Capítulo 11 #2
Pocas cosas le habían parecido tan ofensivas a Douglas como aquella distancia.
Mairi alzó los ojos hacia él. La luz del amanecer empezaba a entrar por el ventanal, volviendo más claro el gris de su mirada y más dorados los mechones sueltos junto a su rostro.
Era una mujer realmente guapa, todavía algo frágil, pero aquella fragilidad, a ojos de Douglas, solo la hacía más atractiva.
—Malcolm habló conmigo anoche —dijo ella, apartándose un mechón rubio del rostro con un gesto lento.
—¿Qué dijo? —preguntó Douglas, sin moverse.
—Sabe que algo ha cambiado entre nosotros —confesó ella, apartando sus ojos grises un instante. Douglas esperó. Mairi volvió a mirarlo—. Cree que se ha acercado demasiado a una Sinclair sin haber declarado qué pretende hacer después.
La mano sana de Douglas se cerró junto al costado.
—¿Qué más dijo?
—Que, si pretende cortejarme, tendrá que hacerlo como corresponde a un Hamilton.
Douglas sostuvo su mirada con una quietud tan completa que Mairi escuchó el leve crujido de la madera en la chimenea del pasillo.
—¿Y qué considera su hermano que corresponde a un Hamilton?
Mairi respiró despacio.
—Arriesgar algo más que la vida.
Douglas comprendió.
No necesitó que ella pronunciara la palabra: «orgullo».
Malcolm quería verlo comparecer. Declarar sus intenciones. Pedir lo que no podía tomar. Colocar el nombre Hamilton frente al nombre Sinclair sin la protección de un mandato suyo, una propiedad o un título.
Exponerse a que le negaran aquello delante de otro hombre.
Douglas había descendido por una pendiente a punto de derrumbarse.
Había entrado en un establo en llamas. Había perseguido a un hombre armado hasta el borde de un acantilado.
Ninguna de aquellas cosas le pareció tan peligrosa como la idea de entrar en una habitación, mirar a Malcolm Sinclair y decirle que quería a su hermana.
Mairi lo observaba.
No había triunfo en sus ojos.
Solo espera.
Y cautela.
Douglas avanzó otro paso.
—He arriesgado la vida por asuntos que significaban mucho menos.
La respiración de Mairi cambió.
—La vida parece resultarle más sencilla que su orgullo, milord.
Douglas sintió el golpe.
No intentó esquivarlo.
—Sí.
Una palabra.
Nada más.
La expresión de Mairi vaciló.
Había esperado una defensa, una explicación, quizás una de aquellas frases largas con las que Douglas solía convertir cada error en un asunto discutible. No aquella aceptación desnuda, brusca, casi violenta en su falta de excusas.
Douglas levantó la mano sana.
No la tocó de inmediato.
Sus dedos quedaron a poca distancia del rostro de Mairi, ofreciéndole tiempo suficiente para apartarse.
Ella no lo hizo.
Él rozó con los nudillos el mechón suelto junto a su sien.
Mairi cerró los ojos un instante.
Aquello fue suficiente.
Douglas la sujetó por la nuca y la besó.
No fue como el primer beso junto al agua, nacido de demasiadas semanas de negación.
Tampoco como el segundo, lento bajo la lluvia, cuando ambos habían fingido que la ternura podía resultar menos peligrosa que el deseo.
Aquel beso llevaba una noche sin dormir, una isla llena de amenazas, una frase de Malcolm Sinclair y demasiados meses de orgullo consumiéndose.
Douglas la besó con furia.
Mairi respondió del mismo modo.
Sus dedos se cerraron sobre la parte delantera del abrigo de él, arrugando la tela húmeda, y tiraron de Douglas hasta borrar la última distancia. El barro frío del abrigo rozó su vestido. Debajo encontró calor, músculo, el cuerpo sólido de un hombre que olía a lluvia, caballo, humo y mar.
Douglas emitió un sonido bajo contra su boca. La mano de su nuca descendió por la espalda, firme, sin delicadeza fingida, hasta encontrar la cintura. La acercó con tanta fuerza que Mairi sintió cada línea de él contra su cuerpo.
No había una mujer convaleciente.
No había un caballero cuidador.
No había médico, chimenea ni chal.
Solo una mujer y un hombre que llevaban demasiado tiempo confundiendo sus diferencias con una forma aceptable de deseo.
Mairi le mordió ligeramente el labio.
Douglas se quedó inmóvil una fracción de segundo.
Después la besó con más hambre.
Ella habría retrocedido bajo la fuerza del beso si la mesa no hubiera estado detrás. El borde de la madera le tocó las caderas. Douglas la levantó con el brazo sano, casi sin esfuerzo, y la sentó sobre la mesa entre los guantes húmedos y un mapa enrollado de la costa de Arran.
Mairi abrió los ojos.
—Douglas...
Él volvió a besarla antes de que pudiera decidir si aquello era una protesta o una invitación.
La falda se tensó alrededor de sus piernas. Douglas quedó entre ellas, sin abrirse paso más de lo que la decencia y la poca razón que le quedaba permitían. La mano herida permaneció cerrada contra su propio costado, inútil y dolorosa. Mairi lo notó.
Tomó la muñeca vendada con cuidado y la apartó de la presión de ambos cuerpos.
Aquel gesto, mitad ternura y mitad orden, estuvo a punto de quebrar lo último que Douglas conservaba bajo dominio.
La besó en la comisura de los labios.
En la mandíbula.
Bajó hasta el punto sensible bajo la oreja.
Mairi inclinó la cabeza hacia atrás sin querer.