiempo.

El Douglas de Hamilton Lodge habría respondido. Habría dado órdenes al futuro, dispuesto una boda y convertido la confesión en una solución. El hombre de la cala permaneció inmóvil, rendido a las decisiones de Mairi.

—No le pediré que haga nada.

Mairi lo miró con sorpresa.

—¿Nada?

—Nada.

—Ha pedido mi mano a Malcolm.

—Y no volveré a hacerlo —El rostro de ella cambió.

Douglas se apresuró a añadir, antes de que la herida creciera:—No hasta que usted me dé permiso —Mairi permaneció en silencio y Douglas solo podía respirar si se perdía en sus enormes ojos grises y tomaba el aire de ellos—.

No volveré a pedir la mano de una mujer que no haya decidido primero entregármela —aclaró él—. Primero se lo preguntaré a usted.

—Ya me lo preguntó una vez.

—No. Le presenté una decisión que había tomado por ambos —La verdad dolió al pronunciarla—. La próxima vez, si existe una próxima vez, será una pregunta.

El viento levantó un extremo del tartán Sinclair y Mairi lo sujetó contra su pecho.

—¿Y si mi respuesta vuelve a ser no?

Douglas la miró.

—La acompañaré al barco —La sencillez de la frase la hirió. Él lo vio—. No intentaré retenerla en Brodick —continuó—. No cerraré puertas ni volveré a utilizar su salud para decidir dónde debe vivir. Pero no confunda mi respeto por su decisión con falta de amor.

Mairi tragó saliva.

—Hace una semana habría ordenado que prepararan la capilla.

—Hace una semana era más necio.

—El doctor MacNab afirma que todavía lo es.

—El doctor MacNab cobra por opinar.

Una pequeña sonrisa quiso aparecer en los labios finos de Mairi. No llegó a formarse por completo, pero Douglas la vio.

Ella se volvió hacia el sendero.

—Debemos regresar.

Douglas se apartó para dejarla pasar. Mairi avanzó dos pasos y se detuvo sin volverse de inmediato.

—¿Por qué me miraba escondido?

Douglas sintió que toda la tregua recién construida volvía a incendiarse.

—Ya se lo he dicho.

Mairi giró lentamente.

—Me ha dicho que no lamenta haberme visto.

—No lo lamento.

—Eso no responde a mi pregunta.