Capítulo 13 #3
El hombre sacó algo del interior de su chaqueta.
Un paquete pequeño, envuelto en tela encerada.
Se lo entregó.
Aibileen no quiso tomarlo al principio.
Él le dijo algo.
Ella miró hacia Brodick.
Después aceptó el paquete y lo escondió bajo la capa.
Mairi sintió que se le tensaban los dedos.
El hombre extendió la otra mano.
Aibileen le entregó una hoja doblada.
No la carta de Douglas.
Otra.
Más reciente.
El desconocido guardó el papel.
Al hacerlo, la chaqueta se abrió un instante. De una cadena corta colgaba una pieza de latón. Mairi no distinguió el dibujo entero.
Solo una curva negra.
La forma de una vela.
O quizás de un barco.
Su corazón dio un golpe.
El hombre volvió la cabeza.
Mairi retrocedió detrás de los barriles.
No sabía si la había visto.
Escuchó pasos.
Después el sonido de una tabla bajo una bota.
Cuando se atrevió a mirar, el desconocido se alejaba hacia el extremo del muelle, mezclándose entre marineros y cargadores. Aibileen permaneció junto al cobertizo con la cabeza inclinada y una mano cerrada sobre el paquete escondido bajo la capa.
Unos segundos después, ella también se marchó.
No miró atrás. Mairi permaneció inmóvil.
No tenía una prueba. No había oído el nombre de Blackwood.
No sabía qué contenía el paquete ni qué decía el papel que Aibileen había entregado.
Podía ser dinero.
Una carta de familia.
Un asunto relacionado con su traslado.
Podía ser cualquier cosa.
Pero el hombre no parecía un familiar.
Y la conversación no había parecido inocente.
Mairi volvió lentamente hacia Brèagha.
La yegua alzó la cabeza al verla y le empujó el hombro con el hocico.
—No —murmuró Mairi—. No sé nada todavía.
Brèagha resopló, poco impresionada por la precisión.
Mairi apoyó una mano en su cuello.
Aibileen quería a Douglas.
Eso era verdad.
También era verdad que había conservado su carta durante años y que una mujer podía convertir una frase ambigua en esperanza sin necesidad de que nadie pagara por ello.
Pero algo en aquella mañana seguía sin encajar. Si Aibileen solo hubiera querido hablar con Douglas...
Podría haber hablado con él a solas.
Podría haberle mostrado la carta antes.
Podría haber contado la verdad delante de Douglas sin esperar a que él estuviera a punto de marcharse para hablar con Malcolm.
Había escogido el momento de mayor daño.
Los había visto juntos y había esperado.
Después había entrado.
No para obtener una respuesta únicamente.
Para impedir algo.
Mairi cerró los dedos sobre la crin de la yegua.
Eso no volvía inocente a Douglas.
No borraba que hubiera sido amante de Aibileen, que le hubiera escrito mientras Mairi vivía bajo su techo ni que utilizara el mismo lenguaje de protección con demasiada facilidad.
No convertía su propia duda en una injusticia.
Pero el orgullo no debía volverla necia. Si aquel desconocido estaba relacionado con Blackwood, su silencio no castigaría a Douglas.
Pondría en peligro Arran.
Y una Sinclair no permitía que un posible enemigo caminara libre por una tierra aliada solo porque hablar resultara humillante.
Podía negarse a ver a Douglas.
Podía rechazar su petición.
Podía regresar a Glenmuir sin mirar atrás.
Pero no callaría algo que pudiera dañar a su pueblo.
Ni al de Audrey.
Ni a la familia de su sobrina Eliza.
Subió a Brèagha.
No regresó a Brodick.
Tomó el camino que bordeaba la costa hasta la pequeña casa de Seumas MacBride.
El anciano vivía cerca de la bahía, en una construcción baja de piedra que parecía inclinarse contra el viento sin haber cedido jamás del todo.
Había redes secándose junto al muro, una barca pequeña apoyada boca abajo y tres gallinas que observaron a Mairi con la desconfianza razonable de quienes habían visto llegar demasiados nobles con asuntos complicados.
Seumas estaba sentado fuera, reparando una cuerda después de haber sido echado del Paso de los Ciervos por viejo insoportable.
Levantó los ojos cuando Mairi desmontó.
—Lady Sinclair.
—Señor MacBride.
—No parece usted perdida.
—No lo estoy.
—Entonces viene a traerme problemas, como todos los nobles.
Mairi ató a Brèagha junto a la cerca.
—Quizás.
Seumas dejó la cuerda sobre sus rodillas.
Mairi se acercó.
No dio vueltas.
Le contó lo que había visto.
El hombre.
El paquete.
La carta.
La pieza de latón.
La mirada de Aibileen hacia el castillo.
Seumas escuchó sin interrumpir. No frunció el ceño ni hizo preguntas hasta que Mairi terminó. Después tomó el bastón, se puso en pie con una lentitud que no disminuía la autoridad del gesto y miró hacia el puerto.
—¿Vio el barco?
—Solo una parte del emblema. Podría haber sido otra cosa.
—¿El hombre era isleño?
—No lo creo.
—¿La tocó?
Mairi pensó.
—No.
—¿Le entregó dinero?
—Un paquete.
—¿Ella le entregó una carta?
—Sí.
Seumas asintió.
No pareció sorprendido.
Aquello inquietó a Mairi.
—¿Sabe quién era?
—Lo sospecho.
Mairi apretó los labios.
Seumas la miró de lado.
—Ha pasado demasiado tiempo con los Hamilton. Empieza a impacientarse como ellos.
—No me compare con Douglas.
