La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

Douglas Hamilton regresó a Brodick al amanecer con barro en las botas, humedad en el abrigo y una decisión tan incómoda dentro del pecho que ni siquiera Tavish MacKinnon había conseguido arrancarle más de seis palabras seguidas durante el camino.

El cielo empezaba a aclararse sobre Arran con una luz gris y poco generosa.

El mar, todavía oscuro, golpeaba la costa bajo las colinas como si la noche no hubiera terminado de retirarse, y el viento arrastraba olor a sal, tierra mojada y las últimas cicatrices de humo que seguían prendidas en el bosque del norte.

Los caballos avanzaban cansados.

Angus cabalgaba algo más atrás, encorvado contra el frío y con la expresión ofendida de un hombre que consideraba que los secretos familiares debían revelarse a horas compatibles con el desayuno.

Tavish, en cambio, parecía haber encontrado en la falta de sueño un nuevo motivo para resultar insoportable.

—Tiene cara de haber tomado una decisión desagradable —comentó.

Douglas no apartó la vista del camino.

—Las decisiones desagradables suelen incluir a un MacKinnon hablando demasiado.

—No me refería a mí.

—Entonces ha elegido mal el tema.

Tavish dejó que su caballo se acercara medio paso más.

El cabello rojizo se le había soltado parcialmente y el viento se lo empujaba contra la cara, pero no parecía molesto.

Los hombres como Tavish siempre encontraban una forma de parecer cómodos allí donde cualquier persona sensata habría deseado una cama, una chimenea y varias horas de silencio.

—Seumas MacBride ha confirmado que Blackwood no es solo una compañía —dijo Angus desde atrás, quizás en un intento de devolver la conversación a un asunto menos peligroso que las mujeres—. El hombre que mueve el dinero es sangre de Archibald Hamilton.

Douglas apretó las riendas con la mano sana.

Seumas había confirmado mucho más.

El descendiente de Archibald no utilizaba públicamente el apellido Hamilton.

Había tomado Blackwood, el nombre de la familia de su madre, y durante años había tejido una red entre comerciantes de Glasgow, capataces, abogados sin escrúpulos y hombres dispuestos a prender fuego a una isla si se les pagaba lo suficiente.

Pollock y Bain habían sido utilizados.

No eran inocentes. Habían aceptado dinero, presiones y documentos sin hacer las preguntas que cualquier hombre honrado habría considerado necesarias. Pero tampoco eran la cabeza de aquello.

Blackwood quería el embarcadero.

Quería las tierras del norte.

Quería el Paso de los Ciervos.

Y, sobre todo, quería demostrar que la  familia de Archibald, el difunto tío de Douglas, era la única con derecho a gobernar esa isla.

—La reclamación no desaparecerá porque hayamos encontrado una carta —añadió Angus—. MacBride cree que habrá abogados en Glasgow dispuestos a defenderla.

—Los abogados defienden cualquier cosa si la mesa es firme y les pagan por hora —dijo Tavish.

—Es una observación sorprendentemente sensata —replicó Angus.

—No se acostumbre.

Douglas no intervino.

Había escuchado a Seumas hablar de títulos, embarcaderos, traiciones la familia Hamilton y hombres que confundían un apellido perdido con un derecho.

Había recibido nombres, fechas y advertencias.

Todo ello permanecía ordenado en algún lugar de su cabeza, preparado para ser entregado a su cuñado Malcolm, revisado con Angus y convertido en una respuesta lo bastante sólida para aplastar cualquier reclamación antes de que llegara a un tribunal.

Sin embargo, ninguna de esas cosas era la decisión que le tensaba la mandíbula.

Tavish lo observó de lado.

—Lady Mairi no parece una mujer dispuesta a esperar eternamente mientras un Hamilton decide qué desea hacer con ella.

El caballo de Douglas dio dos pasos antes de que él tirara de las riendas.

No fue un movimiento brusco.

Eso lo hizo más peligroso.

Tavish también se detuvo.

Angus siguió avanzando algunos metros antes de comprender que los dos hombres habían dejado de hablar de política. Soltó un suspiro cansado, pero tuvo la prudencia de no volver.

Douglas miró al MacKinnon.

—Mida bien hasta dónde pretende intervenir.

Tavish no sonrió.

Aquello llamó más la atención de Douglas que cualquier insolencia.

—No he intervenido.

—Todavía.

—Todavía —repitió Tavish, sin apartar la mirada—. Pero si tarda demasiado en hablar, otro podría adelantársele.

La mano herida de Douglas palpitó bajo la venda.

—¿Es una amenaza?

—Es una observación.

—Las observaciones MacKinnon tienen la mala costumbre de parecer amenazas.

—Quizás porque los Hamilton encuentran una amenaza en cualquier cosa que no se arrodille delante de ellos.

Douglas acercó el caballo un paso.

Tavish no retrocedió.

Durante un instante, el amanecer encontró a los dos hombres enfrentados en mitad del camino, uno vestido con los colores Hamilton y el otro con la arrogancia natural de quien había nacido MacKinnon y jamás había sentido necesidad de disculparse por ello.

—Lady Mairi no es asunto suyo —dijo Douglas.

—Tampoco es asunto suyo, Hamilton.

La respuesta cayó con la exactitud de un golpe.

Douglas no contestó.

