La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

Durante los cuatro días siguientes, Arran se dedicó a reconstruirse con esa falta de ceremonia propia de las tierras que habían sobrevivido a demasiadas desgracias como para perder tiempo lamentándose por una nueva.

Brodick volvió a respirar.

El herrero empezó a trabajar antes del amanecer y no dejó de golpear el hierro hasta que el sonido del martillo pareció convertirse en una segunda campana para el castillo.

Los carros regresaron a los caminos menos dañados.

Las mujeres lavaron el hollín de las mantas utilizadas durante el incendio y colgaron la ropa entre dos muros donde el viento salado intentó arrebatársela con escaso respeto por el trabajo doméstico.

En el patio, los mozos volvieron a discutir por caballos, los perros a perseguir ruedas y Angus a recordar a todo el mundo que reconstruir una isla no justificaba perder recibos.

El Paso de los Ciervos olía a madera recién cortada, tierra removida y brea caliente.

Desde el amanecer, los MacKinnon trabajaban sobre la pendiente.

No lo hacían como obreros contratados.

No esperaban a que un administrador les señalara cada piedra ni discutían el peso de una viga antes de levantarla.

Se movían como hombres educados desde niños para entender que una cuerda podía separar la vida de una caída, que el terreno siempre mentía bajo la lluvia y que el mar no concedía una segunda oportunidad a quien anudaba mal.

Sus propias tierras estaban rodeadas de agua, riscos y caminos que parecían diseñados por un enemigo de la humanidad. Conocían la piedra húmeda. Conocían los vientos que podían cambiar de dirección sin aviso y la manera en que una pendiente aparentemente firme se deshacía bajo el peso de una bota.

Tavish trabajaba con ellos.

Llevaba la camisa abierta en el cuello, las mangas recogidas hasta los codos y el cabello castaño rojizo sujeto en la nuca con una tira de cuero.

Había barro hasta en lugares donde ningún hombre decente debería tener barro, una rozadura nueva sobre el pómulo y una cuerda gruesa cruzada sobre el pecho.

Dos MacKinnon levantaban un extremo de una viga.

Tavish sostenía el otro.

Un cuarto hombre intentaba colocarla sobre los nuevos soportes de piedra.

—Más a la izquierda —ordenó Tavish.

—Está a la izquierda —protestó uno de los hombres.

—A mi izquierda.

—No sabía que tu izquierda fuera distinta de la del resto de Escocia.

—Es MacKinnon. Naturalmente es mejor.

Los hombres soltaron una risa breve, aunque ninguno aflojó la carga.

La viga era enorme. Un tronco de roble trabajado durante dos días para encajar sobre los soportes que sustituían la estructura saboteada. Las fibras oscuras de la madera brillaban por la humedad, y una cuerda bajaba desde una polea colocada en la roca superior.

Tavish flexionó las piernas.

—Ahora.

Los cuatro levantaron.

No hubo un grito heroico ni una exhibición innecesaria. Solo el sonido de botas hundiéndose en el barro, músculos tensándose bajo la tela y aire saliendo entre dientes apretados. La viga ascendió unos centímetros, osciló sobre el vacío y encontró por fin la ranura preparada en la piedra.

La madera cayó en su lugar con un golpe seco.

Seumas MacBride, sentado sobre una roca cercana con el bastón entre las rodillas, soltó un ruido de desaprobación.

Nadie le había pedido que supervisara.

Por eso llevaba allí desde el alba.

—Está torcida —declaró.

Tavish apoyó las manos sobre las caderas y respiró hondo.

—No está torcida.

—Yo puedo verla torcida desde aquí.

—Tiene casi ochenta años.

—Y tú apenas tienes edad suficiente para saber qué extremo de un puente debe tocar tierra.

Uno de los MacKinnon se volvió para ocultar una sonrisa.

Tavish miró la viga.

Después miró a Seumas.

—Sir Alasdair me enseñó a levantar pasos sobre roca antes de que me saliera barba.

—Eso explica el problema. Alasdair MacKinnon siempre creyó que una estructura era firme si podía insultarla sin que se derrumbara.

—Ha funcionado durante años.

—También han funcionado durante años muchas cosas que deberían haber matado a los MacKinnon.

—Eso demuestra nuestra resistencia.

Mairi escuchó la conversación desde el camino superior y no pudo evitar sonreír.

Había llegado sobre Brèagha poco después de media mañana, acompañada únicamente por un mozo de Brodick que permanecía a suficiente distancia para no convertirse en escolta declarada.

Malcolm había intentado enviar a dos hombres.

Mairi había rechazado a ambos. Después de una discusión, habían llegado a un compromiso que no satisfacía a nadie.

Un mozo.

Lejos.

Mairi podía fingir que cabalgaba sola.

Malcolm podía fingir que no estaba vigilada.

La yegua gris avanzó con cuidado por la parte firme del camino.

Mairi llevaba un traje de montar color ciruela, oscuro, práctico, con el tartán Sinclair prendido sobre un hombro y los guantes doblados bajo las riendas.

El aire fresco le había dado color a las mejillas.

El cabello rubio, recogido bajo un sombrero sencillo, se había soltado un poco junto a la nuca.

Tavish la vio.

No abandonó el trabajo.

Aquello le gustó más de lo que habría esperado.

—Lady Mairi —saludó mientras revisaba una cuerda—. Ha llegado a tiempo para informar a Malcolm de que los MacKinnon estamos salvando las tierras Hamilton.

