Capítulo 13 #2
Desde la silla miró una última vez el paso. Los hombres volvieron a las cuerdas. Seumas continuó vigilando desde la roca. La señora MacEachern empezó a repartir pan como si alimentar a veinte trabajadores fuera una forma de mando militar.
La isla reconstruía su camino.
Y, cuando los MacKinnon terminaran, ella regresaría a Glenmuir.
La idea debería haberla aliviado.
No lo hizo.
Espoleó suavemente a Brèagha y se alejó antes de que pudiera pensar demasiado en ello.
En Brodick, el doctor MacNab descubrió que Douglas Hamilton era un paciente mucho menos obediente de lo que su apellido permitía esperar.
—No cierre la mano —ordenó.
Douglas cerró la mano.
El dolor le atravesó la palma y ascendió hasta la muñeca.
No hizo gesto alguno.
El médico lo vio.
—¿Ha terminado de demostrar que puede empeorar una herida sin ayuda?
Douglas abrió los dedos.
—Solo comprobaba el movimiento.
—Lo comprobó ayer.
—Ha podido cambiar.
—Sí. Ahora duele más.
Estaban en el despacho pequeño de Brodick, cerca del salón de mapas.
Douglas permanecía sentado junto a la ventana con la camisa abierta en el cuello y las mangas remangadas.
La mano derecha descansaba sobre un paño limpio.
El antebrazo izquierdo continuaba vendado por el corte de Kerr, aunque la herida avanzaba mejor que la de la palma, abierta tantas veces que parecía haber desarrollado una enemistad personal contra la cicatrización.
El doctor MacNab era un hombre bajo, ancho, de barba gris y dedos inesperadamente delicados.
Había atendido pescadores atravesados por anzuelos, niños pateados por caballos, mujeres que daban a luz durante temporales y hombres que consideraban que una costilla rota era una molestia incompatible con abandonar el whisky.
Douglas no lo impresionaba.
Aquello lo convertía en un médico útil.
MacNab retiró la venda.
La herida estaba más limpia.
Douglas olió la miel antes de ver el pequeño frasco que el médico sacó de su maletín. Después llegó el aroma verde y amargo del llantén machacado, seguido por una nota más seca.
Brezo.
Douglas bajó la vista.
—¿Qué es eso?
—Un ungüento.
—Ya veo que no es tinta.
MacNab alzó una ceja.
—Me tranquiliza saber que la fiebre no ha afectado su inteligencia por completo.
Tomó una pequeña cantidad con una espátula y la extendió sobre la palma.
El frescor fue inmediato.
Douglas conocía aquella sensación.
La había sentido junto al bosque quemado, con las manos de Mairi sujetando la suya y el cabello rubio escapando de la trenza.
—¿Quién le ha enseñado este ungüento?
MacNab no levantó la vista.
—Lady Mairi Sinclair, conoce los remedios antiguos de los nuestros.
El despacho se quedó demasiado quieto.
Douglas miró el ungüento.
—¿Cuándo?
—Hace dos días. Envió primero a Angus MacPain con las proporciones. Después apareció ella misma para comprobar que no confundiera el llantén con otra hoja y provocara la amputación del futuro duque de Hamilton.
—Sabe que es usted médico.
—Lo sabe. No parece considerarlo suficiente, como todas las mujeres escocesas, milord.
La boca de Douglas se movió un poco hacia arriba.
No llegó a ser sonrisa.
—¿Preguntó por mí? —preguntó, algo desesperado.
—No.
La respuesta cayó con más fuerza de la necesaria y el médico fingió no comprender nada.
MacNab empezó a envolver la mano con una tira limpia.
—Preguntó por la herida —añadió—. Por el color de los bordes, por la fiebre, por si podía mover los dedos y por la frecuencia con la que algún necio insistía en volver a abrirla.
Douglas sostuvo la mirada del médico.
—Eso parece preguntar por mí.
—No según lady Mairi.
—Naturalmente.
MacNab terminó el primer giro de la venda.
—También indicó que no debía permitirle montar durante dos días.
—He montado esta mañana.
—Entonces ha demostrado que tenía razón al llamarlo necio.
—No me ha llamado así.
—No delante de mí. Su hermano Malcolm fue menos cuidadoso.
Douglas miró hacia la ventana.
Desde allí se veía una parte del patio y, más allá, la línea oscura de los árboles. Mairi no había entrado en aquella habitación. No le había tocado la mano. No le había preguntado si tenía fiebre ni había pronunciado su nombre delante del médico.
Había enviado el remedio.
Había dado instrucciones.
Había cuidado de él desde una distancia cuidadosamente escogida para que nadie pudiera confundir el gesto con perdón. Lo mismo que él había hecho con ella durante su estancia en Hamilton Lodge.
Ahora sentía el dolor, la humillación y el desprecio. Ser cuidado, no significaba ser amado cuando uno deseaba serlo.
MacNab terminó el vendaje y le dio un pequeño golpe sobre los nudillos.
—No lo abra otra vez.
Douglas volvió los ojos hacia él.
—No estaba en mis planes.
El médico recogió los paños.
Douglas flexionó los dedos con cautela.
La herida dolía menos.
Mucho menos.
—¿Cuánto le debo?
—La casa Hamilton ya me paga.
—Por sus servicios. No por soportarme.
—Por eso debería cobrar el doble.
Douglas dejó que MacNab llegara hasta la puerta.
—Doctor.
El hombre se giró.
