La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Mairi no gritó, aunque Douglas habría preferido que lo hiciera.

Un grito habría llamado al mozo, llenado la cala de ruido y convertido aquel instante en una afrenta sencilla: un hombre había sorprendido desnuda a una dama, y la dama tenía todo el derecho del mundo a exigir que lo arrojaran al mar.

Pero Mairi permaneció inmóvil. Se cubría los pechos con un brazo; la otra mano se había hundido en el agua, como si pudiera ocultar bajo ella el resto de su cuerpo. El cabello mojado se le adhería a la espalda y a los hombros.

El frío había encendido sus mejillas, aunque no tanto como la furia que comenzaba a endurecerle los ojos grises.

Douglas seguía mirándola. No porque hubiera olvidado el honor, sino porque durante unos segundos olvidó incluso cómo respirar.

Mairi alzó un poco más la barbilla.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

Su voz fue baja, terriblemente serena.

Douglas podría haber mentido. Podría haber dicho que acababa de llegar, que solo había visto su rostro al girarse  o que el crujido de una piedra lo había delatado antes de comprender lo que estaba sucediendo.

No lo hizo. Ya había permitido demasiadas veces que Mairi recibiera la mitad de una verdad y tuviera que adivinar el resto.

—Más del que debería.

La sinceridad no mejoró la expresión de ella.

—Márchese.

Douglas reaccionó al fin. Apartó la vista y se giró de espaldas con tanta rapidez que el movimiento tiró del corte de su antebrazo izquierdo. El dolor resultó casi un alivio.

Frente a él solo quedaron las rocas oscuras, los arbustos inclinados por el viento y una estrecha franja de cielo gris azulado. A su espalda, el agua se agitó.

—Me marcharé —dijo.

—Entonces hágalo.

—En cuanto salga del agua.

—No necesito su vigilancia.

—No es vigilancia.

—Ha permanecido detrás de una roca mientras yo me bañaba desnuda.

Douglas apretó los dientes.

—No sabía que estaba aquí hasta que vi su ropa.

—Y, cuando lo descubrió, decidió quedarse.

—Durante más tiempo del que me honra, sí.

El agua volvió a moverse. Douglas sintió la incredulidad de Mairi aun sin verla.

—¿No va a intentar disculparse?

—No existe disculpa capaz de volver honorable lo que acabo de hacer.

—Eso no le impide pronunciarla.

—Lo siento.

El silencio duró varios segundos.

—No parece sentirlo demasiado.

Douglas fijó la vista en el horizonte sin verlo. La imagen de Mairi continuaba ante él con una precisión cruel: la curva de su espalda, el agua recorriéndole la cintura, la piel mojada bajo la luz de la cala. Su cuerpo seguía duro bajo la ropa.

—Lamento haber invadido su intimidad —admitió—. No lamento haberla visto.

Mairi soltó una respiración que pudo haber sido de indignación o de sorpresa.

—Su honestidad ha llegado en un momento muy poco conveniente.

—Empiezo a sospechar que siempre lo hace.

—Váyase, Douglas.

Él cerró los ojos un instante. Había utilizado su nombre. No milord. Ni lord Douglas. Su nombre.

—No puedo dejarla sola sin hablarle de lo que vio en el muelle.

El agua quedó quieta.

—MacBride ya se lo ha contado.

—Sí.

—Le pedí que se ocupara del asunto, no que le revelara dónde me encontraba.

—No lo hizo. Solo me dijo que había cabalgado hacia el sur.

—Y usted decidió perseguirme.

—Decidí encontrarla.

—La diferencia parece existir únicamente en su cabeza.

Douglas se quitó la chaqueta con cuidado. La palma derecha vendada y el corte del otro brazo dificultaban el movimiento; aun así, logró dejar la prenda extendida sobre una roca sin girarse.

—La chaqueta está a su derecha.

—Tengo ropa.

—Su ropa no la calentará mientras continúe en el agua discutiendo conmigo.

—No continuaría en el agua si usted se marchara.

Douglas miró las piedras frente a él.

—Su mozo permanece detrás de la elevación. Desde allí no puede verla.

—¿También ha comprobado eso?

—Sí.

—Qué concienzudo.

—Mairi.

—No pronuncie mi nombre como si yo fuera la parte irrazonable de esta conversación.

Douglas respiró despacio.

—No giraré la cabeza.

—Eso mismo debería haber hecho antes.

—Sí.

La aceptación la silenció. Un momento después, Douglas oyó el chapoteo del agua y luego unos pies desnudos sobre la piedra mojada. Mairi tomó una rápida bocanada de aire cuando el viento frío alcanzó su piel.

Él clavó los ojos en un saliente del acantilado. A su espalda crujió la tela de la chaqueta.

Imaginó a Mairi inclinándose para recogerla, el cabello mojado cayéndole sobre un hombro y las gotas recorriéndole el vientre antes de que la lana oscura cubriera su cuerpo.

No debía imaginarla.

La imaginó de todos modos.

Douglas flexionó la mano herida y el dolor le atravesó la palma. No bastó.

—Puede marcharse ahora —dijo ella.

—Aún no está vestida.

—No es asunto suyo.

—Tiene frío.

—La temperatura de mi cuerpo tampoco es asunto suyo.

—Ha hecho llegar un ungüento al médico, ha preguntado por mi herida y le ha recomendado que no me permita montar. Parece que ambos seguimos ocupándonos de asuntos que no nos pertenecen.

Mairi dejó de moverse.

—No le he prohibido nada.

—Indicó que no debía montar.