—Malcolm diría que están cumpliendo el trabajo por el que se les pagará.

—Por eso he dicho que informe usted. Tiene una relación más generosa con él.

—Eso es discutible.

—Magnífico. Tendremos algo que hacer cuando terminemos el puente.

Seumas golpeó el suelo con el bastón.

—Si termináis.

Tavish giró hacia él.

—Terminaremos.

—Un puente mal hecho mata más hombres que una espada.

—Una espada mal hecha también.

—Por eso jamás compraría una espada MacKinnon.

—No podría pagarla.

Mairi desmontó antes de que el mozo pudiera acercarse a ofrecer ayuda. Brèagha agitó la cabeza, satisfecha de verse libre del peso de la amazona, y empezó a buscar hierba junto al borde del camino.

Mairi observó el trabajo.

Los MacKinnon habían levantado una estructura de cuerdas sobre la parte dañada. Dos hombres descendían por la pendiente sujetos a arneses improvisados, asegurando los muros de contención con piedras nuevas. Otros preparaban vigas, calentaban brea o reforzaban los anclajes.

Ninguno parecía improvisar.

Incluso las bromas se detenían cuando había una orden importante.

—Sir Alasdair los enseñó bien —comentó Mairi.

Tavish tensó el nudo de una cuerda y tiró con fuerza para probarlo.

—Sir Alasdair cree que enseñar consiste en dejar caer a un muchacho por una pendiente y gritarle instrucciones mientras intenta no morir.

—Una pedagogía muy MacKinnon.

—Fiona diría que fue demasiado blando.

Mairi sonrió.

—Eso sí lo creo.

—Fiona habría revisado cada nudo, declarado que todos somos idiotas y vuelto a hacer la mitad sin pedir ayuda.

—¿Por qué no ha venido?

—Alguien tiene que impedir que nuestras tierras se hundan mientras los hombres viajamos por Escocia arreglando problemas ajenos.

No había burla en aquella respuesta.

Había orgullo.

Fiona no estaba en Arran porque su sitio se encontraba junto a sir Alasdair, sosteniendo las tierras MacKinnon, revisando cuentas, respondiendo a los arrendatarios y recordando a cualquiera que pudiera olvidarlo que un clan no dejaba de existir porque solo quedara una mujer al mando.

—Además —añadió Tavish—, si Fiona estuviera aquí, el puente ya estaría terminado y todos nosotros habríamos perdido la dignidad.

—Eso también lo creo.

Una voz femenina los interrumpió desde el camino.

—¡Muchacho!

La señora MacEachern, la vieja viuda, avanzaba hacia ellos empujando un pequeño carro cargado con panes, una jarra de leche, vendas y dos cestas cubiertas con paños. Una rueda se había hundido en una parte blanda del terreno.

Tavish dejó la cuerda.

—No mueva el carro.

—No pensaba moverlo. Pensaba obligarlo a usted.

—Qué tranquilizador.

Bajó por la pendiente, hundió las botas en el barro y tomó la parte posterior del carro. La señora MacEachern se colocó junto a la rueda.

—A la de tres —dijo Tavish.

—No necesito que me cuente.

—Una costumbre inglesa que adquirí por desgracia.

—Entonces abandónela.

Tavish empujó.

El carro salió del surco con una facilidad que hizo que la viuda diera un paso hacia atrás. Él sujetó la rueda para impedir que volviera a caer y, sin esperar agradecimiento, tomó una de las cestas.

—¿Dónde la quiere?

—Junto al fuego.

—Eso podría haberlo hecho uno de los muchachos.

—También puede hacerlo usted sin hablar tanto.

Tavish cargó la cesta hacia el campamento improvisado de los MacKinnon.

Mairi lo observó marcharse.

No presumía ante ella.

No miraba para comprobar si lo había visto.

Ayudaba a la viuda porque estaba allí y porque una mujer mayor no debía empujar sola un carro sobre el barro cuando alrededor había hombres capaces de hacerlo.

Mairi recordó al joven MacKinnon que se había peleado con Edward en Glenmuir años atrás. Aquel muchacho había tenido más orgullo que juicio, una lengua demasiado rápida y la molesta certeza de que ser MacKinnon lo absolvía de cualquier estupidez.

El hombre que cargaba la cesta seguía siendo orgulloso.

Seguía hablando demasiado.

Pero había aprendido a trabajar hasta que le temblaran los brazos y a agachar la cabeza cuando una anciana le decía que estaba estorbando.

No era un mal hombre.

Solo demasiado joven.

La idea no tuvo dulzura romántica.

Ni deseo.

Fue una observación.

Y, por alguna razón, aquello la tranquilizó.

Tavish dejó la cesta cerca del fuego y regresó.

—¿Ha venido a inspeccionarnos o a montar? —preguntó.

—A montar.

—Entonces no se quede demasiado tiempo. MacBride empezará a pedirle que sostenga una cuerda y antes del mediodía estará reconstruyendo el puente.

Seumas golpeó otra vez el bastón.

—La muchacha parece más sensata que tú. Podría resultar útil.

—¿Ve? Ya ha empezado.

Mairi tomó las riendas de Brèagha.

—Creo que los dejaré antes de que descubra si los MacKinnon trabajan tan bien como hablan.

Tavish sonrió.

Mairi montó.