—¿Sí?
—Cuando vuelva a verla... —MacNab esperó. Douglas miró la venda—. No importa.
El médico lo estudió durante un instante, pero salió antes de que Douglas pudiera decidir si lo despedía del castillo o aumentaba sus honorarios.
Mairi cabalgó hasta que Brodick desapareció detrás de las colinas.
No galopó por imprudencia.
Galopó porque podía.
Brèagha extendió el cuello, encontró el ritmo sobre el camino firme y se lanzó hacia delante con una alegría que Mairi sintió en cada músculo.
El viento tiró del velo de su sombrero. El tartán Sinclair golpeó contra su espalda.
Las patas de la yegua levantaron tierra húmeda y pequeñas piedras que quedaron atrás antes de que pudieran caer del todo.
Mairi respiró.
Una vez.
Otra.
Profundamente.
El aire entró sin dolor.
No hubo tos.
No apareció aquella presión antigua bajo el pecho, ni el mareo, ni la sensación de que el cuerpo se cerraba alrededor de sus propios pulmones. Solo el esfuerzo limpio de cabalgar, el latido rápido, el frío contra las mejillas y el calor creciendo bajo el traje de montar.
Durante años, cada gesto había llevado una pregunta.
¿Podría hacerlo?
¿Se cansaría?
¿Empeoraría?
¿Tendría fiebre esa noche?
¿Obligaría a Malcolm a llamar otra vez a un médico que cobraría demasiado para decir que no podía hacer nada?
Ahora el cuerpo respondía antes de que llegaran las preguntas.
Brèagha saltó una zanja estrecha.
Mairi se inclinó sobre su cuello y rio.
No parecía una mujer recuperándose.
Parecía una mujer recuperada.
Quizás aquella certeza fuera todavía frágil. Quizás llegaran inviernos malos, días de lluvia o noches en las que la tos regresara solo para recordarle que el pasado sabía encontrar puertas mal cerradas.
Pero la enfermedad ya no gobernaba su vida.
Eso bastaba.
Había pasado demasiado tiempo en Inglaterra, aunque jamás consideraría Hamilton Lodge una prisión verdadera.
Allí había aprendido a respirar de nuevo.
Eliza la había cuidado con la ternura de una madre.
Cathaline había llenado los días de muselina, insolencias y proyectos sociales imposibles.
Richard había conseguido hacerla reír incluso cuando respirar resultaba doloroso.
Edward había escrito cartas que parecían redactadas por un anciano atrapado dentro de un muchacho.
Y Douglas... Mairi tiró suavemente de las riendas.
Brèagha redujo el paso.
No iba a pensar en Douglas. Llevaba cuatro días cumpliendo aquella decisión con un éxito poco admirable.
Lo encontraba en todas partes sin verlo.
En la taza de té preparada con la cantidad exacta de miel.
En el sonido de unas botas atravesando el vestíbulo.
En la voz de Angus preguntando por una venda nueva.
En el recuerdo de una boca contra la suya y unas manos que habían demostrado, con escasa decencia, que el deseo no era una cuestión discutible.
Después aparecía la carta de Aibileen.
Las palabras.
El pasado.
La duda.
Mairi volvió a poner a Brèagha al trote.
El camino descendía hacia el puerto. No tenía intención de ir al muelle, pero el aire junto al agua era más limpio y el movimiento de los barcos solía ayudarla a ordenar pensamientos que no deseaban obedecer.
Brodick Bay se abrió ante ella bajo un cielo claro.
Había dos vapores pequeños cerca del embarcadero, varios botes de pesca y un velero mercante descargando cajas. Hombres gritaban indicaciones. Una carreta esperaba junto a los almacenes. El olor a brea, pescado, carbón y sal llenaba el aire.
Mairi desmontó cerca de una cerca baja y dejó que Brèagha bebiera de un abrevadero.
Caminó hacia el muelle.
No iba buscando nada.
Por eso tardó unos segundos en reconocer a Aibileen.
La joven estaba junto al cobertizo donde se guardaban redes y aparejos.
Ya no llevaba el vestido oscuro del servicio de Brodick, sino una capa marrón sobre una falda sencilla.
Desde que Douglas la había apartado del ala principal, permanecía en las dependencias del jardín a la espera de que Angus dispusiera su traslado a Lamlash.
Mairi no la había visto desde aquella fatídica mañana.
Aibileen no estaba sola.
Un hombre se encontraba frente a ella, medio oculto por la sombra del cobertizo.
No parecía pescador. Sus botas eran demasiado buenas, aunque estuvieran manchadas.
La chaqueta oscura tenía corte de ciudad y llevaba el cuello alzado hasta casi cubrirle la boca.
Una gorra baja ocultaba el cabello y parte del rostro.
No era de Arran.
Mairi no supo cómo lo sabía.
Quizás por la forma de permanecer junto al mar sin mirarlo.
Los isleños siempre miraban el agua. Incluso mientras hablaban, una parte de ellos vigilaba la marea, el viento, las nubes o el balanceo de una embarcación.
Aquel hombre solo vigilaba a la gente.
Mairi se detuvo detrás de un carro cargado con barriles.
Aibileen hablaba en voz baja.
El viento arrastró fragmentos de la conversación.
—...no debía venir aquí.
El hombre respondió algo que Mairi no entendió.
Aibileen negó con la cabeza.
—Ya he hecho bastante.
Otra ráfaga movió las lonas y ahogó las palabras siguientes.