Capítulo 10 #4
—MacKinnon, acompañe a Hamilton hasta la casa de MacBride —Douglas iba a protestar, pero Malcolm continuó: — No para entrar. Para impedir que alguien vuelva a dispararle por el camino.
Tavish inclinó la cabeza.
—Eso sí puedo hacerlo.
—Angus —añadió Malcolm—, vaya con ellos.
Angus recogió los planos.
Douglas miró a Mairi. Parecía querer decirle algo, pero la presencia de Malcolm convirtió las palabras en una imposibilidad.
—No saldré del castillo de Brodick —dijo ella antes de que pudiera pedírselo.
—Gracias —dijo Douglas, clavando sus ojos oscuros en los de ella.
No fue una orden.
Aquello hizo que Malcolm endureciera aún más la mandíbula.
Tavish abrió la puerta y Angus salió detrás de él. Douglas guardó la carta dentro del libro, tomó el disco de latón y se dirigió hacia el pasillo.
Antes de marcharse, volvió la cabeza hacia Mairi.
Ella seguía junto a la mesa.
Se miraron durante un segundo demasiado largo.
Después Douglas salió.
La puerta se cerró.
Malcolm esperó hasta que los pasos se perdieron.
—Siéntate.
Mairi arqueó una ceja.
—No soy uno de tus hombres.
—No. Mis hombres tienen la prudencia de apartarse cuando una estructura se derrumba.
—Había un muchacho atrapado.
—Y tú decidiste convertirte en el segundo cuerpo que tendríamos que sacar de allí.
—Sabía lo que hacía.
—Eso no significa que no pudieras morir.
La dureza de Malcolm no consiguió ocultar el miedo.
—No podía dejarlo.
—No te estoy reprendiendo por salvarlo.
—Entonces ¿por qué me reprendes?
Malcolm la contempló en silencio.
—Porque después de salvarlo casi caíste. Porque te dispararon. Porque Hamilton se arrojó sobre ti como si le pertenecieras y cuando te pidió que permanecieras junto a él, aceptaste sin discutir.
Mairi apartó la mirada hacia el fuego.
—Era sensato no separarse.
—Tú no haces nada porque un hombre te diga que es sensato.
—Quizás esta vez lo era.
—Mairi.
La forma en que pronunció su nombre hizo que ella volviera a mirarlo.
Malcolm se acercó.
—¿Qué ha ocurrido entre vosotros?
—Nada que te concierna.
—Si ese hombre vuelve a creer que puede decidir por ti, me concierne.
—Ya le he dejado claro que no puede hacerlo.
—Y él ha dicho que tenía miedo de perderte delante de media isla.
—No había media isla.
—Había suficientes hombres para que mañana lo sepan todos.
Mairi apretó los labios.
Malcolm la conocía demasiado bien para no darse cuenta del leve cambio en su expresión.
—Voy a matarlo.
—No vas a matar a nadie.
—Puedo herirlo sin matarlo.
—Malcolm.
—Te pidió matrimonio como si estuviera ofreciéndote una solución médica. Te dejó creer durante casi un año que te había protegido por lástima. Y ahora te manipula mientras su isla arde. Todo esto mientras sigue sin pedirme permiso para acercarse a ti.
—Douglas no tiene que pedirte permiso para acercarse a mí.
Yo no soy una tierra Sinclair que debas custodiar ni una muchacha a la que puedas prometer en matrimonio.
Si vuelve a herirme, será porque yo he decidido correr ese riesgo.
Y si consigue recuperarme, también será porque yo se lo he permitido.
Malcolm la miró en silencio.
—Puedes disponer de tu voluntad, Mairi. No del honor de nuestro apellido.
Ella se irguió.
—Mi conducta no ha deshonrado a nadie.
—Todavía no.
—Mide bien lo que dices, hermano.
—Lo mido. Hamilton puede protegerte delante de sus hombres, sujetarte como si ya tuviera derecho a hacerlo y pronunciar tu nombre como si Brodick entero debiera aceptar sus intenciones. Pero mientras no se presente ante mí y las declare con claridad, no posee ningún derecho sobre ti.
—No necesito que le concedas derechos.
—No. Pero él sí necesita comprender que una Sinclair no es una mujer a la que pueda cortejar en secreto y dejar después expuesta a las murmuraciones de su propia gente.
Mairi palideció.
—¡Nadie ha visto nada escandaloso!
Malcolm sostuvo su mirada.
—En una isla, nadie necesita ver para saber.
El viento golpeó los cristales de la biblioteca.
Mairi pensó en Tavish durante el desayuno, en las miradas de los hombres, en Douglas preparándole el té sin darse cuenta siquiera de lo íntimo que resultaba aquel gesto. Pensó en la mano cerrada sobre su cintura, en el miedo de él, en las palabras que por fin había pronunciado.
Y, por primera vez, comprendió que lo ocurrido entre ambos ya no pertenecía únicamente a los dos.
Malcolm se dirigió hacia la puerta, pero antes de abrirla añadió:
—Si Hamilton pretende recuperarte, que lo haga como corresponde a un Hamilton.
Mairi apretó los dedos sobre el respaldo de la silla.
—¿Y qué consideras que corresponde?
Malcolm volvió el rostro.
—Que arriesgue algo más que la vida.
La puerta se cerró tras él. Mairi permaneció sola en la biblioteca, con la carta de MacBride sobre la mesa y el nombre de Douglas latiéndole bajo la piel.
Él había corrido hacia el fuego por su pueblo. Se había lanzado sobre ella ante una bala. Había confesado su miedo delante de hombres que jamás le perdonarían una muestra de debilidad.
Pero Malcolm tenía razón en una cosa: Douglas Hamilton todavía no había arriesgado aquello que más protegía.
Su orgullo.
Y Mairi no sabía si un hombre como él sería capaz de entregárselo.