La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Douglas se detuvo.

Mairi miró el papel que Aibileen sostenía entre las manos.

Los bordes estaban gastados. Había sido doblado y abierto tantas veces que la hoja parecía a punto de partirse por los pliegues. No era una nota reciente ni una estratagema preparada aquella mañana.

Era algo guardado.

Leído.

Querido.

Aibileen entró en la galería y cerró la puerta a su espalda.

—Antes de que vayas a hablar con lord Sinclair, necesito saber qué valor tiene tu palabra.

Mairi oyó el tuteo antes de comprender el resto.

No había «milord».

No había reverencia.

Solo aquella intimidad pronunciada con la naturalidad de quien había conocido a Douglas antes de que el mundo entero aprendiera a llamarlo heredero.

Él endureció el rostro.

—Aibileen, este no es el momento.

—Nunca lo es cuando eres tú quien debe responder.

Douglas dio un paso hacia ella.

—¿Qué pretendes?

Aibileen extendió la carta.

—Que recuerdes.

Él reconoció la letra antes de tocarla.

La suya.

Douglas tomó el papel con la mano sana y lo abrió. La fecha estaba escrita en la parte superior.

Hamilton Lodge, noviembre de 1867.

Dos años atrás.

Mairi estaba ya en Hamilton Lodge en aquella época.

Enferma.

Dependiendo de médicos, chimeneas inglesas y de un hombre que vigilaba cada una de sus respiraciones mientras escribía aquellas palabras a otra mujer.

Douglas leyó en silencio:

«No des tu palabra a ningún hombre por necesidad. Espera hasta que regrese a Brodick. Mientras yo lleve el nombre Hamilton, no te faltarán una casa ni un lugar digno en Arran. No tendrás que enfrentarte sola a tu porvenir.»

Douglas recordó entonces.

Aibileen había enviudado hacía dos inviernos.

Los parientes de su esposo pretendían recuperar la pequeña casa donde había vivido y uno de ellos quería obligarla a aceptar un segundo matrimonio para conservar el techo.

Angus le había hecho llegar la noticia a Inglaterra porque Douglas podía intervenir sin esperar a que su padre regresara de Londres.

Él había dado órdenes para que Aibileen recibiera trabajo en Brodick.

Había impedido que la expulsaran.

Y había respondido personalmente.

—Te ofrecí un lugar en Brodick —aclaró.

Aibileen sostuvo sus ojos.

—Me pediste que esperara tu regreso.

—Te pedí que no te casaras por necesidad hasta que pudiera resolverlo.

—Escribiste que lo harías tú.

—Porque era asunto de mi casa.

—No hay diferencia.

Douglas dobló la carta una vez.

—La diferencia era evidente.

Aibileen soltó una risa baja, sin alegría.

—¿Lo es?

Mairi no se movió.

Douglas notó el cambio en ella antes de mirarla. La calidez que el beso había dejado sobre su rostro comenzaba a desaparecer. No había todavía acusación en sus ojos.

Solo una pregunta.

Aibileen respiró hondo.

—Después de lo que hubo entre nosotros, ¿qué otra cosa esperabas que comprendiera?

El silencio cayó de golpe.

Mairi miró a Douglas.

Él no apartó la vista.

—¿Qué hubo entre ustedes? —preguntó ella.

Aibileen abrió la boca, pero Douglas respondió primero.

—Fuimos amantes —La claridad de la frase hizo más daño que cualquier evasiva. Mairi permaneció inmóvil. Douglas no intentó suavizarlo—. Mucho antes de que ella se casara —añadió—. Éramos jóvenes. Terminó antes de que Aibileen diera su palabra a otro hombre.

Aibileen miró a Mairi.

—Mi marido lo sabía. Sabía que yo no llegaba doncella a nuestro matrimonio y me dio su nombre sin reproche. Douglas jamás me prometió casarse conmigo entonces.

La confesión debería haber tranquilizado a Mairi.

No lo hizo.

Porque Aibileen todavía tenía la carta entre las manos.

—¿Amaba a su esposo? —preguntó Mairi.

Aibileen pareció sorprendida.

—Sí.

—Entonces ¿por qué esperó a Douglas después de enviudar?

Los ojos verdes de Aibileen se humedecieron.

—Porque amar a mi marido no borró a la muchacha que había amado a Douglas primero. Y porque, cuando me quedé sola, él volvió a escribirme como lo había hecho antes. Como si todavía pudiera acudir a él. Como si debiera esperar.

Douglas se giró hacia ella.

—Te ofrecí ayuda. Nada más.

—Después de haber compartido mi cama, ¿de verdad creíste que esas palabras no podían significar nada más?

—Habían pasado años. Te habías casado y yo ya no era un joven de vacaciones en Arran, Aibeleen.

—Pero yo había enviudado.

—Eso no convertía mi carta en una propuesta.

—No —respondió Aibileen—. Solo en una esperanza.

Mairi se apartó un paso.

Douglas giró inmediatamente hacia ella.

—Mairi.

—No me ofende que la deseara —La frase fue tan directa que Aibileen bajó la vista. Mairi sostuvo los ojos de Douglas—. Lo que hiciera antes de conocerme no me pertenece. No le exijo que hubiera vivido como un monje hasta que yo apareciera en su jardín.

—Entonces...

—La carta es de 1867 —Douglas calló—. Yo ya estaba en Hamilton Lodge —continuó Mairi—. Mientras me cerraba ventanas, discutía con médicos y se aseguraba de que tuviera una casa segura, le pedía a otra mujer que esperara su regreso para ofrecerle exactamente lo mismo.

