Capítulo 12 #3
Douglas se detuvo. No iba a declarar todo lo que sentía delante de una puerta cerrada mientras Mairi se negaba a verlo. No de aquella manera.
Malcolm comprendió el silencio.
No se apiadó de él.
—Vine a Arran por el Paso de los Ciervos —aclaró Malcolm, endureciendo sus ojos verdes—.
Un Sinclair guardó el pacto cuando los Hamilton no podían proteger ni sus documentos ni a su heredero.
Mi casa conservó aquella palabra como una deuda de antiguo clan, no porque esperáramos recompensa —Douglas no habló—.
Le traje el documento porque el pueblo de Arran tenía derecho a recuperarlo —continuó Malcolm—.
Y vine porque es hermano de Audrey. Mi cuñado.
El tío de mi hija. Lo respeto lo suficiente para responder cuando solicita ayuda y para poner hombres aliados a trabajar junto a los suyos.
—Pero no lo suficiente para entregarme a su hermana.
Los ojos verdes de Malcolm se enfriaron.
—Mi hermana no es algo que pueda entregarle.
Douglas aceptó la corrección sin bajar la mirada.
—Para darme su consentimiento.
—No.
La negativa volvió a caer entre ellos.
Definitiva.
—Si dependiera únicamente de mí —añadió Malcolm—, habríamos abandonado Brodick hace días.
Douglas sintió que algo dentro de él se detenía.
—¿Qué ha dicho?
—Los MacKinnon vinieron por mi palabra, no por la suya. Tavish y sus hombres aceptaron asegurar el Paso de los Ciervos porque yo respondí por el trabajo y por el pago. No me marcharé y los dejaré aquí como si su servicio pudiera abandonarse cuando deja de convenirme.
—¿Cuánto tardarán?
—Pocos días, si el tiempo se mantiene.
Douglas miró la puerta otra vez.
Mairi se iría.
No en verano.
No dentro de varios meses.
En días.
Malcolm vio el momento exacto en que lo comprendió.
—Cuando los MacKinnon terminen —dijo—, regresaremos a Glenmuir.
—Mairi no ha dicho que quiera marcharse.
—Tampoco ha dicho que quiera quedarse.
—No puede llevársela...
Malcolm dio un paso hacia él.
—Mida bien esa frase, Hamilton —Douglas cerró la boca. Malcolm sostuvo sus ojos—. No me la llevo. Mairi regresará a su casa si así lo desea. Y, después de verla entrar en esa habitación esta mañana, no encuentro nada que pueda retenerla en Brodick.
—Yo sí.
—Entonces será mejor que descubra si ella opina lo mismo.
Douglas sintió que la furia le subía por el pecho.
No contra Malcolm.
Contra los días.
Contra la puerta.
Contra la posibilidad de ver otro carruaje alejarse mientras él permanecía inmóvil, otra vez demasiado orgulloso, demasiado tarde y con todas las palabras correctas convertidas en algo inútil.
—No retiraré mi petición —declaró Douglas, mirando a Malcolm fijamente.
Su cuñado jamás había sido de su agrado, no le gustó cuando quiso casarse con su hermana Audrey y seguía sin gustarle ahora que no lo dejaba a acercarse a Mairi.
Pero lo respetaba y eso era suficiente para no darle el puñetazo que siempre había imaginado darle.
—No retiraré mi respuesta —dijo Malcolm, sin bajar la mirada.
Para él, Douglas siempre había sido aquel Hamilton al que nunca logró hacer entrar en razón, aunque tampoco se había esforzado demasiado en intentarlo. Lo único que había entre ellos era respeto, jamás afecto.
—Hablaré con ella.
—Cuando ella se lo permita.
Douglas miró hacia el salón pequeño.
Podía llamar.
Podía pronunciar su nombre y esperar que Mairi recordara la forma en que lo había besado aquella mañana.
No lo hizo.
—Dígale que he pedido su mano.
Malcolm endureció la expresión.
—No soy su mensajero.
—Es su hermano.
—Y por eso no pienso decirle nada sobre usted.
Douglas sostuvo su mirada durante un instante largo.
Después retrocedió.
No porque Malcolm hubiera ganado.
Porque forzar el paso habría demostrado que Malcolm tenía razón.
—Cuando decida salir —dijo Douglas—, dígale únicamente que esperaré.
Malcolm no prometió hacerlo.
Douglas se giró.
Se alejó por el pasillo con la mano herida palpitando, barro seco en las botas y la certeza de que habría preferido enfrentarse a otro incendio.
El fuego, al menos, no podía marcharse de Brodick por voluntad propia.
Mairi sí.
Y Malcolm Sinclair acababa de ponerle días a la pérdida.
El resto de la mañana transcurrió con la crueldad particular de las casas grandes, donde todos podían fingir que nada había ocurrido mientras los criados transportaban bandejas, los hombres discutían sobre documentos y las mujeres evitaban mirarse.
Aibileen desapareció del ala principal antes del almuerzo.
Angus recibió las instrucciones de Douglas sin formular preguntas. Ordenó que permaneciera en las dependencias del jardín hasta que pudiera encontrarle un puesto digno lejos del castillo.
Malcolm pasó dos horas con los documentos de Blackwood y los planos del Paso de los Ciervos, intentando ayudar de algún modo que no implicara a su hermana.
Douglas pasó las mismas dos horas calculando cuánto tardarían los MacKinnon en terminar un trabajo que, por primera vez desde su llegada, deseó que no avanzara nunca.
Mairi no salió de sus habitaciones hasta la tarde.
Cuando lo hizo, fue a los establos.