La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—¿Y yo? —Douglas se volvió con una furia tan rápida que Aibileen lo soltó—. ¿Qué ocurre conmigo? —insistió ella—. ¿Todo lo que hubo entre nosotros, todo lo que escribiste, no significó nada?

—Significó lo que fue.

—¿Y qué fue?

—Éramos jóvenes. Nos deseábamos. Nunca te prometí un matrimonio y tú lo sabías.

Aibileen apretó los labios.

—Me pediste que esperara.

—Años después. Para impedir que otro hombre se aprovechara de tu viudez.

—Después de haber sido tuya.

—Después de haber sido la esposa de otro hombre al que afirmas haber amado.

El dolor cruzó el rostro de Aibileen.

Douglas miró hacia la puerta.

Mairi ya no estaba.

Solo quedaba el pasillo vacío.

Cerró la puerta.

No la golpeó.

No levantó la voz.

Aibileen pareció comprender que ambas cosas habrían sido preferibles.

Douglas dejó la carta sobre la mesa.

—¿Por qué has hecho esto?

El tuteo ya no sonaba a intimidad.

Aibileen se secó una lágrima.

—Ya te lo he dicho.

—No. Me has explicado por qué guardaste la carta. No por qué esperaste hasta el instante en que iba a hablar con el lord Sinclair para casarme con Mairi.

Aibileen respiró hondo.

—Porque te he visto con ella.

—¿Cuándo?

—En el jardín. Después de la cena. he visto cómo la mirabas. También la he visto regresar con tu plaid sobre los hombros. Y esta mañana os he visto juntos.

—¿Nos estabas espiando?

—No hacía falta.

—Elegiste entrar cuando sabías exactamente lo que iba a hacer.

Aibileen levantó la barbilla.

—Sí.

La admisión fue pequeña.

Y absoluta.

—Querías separarnos.

—Quería que supiera que no era la primera mujer a la que deseabas antes de ofrecerle protección.

—Estás mintiendo.

—No he mentido.

—Le has permitido creer que te había prometido matrimonio.

—Le he enseñado tus palabras.

—Y has ocultado su propósito.

Aibileen soltó una risa amarga.

—¿Su propósito? Siempre encuentras una palabra honorable para lo que haces. Conmigo fue amparo. Con ella fue obligación. Después descubres que la mujer escuchó otra cosa y la culpa parece pertenecer únicamente a sus oídos.

Douglas la miró con dureza.

—No conviertas tu esperanza en un derecho sobre mí.

—No lo hago. Sé que nunca me prometiste casarte conmigo cuando éramos jóvenes. Yo fui a tu cama sabiendo quién eras y sabiendo que un heredero Hamilton no tomaría por esposa a una muchacha de Arran sin fortuna ni título.

—Entonces no hables como si te hubiera engañado.

—No me engañaste entonces —La voz de Aibileen se quebró—. Me has engañado después, cuando enviudé y me escribiste que esperara. Creí que los años habían cambiado algo. Creí que quizás recordabas lo que fuimos.

Douglas apretó los dientes.

Aibileen lo observó con lágrimas en los ojos.

Antes de Mairi, habría convertido aquella furia en una orden inmediata.

Habría expulsado a Aibileen de Brodick antes de que terminara la mañana. Habría llamado a Angus, dispuesto un carruaje y decidido que la distancia corregiría cualquier problema.

Pero Aibileen seguía siendo una mujer de Arran.

Una viuda. Una amiga de infancia que había confundido una palabra mal escrita con la posibilidad de recuperar algo que había terminado muchos años atrás.

Douglas no la amaba.

Nunca la había amado.

Pero tampoco iba a castigarla con hambre o desamparo.

—No volverás a entrar en mis habitaciones —dijo.

Aibileen cerró los ojos.

—Douglas...

—No vuelvas a llamarme así —Ella abrió los ojos. La distancia apareció entre ambos sin necesidad de ningún título—. Permanecerás en Brodick hasta que Angus encuentre un puesto adecuado lejos del castillo. No perderás salario, casa ni protección. Pero no volverás a acercarte a lady Mairi.

—No quería hacerle daño.

—Querías que dudara de mí —Aibileen no respondió—. Lo has conseguido —añadió Douglas—. No finjas ahora que ignorabas las consecuencias de tus actos.

Aibileen inclinó la cabeza.

No como la muchacha que había corrido con él junto al muelle.

No como la mujer que una vez había compartido su cama.

Como alguien al servicio de la casa Hamilton.

—Sí, milord.

Douglas salió de la galería sin mirar atrás.

Encontró a Malcolm antes de llegar a las habitaciones destinadas a los Sinclair.

El laird estaba de pie frente a la puerta del salón pequeño, todavía sin chaqueta, aunque llevaba el tartán sobre un hombro y una expresión que habría hecho retroceder a un hombre menos desesperado. No sabía qué había ocurrido. Douglas lo comprendió al instante.

Solo sabía que su hermana había entrado allí con el rostro pálido, la espalda demasiado recta y la cortesía fría de una mujer que no deseaba ser vista mientras sufría.

A Malcolm le bastaba porque conocía a su hermana.

Douglas no redujo el paso.

—Apártese.

Malcolm permaneció inmóvil.

—No.