Porque Tavish tenía razón.

Y Douglas detestaba con especial intensidad a los hombres que tenían razón cerca de él.

Volvió el caballo hacia Brodick.

—Cabalguemos.

Tavish lo siguió.

No insistió.

Pero Douglas supo que el MacKinnon había visto la decisión.

Quizás no conocía su forma exacta. No sabía que Douglas había pasado la última hora del camino ordenando dentro de su cabeza frases que se negaban a comportarse con la disciplina debida.

No sabía que había decidido comparecer ante Malcolm Sinclair esa misma mañana, no como heredero de Brodick ni como futuro duque de Hamilton, ni como cuñado, sino como un hombre dispuesto a pedir permiso para acercarse a su hermana.

Tavish no sabía nada de aquello.

Solo había comprendido que Douglas regresaba a Brodick con intención de reclamar algo.

Y los MacKinnon, por lo general, reconocían una guerra antes de que sonara la primera gaita.

El castillo apareció entre los árboles cuando la luz empezaba a tocar las torres.

Brodick despertaba despacio. Una criada abría las contraventanas del ala este; dos mozos cruzaban el patio con cubos; un perro dormido junto a la escalera levantó la cabeza al oír los caballos y decidió que tres hombres embarrados no justificaban abandonar el calor de la piedra.

Angus desmontó primero.

—Informaré a lord Sinclair.

—Yo iré con él —dijo Tavish.

Douglas le lanzó una mirada.

Tavish alzó una ceja.

—Sobre Blackwood, Hamilton. Puede conservar por ahora cualquier otro motivo de homicidio.

Douglas entregó las riendas a un mozo.

—Procure no darme más.

Tavish siguió a Angus hacia el salón de mapas.

Douglas no.

Permaneció un instante en el patio, mirando las ventanas de Brodick. Algunas seguían oscuras. En otras, el fuego empezaba a reflejarse contra los cristales. No sabía cuál pertenecía a Mairi.

Aquello le pareció una debilidad intolerable.

Entró en el castillo.

El vestíbulo olía a los perfumes caros que su madre mandaba a usar en todas las propiedades.

Los criados inclinaron la cabeza al verlo pasar, pero nadie trató de detenerlo.

Douglas cruzó hasta la pequeña galería entre el salón de mapas y la antigua biblioteca.

Había una mesa estrecha, dos sillones, un ventanal sobre la bahía y varios mapas de Arran colgados en las paredes.

Dejó los guantes sobre la mesa.

La venda le dolía.

El hombro izquierdo seguía tirante por el corte de Duncan Kerr.

No había dormido.

Nada de ello importaba.

Hablaría con Malcolm.

No después del desayuno.

No cuando hubiera revisado los documentos.

No cuando la mañana le permitiera preparar palabras mejores.

Ahora.

Antes de que el orgullo encontrara otra excusa.

Douglas se volvió hacia la puerta.

Mairi estaba allí.

No supo cuánto tiempo llevaba observándolo.

Vestía un traje de mañana de lana verde oscuro, sencillo y perfectamente ajustado, con el tartán Sinclair prendido sobre un hombro.

El cabello rubio estaba recogido en una trenza que le caía sobre la espalda, aunque varios mechones se habían soltado junto a las sienes.

No parecía una mujer que acabara de levantarse.

Parecía una mujer que no había dormido.

Sus ojos grises recorrieron el barro de las botas, la humedad del abrigo, el tartán mal colocado y la venda oscurecida por el uso.

Después subieron hasta su rostro.

—Veo que Seumas MacBride no lo ha arrojado al mar.

Douglas sostuvo su mirada.

—Lo consideró.

Mairi entró en la galería.

No cerró la puerta, pero la empujó lo suficiente para que quedara entornada. Un gesto prudente. Correcto. Absolutamente inútil para la clase de tensión que se instaló entre ambos.

—¿Qué le ha dicho?

Douglas apoyó una mano en la mesa.

—Blackwood no es únicamente el nombre de una compañía. El hombre que la dirige desciende de Archibald Hamilton, el hombre que intentó asesinar a mi abuela y a mi padre, y ha utilizado el apellido de su madre para ocultar la reclamación. Quiere las tierras del norte, el embarcadero y el paso.

—¿Tiene derecho?

—Tiene dinero, abogados y una interpretación de la historia que le resulta conveniente. Algunos hombres confunden esas tres cosas con un derecho.

—¿Pollock y Bain lo sabían?

—No todo. Sabían lo suficiente para haber hecho más preguntas.

Mairi asintió despacio.

—Entonces la disputa no ha terminado.

—No.

—¿Seumas sabe quién trabaja para Blackwood en Brodick?

—Sospecha de varios hombres. No tiene pruebas.

Douglas no añadió nada más.

No quería hablar de Blackwood.

No mientras Mairi permaneciera frente a él a aquella hora, con el rostro demasiado hermoso y una sombra de cansancio bajo los ojos que le decía que había contado las horas hasta su regreso.

—¿Por qué está despierta? —preguntó él.

Mairi levantó un poco la barbilla.

—La casa ya está despierta.

—La mitad de la casa sigue roncando.

—Quizás la mitad de Brodick tenga una conciencia más tranquila que la mía.

Douglas dio unos pasos hacia ella y se detuvo.

Aún había una distancia correcta entre ambos.