—No es lo mismo.

—Explíqueme la diferencia.

—Aibileen corría el riesgo de perder su casa.

—Y yo corría el riesgo de perder la salud.

—Pretendían obligarla a casarse con un hombre al que no quería.

—Y usted pretendía casarse conmigo para impedir que volviera a Glenmuir.

Douglas sintió que cada comparación cerraba una salida.

—Yo no quería casarme con Aibileen.

—Eso lo sabe ahora.

—Nunca se lo hice creer.

Aibileen soltó una respiración rota.

Mairi miró la carta.

—Le pidió que no diera su palabra a otro hombre. Le pidió que esperara. Le prometió un lugar bajo su techo.

—Como heredero de Brodick.

—Como Douglas.

La respuesta lo dejó inmóvil. Mairi se acercó un poco. No con ternura. Con la terrible serenidad de una mujer que necesitaba entender algo antes de permitir que volviera a herirla.

—¿Por qué debo creer que conmigo fue torpeza y con ella un malentendido?

—Porque no la amo.

La frase salió brutal.

Inmediata.

Aibileen cerró los ojos.

Douglas no retiró las palabras.

—La deseé cuando éramos jóvenes —dijo—. Le tuve afecto.

Después se casó y nuestra vida tomó caminos distintos.

Cuando enviudó, la ayudé porque era una mujer de Arran, porque había sido mi amiga y porque nadie bajo la protección de Brodick será obligado a venderse por un techo. No la amo. Nunca la he amado como...

Se detuvo.

Mairi esperó.

—¿Como qué?

Douglas la miró.

La palabra estaba allí.

Demasiado cerca.

Demasiado grande para un hombre que había pasado media vida gobernando lo que podía medir.

—Como la quiero a usted.

Mairi tragó saliva.

Durante un segundo, la galería volvió a contener el recuerdo de su boca, de la mesa detrás de ella y de aquella promesa todavía caliente: después volveré por usted.

Pero la carta seguía allí.

También Aibileen.

—¿Y cómo lo sabe? —preguntó Mairi.

Douglas frunció el ceño.

—¿Cómo sé qué?

—Que no la ama.

—Porque lo sé.

—No supo que ella esperaba su regreso.

—Eso no significa que...

—Tampoco sabía lo que yo esperaba de usted en Hamilton Lodge —Douglas cerró la boca.

Mairi continuó antes de que él pudiera defenderse—: A ella la deseó.

Después quiso protegerla. A mí quiso protegerme y solo después comprendió que me deseaba.

En ambos casos ofreció una casa, una palabra y la autoridad de su apellido.

En ambos casos esperó que la mujer entendiera exactamente lo que usted no se había molestado en nombrar.

—Mairi...

—¿Cuántas mujeres tienen que esperar detrás de una promesa Hamilton antes de que usted sepa distinguir el deber del amor?

Aibileen palideció.

Douglas sintió que la furia empezaba a subirle por el pecho.

No contra Mairi.

Contra la pregunta.

Porque no tenía una respuesta lo bastante clara para destruirla.

—Con Aibileen hubo algo que terminó —intentó explicarse—.

Con usted no hay nada terminado —La respiración de Mairi vaciló.

Douglas se acercó—. No pienso en ella cuando abandona una habitación.

No he pasado meses oyendo su voz en todas las casas donde no estaba.

No he querido arrancarle la cabeza a un hombre por hacerla reír.

No he regresado de una noche sin dormir decidido a presentarme ante su hermano.

Mairi bajó la voz.

—Pero también la quiso alguna vez.

—La deseé.

—Quizás eso era lo que sentía por mí cuando me pidió matrimonio.

—No.

—¿Cómo puede estar tan seguro ahora, cuando estuvo tan seguro entonces?

Douglas apretó la mandíbula.

—Porque entonces pretendía conservarla. Ahora sé que puedo perderla aunque haga todo correctamente.

Mairi sostuvo su mirada.

—Quizás solo llama amor a no soportar que una mujer lo rechace.

Aquello lo golpeó.

Douglas dio otro paso.

—No.

—No lo sabe.

—Sí lo sé.

—No sabía que Aibileen esperaba algo de usted.

—Porque nunca le prometí nada.

—Y ella escuchó una promesa.

—Eso no la convierte en cierta.

Mairi miró el papel.

—No. Pero convierte sus palabras en algo difícil de creer, milord.

Douglas intentó tomarle la mano.

Ella la retiró.

La misma mano que minutos atrás se había cerrado sobre su abrigo mientras lo besaba.

Ahora se aferraba al tartán Sinclair.

—No vuelva por mí después de hablar con Malcolm.

—Mairi.

—No.

—Lo que hubo entre Aibileen y yo terminó antes de su matrimonio. No la he tocado desde entonces.

—No he dicho que lo hiciera.

—Entonces ¿qué me está reprochando?

Mairi lo miró con dolor.

—Que no sé si soy la mujer que ama de verdad.

Al final de cuentas, usted ha permitido todo este tiempo que la señorita Aibeleen lo curara en su habitación y hasta arriesgó su vida para salvarla del fuego —Douglas se quedó quieto.

Aquella frase encontró el lugar exacto donde toda su autoridad resultaba inútil—.

No presente ninguna petición ante mi hermano, lord Douglas —resolvió Mairi, volviendo a ser la mujer escocesa y orgullosa de siempre—.

No mientras yo tenga que adivinar si sus palabras significan algo distinto conmigo.

Se giró.

Douglas fue tras ella.

—Mairi, espere.

Aibileen lo sujetó por la manga.