—Era una recomendación médica.

—Usted no es médico.

—Y, aun así, el doctor MacNab ha utilizado mi ungüento.

—También me ha llamado necio.

—Eso no fui yo.

—Malcolm fue menos discreto.

Mairi soltó aire por la nariz. Douglas habría sonreído de no estar luchando contra el impulso de mirarla.

Oyó el roce de una prenda y después el de otra.

Mairi dejó la chaqueta sobre una roca y se puso la camisa.

La tela, humedecida por su piel, debió de adherírsele al cuerpo, porque contuvo la respiración al tirar de ella.

—¿Necesita ayuda?

—No.

La respuesta fue inmediata. Un instante después, una cinta golpeó la piedra y Mairi murmuró algo en gaélico.

—¿Qué ha dicho?

—Nada destinado a oídos Hamilton.

—Entonces ha debido de ser especialmente ofensivo.

—No se conceda tanta importancia.

Siguió un nuevo forcejeo con las prendas, el leve golpeteo de un cierre contra la roca y, por fin, un suspiro de frustración.

—Mairi.

—No.

—Todavía no le he preguntado nada.

—Estaba a punto.

Douglas inclinó la cabeza.

—¿Puede vestirse sola?

—Llevo haciéndolo desde mucho antes de que usted decidiera administrar mi existencia.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Responde lo suficiente.

El viento entró en la cala y agitó los arbustos. La respiración de Mairi se volvió más rápida; no por deseo, se obligó a pensar Douglas, sino por frío.

—Está temblando.

—El mar de Arran no acostumbra a estar caliente.

—Permítame ayudarla.

—Preferiría regresar a Brodick envuelta en su chaqueta.

Douglas giró apenas el rostro, sin llegar a mirar detrás de sí.

—Su mozo tendría que explicar por qué lady Mairi Sinclair regresa medio vestida con la chaqueta del heredero de Brodick.

—Podría decirle la verdad.

—Entonces Malcolm me mataría antes de que terminara la cena.

—Eso resolvería varias dificultades.

Esta vez Douglas no pudo evitar una sonrisa.

—No todas.

Mairi guardó silencio y, tras una respiración resignada, dijo:—No dé media vuelta todavía.

—No lo haré.

Douglas oyó cómo se colocaba las enaguas y ajustaba las cintas. La tela húmeda contra la piel produjo un sonido insoportablemente íntimo. Había desnudado mujeres. Conocía el peso de otro cuerpo bajo el suyo y la urgencia sencilla de un deseo sin promesas.

Nada de aquello se parecía a permanecer de espaldas mientras lady Mairi Sinclair se vestía.

Cada pequeño ruido parecía suceder directamente contra su piel: el roce de la camisa, el tirón de una cinta, el leve jadeo cuando intentó introducir un brazo en la manga del traje de montar.

—Ahora —dijo ella al fin.

Douglas se giró y comprendió enseguida que Mairi no estaba preparada para que la mirara. Lo reveló la tensión repentina de su cuerpo.

Llevaba la camisa y las enaguas, pero el vestido de montar permanecía abierto por la espalda. Había conseguido introducir los brazos en las mangas, aunque el corpiño seguía sin cerrar.

La tela color ciruela caía a ambos lados de su torso y dejaba visible la camisa húmeda, pegada a la curva de los pechos y a la estrechez de la cintura. El cabello mojado le descendía hasta media espalda y pequeñas gotas cubrían la piel de la frente.

Douglas tuvo que recordar para qué se había girado.

Mairi le ofreció la espalda, mirándolo por encima del hombro.

—Solo los cierres.

La voz de ella no sonó firme.

Tampoco la de él.

—Sí.

Se acercó y se detuvo a poca distancia. El olor del mar se mezclaba con el de la piel de Mairi, la lana húmeda y las hierbas suaves que utilizaba para lavarse el cabello, de esas que olían a Escocia.

Sus manos parecieron de pronto objetos torpes e impropios. La derecha seguía vendada; la izquierda podía moverse, aunque el corte del antebrazo tiraba cada vez que la levantaba.

Douglas tomó los dos bordes del vestido. Sus nudillos rozaron la camisa y Mairi inhaló.

Él se quedó inmóvil.

—¿Le he hecho daño?

—No.

Encontró el primer gancho e intentó sujetarlo entre los dedos de la mano vendada, sin éxito. Mairi giró un poco la cabeza.

—Ha elegido un momento muy poco conveniente para tener una mano vendada y el otro brazo herido.

—No sabía que tendría que vestirla cuando permití que Kerr me atravesara el hombro.

—¿Permitió?

—Intento encontrar una versión de los hechos que no ofenda mi dignidad.

Mairi no dijo nada, pero le gustó que Douglas, por una vez, pareciera menos arrogante.

Douglas consiguió cerrar el primer gancho y después el segundo. Para alcanzar el tercero tuvo que acercarse más y apartar el cabello mojado de Mairi con el dorso de la mano.

Ella tembló. Esta vez no fue de frío.

Douglas vio la piel desnuda de su nuca y una gota que descendía lentamente desde la raíz del cabello hasta desaparecer bajo la camisa. Quiso seguirla con la boca.

Apretó la mandíbula y cerró otro gancho. Después otro.

Sus dedos rozaban la espalda de Mairi cada vez que la venda entorpecía el movimiento.

Ella no se apartó, pero su respiración fue volviéndose más torpe.

Al llegar a la cintura, donde el vestido debía ajustarse con dos cierres más firmes, Douglas apoyó los nudillos contra su espalda para acercar los bordes.