Capítulo 11 #3
El contacto de su boca en el cuello le arrancó una respiración breve, demasiado alta para la galería. Sus dedos se clavaron en los hombros de Douglas. Él sintió como ella temblaba.
La deseaba.
No con la cortesía limpia de un caballero contemplando una futura esposa.
La deseaba con una violencia que le habría resultado vergonzosa si hubiera tenido espacio para sentir vergüenza.
Quería deshacer aquella trenza. Quería aprender cada parte de Mairi que las capas de lana, orgullo y buena educación le negaban.
Quería oírla pronunciar su nombre otra vez con aquella voz baja y alterada que no se parecía en nada a lady Mairi.
Mairi le tomó el rostro entre las manos y lo obligó a volver a su boca.
Aquella decisión terminó de destruirlo.
Douglas la besó hasta que la respiración de ambos dejó de servir para hablar. Hasta que la madera crujió bajo el movimiento de Mairi. Hasta que la mano sana de él se cerró sobre su cadera y el pulgar encontró, a través de la tela, una curva que llevaba noches imaginando.
Fue Mairi quien se separó primero.
Solo un poco.
Los labios seguían rozándose.
La respiración de Douglas golpeaba contra su boca.
—Aquí tiene la prueba de cuánto la deseo —murmuró él—. La primera vez hablé como un necio —dijo al fin.
Mairi casi sonrió.
—Es una descripción generosa.
Douglas levantó la cabeza.
—Le ofrecí una casa cuando debía haberme ofrecido a mí mismo.
La sonrisa desapareció.
—Douglas...
—Pronuncié matrimonio como si estuviera firmando una orden. Hablé de médicos, posición y conveniencia porque eran cosas que sabía administrar. —Su mandíbula se endureció—. Usted no.
—No deseo que me administre.
—Empiezo a comprenderlo.
—Le ha costado.
—Todo lo importante parece costarme más cuando lleva tartán Sinclair —Mairi lo observó en silencio.
Douglas retiró despacio la mano de su cintura, no para alejarse, sino para tomarle la barbilla con los dedos—.
No volveré a pedirle que abandone su hogar, Glenmuir —Los ojos de Mairi se agrandaron—.
No quiero una esposa dócil —continuó—. No quiero corregir su sangre, su lengua ni ese maldito orgullo que convierte cada conversación en una batalla.
—Qué declaración tan halagadora.
—No he terminado.
—Naturalmente.
Douglas la miró con una intensidad que le borró la ironía.
—La quiero a usted.
Mairi dejó de respirar. Douglas también pareció oír el peso de sus propias palabras, porque los dedos que sostenían su barbilla se tensaron ligeramente.
No había dicho amor.
Todavía no.
Pero la palabra querer había salido con dos significados imposibles de separar.
Elección.
Deseo.
—La quiero cuando se ríe de mí —continuó Douglas, irguiendo su alta figura mientras la tela oscura de la camisa se tensaba sobre sus hombros—.
Cuando me contradice. Cuando monta como si el camino debiera apartarse.
Cuando entra en medio del fuego porque ningún hombre ha conseguido enseñarle prudencia.
—Eso último no parece una virtud.
—No lo es.
—Entonces...
—Pero es usted.
Mairi bajó sus ojos grises y enormes, aquellos que tenían hipnotizado a Douglas desde hacía demasiado tiempo, quizás desde que la vio por primera vez.
Douglas nunca la había visto indefensa de aquel modo. Ni siquiera enferma. La enfermedad había debilitado su cuerpo, no la armadura. Aquellas palabras, en cambio, habían encontrado una grieta.
—Hablaré con Malcolm —resolvió Douglas.
Mairi levantó la vista con rapidez.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Lleva toda la noche fuera.
—He hablado cansado antes.
—Y mal.
—También.
Una risa tembló en la boca de Mairi, aunque no llegó a salir. Douglas la ayudó a bajar de la mesa. Lo hizo despacio, sujetándola por la cintura hasta que sus pies tocaron el suelo. Mairi permaneció frente a él, demasiado cerca todavía.
—¿Y después? —preguntó.
Douglas sostuvo su mirada.
Toda la arrogancia Hamilton, toda la autoridad de Brodick y todo el deseo que acababa de contener quedaron dentro de aquellas cuatro palabras:
—Después volveré a por usted.
La esperanza apareció en el rostro de Mairi antes de que pudiera esconderla.
Fue breve.
Preciosa.
Y Aibileen MacLeod la vio desde la puerta.
—Milord.
La voz hizo que Mairi se separara de Douglas.
No con brusquedad.
Pero sí lo suficiente para que el aire volviera entre ambos.
Aibileen estaba en el umbral. Tenía el cabello rojizo recogido bajo una cofia sencilla, aunque algunos mechones se le habían soltado alrededor del rostro. Vestía el traje oscuro de las mujeres que trabajaban en Brodick y sostenía una hoja de papel doblada entre las manos.
No parecía furiosa.
Eso habría sido más fácil.
Parecía pálida, nerviosa y resuelta de una manera que hizo que Douglas frunciera el ceño.
—Aibileen.
Ella miró a Mairi.
Solo un instante.
Después volvió los ojos verdes hacia Douglas.
—Necesito hablar con usted.
—Puede esperar.
Los dedos de Aibileen se cerraron sobre la carta.
—He esperado.
Mairi sintió que algo frío se deslizaba bajo el calor que Douglas acababa de dejarle en la piel.
Él dio un paso hacia la puerta.
—No es el momento.
—No —dijo Aibileen—. Quizás sea el último.