Douglas se detuvo frente a él. El pasillo era demasiado estrecho para dos hombres de su tamaño y mucho más estrecho aún para el orgullo de dos clanes.

—Necesito hablar con Mairi.

—Mairi no quiere hablar con usted.

—Necesita escuchar una explicación.

—Entonces debió ofrecerla antes de que entrara aquí con esa cara.

Douglas apretó la mandíbula.

—No sabe lo que ha ocurrido.

—No —Malcolm miró un instante la puerta cerrada—. Pero conozco a mi hermana.

Douglas intentó avanzar.

Malcolm se interpuso sin tocarlo.

—No entrará.

—Esta es mi casa.

—Y la mujer que está detrás de esa puerta es de mi sangre.

El silencio cayó entre ambos.

Douglas podía apartarlo. No con facilidad, pero sí por la fuerza. Podía llamar a un criado, invocar su autoridad en Brodick o convertir aquel lugar en una nueva disputa entre Hamilton y Sinclair.

No hizo ninguna de las tres cosas.

Miró la puerta.

Mairi estaba al otro lado.

Quizás lloraba.

Quizás no.

La idea de que pudiera hacerlo por su culpa le produjo una furia que no encontró un enemigo apropiado.

—Apártese, Malcolm.

—No.

—No voy a repetirlo.

—Entonces disfrute del silencio.

Douglas clavó sus ojos marrones en él.

Malcolm sostuvo la mirada.

No había burla en su rostro. Tampoco deseo de provocarlo. Solo la autoridad de un hermano mayor que había decidido que aquel hombre no se acercaría a su hermana.

Douglas sintió palpitar la herida de la mano, no había forma de que se cerrara porque no había tenido ni un solo día de descanso desde que había llegado a Arran.

Había regresado de casa del viejo MacBride dispuesto a pedir algo que no podía imponer. Había ensayado mentalmente las palabras durante el camino, las había perdido al besar a Mairi y había creído recuperarlas cuando prometió que hablaría con su hermano.

Ahora no quedaba nada de la dignidad con la que había pensado pronunciarlas.

Solo desesperación.

—He venido a pedirle permiso para casarme con su hermana.

Malcolm se quedó completamente quieto.

La frase pareció alterar incluso el aire del castillo de los Hamilton, hasta el perfume caro pareció volverse más amargo.

Douglas sostuvo su mirada.

No retiró la petición.

No la disfrazó de conveniencia, alianza ni beneficio para las dos casas. No mencionó Brodick, médicos, posición o fortuna.

Malcolm respondió con una sola palabra:

—No.

Douglas tardó un instante en comprender que aquello era todo.

—No me ha escuchado.

—Lo he escuchado perfectamente.

—Entonces no ha comprendido.

—Quiere casarse con Mairi.

—Sí.

Malcolm miró la puerta cerrada.

Después volvió los ojos hacia Douglas.

—Y yo he dicho que no.

La furia endureció la espalda del Hamilton.

—No puede decidir por ella.

—No lo hago. Mairi decidirá por sí misma si algún día desea escucharlo. Pero no contará con mi consentimiento.

—¿Por qué?

Malcolm soltó una respiración seca.

—¿De verdad necesita preguntarlo?

Douglas avanzó un paso con los puños apretados a ambos lados de su cuerpo.

—Sí.

Malcolm no retrocedió.

—Porque no la hace feliz.

Aquella respuesta fue peor que una acusación de deshonor.

Douglas se quedó inmóvil.

—No sabe nada de lo que existe entre nosotros.

—Sé lo que veo.

—¿Y qué cree haber visto, lord Sinclair, laird de Glenmuir y esposo de mi hermana mayor? Le recuerdo que yo tampoco le di mi consentimiento para casarse con Audrey, y aun así lo hizo.

—Pero yo he visto a mi hermana regresar a Glenmuir tan destrozada como acaba de entrar ahora en su habitación.

Ya le ha roto el corazón dos veces. Yo no recuerdo haber hecho lo mismo con Audrey ni una sola vez.

Hubo malentendidos, sí, pero jamás la hice sentirse humillada, menospreciada o indigna de mi afecto.

Douglas apretó los dedos porque sabía que Malcolm tenía razón, Audrey jamás había mencionado ni una sola vez que Malcolm la hubiera despreciado de algún modo.

—Eso no significa que...

—He visto a Mairi esperarlo. Enfadarse con usted. Defenderlo cuando nadie se lo pedía y apartarse después porque una palabra suya había vuelto a herirla. No necesito conocer lo ocurrido esta mañana para saber cómo ha terminado.

Douglas miró la puerta.

—La quiero.

Las palabras salieron bajas.

Ásperas.

Malcolm no mostró sorpresa.

—No lo dudo.

Douglas volvió la cabeza con brusquedad.

—Entonces...

—Quererla no significa que sepa hacerla feliz —El golpe encontró el lugar exacto.

Malcolm continuó antes de que Douglas pudiera responder: —No considero necesaria otra unión entre los Hamilton y los Sinclair.

Audrey y yo ya hemos unido ambas casas. No necesitamos otro matrimonio para demostrar una alianza que existe desde antes de que cualquiera de nosotros naciera.

—No he pedido a Mairi por una alianza.

—Eso espero.

—La he pedido porque...