Capítulo 13 #4
El camino hacia el sur seguía la costa durante varias millas antes de internarse entre colinas bajas, bosques y pequeñas calas ocultas por la piedra.
Douglas conocía cada curva desde niño. Había pescado allí con su padre.
Había perseguido a Audrey por senderos que su hermana no debía recorrer.
Había empujado a Edward al agua una vez y soportado después tres días de silencio acusador.
Encontró las huellas de Brèagha cerca de un arroyo.
Las siguió.
No eran difíciles de reconocer. La yegua gris llevaba una herradura ligeramente más estrecha en la pata trasera derecha y tendía a pisar hacia fuera cuando bajaba por terreno húmedo.
Douglas cabalgó más despacio.
El médico lo habría aprobado. Quizás.
La costa se estrechó junto a una formación de rocas oscuras. Más allá había una pequeña cala protegida del viento, invisible desde el camino principal. El agua entraba entre dos paredes de piedra y formaba una poza profunda antes de regresar al mar.
Douglas vio primero al mozo que escoltaba a Mairi, de espaldas al mar. Luego a Brèagha. Estaba atada a un árbol bajo, comiendo con absoluta tranquilidad.
Desmontó.
—Mairi.
No hubo respuesta, el mozo hizo ver que no veía nada, ni siquiera los árboles que tenía delante.
El corazón le golpeó una vez con violencia.
Vio entonces las botas.
Estaban colocadas junto a una roca, una al lado de la otra.
Después las medias, dobladas.
El sombrero.
Los guantes.
El traje de montar color ciruela descansaba sobre una piedra plana, cuidadosamente extendido para que la humedad no alcanzara la tela. Sobre él estaba el tartán Sinclair, doblado con una precisión casi reverente.
Douglas se quedó inmóvil.
Oyó agua.
Un movimiento leve.
Un suspiro.
Rodeó la primera roca.
Y la vio.
Mairi estaba dentro de la cala.
Desnuda.
El agua le llegaba un poco por encima de la cintura mientras permanecía de espaldas a él. El cabello rubio, completamente suelto, caía mojado por la espalda y se adhería a la piel en mechones oscuros, más dorados donde el sol de la tarde conseguía atravesar las nubes.
Douglas dejó de respirar.
La línea desnuda de sus hombros descendía hacia una espalda estrecha y delicada. El agua resbalaba por la columna, se reunía un instante en la curva de la cintura y desaparecía sobre las caderas sumergidas.
Era tan frágil como atractiva.
Aquello fue lo primero que pensó.
No parecía la joven pálida que había contado pasos en Hamilton Lodge ni la convaleciente a la que había rodeado de mantas, médicos y prohibiciones.
Era una mujer.
Una mujer viva; delgada sí, pero con curvas donde debía tenerlas.
De hecho, el movimiento del agua dejaba entrever la curva redonda de sus nalgas cuando las olas pequeñas retrocedían alrededor de su cuerpo.
La luz acariciaba la piel desnuda con una intimidad que Douglas sintió como una provocación personal.
Debería haberse marchado.
Lo supo.
Un caballero habría retrocedido en silencio.
Un hombre honorable habría apartado la vista antes de que aquella imagen se convirtiera en algo que ya no podría olvidar.
Douglas no hizo ninguna de las dos cosas.
Se quedó allí, oculto parcialmente por la roca, con la herida palpitando bajo la venda y la sangre descendiendo con un golpe brutal hacia la ingle.
Su cuerpo se endureció.
La reacción fue inmediata.
Dolorosa.
Indecente.
Mairi inclinó la cabeza hacia atrás y sumergió el cabello. El agua le cubrió los hombros durante un segundo. Después volvió a incorporarse, pasando ambas manos por el rostro.
Los pechos aparecieron de perfil cuando el agua descendió.
Pálidos.
Redondos.
Más llenos de lo que sus vestidos permitían imaginar, con los pezones endurecidos por el frío y el aire.
Douglas cerró la mano sana.
La deseó con una violencia que hizo que toda la costa desapareciera.
Quiso entrar en el agua.
Quiso cerrar las manos alrededor de aquella cintura desnuda, sentir la piel sin lana ni corsé ni tartán entre ambos. Quiso cubrir sus pechos con las palmas, aprender su peso, inclinar la cabeza y llevarse uno a la boca hasta arrancarle el sonido que ella había dejado escapar en la galería.
Quiso besarla hasta que olvidara a Aibileen.
Hasta que olvidara la carta.
Hasta que no pudiera dudar de cuál era la única mujer capaz de convertirlo en algo tan cercano a la locura.
No era solo deseo.
Era peor.
Quería envolverla con su cuerpo y contarle toda la verdad sin que ninguna palabra pudiera interponerse.
Quería oírla decir que aún había algo que recuperar. Quería oírla gritar su nombre sin orgullo ni barreras, que se deshiciera ante él.
Douglas obligó a sus pies a retroceder.
No tenía derecho a permanecer allí.
No de aquella forma.
No cuando Mairi creía estar sola.
Dio un paso atrás.
La bota rozó una piedra suelta.
El sonido fue pequeño.
Suficiente.
Mairi se quedó inmóvil.
Después se giró.
El agua se abrió alrededor de sus caderas. Una mano subió instintivamente para cubrir sus pechos, aunque no antes de que Douglas viera la curva desnuda, la piel mojada y la respiración detenida bajo sus dedos.
Sus ojos grises encontraron los de él.
El mar siguió moviéndose entre las rocas.
Ninguno respiró.