—No lo he hecho. Douglas habría enviado ya a veinte hombres a cerrar el puerto.
Mairi apartó la vista.
—No deseo hablar con él.
—No se lo he pedido.
—Pero esto le concierne.
—Sí.
—Por eso he venido.
Seumas la observó durante unos segundos. Sus ojos eran viejos, claros y demasiado atentos.
—Ha hecho bien viniendo primero a mí, milady.
Mairi sintió que parte de la tensión abandonaba sus hombros.
—No sé si significa algo.
—Eso averiguaremos.
—No quiero que Aibileen sea acusada sin pruebas.
—Entonces no la acusaremos.
—Tampoco quiero que lord Douglas permanezca ignorante si existe peligro.
Seumas inclinó un poco la cabeza.
—Entiendo.
Mairi endureció la expresión.
—No hay nada que entender.
—Naturalmente.
—No lo hago por él.
—Por supuesto que no.
—Lo hago por Arran.
—Arran se sentirá muy honrada.
Mairi lo miró. Seumas tenía la insolencia suficiente para parecerse a su vieja nana Morna, aunque, afortunadamente para él, no llevaba cofia.
—Déjeme ocuparme —resolvió el anciano.
Mairi asintió.
No preguntó qué haría.
No quiso saber si iría al puerto, hablaría con pescadores o enviaría a un muchacho tras el desconocido.
Había cumplido con su deber.
Volvió hacia Brèagha.
—Lady Mairi.
Ella se giró.
Seumas apoyó ambas manos sobre el bastón.
—El orgullo sirve para mantener la espalda recta. No para taparse los ojos.
Mairi sostuvo su mirada, pero no dijo nada. Montó y se alejó antes de que pudiera responder otra cosa.
Seumas llegó a Brodick una hora más tarde.
Encontró a Douglas en el salón de mapas, de pie junto a la mesa, revisando con Angus los informes sobre Blackwood. El vendaje blanco destacaba contra la manga oscura. Llevaba el tartán Hamilton sobre el hombro y el rostro de un hombre que había dormido poco durante demasiadas noches consecutivas.
Douglas levantó la cabeza.
—¿Qué ha ocurrido?
Seumas cerró la puerta.
—Una dama Sinclair ha visto algo que no le ha gustado.
La expresión de Douglas cambió.
—¿Mairi?
—No conozco otra dama Sinclair en la isla.
Angus dejó la pluma.
Seumas relató la escena del muelle.
Douglas no lo interrumpió.
Solo una vez, cuando mencionó la pieza de latón, apoyó ambas manos sobre la mesa y preguntó:
—¿Un barco negro?
—No lo vio con claridad.
—¿Qué hombre?
—Todavía no lo sé.
—¿Qué embarcación salió después?
—Dos botes de pesca y un mercante hacia Glasgow.
Douglas miró a Angus.
—Quiero el nombre de todos los hombres que desembarcaron hoy. Pregunte por el mercante de Glasgow sin llamar la atención. Que nadie se acerque a Aibileen todavía.
Angus asintió.
—¿Vigilancia?
—Discreta. Si trabaja para Blackwood y comprende que sospechamos, no volverá a reunirse con nadie.
—Sí, milord.
Douglas miró otra vez a Seumas.
—¿Dónde está Mairi?
El anciano tardó un segundo en responder.
—Lady Mairi no deseaba verlo —Douglas bajó la vista hacia el mapa. No fue un gesto de derrota. Pero estuvo cerca. Seumas añadió—: Tampoco quiso que usted permaneciera ignorante.
Douglas levantó los ojos.
Mairi seguía dudando de su amor.
Había cerrado una puerta.
Había rechazado que presentara otra petición ante Malcolm.
Sin embargo, al encontrar una posible amenaza, no había callado.
Podría haber dejado que Douglas descubriera demasiado tarde que una mujer a la que había protegido se reunía con desconocidos en el puerto.
Podría haber considerado que el asunto ya no le pertenecía.
Podría haber vuelto a Glenmuir con Malcolm y permitir que los Hamilton arreglaran solos sus asuntos.
No lo había hecho.
Seguía enfadada.
Seguía herida.
Y seguía cuidando de él de maneras que no deseaba reconocer.
Douglas tomó la chaqueta que descansaba sobre una silla.
—¿Dónde está?
Seumas arqueó una ceja.
—Acaba de preguntarlo.
—Y usted no ha respondido.
—Montó hacia el sur.
—¿Sola?
—Con una yegua que parece tener más sensatez que la mitad de los hombres de Brodick y un mozo de Brodick que la sigue desde lejos.
Douglas se puso la chaqueta con dificultad por culpa del vendaje.
Angus lo observó.
—El doctor ha dicho que no debe montar.
—El doctor ha dicho muchas cosas.
—Lady Mairi fue quien se lo indicó.
Douglas se detuvo, cada vez más consciente del pequeño infierno que había vivido Mairi cuando él se preocupaba solo por su salud y nunca por ella como algo más que una enferma.
Angus comprendió que había elegido una información eficaz para detener a su señor.
—No cabalgaré deprisa —lo tranquilizó Douglas, apretando los dientes y amenazando al administrador con los ojos.
Seumas soltó una risa seca.
—Como manda la vieja costumbre escocesa: persiguiendo a nuestras amadas hasta lograr que nos acepten.
Douglas tomó los guantes.
—Tengo que hablar con ella sobre Aibileen, nada más.
—Eso se parece mucho a perseguirla con una explicación inglesa.
Douglas fijó los ojos en él.
Seumas no pareció impresionado, pero bastó para que no siguiera hablando.
Douglas salió del salón.
No buscó escolta.
Solo pidió su caballo.